El novio de mi mejor amiga me buscó en la quinta
De esto hace ya varios años. Yo tenía veintitrés y vivía esos meses en los que todo me parecía posible: la facultad cerca de terminarse, un trabajo nuevo que me daba plata propia y un grupo de amigas con las que salía cada fin de semana. Si tuviera que ponerle un título a esa época, le pondría «la última vez que fui irresponsable». Después, todo cambió.
Mi mejor amiga era Antonia, pero todos le decíamos Toni. Nos conocimos en sexto año del secundario y desde entonces fuimos inseparables. Hacíamos todo juntas: cursábamos las mismas materias en el CBC, salíamos los viernes y sábados, nos contábamos cada detalle. Tan unidas estábamos que terminé de novia con Esteban, el mejor amigo de Bruno, que era el novio de Toni hacía tres años.
Los cuatro nos llevábamos bien. Pero entre nosotras dos había algo más fuerte, una complicidad de chicas que se conocen los gestos. Las salidas eran siempre con el resto del grupo: otras dos amigas, algún primo, los novios cuando se sumaban. Por lo general, sin embargo, terminábamos Toni y yo bailando hasta las cinco de la mañana, y los chicos en su mundo.
Aquel verano, Esteban propuso que pasáramos un fin de semana en la quinta de sus padres, en las afueras. La idea era llegar el sábado al mediodía y volver el domingo a la tardecita. Además de nosotros cuatro, se sumaron cinco personas más del grupo: tres chicos y dos chicas. Salimos en caravana, tres autos, con cervezas y bolsas de carne para el asado.
Llegamos pasadas las dos. El sol pegaba fuerte y nos cambiamos enseguida para meternos a la pileta. Yo llevaba una bikini negra que me había comprado hacía poco. Toni, una blanca con flores chiquitas que le quedaba mejor que a cualquiera. Esteban prendió la parrilla y, mientras esperábamos las brasas, alguien sacó la pelota.
Lo que arrancó como un partido de waterpolo improvisado se convirtió rápido en una excusa para tocarse. Cada zambullida era un pretexto para rozar una cintura, una pierna, un hombro. Toni y yo jugábamos enfrentadas y los chicos pasaban la pelota a propósito hacia nosotras, para tener motivo de meterse adelante. Yo sentía manos que pasaban demasiado cerca, pero no decía nada. Me reía. Toni hacía lo mismo. A las otras dos chicas se les acabó la paciencia y se fueron a tomar sol. Quedamos nosotras dos en el agua con cuatro tipos.
En una jugada, Toni se enganchó la bikini con un gancho del borde y se le bajó el corpiño entero. Quedó casi en tetas frente a todo el mundo. Lejos de taparse rápido, se acomodó la tela con calma, como si nada. La muchachada festejó. Bruno, su novio, se reía también. Le hicieron chistes pero no se enojó, y al rato el partido volvió a su ritmo.
Después de eso, los chicos se obsesionaron con desatar moñitos. Sentí los dedos de Esteban en mi espalda y la bikini se me soltó. Logré sostener la parte de arriba con las manos antes de quedar al descubierto. Toni se rio fuerte y al instante Bruno hizo lo mismo con la suya. Las dos quedamos tapándonos las tetas con las palmas, riéndonos como dos pendejas. Las otras dos chicas se metieron al agua después de mucha insistencia y, claro, las desnudaron también.
Empezó un juego absurdo de cosquillas y manos por todos lados. En un momento Bruno se me colgó del hombro y me hundió. Como no quería soltar mis tetas para defenderme, hice lo único que se me ocurrió debajo del agua: le apreté los huevos con todas mis fuerzas. Me soltó al instante. Cuando saqué la cabeza, él estaba doblado contra el borde, agarrándose la entrepierna. Conté lo que había hecho y todos se mataron de risa. Ahí terminó el juego.
Nos pusimos las bikinis y el resto de la tarde transcurrió tranquilo, con asado y conversación. Pero algo me había quedado dando vueltas en la cabeza. Cuando le apreté la pija a Bruno, debajo del agua, la sentí más grande de lo esperado. Y media dura. Toni siempre se jactaba del tema en nuestras charlas íntimas, pero yo lo tomaba como exageración. Esa tarde lo confirmé.
Sacudí la cabeza para sacarme la idea. No estaba bien pensar esas cosas.
Más tarde, mientras buscaba una toalla seca en el living, me crucé con Bruno saliendo del baño. Nos reímos del incidente de la pileta y de su cara cuando me hundió. Pero él, sin previo aviso, cambió el tono.
—Siempre supe que tenías buenas tetas —dijo—. Si para vértelas mejor tenía que aguantar que me apretaras los huevos, valió la pena.
Me quedé muda dos segundos. No sabía si me hablaba en broma o en serio. Pero nunca me gustó parecer derrotada, así que contesté con lo primero que me salió.
—Gracias por la observación, aunque dudo que hayas llegado a ver algo. Lo que sí confirmé es que Toni no me mentía sobre tu tamaño.
Se rio. Y dio un paso. Apoyó el brazo en la pared, a la altura de mi hombro, y me dejó sin salida. Adentro, el aire estaba quieto. Afuera se escuchaba a Esteban tirar carbón en la parrilla.
—Cami, no sé qué tenés vos, pero siempre me calentaste. Hoy mucho más.
—Bruno, no jodas. Si nos ve alguien, se arma quilombo.
No me hizo caso. Avanzó otro paso. Yo ya no tenía pared para retroceder. Me agarró por la cintura y me acercó a su cuerpo. A través de la bikini cola less sentí su bulto contra mi pelvis. Estaba duro. Era cierto que era grande. Algo dentro mío no quiso alejarse. Me quedé quieta. Su mano bajó hasta un cachete de mi cola y se quedó ahí.
—Bruno, soltame.
—Cami, dale, vos también tenés ganas. Nos conocemos hace años.
Bruno me conocía demasiado bien. Antes de que yo empezara a salir con Esteban, él le decía a Toni que no le gustaba que se juntara conmigo, que la llevaba por mal camino. Con Toni éramos terribles. En una época jugábamos a ver cuál de las dos besaba a más chicos en el boliche en una sola noche. Cuando ella se puso de novia, se calmó. Yo, hasta que apareció Esteban, seguí haciendo de las mías.
Tenía razón. En otra circunstancia, no hubiese dudado. Pero ahí, en esa quinta, con Toni en el jardín a quince metros y Esteban dando vuelta al chorizo, no podía. Me zafé con esfuerzo y me metí al baño con un portazo.
Apoyada contra la pileta del lavamanos, me quedé mirándome al espejo. La borrachera leve de las cervezas se me había evaporado de golpe. Estaba temblando. El novio de mi mejor amiga se me acababa de declarar y, peor todavía, una parte mía quería ceder.
Salí cuando me golpearon la puerta. Era Esteban preguntando si estaba bien. Le mentí: que me sentía un poco mareada, que ya iba. Volví al jardín con la cara dura. Toni estaba acostada en una reposera con anteojos de sol. Bruno había desaparecido. Yo no podía mirarlo, ni de lejos.
A la noche, después de la cena, los tres autos se redujeron a uno: el resto del grupo se volvió al centro. Quedamos Toni, Bruno, Esteban y yo. Yo no quería estar ahí. Quería subirme al auto con los demás y rajar. Pero ya era tarde.
Nos quedamos en la galería tomando vino tinto barato. Bruno me miraba más de la cuenta y yo lo notaba. A eso de la una, Toni se levantó. Dijo que tenía sueño y se fue a la habitación. Bruno se despidió diciendo, con una sonrisa que no le devolví, que la acompañaba por si tenía suerte.
Esteban y yo nos quedamos un rato más. Después me dijo que se iba a acostar. Le contesté que me quedaba afuera, que ya iba. Necesitaba pensar.
Y mientras pensaba, no estaba pensando en cómo evitarlo. Estaba pensando en cómo lograrlo.
***
Entré cuando los mosquitos me ganaron. Adentro estaba todo en silencio. Pasé por delante de la puerta de Toni y Bruno y agudicé el oído: nada. Una franja de luz amarilla por debajo. Cuando salí del baño, la luz se había apagado. Supuse que dormían. Llegué a nuestra habitación y Esteban respiraba pesado, ya derretido. Me acosté a su lado sin tocarlo y traté de cerrar los ojos.
No me dormí. Al rato escuché ruido en el living, una puerta abriéndose, el clic seco de un encendedor en el jardín. Mi ventana daba para ese lado, pero con la persiana baja no veía nada. Toni no fumaba. Era Bruno. Estaba segura.
Me debatí dos minutos eternos. Después tomé coraje, me puse un buzo encima del pijama, agarré mis cigarrillos y salí. Yo casi no fumaba; la excusa era pésima. Pero peor era salir sin nada.
Bruno levantó la cabeza al verme y se le abrió una sonrisa lenta. Le pedí fuego sin hablar y me senté a su lado en el escalón. Trató de decir algo pero le hice señas hacia la ventana del cuarto donde dormía Toni. Entendió. Me agarró de la mano y me llevó a un banco de madera que había en el medio del jardín, lejos de la casa. Veinte metros, quizá veinticinco. Suficiente para murmurar.
—Bruno, acá no. Acá nada. Cuando volvemos a la ciudad, vemos.
No le importó. Me agarró la muñeca y se la llevó al short. Yo no saqué la mano. La dejé encima de la tela y sentí cómo se iba endureciendo debajo de mis dedos. Sabía que, desde la casa, en esa oscuridad, sólo iba a parecer que charlábamos.
Empecé a moverla apenas. Ninguno de los dos dijo nada. Con la otra mano levanté el elástico del short y la metí adentro. La piel le ardía. La envolví con los dedos y la sentí completa, sin barreras. Bruno se acomodó para darme espacio. Lo masturbé despacio, los ojos clavados en el camino que llevaba a la casa, atenta a cualquier ruido.
Con un movimiento, Bruno bajó el short hasta los muslos y se quedó al descubierto. Me empujó suavemente la nuca, intentando que bajara la cabeza. Me resistí dos segundos, después aflojé. Me incliné y le metí la boca encima. No habrá pasado un minuto cuando me incorporé, de golpe. Estoy loca. Estoy loca, loca, loca.
—No me dejes así, Cami, no seas calientapija.
—¿Estás en pedo?
Pero le volví a agarrar la pija. Lo masturbé más rápido, casi enojada. Quería terminar con eso. A los pocos minutos lo sentí acabar, y la mano se me llenó de algo tibio y espeso. Me la limpié en el bolsillo del buzo, sin pensar. Me levanté y caminé a la casa sin mirarlo.
Me acosté al lado de Esteban con el corazón a doscientos. Tardé horas en dormirme.
***
Al otro día todo siguió como si nada. El cielo se nubló temprano y nos volvimos antes del mediodía. Bruno apenas me miró durante el viaje, lo cual me dio una calma falsa pero necesaria. Pensé que ahí terminaba todo, que lo de la quinta iba a quedar como esas anécdotas que una se guarda y no le cuenta a nadie.
Estaba equivocada.
Diez días después, en horario de oficina, me llegó un mensaje de Bruno. Empezamos a hablar de pavadas hasta que el tema de la quinta apareció solo. Él fue directo.
—Me dijiste que cuando volvíamos nos juntábamos. ¿Cuándo es eso?
—No sé, Bruno. Es para quilombo. Mejor no.
Insistió. Me contó que al día siguiente Toni tenía el cumpleaños de una compañera de la facu y que iba a estar ocupada toda la noche. Me preguntó qué hacía yo. Yo no tenía nada. Estaba de vacaciones. Le dije que nos encontráramos a las ocho.
El día siguiente se me hizo eterno. En el trabajo no podía concentrarme. A Esteban le inventé una historia sobre una reunión con compañeras de la facultad para coordinar una cursada de verano en la que nunca me había anotado. No sospechó nada.
Cuando llegué al punto donde habíamos quedado, no quise ni bajar del auto. Bruno me vio desde la vereda y se acercó. Apenas se subió, sin preámbulo, le dije lo que tenía planeado.
—Vamos al telo, nos sacamos las ganas y no se habla más del tema.
Me guiñó un ojo. Manejé hasta un albergue transitorio que yo ya conocía. Durante el viaje me puso la mano en el muslo y la fue subiendo. Yo llevaba una pollera y no le saqué la mano.
Creo que no llegamos a cerrar la puerta de la habitación. Nos besamos como si llevásemos meses esperándolo. Cuando le saqué el bóxer y le vi la pija de cerca, me sorprendí: era normal. Linda, pero normal. No el monstruo que Toni me había vendido y que yo había sentido en la pileta. La altura del momento la había agigantado.
Le metí la boca igual. Mientras se la chupaba, él no paraba de hablarme bajito. Me decía cosas que ahí me calentaban más todavía. Putita. Putita, ¿cuántas te chupaste así? Putita, todos te quieren coger. Lo dejé seguir.
Después me terminó de desnudar y empezó él. Me bajó hasta la cama, me chupó las tetas con calma y metió dos dedos. Yo estaba empapada, podía escuchar el ruido. Le pasé un preservativo. Cuando terminó de ponérselo, me senté arriba. Lo guié con la mano y, al fin, sentí esa pija que había sentido vestida y a oscuras. Saber que era la del novio de Toni le daba una capa extra al asunto. Que fuera el mejor amigo de Esteban, en cambio, no me hacía nada. Eso me intrigó después.
Cambiamos de posiciones. Cuando lo sentí cerca, le dije que se sacara el forro y se viniera afuera. Le agarré la pija con la mano hasta el final y me aseguré de no dejar nada.
Nos quedamos tirados en la cama. A los veinte minutos volvió a buscarme. La segunda vez fue más lenta. Me puso en cuatro y me cogió desde atrás. Mientras lo hacía, me deslizó un dedo por la cola. Me dijo que sabía que yo daba, que se lo había contado Esteban. Aflojé. Le dejé probar pero a los pocos segundos desistió. Terminó acabándome en la espalda y se desplomó al lado mío.
—Cami, no me digas que esto es la única vez —me dijo al rato—. Los dos sabemos que vamos a volver a vernos.
—Yo dije lo que dije, Bruno.
—Y los dos sabemos que mentiste.
Nos cambiamos en silencio. Lo dejé en su auto y manejé a casa con la radio fuerte para no escucharme pensar.
Lo que iba a ser «una sola vez» se convirtió en un año entero. Casi tres veces por semana, en los momentos más imposibles. A Toni le decía que me iba temprano de las salidas porque tenía que estudiar; en el camino interceptaba a Bruno y terminábamos en su casa, en un telo o en el asiento trasero de mi auto, si no había tiempo de más. A Esteban le inventaba cenas con amigas. Una vez, incluso, fui al mismo telo con Esteban y, dos horas después, volví con Bruno. El tipo de la recepción me hizo una mueca que no sé si fue de complicidad o de asco.
Lo terminamos porque la realidad nos alcanzó. Me peleé con Esteban por motivos que ni siquiera tenían que ver con esto. Empecé a salir con un compañero de trabajo. Poco después, Toni y Bruno también cortaron. Y cuando Bruno dejó de ser el novio de mi mejor amiga, y Esteban dejó de ser el mío, el morbo se evaporó. Lo prohibido era lo que me prendía. Sin la prohibición, Bruno se volvió un tipo más.
Insistió un par de meses, pero le di largas hasta que se cansó. Con Toni me terminé alejando con el tiempo, sin un motivo claro. Después se mudó al interior y la dejé de ver. Seguimos en contacto por teléfono cada tanto, pero ya no hablamos como antes.
A veces, cuando alguien menciona la palabra «quinta» en una sobremesa, levanto la copa y brindo en silencio. Por la chica que fui. Por la suerte de no haber sido descubierta nunca.