Lo que vi por la ventana del despacho de su jefe
Cuatro días antes había sucedido lo de la entrevista. Marina volvió a casa con el rostro tenso y una frase corta entre los dientes: «Le he dicho que no, no me gusta esa empresa». Yo no insistí. Néstor Valbuena dirigía Visnex, una constructora con olor a dinero sucio, y la sola idea de que mi mujer trabajara para él me había hervido la sangre desde la primera vez que pronunció su nombre.
Esa mañana sonó el teléfono. Número desconocido.
—Hola, soy Néstor. Verás, tu esposa me habló de ti en la entrevista. Me dijo que en tu oficio no se te resiste nada.
—Hago lo que puedo.
—Tengo en uno de mis despachos una caja fuerte muy antigua. Estaba ahí cuando compré la nave. Tengo curiosidad por saber qué guarda dentro. ¿Te animas?
Trabajo es trabajo. Le dije que me pasaba a media mañana.
La nave estaba en un polígono de las afueras de Toledo, lejos de todo, lejos de cualquier explicación razonable de por qué un tipo con su dinero necesitaba a un cerrajero discreto. Cuando llegué, la secretaria me sonrió por encima de unas gafas demasiado grandes y me hizo pasar.
—El señor Valbuena se retrasa. Ha pinchado una rueda. Dice que vayas adelantándote con la caja.
Qué casualidad más oportuna, pensé.
***
Era una pieza preciosa, de las que fabricaba la viuda de Quintanar a principios del siglo XX. Cerradura de llave, rueda y cuatro puntos. La llave no estaba, claro. Para los puntos me bastó un fonendoscopio y media hora de paciencia. La cerradura habría exigido las ganzúas, pero los puntos rendían primero y la rueda giraba sola en cuanto cedían los cuatro. Suspiró metal contra metal y se abrió con la lentitud de las cosas que llevan cien años calladas.
Dentro había relojes de bolsillo, dos fajos de billetes y una pila de documentos amarillentos. Lo llamé y se lo describí.
—¿Y los billetes?
—Pesetas. De la República.
Hubo un silencio largo al otro lado y después una palabrota que no merece la pena escribir.
—Déjala abierta —dijo, conteniéndose—. Sube al despacho. Confío en ti.
Me extrañó. La nave seguía vacía. Yo había pasado por la calle y por la oficina de abajo y no había visto entrar a nadie. Pero subí.
***
El despacho estaba al final del pasillo de la primera planta, detrás de una puerta de roble macizo. Cuando llegué a esa puerta y levanté la mano para llamar, me paré en seco.
Del interior salía un sonido que no debería haber salido.
Jadeos. Una voz de mujer que se rompía contra la madera y volvía a montarse a sí misma una respiración después. Y esa voz, esa cadencia, ese pequeño quiebre en el final de cada gemido, la conocía. La conocía demasiado bien.
Me quedé con la mano en el aire. Las cosquillas me bajaron del estómago a la entrepierna antes de entender qué estaba escuchando. Me empalmé sin querer y la vergüenza me ardió en la cara. ¿Cómo podía estar excitándome con aquello? ¿Cómo podía estar pensando, al mismo tiempo, que Marina me había mentido cuatro días antes y que estaba ahí dentro, abierta de piernas para Néstor Valbuena?
No me atreví a abrir.
Pero a un costado del despacho había una ventana alta que daba al pasillo lateral, casi cerrada, con una rendija de un dedo entre el marco y la hoja. Me asomé con la respiración cortada.
Vi a una mujer tumbada de espaldas sobre el escritorio, con la falda subida hasta la cintura y las piernas levantadas en el aire. Vi a un hombre embistiéndola con una violencia animal, sin ritmo, sin cuidado, sosteniéndola por debajo de las rodillas como si fuera una cosa. Desde mi ángulo no podía verle la cara a ella: su cuerpo quedaba oculto por el de él. Lo único que veía con claridad era aquel sexo que entraba y salía, brillante, oscuro, completamente afeitado.
Y ahí me agarré.
Marina no se afeitaba. Marina decía que afeitarse era convertirse en otra cosa, perder algo suyo, dejar que le arrancaran un trozo de feminidad. Lo había repetido durante diez años con la terquedad de las cosas que uno cree de verdad. Así que la mujer de aquel escritorio, por mucho que llevara la blusa blanca y la falda gris idénticas a las que mi mujer se había puesto cuatro días atrás, no podía ser ella.
No podía.
Me lo repetí mientras me apartaba de la ventana, mientras bajaba las escaleras en silencio, mientras me sentaba a esperar en una butaca de la entrada con las manos sudadas y el corazón a doscientas pulsaciones por minuto.
***
A los diez minutos llegó la secretaria. A los doce, Néstor abrió la puerta del despacho, se ajustó el cuello de la camisa y bajó por las escaleras con aire de hombre tranquilo.
—Disculpa la espera. He tenido que atender un asunto delicado.
Lo dijo con esa media sonrisa que algunos hombres reservan para mostrarte que saben algo que tú no sabes.
—No hay problema.
Subimos a ver la caja. Él rebuscó dentro sin demasiado interés, como si lo importante hubiera sido otra cosa. Después, en mitad de un comentario tonto sobre los relojes, dejó caer:
—Por cierto, acabo de estar con tu mujer.
Me giré despacio. Él no me miraba. Hablaba a un fajo de billetes que tenía entre los dedos.
—¿Ah, sí?
—Sí. Vino esta mañana. Una reunión rápida.
—Marina me dijo que no iba a aceptar el puesto.
—Y no lo aceptó. Pero veníamos hablando de otras cosas.
Sonrió. Esta vez sí me miró.
—Sube conmigo al despacho. Está allí. Quiero que la veas.
Subimos. Cuando abrió la puerta, Marina estaba sentada en la silla de invitados, con la falda gris, la blusa blanca y las piernas cruzadas. A su lado, de pie y con la misma falda gris y la misma blusa blanca, había otra mujer. Joven, morena, de la altura de mi mujer. Llevaba la melena recogida exactamente igual.
—Mi nueva asistente —dijo Néstor—. Sofía. Empieza la semana que viene. Llevan el mismo uniforme, ¿no es curioso?
Marina me miró sin entender qué hacía yo allí. Yo no entendía qué hacía ella. Sofía me miró como si todo aquello fuera incómodo y deseara estar en otra parte. Néstor lo disfrutaba.
Me despedí con la voz seca. Le dije a Marina que la veía en casa. Bajé las escaleras intentando no correr.
***
Volvimos a la misma hora, en coches distintos. Ella subió primero al baño y cerró la puerta. Yo me senté en el borde de la cama, con la chaqueta puesta todavía, y traté de pensar.
La explicación era sencilla. La que vi en el despacho era Sofía, no Marina. Misma ropa, misma silueta, mismo peinado. Néstor se había acostado con su asistente y había aprovechado para meterme la sospecha entre las costillas. Punto.
Pero entonces, ¿por qué me había llamado a abrir la caja precisamente esa mañana? ¿Por qué me había mandado subir cuando todavía no había llegado, según él? ¿Por qué la mujer del escritorio gemía exactamente como gime Marina?
Demasiadas casualidades para un solo hombre.
Me levanté.
La puerta del baño cedió sin un crujido. Marina canturreaba bajo el agua y la mampara estaba entreabierta, una rendija de cinco centímetros entre el cristal y el marco. Me asomé. Tenía la cara enjabonada, los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás.
La miré como la había mirado mil veces. La piel, los hombros, esa cintura suya que se estrechaba justo donde tenía que estrecharse, las nalgas, la marca rojiza que la goma del sujetador le había dejado en la espalda. Llevaba diez años enamorado de ese cuerpo y no había mañana que no lo confirmara.
Entonces vi las marcas.
Tres chupetones en el costado izquierdo del cuello, ocultos hasta entonces por el pelo mojado. Una mordedura clarísima en la nalga derecha. Otra más arriba, en la espalda baja. Hematomas pequeños en la cara interna del muslo, esos que solo dejan los dedos apretando muy fuerte y durante mucho rato.
Y cuando se giró para enjuagarse, lo vi.
El sexo de Marina estaba completamente afeitado. La piel todavía rojiza por el filo de una cuchilla reciente. El pubis hinchado, oscuro, irritado, como si hubiera estado horas siendo usado por unas manos y una boca que no eran las mías.
Solté el aire que llevaba minutos sin soltar. Cerré la puerta del baño sin que se diera cuenta y bajé las escaleras como un sonámbulo, con la mano apoyada en la pared para no caerme.
***
Han pasado tres horas desde aquello.
Marina se ha vestido para salir. Vestido negro, tacones bajos, un perfume que no es el suyo de siempre. Me ha dicho que se reunía con unas amigas en un bar del centro. Le he sonreído. Le he dicho que se divirtiera.
La he seguido a una distancia razonable.
No ha ido al centro. Ha cogido la salida hacia la sierra, hacia esa urbanización larguísima donde los ricos construyen sus chalets aislados y donde, según se dice, suceden cosas que no suceden en ningún otro sitio. Fiestas con máscaras. Mujeres traídas de todas partes. Hombres muy poderosos que pagan muy bien por el silencio.
Estoy en el muro trasero de uno de esos chalets. El más alejado, el que no se ve desde la carretera. No hay vecinos, no hay testigos, no hay farolas. Solo la luna y un silencio que pesa más que la noche entera.
Sé que Marina está dentro.
Sé que no ha venido a tomar copas con sus amigas.
Sé que lo que voy a encontrar ahí dentro no me va a gustar.
Y sé que, cuando la encuentre, esta historia terminará en dos actos. Primero el suyo. Después el mío.
Pero antes voy a abrir la última cerradura que abriré en mi vida. Llevo las ganzúas en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al corazón, y nunca me han fallado. Esa puerta cederá como cedieron los cuatro puntos esta mañana, con un suspiro metálico que solo yo sabré escuchar.
Y entraré.