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Relatos Ardientes

El mensaje de la mujer de mi compañero de terapia

Era domingo por la noche cuando el móvil vibró encima de la mesa de la cocina. Un número que no tenía guardado, sin foto de perfil, sin firma. Lo dejé pasar unos segundos pensando que sería publicidad o un error, pero la previsualización del mensaje me detuvo en seco: «Lee hasta el final».

Debajo había un archivo adjunto, un documento de texto, y una segunda línea, casi como una despedida. Estaba solo. Mi pareja se había acostado temprano y la única luz encendida era la lámpara del comedor. La curiosidad me ganó antes incluso de pensarlo. Abrí el adjunto.

Lo que voy a transcribir a partir de aquí es el contenido literal de ese archivo, exactamente como lo leí esa noche, sin cambiar una coma.

***

«Toda una experiencia la del sábado. Imagino que a estas alturas, mientras me vas leyendo, ya habrás atado los cabos. Soy Marina. Sí, la misma que estás pensando. La mujer de Andrés, la que conociste a la puerta del cine con esa cara de no entender muy bien qué hacía allí.»

«Andrés me había hablado de ti alguna vez, pero la verdad es que le había prestado poca atención. Sabía que coincidíais en las sesiones de terapia a las que él acude desde hace unos meses para gestionar el estrés del trabajo, y que en alguna ocasión os habíais quedado a tomar una cerveza al salir. Poco más. Para mí eras un nombre y una vaga referencia.»

«Por eso me sorprendió tanto que se acercara a saludarte cuando ya estábamos haciendo cola en el vestíbulo. Te abrazó como si fuerais amigos de toda la vida, y cuando me dijo tu nombre, encajaron las piezas. El compañero de los lunes. El que aparecía de pronto un sábado de noviembre, abrigo en la mano, sin tener ni idea de que esa noche iba a acabar como acabó.»

«Entramos los tres juntos. Andrés se empeñó en que me sentara en medio, no sé bien por qué, y a ti te tocó la butaca a mi derecha. Me extrañó que no se sentara él a tu lado para poder charlar, pero supuse que era cuestión de localidades. Durante los anuncios, mientras aún quedaba luz, parecía un partido de tenis: tú comentabas algo, él respondía por encima de mí, yo intentaba seguir el hilo sin mucho éxito y sonreía al techo.»

«Tengo que confesarte algo que entonces no podías saber. Andrés y yo habíamos hablado esa misma tarde de ir al cine como hacíamos al principio de nuestra relación. Jueguecitos y toqueteos en la oscuridad, ese tipo de cosas que llevábamos años sin atrevernos a repetir. Yo me había puesto un vestido de verano corto, ligero, con un tanga muy fino debajo, tan fino que apenas me tapaba el coño. Ni siquiera me había depilado del todo esa mañana pensando en él: llevaba el pubis rasurado hasta dejarme los labios completamente lisos, y unas medias hasta medio muslo que se ajustaban sin liga. Iba pertrechada para follar, digamos, aunque me hubiera negado a decírmelo así en voz alta.»

«Cuando apagaron las luces, Andrés no tardó ni un minuto en posarme la mano sobre la pierna. Empezó acariciando despacio, por encima de la tela, con esa ternura suya que conozco de memoria. No sé si tú lo notaste. Yo me sentí un poco rara, sabiéndote a mi derecha, pero giré la cabeza disimuladamente y te vi absolutamente concentrado en la pantalla, los ojos fijos, sin pestañear. Pensé que estabas a otra cosa. Decidí ignorarte.»

«Su mano fue subiendo. Primero la rodilla, luego el muslo, después el borde del vestido. Arrugó la tela hacia arriba con cuidado y empezó a acariciarme la ingle por encima del tanga, con la yema del dedo corazón dibujando la raja del coño por encima de la seda, apretando justo donde ya notaba el bulto del clítoris hinchado. Soy una mujer, y a una mujer le pasan cosas cuando la tocan así. Se me endurecieron los pezones bajo el vestido hasta marcarse contra la tela, la respiración se me cortó, mis caderas empezaron a subir solas buscando el dedo, y noté cómo el tanga se me iba pegando cada vez más empapado a los labios. Cuando ladeó la tela y me rozó directamente el clítoris con la yema desnuda, resbalando en mi propia lubricación, supe que la película me iba a importar una mierda.»

«Andrés sabe tocarme. Sabe exactamente dónde tengo el capullo, con qué presión, en qué círculo. Empezó a frotarlo con dos dedos, uno a cada lado, apretándomelo como si me lo estuviera masturbando en pequeño, y luego bajó el corazón hasta la entrada y me lo hundió sin avisar, hasta los nudillos. Se me escapó un gemido que ahogué mordiéndome el labio de dentro. Empezó a follarme con ese dedo despacio, sacándolo brillante y hundiéndomelo entero, mientras el pulgar seguía dándome vueltas al clítoris. Al rato me metió el segundo dedo y noté cómo se me abría el coño alrededor de ellos, cómo apretaba yo por dentro cada vez que él llegaba al fondo.»

«Me olvidé de ti, sí. De que estabas a mi lado, de tu nombre, de la mano de Andrés en mi nuca media hora antes. Eso ya lo viste tú, supongo, mejor que yo.»

«No sé cuántos minutos pasaron. No llevo bien el tiempo cuando estoy así, con dos dedos dentro y el coño chorreando. Bajé la mano hasta su bragueta, le abrí el pantalón con paciencia para no hacer ruido, le bajé un poco el bóxer y le saqué la polla dura, caliente, ya con una gota de líquido brillándole en la punta. Se la agarré con la mano cerrada y empecé a masturbársela despacio, subiendo y bajando la piel, pasando el pulgar por la corona cada vez que llegaba arriba. Andrés apretó las mandíbulas y arqueó las caderas contra mi mano. Entonces me incliné sobre su regazo, agachando la cabeza hasta quedar de perfil sobre sus piernas.»

«Me la metí en la boca entera de una sola vez, hasta que se me hincó en el fondo de la garganta y tuve que aguantar la arcada. La saqué con un hilo de saliva colgando y volví a bajar, más despacio ahora, chupando con los labios apretados, dejando que la lengua se le enroscara por debajo, en el frenillo, donde sé que lo vuelve loco. Empecé a hacerle una mamada de las buenas, con ritmo, la mano acompañando lo que la boca no cubría, chupando en un sube y baja constante, lamiendo la corona en círculos cada vez que subía, y hundiéndomela otra vez hasta el fondo con auténticas ganas de que se corriera dentro de mi boca. Se me caía la saliva por la comisura y le empapaba los cojones. Sentí algo que no esperaba en absoluto.»

«Una mano que no era la suya levantó el bajo de mi vestido por la parte de atrás y me acarició las nalgas desnudas, despacio, como pidiendo permiso.»

«Tu mano.»

«Lo primero que hice fue mirar a Andrés, casi por instinto, sin sacarme la polla de la boca. Tenía la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo, los ojos cerrados, la boca entreabierta, jadeando bajito. Disfrutaba. No estaba mirando, no se enteraba de nada. En ese segundo tomé una decisión rápida, sin pensar en lo que estaba bien o en lo que estaba mal, sin pensar en nada que no fuera el placer que me recorría el cuerpo entero, las dos fuentes de calor que me estaban llegando a la vez: la polla dura de mi marido en la garganta y tu mano de desconocido buscándome el culo por debajo del vestido.»

«Eché el culo un poco más hacia atrás, hacia el pasillo, hacia ti, dándote un permiso silencioso para seguir. Separé las rodillas todo lo que la butaca me permitió, para que tuvieras espacio, para que vieras que sí.»

«Y seguiste. Vaya si seguiste. Me apartaste el tanga hacia un lado con un dedo, y yo sentí el aire frío de la sala pegándome directamente en el coño abierto y empapado. Tus dedos se metieron entre mis muslos con una habilidad que me sorprendió, como si supieras exactamente lo que estabas haciendo. Recorriste todo lo que encontraste a tu paso: los labios hinchados, la raja entera de abajo arriba, el capullo del clítoris que tenía duro como una canica, la entrada del coño de la que caía un hilo hasta el asiento. Yo estaba tan mojada que se te resbalaron los dedos. Era imposible que no lo notaras.»

«Me metiste primero uno, hasta el fondo, y sentí cómo se me contraía el coño alrededor. Luego el segundo, y curvaste los dos hacia arriba hasta encontrarme el punto exacto por dentro, ese que Andrés a veces se salta. Empezaste a follarme con los dedos al mismo ritmo al que yo le chupaba a él, sacándolos y metiéndolos con un ruidito húmedo que por suerte tapaba la banda sonora de la película. Con el pulgar de la otra mano me buscaste el clítoris y me lo empezaste a frotar en círculos, y yo sentí que se me doblaban las piernas ahí mismo. Quise decirte tantas cosas en ese momento que no pude decir, con la boca ocupada de polla hasta la garganta. Te las digo ahora, ya que tengo la oportunidad. Más fuerte. Más adentro. Más rápido. Así. Métemelos hasta los nudillos. Rómpeme el coño en el cine. Fóllame los dedos como si me estuvieras follando con la polla.»

«En algún momento sentí que uno de tus dedos, el más chico, resbalaba desde el coño y me buscaba el otro agujero. Me lo humedeciste con mis propios flujos y me lo apoyaste ahí, en la entrada del culo, apretando muy poco, lo justo para que yo notara la punta hundiéndose un centímetro. Nunca le he dejado a Andrés meterme un dedo en el culo así, tan de repente, en un lugar público, sin avisar. A ti te lo dejé. Se me escapó un temblor en las caderas y empujé hacia atrás para que entendieras que sí. Que también.»

«Cuando Andrés terminó dentro de mi boca, con dos empujones profundos y un gruñido apretado, mi cuerpo también se rompió. Sentí los chorros calientes descargándome en el paladar, el sabor salado corriéndome por la lengua, y a la vez tus dedos me tocaron el punto exacto por dentro y el pulgar me apretó el clítoris justo en el momento justo. No sé si fue por él o por ti, probablemente por los dos a la vez. Me corrí encima de tus dedos sin poder evitar un temblor largo que me subió desde las corvas hasta la nuca. Sentí que el coño se me cerraba a espasmos alrededor de tus dedos, apretándolos, ordeñándolos, mientras me tragaba lo que Andrés me había descargado en la boca porque no me quedaba otra. Te empapé la mano hasta la muñeca. Se me escapó un hilo de mis flujos por dentro del muslo. Sentí cómo te apartabas un instante y volvías a la posición original, lentísimo, sin prisa, como si no hubieras hecho nada.»

«Cada uno volvió a lo suyo como si la sala estuviera vacía. Andrés todavía con los ojos cerrados, respirando hondo, una sonrisa de medio lado y la polla todavía fuera del pantalón, brillante de mi saliva. Yo me incorporé despacio, con la boca llena todavía de él, y antes de tragar giré la cabeza hacia ti. Tenías los dedos dentro de tu boca y una mirada que lo decía todo. Los estabas chupando uno a uno, saboreando cómo me había corrido en ellos, sin quitarme los ojos de encima. Me hiciste un gesto pequeño, casi imperceptible, como confirmando que sí, que lo que acababa de pasar había pasado de verdad. Yo tragué lo que tenía en la boca en ese momento, mirándote fijo, para que lo vieras.»

«Lo que ocurrió después en la película no lo recuerdo. Tampoco sé si llegué a verla. Me pasé el resto de la sesión con el tanga apartado, el coño empapado, y sabiendo que si volvías a intentarlo me abría de piernas ahí mismo aunque Andrés se despertara.»

***

El archivo terminaba ahí, sin más. Releí los últimos párrafos dos veces, con la garganta seca, sintiendo otra vez la presión de esa sala a oscuras, el roce de aquella tela bajo mis dedos, el calor de su coño apretándome, el sabor de sus flujos que se me había quedado a vivir en algún lado. Volví al chat. Había un último mensaje suyo esperándome.

«He buscado tu número en los contactos de Andrés y aquí estoy, escribiéndote desde un móvil que no es el mío. Mi propuesta es sencilla. Quiero repetirlo. Tú y yo, solos, sin él, sin nadie que pueda interrumpirnos. Todo lo del cine, y todo lo que en el cine no pudimos hacer: tu polla dentro de mi coño hasta el fondo, mi boca en tus cojones, y ese dedo que me apoyaste en el culo convertido en algo más. Hasta donde tú quieras llegar. Espero tu respuesta.»

Me quedé mirando la pantalla durante un rato largo, lo suficiente como para que el brillo bajara automáticamente y la cocina volviera a quedarse a oscuras. La volví a encender. Releí. La idea de Andrés sentado a mi lado los lunes en la sala de espera, contándome sus problemas de trabajo, sin sospechar nada, me revolvió por dentro un instante. Solo un instante.

Esto está mal y lo sabes.

Después pensé en ella. En la curva de su nuca cuando se inclinó sobre el regazo de su marido, en el olor de su pelo cuando giró la cabeza al final, en el sabor que ella misma había descrito al hablar de mis dedos. Pensé en cómo se le habían cerrado los músculos del coño alrededor de mi mano cuando se corrió, en el ojal fruncido de su culo apretando la punta de mi meñique. Pensé en lo cerca que había estado de ese cuerpo y en lo poco que en realidad había llegado a follármela. Pensé en lo que faltaba: mi polla entrándole hasta el fondo, sus tetas fuera del vestido, su boca abierta chupándome como le había chupado a él.

Escribí la respuesta sin levantarme de la silla, antes de poder arrepentirme, antes de pensarlo dos veces.

«El lunes me saltaré la terapia. Mándame la dirección. Tenemos de siete a nueve de la tarde con seguridad de estar solos, ¿verdad? Avísame si cambia algo. Una cosa más: el sábado fui yo quien improvisó. El lunes improvisas tú. No te pongas ropa interior. Quiero abrirte la puerta y encontrarme el coño ya listo, sin bragas debajo del vestido, y follarte contra la pared del recibidor antes de saber cómo se llama tu perfume.»

La respuesta llegó casi al instante. Una dirección, un número de portal, un piso, sin más comentario. Y debajo, una sola palabra.

«Hecho.»

Apagué el móvil y subí las escaleras intentando no hacer ruido. Faltaban exactamente veinticuatro horas. Pasé por delante del dormitorio donde mi pareja dormía de lado, abrazada a su almohada, y seguí hasta el baño. Me lavé las manos despacio, mirándome en el espejo, buscando alguna señal en mi cara que delatara lo que acababa de prometer. No vi nada. La misma cara de siempre, las mismas ojeras de domingo. Solo mi polla, dura contra la tela del pantalón del pijama, insistiendo en recordarme lo que acababa de escribir.

Pensé en Andrés. Lo imaginé en su salón, viendo cualquier programa de televisión, ajeno a la conversación que su mujer estaba teniendo en ese mismo momento desde una habitación contigua. Lo imaginé el lunes siguiente, en la sala de espera, palmeándome la espalda con esa confianza suya, preguntándome qué tal el fin de semana, sin sospechar que precisamente ese mediodía yo había hecho ya el plan para saltarme la sesión y follarme a su mujer en su propia cama.

Y, a pesar de todo, no sentí culpa. Sentí otra cosa, algo más cercano al vértigo, a esa sensación de estar en el borde de una piscina muy alta y haber decidido ya saltar. La culpa, pensé, llegaría después. O quizá no llegara nunca. Quizá lo que iba a pasar el lunes fuera de las cosas que ocurren, que se quedan dentro de uno y que no aparecen jamás en ninguna conversación.

Volví al dormitorio, me metí en la cama con cuidado y dejé el móvil boca abajo en la mesilla. Marina no escribió más esa noche. Tampoco esperaba que lo hiciera.

Cerré los ojos sabiendo que no iba a dormir. Y no dormí. Estuve repasando hora a hora lo que faltaba para el lunes a las siete, imaginando el portal que ella me había mandado, la escalera, el timbre, el momento exacto en que la puerta se abriera y yo viera, por segunda vez en mi vida, a la mujer de mi compañero de terapia con el vestido corto y sin nada debajo. Esta vez sin Andrés en medio. Esta vez sin pantalla a la que mirar. Esta vez con las manos, la boca, la polla y el coño libres, y dos horas por delante para gastarlos.

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Comentarios(8)

Marcos_Riv

Que arranque tan bueno, me engancho desde el primer parrafo. Esperando mas!!

LoboSur88

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber cómo siguió todo eso

Romina_84

Me recordó tanto a algo que viví. Esos mensajes inesperados que te cambian el dia entero... muy bien contado

NicoRJ

Increible, de lo mejor que lei ultimamente

Vanina_SF

Que intriga la del comienzo! se nota que sabes escribir, sigue asi

GatoNegro33

excelente relato!!

TeresaMora

Lo que mas me gusto es como describe la tension antes de que todo pase, se siente en el pecho esa mezcla de culpa y deseo. Muy real, gracias por compartirlo

Sergio_PBA

Bien escrito y con ritmo, se lee solo. Esperamos la continuacion

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