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Relatos Ardientes

Lo que hicimos en la trastienda del local

Hace tiempo que no abro este cuaderno. La rutina, los pendientes, la falta de algo que valga la pena contar… excusas, sé que son excusas.

Pero hoy sí hay algo. Hoy escribo una historia breve, casi un suspiro, aunque dentro suene como un grito. Una historia de dos compañeros de trabajo que jamás debieron tocarse.

Ella, más joven que yo. Bastante más joven.

Yo, casado, con un anillo que me pesa cuando la miro.

Ella, jamás se había fijado en alguien de mi edad. Lo dijo entre risas un viernes, sin saber que ya estaba pasando.

Yo, nunca había engañado a mi esposa. Nunca había pensado en hacerlo en serio. Hasta que apareció Camila.

¿Has tenido a esa compañera o compañero que cruza la puerta y te cambia el día sin proponérselo? Sé que sí. Sé cómo la miras cuando se inclina sobre el mostrador. Sé cómo escuchas su voz por encima del ruido del local. No hace falta que lo confieses, ya lo confieso yo por los dos.

Es hora. Sírvete una copa, aflójate la ropa, deja el teléfono lejos. Esta historia se cuenta despacio y se siente igual. Si te gana el cuerpo, tócate sin pudor: los protagonistas no van a juzgarte. Bastante tienen con lo que hicieron ellos.

***

El local estaba lleno aquella tarde de viernes. Clientes preguntando precios, el teléfono sonando sin descanso, Andrés gritando pedidos desde el mostrador del fondo, la radio escupiendo canciones viejas que nadie pidió. El olor del depósito —papel nuevo, cartón húmedo, café del desayuno— me golpeaba cada vez que pasaba cerca de la trastienda.

Pero ahí, entre el ruido y la gente, solo estábamos ella y yo. Como si el resto del mundo se moviera más lento. Como si el aire entre nosotros tuviera otro espesor.

Camila llevaba un pantalón negro ajustado que conocía de memoria. No mostraba, sugería. Lo justo para volverme loco sin darle motivos a nadie. Yo llevaba un pantalón de tela suave, fácil de abrir, demasiado fácil para lo que mi cuerpo empezaba a pedir. Llevaba media mañana incómodo, con la polla dura empujando la tela cada vez que pasaba a mi lado. La tela me apretaba en el lugar exacto donde su mirada se posaba sin disimulo, y ella lo sabía: se le escapaba una sonrisa cada vez que se me quedaba mirando el bulto, como una nena que descubre un secreto ajeno.

Hacía semanas que jugábamos a este juego. Lo soñábamos en silencio, lo describíamos en mensajes que después borrábamos —yo le había escrito que quería mamarle las tetas hasta dejarle los pezones hinchados, ella me había contestado que quería sentir mi corrida caliente en la boca—, lo imaginábamos cada vez que coincidíamos en la cocina del fondo para servirnos un café.

Esa tarde el juego se acababa.

Pasábamos cerca a propósito. Una mano en su espalda al cruzarnos en el pasillo, bajando hasta rozarle apenas el nacimiento del culo. Un roce del dorso contra su muslo cuando estiré el brazo para alcanzar una factura, y los dedos que se me perdieron un instante entre sus piernas por encima de la tela. Un susurro al oído que sonó a saludo y era cualquier cosa menos eso. Una mirada larga sobre la caja registradora que dijo, sin palabras, lo que llevábamos meses tragándonos.

—No aguanto más —le dije pegado a su oreja, fingiendo revisar un papel sobre el mostrador—. Te quiero coger ahora. Sígueme.

Camila sonrió. Una sonrisa que no era inocente, que mezclaba deseo y miedo en partes iguales. Le brillaban los ojos como si recién despertara.

—Ya tengo el coño empapado —me contestó bajito, sin mover casi los labios—. Desde que llegaste.

Caminé hacia el fondo sin mirarla. Sabía que venía detrás. Lo sentía en la nuca.

***

La bodega del fondo estaba vacía. Andrés, que pasaba la mitad del turno fumando entre los estantes, había avisado por la mañana que no venía. Los demás estaban en el salón, atendiendo, ocupados. Tenía calculados cada paso, cada distancia, cada ruido. Llevaba días estudiando la geografía de aquel rincón sin admitirlo ni siquiera frente al espejo.

Una puerta. Una pared delgada que apenas separaba el depósito del salón principal. Lo justo para que no nos vieran. Lo justo para que un grito de más nos hundiera para siempre. Entre cajas apiladas, rollos de papel kraft y bobinas de cinta de embalar.

Camila entró detrás de mí y cerró la puerta con cuidado, sin chasquido. La sostuve por la cintura antes de que terminara de girar. La pegué a mi pecho de espaldas, mi mentón sobre su hombro, mis brazos cruzados a la altura del estómago. Le encajé la polla dura contra el culo, encima del pantalón, y la sentí apretar los muslos.

Si alguien hubiera abierto en ese segundo, habría visto a un hombre abrazando un rollo de papel. Tal vez con ternura. Tal vez con cariño de oficinista cansado.

De frente, en cambio, mis dedos ya bajaban por el cierre de su pantalón. Despacio. Sin urgencia visible. La urgencia me la mordía por dentro. Le desabroché el botón, le bajé el cierre diente por diente, y metí la mano por debajo de la ropa interior. Ahí estaba: caliente, hinchada, resbalosa hasta la ingle. La toqué apenas y ya tenía los dedos brillando.

—Estás chorreando, Camila —le susurré al oído—. Puta.

—Por vos —contestó, apretando los dientes.

Ella cerró los ojos y se mordió el labio inferior. No emitió ni un sonido. La sentí temblar, apenas un escalofrío que le bajó por la espalda y se hundió en mí.

—Así —susurró—. Más… pero lento.

Aprendí su cuerpo en aquellos minutos. Aprendí dónde un roce la hacía respirar entrecortado, dónde un poco más de presión le doblaba las piernas, dónde mi mano abierta sobre su vientre la encendía igual que la mano entre los muslos. Le abrí los labios del coño con dos dedos y le dibujé el clítoris con la yema del anular, círculo tras círculo, sintiendo cómo se le hinchaba bajo la caricia. Fui sumando datos como un cartógrafo paciente, sin apuro, sintiendo cómo cada hallazgo la entregaba un poco más.

Le metí un dedo. Después dos. Se le escapó un jadeo que le tapé con la palma en la boca. La sentí cerrarse sobre mis dedos, chuparlos hacia adentro, empapármelos hasta el nudillo. Se los saqué brillando y se los pasé por los labios. Ella los lamió como si fuera lo más rico del mundo.

—¿Te gusta cómo sabés? —le pregunté.

Asintió sin abrir la boca, con mis dedos todavía adentro.

Cuando supe lo necesario, me dediqué a ese lugar exacto que la volvía agua. Apenas una caricia circular, lenta, constante. Le sostenía la espalda contra mi pecho con el otro brazo cruzado por debajo de sus pechos. Le había metido la mano bajo el sostén y le pellizcaba un pezón entre el pulgar y el índice, tirándolo apenas cada vez que le apretaba el clítoris. Sentía cómo se le aceleraba la respiración y, sin embargo, casi no se movía. Solo las caderas. Solo el pequeño movimiento de las caderas, pidiendo más sin hablar.

—Mírame —le pedí cuando supe que estaba por desarmarse.

Giró apenas la cabeza. Sus ojos ya no eran los mismos que veían a una compañera de trabajo. Eran otros ojos, abiertos, vidriosos, con esa mirada que solo aparece cuando alguien se rinde por dentro.

—Mírame —repetí—. Y vení en mi mano.

Y se vino. Sin un solo gemido. Apenas un temblor largo, un soplo caliente contra mi cuello, los dedos clavados en mi antebrazo como si fuera el único punto firme del mundo. Le sentí el coño palpitar contra la palma, el chorrito tibio que me mojó la muñeca, el temblor que le corrió desde las tetas hasta las rodillas. Se aflojó contra mi cuerpo, colgada de mí, y por un segundo pensé que se caía.

—Ya quiero que me la metas —murmuró cuando recuperó el aire—. Por favor. Toda.

No sonó a pedido. Sonó a orden disfrazada de súplica.

Y obedecí.

***

Le bajé el pantalón hasta los tobillos. Le quité la ropa interior despacio, recogiéndola entre los dedos como quien guarda un secreto —la bombacha era negra, mínima, y tenía una mancha oscura de humedad en el medio que me hizo apretar los dientes—. La giré otra vez de espaldas y me tomé un instante para mirarla.

Apoyada con las dos manos contra una pila de cajas, las piernas apenas separadas, la espalda arqueada, el culo respingado hacia mí. Le vi el coño abierto entre los muslos, brillando, rosado, con los labios hinchados de tanto tocarla. Aquella imagen se me grabó como si me hubieran marcado a fuego.

Me abrí el pantalón con una sola mano. Se me escapó la polla dura de un salto, pesada, palpitando, con la punta ya húmeda. Me la agarré por la base y le pasé el glande por la raya del culo, después por los labios del coño, empapándomela en su humedad. La sentí esperar. La sentí desear con todo el cuerpo, empujar hacia atrás buscándome. Cuando entré, lo hice de un solo movimiento firme, pero contenido, midiendo cada centímetro como si temiera romper algo.

Estaba tan mojada que entré sin esfuerzo, hundiéndome hasta el fondo, hasta sentir mis huevos golpearle contra el clítoris. Soltó el aire con un golpe seco, demasiado fuerte para el lugar en el que estábamos. Le tapé la boca con la mano antes de que se le escapara cualquier otro ruido.

—Shhh.

Asintió contra mi palma. Sentí sus dientes apretándome el dedo.

Me quedé un instante adentro, quieto, sintiendo cómo su cuerpo se acomodaba al mío, cómo se cerraba alrededor de mí. Los músculos del coño me apretaban a intervalos, como pequeños tirones que me tragaban la polla más adentro. La sostuve fuerte contra mi pecho, mi brazo libre cruzando su estómago, mi cuerpo curvándola hacia atrás.

Y empecé a moverme.

Despacio. Apenas. Con una cadencia tan controlada que casi dolía. Cada empuje era un milímetro robado al silencio. Salía casi hasta la punta y volvía a hundirme, centímetro a centímetro, sintiéndole cada pliegue del coño abrazarme la polla. Solo se escuchaban nuestras respiraciones, una mezclada con la otra, y el ruido amortiguado del salón al otro lado de la pared: alguien preguntando por el precio de las resmas, otro pidiendo factura, la radio insistiendo con sus canciones viejas.

Camila tenía los ojos cerrados. Pude verla reflejada en el cristal de un cuadro apoyado contra la pared. Los labios apretados, las mejillas encendidas, las pestañas temblando. Le vi también los pechos escapándosele del sostén desabrochado, sacudiéndose apenas al ritmo de mis embestidas.

Ya no podía sostener ese ritmo. Ella tampoco. Sus caderas habían empezado a buscarme, a salir a mi encuentro, a exigirme más. Me clavaba las uñas en el antebrazo, empujaba el culo contra mi vientre, se abría más las piernas para tragarme mejor.

—Más fuerte —me pidió entre dientes—. Cógeme más fuerte, por favor.

Aceleré.

Las embestidas se volvieron más profundas, más urgentes, sin dejar de cuidar el ruido. Como dos animales que se devoran en silencio. Como dos cuerpos que bailan al borde de un precipicio que los excita más de lo que los asusta. Le agarré el pelo con la mano que le tenía en el estómago, se lo enrollé en el puño y le tiré la cabeza hacia atrás, para poder morderle el cuello mientras la seguía embistiendo.

Camila gemía entre dientes, contra mi mano. Cada impacto le sacudía el cuerpo, cada choque de mi cadera contra su trasero la empujaba un poco más adentro de aquella nube que la estaba cubriendo. El ruido húmedo de mi polla entrando y saliendo de su coño empapado me parecía un escándalo, un delator, un anuncio de todo lo que estábamos haciendo del otro lado de la pared.

—Me vengo —dijo con la voz rota, casi sin aliento—. En serio… me vengo.

—Vení —susurré.

—No puedo aguantar.

—Vení ya. Vení en mi verga, Camila.

Sonó casi a orden. La abracé con las dos manos en su vientre, apreté mi cuerpo contra su espalda, sintiendo sus nalgas golpeando contra mi abdomen, y empujé una última vez, profundo, lento, definitivo.

Se vino con un grito que mi mano se tragó entero. Sentí cómo el temblor le recorría la columna, cómo se le aflojaban las piernas, cómo me apretaba por dentro hasta dejarme sin opción. El coño se le cerró sobre mi polla en espasmos, uno tras otro, ordeñándomela, chupándome hacia adentro.

La seguí dos o tres empujes después. Hundí la cara en su cuello, mordí su hombro a través de la tela, olí el perfume mezclado con el sudor. Y me derramé adentro de ella con una última embestida que me dejó sin fuerzas. Sentí cada chorro de mi corrida salir a presión, llenándole el fondo del coño, mezclándose con su humedad. Ella tembló otra vez al sentirme acabar, y se me apretó tanto que casi no pude quedarme parado.

***

Salí despacio, con cuidado, como si tuviera miedo de despertarla. Le vi el hilo blanco de mi semen escurrirle por el interior del muslo, brillando bajo la luz amarilla del depósito. Pero Camila ya estaba en otra. Se giró, se arrodilló frente a mí en el piso de cemento, entre las cajas, y se llevó mi sexo a la boca.

Se metió mi polla entera de una sola vez, hasta el fondo de la garganta, y la sentí ahogarse un segundo y volver a tragarme. Lo limpió con la lengua, sin prisa, sin asco, mirándome desde abajo con esos ojos nuevos que le habían aparecido hacía media hora. Me pasó la lengua plana por el glande, me chupó la base, me lamió los huevos uno por uno, y volvió a subir a la punta a rescatar la última gota de corrida que me quedaba adentro. La detuve con la mano en su pelo cuando empecé a temblar de más. Casi tuve que empujarla con suavidad para que dejara, pero ella seguía, mamando, tragando, lamiendo cada gota de nuestros dos jugos mezclados como si fuera lo más natural del mundo.

Nadie me había hecho eso. Nadie. Ni siquiera mi esposa en quince años de matrimonio.

Cuando por fin se separó, se pasó el dorso de la mano por los labios, tragó una última vez con un gesto travieso y me sonrió. Se levantó tranquila, se acomodó la ropa interior como si volviera del baño —le vi apretarse los muslos para retener adentro lo que le quedaba de mí—, se subió el pantalón, se ajustó la blusa frente al cristal del cuadro. Como si nada.

Yo todavía no podía respirar bien.

Nos miramos. Cómplices. Aliados. Desafiantes. Excitados todavía por lo que acabábamos de hacer.

—¿Crees que alguien se dio cuenta? —pregunté con una sonrisa torcida, apoyando la espalda en una pila de cajas.

—Tal vez esa cámara de ahí —contestó señalando con el mentón el rincón superior del depósito—. Pero no importa.

—¿No?

—No. Que se joda el que mire. Que aprenda.

Salió primero. Yo esperé un par de minutos largos, me acomodé el pelo, me lavé las manos en el lavabo del fondo, me miré en el espejo manchado y me sorprendí sonriendo, con la boca todavía con gusto a ella.

Volví al salón como si nada. Camila ya estaba atendiendo a una clienta como si la última media hora no hubiera existido. Andrés —el que se había salvado de estar ahí esa tarde— acababa de llegar con cara de resaca y se quejaba del calor.

—¿Dónde te habías metido? —me preguntó alguien.

—Acomodando bobinas —respondí.

Camila levantó la vista de la calculadora un segundo, solo un segundo, y me sostuvo la mirada. Después siguió como si nada.

Acabábamos de romper todas las reglas. Las del local, las de mi matrimonio, las que yo me había jurado a mí mismo cien veces.

Y, peor todavía, ya estaba pensando cuándo podríamos volver a hacerlo.

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Comentarios(9)

Romina_88

tremendo relato!!! la tensión se siente desde el principio hasta el final

Pablito_cx

y despues?? necesito saber que paso, subi la continuacion por favor jaja

danny52

muy bien escrito, se lee fluido y sin vulgaridades. eso es lo que separa un buen relato de los demas

MarcelaMdq

Me encanto como lo contaste, se siente tan real... como si lo hubieses vivido de verdad. Sigue subiendo!!!

nocturno88

los lugares con riesgo de que te descubran tienen esa magia especial jaja. buenisimo

nochera_sl

exelente!!! uno de los mejores que lei ultimamente

Caro_85

me recordo a algo que me paso hace unos años... tremendo, gracias por compartirlo

LectorAnonimo

este relato es real? porque se siente muy vivido, demasiados detalles para ser inventado jaja

MateoLector_78

corto pero dice todo lo que tiene que decir. Bien

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