La videollamada a mi marido desde la cama de otro
El avión tocó tierra a las siete y cuarto, con media hora de retraso, y Carolina sintió el corazón golpeándole por dos motivos que no se parecían en nada. Uno lo podía decir en voz alta: el cumpleaños de Mauricio, la fiesta sorpresa que ella misma había organizado durante semanas. El otro no se atrevía a nombrarlo ni dentro de su propia cabeza, aunque entre las piernas ya lo estaba nombrando por ella.
Por la ventanilla vio las luces ámbar de la terminal y, más lejos, el resplandor de la ciudad donde su marido ya debía estar soplando las primeras velas, rodeado de las dos familias. Debería estar allí. El pensamiento apareció y se fue, como siempre, sin dejar huella.
—¿Vienes? —preguntó Tomás desde el pasillo, acomodándose la chaqueta del uniforme con esa lentitud calculada que ella ya conocía de memoria.
Carolina llevaba once años casada y cuatro follando con Tomás en la misma habitación del mismo hotel de aeropuerto. Sabía exactamente cuántos minutos le quedaban antes de que alguien notara su ausencia, y sabía también que ese cálculo hacía tiempo que había dejado de frenarla.
—Voy —respondió, y se colgó el bolso al hombro.
***
El hotel quedaba a cinco minutos de la terminal, uno de esos edificios de cristal pensados para tripulaciones que llegan de madrugada y se marchan antes del amanecer. Tomás reservaba siempre la misma habitación, la del fondo del pasillo, lejos del ascensor. Subieron sin hablar, separados por un metro prudente, dos colegas cansados a ojos de cualquiera que se cruzara con ellos. Pero en el ascensor, cuando las puertas se cerraron, Carolina notó el bulto de la polla de Tomás rozándole la cadera desde atrás, y tuvo que apretar los muslos para aguantar el pinchazo caliente que le corrió del coño al ombligo.
En cuanto la puerta de la habitación se cerró, esa distancia se evaporó. Él la tomó por la cintura antes de que ella alcanzara a soltar el bolso, y Carolina sintió el frío de la pared en la espalda y el calor de su boca en el cuello, justo debajo de la oreja, en el punto exacto donde él sabía que ella perdía la voluntad. La lengua le dibujó un círculo lento sobre la piel y bajó buscando el escote, y ella soltó un jadeo ronco que no reconoció como propio.
—Tengo veinte minutos —murmuró ella, aunque ya le estaba desabrochando los botones de la camisa con dedos impacientes—. Veinte, Tomás. Después tengo que conectarme sí o sí.
—Veinte me sobran para follarte dos veces —dijo él contra su piel.
El uniforme cayó por partes. Primero el pañuelo de seda que la aerolínea obligaba a llevar al cuello; después la blusa, que él abrió sin paciencia hasta que dos botones se rindieron y rebotaron en la alfombra. Carolina se quitó los zapatos de tacón de una patada y quedó con la falda azul a medio bajar, respirando rápido, mirándolo con esa mezcla de deseo y culpa que llevaba meses sin conseguir separar. Tomás se abrió los pantalones sin dejar de mirarla y se sacó la polla dura, gruesa, roja en la punta, y la sostuvo un segundo en la mano como quien enseña una amenaza. Carolina se lamió el labio inferior sin darse cuenta.
—De rodillas —le dijo él, empujándole el hombro hacia abajo—. Primero me la chupas.
Ella cayó de rodillas sobre la alfombra sin resistirse. Le abrazó los muslos con las dos manos, se acercó y se la metió entera, hasta el fondo, hasta sentir el glande golpearle contra el paladar. Tomás gimió y le agarró el moño impecable de azafata con el puño, deshaciéndoselo de un tirón. Carolina cerró los ojos y se puso a mamársela con hambre, sacándola y volviéndola a tragar, dejando hilos de saliva colgando de la comisura, la lengua trabajándole la vena hinchada de abajo cada vez que subía. La escuchaba entrar y salir de su propia boca con un ruido húmedo que la ponía todavía más caliente.
—Así, puta, así —murmuraba él, mirándola desde arriba—. Con esa boca de esposa buena. Con esa boca que dentro de media hora va a estar cantándole el cumpleaños feliz a tu marido.
Carolina gimió con la polla dentro y apretó los muslos. La frase la atravesó como una descarga. Le clavó las uñas en el culo a Tomás para acercárselo aún más, para tragárselo hasta las pelotas, y él le empujó la cabeza hasta que ella tuvo que apartarse tosiendo, con los ojos llorosos y un hilo de baba resbalándole por la barbilla.
—Date la vuelta —le pidió Tomás, con la voz ronca—. Contra el espejo.
Ella obedeció sin pensarlo. Apoyó las palmas contra el espejo del armario y vio su propio reflejo: el rímel apenas marcado, el pelo ya suelto, los labios pintados de aquel fucsia encendido que se había aplicado en el baño del avión pensando en Mauricio, en la foto que se harían juntos a medianoche. La idea de su marido debería haberla detenido en seco. En cambio la empujó hacia delante y arqueó el culo hacia atrás, ofreciéndoselo.
Tomás le bajó la falda hasta los tobillos y le recorrió la espalda con la palma abierta, despacio, desde la nuca hasta donde la espalda dejaba de llamarse espalda. Le apartó las bragas empapadas con dos dedos y los hundió en el coño de una sola vez. Carolina se atragantó con un jadeo. Estaba tan mojada que los dedos entraron sin ninguna resistencia, y él los sacó relucientes, se los enseñó en el reflejo del espejo y se los metió en la boca a ella.
—Mira cómo estás —le dijo al oído, mientras se los chupaba—. Mira cómo se te cae por dentro de los muslos. Y todavía no te he metido nada.
Ella abrió los ojos. Se miró. Una mujer de cuarenta años, casada, madre de dos hijos, doblada contra el espejo de un hotel de aeropuerto con las bragas por las rodillas y los dedos de otro hombre limpiándose en su lengua. No reconoció del todo a la del reflejo, y eso, descubrió con un escalofrío, era justamente lo que la volvía adicta a aquellas escalas.
Tomás se colocó detrás. Le agarró la polla con una mano, se la pasó entre las nalgas, la deslizó por los labios del coño empapado, y de golpe entró en ella de una sola embestida lenta hasta el fondo. Carolina tuvo que morderse el labio para no gritar. Lo sintió abrirla entera, llenarla hasta el vientre, y el espejo le devolvió la imagen de su propia boca abierta, del pecho subiendo y bajando dentro del sujetador a medio bajar, del modo en que sus dedos se agarraban al borde del mueble buscando algo a lo que sujetarse.
***
Él se movía con calma, como si los veinte minutos no existieran, sosteniéndola de la cadera con una mano y apartándole el pelo del cuello con la otra. Se la sacaba casi entera y se la volvía a meter despacio, dejándola sentir cada centímetro, cada vena, hasta chocarle contra el cuello del útero. Carolina empujaba hacia atrás para encontrarlo, marcando ella el ritmo cuando él se hacía el desinteresado, jadeando contra el cristal empañado por su propio aliento. Tomás le pasó una mano por delante, le pellizcó un pezón entre dos dedos, se lo retorció apenas, y ella se corrió una primera vez sin avisar, chorreándole el coño alrededor de la polla, temblando entera contra el espejo.
—Ya te corriste, guarra —dijo él, riéndose bajito—. Y todavía no ha empezado la fiesta.
—Más fuerte —le exigió ella, y no reconoció su propia voz—. Más fuerte, no tengo toda la noche. Rómpeme.
Tomás se rió por lo bajo y le hizo caso. La tomó de los dos hombros y la atrajo hacia él con cada movimiento, follándola ahora de verdad, con embestidas secas que le sacudían las tetas contra el cristal y hacían resonar el ruido de las pieles chocando en toda la habitación. El espejo entero temblaba con ellos. Le dio una palmada seca en la nalga derecha y ella gritó contra el brazo. Otra en la izquierda. La piel se le fue encendiendo de rojo, en marcas de cinco dedos que iba a llevar toda la noche bajo el vestido de la fiesta.
—Dime lo que eres —le pidió él, sin dejar de embestirla.
—Tu puta —contestó ella sin pensar.
—Más alto.
—Soy tu puta, Tomás, tu puta, fóllame, fóllame por favor.
Carolina sintió el calor subiéndole otra vez desde el vientre, esa marea conocida que crecía rápido, demasiado rápido, y se odió un poco por lo bien que se sentía.
Y entonces el teléfono vibró sobre la mesilla.
En la pantalla parpadeaba un nombre: Marcela. La amiga del alma que sostenía la fiesta del otro lado, la que ella misma había convertido en cómplice y maestra de ceremonias improvisada sin contarle, claro, toda la verdad.
—Para —dijo Carolina—. Para, para, es ahora.
Tomás se detuvo, todavía enterrado hasta las pelotas dentro de ella, respirando contra su nuca. La polla le latía dentro, dura, palpitándole en las paredes del coño.
—Diles que estás ocupada.
—No seas idiota. —Se apartó de él con un movimiento brusco que a los dos les arrancó un gemido contenido cuando la polla se le salió de golpe—. Es mi marido. Es su cumpleaños.
***
Se sentó en el borde de la cama con las piernas todavía temblando y los muslos húmedos del semen que aún no había llegado y de su propia corrida anterior. Se pasó las dos manos por el pelo para domar el desorden, se subió el tirante del sujetador que él le había bajado y orientó la cámara del móvil de manera que solo se le viera la cara y, detrás, una pared neutra que lo mismo podía ser una sala de tripulaciones que cualquier otra parte del mundo. Respiró hondo dos veces. Compuso la sonrisa. Pulsó el botón verde.
—¡Holaaa! Puf, casi no llego, mi amor, perdónenme todos —dijo, y la voz le salió perfecta, cálida, idéntica a la de siempre—. Hubo un tráfico de locos para salir de la terminal y todavía estoy liada con los benditos informes del vuelo.
Del otro lado le llegó el bullicio entero de la fiesta: el murmullo de la gente, una copa que tintineaba, la voz de Marcela pidiendo silencio por el micrófono. Y entonces apareció él en una esquina del recuadro. Mauricio, con la corbata un poco torcida y esa sonrisa de niño bueno que ponía siempre que era feliz, levantando la mano para saludar a la pantalla.
Perdóname tú a mí.
—Mi vida, ya sé que no es la primera vez que no consigo cantarte el cumpleaños en persona —continuó, mirando a la cámara con una ternura que, en el fondo, no era del todo fingida—. Pero quiero que sepas, delante de toda esta gente que tanto te quiere, que eres el hombre más bueno que conozco.
Mientras hablaba, sintió el colchón hundirse a su espalda. Tomás se había arrodillado detrás de ella, fuera del encuadre, y le deslizó una mano por la columna, despacio, milímetro a milímetro, hasta la base de la espalda. Le abrió las piernas con la rodilla, y Carolina apretó los dientes un instante y siguió sonriendo a la pantalla como si nada.
—Tú me dejaste crecer a tu lado, cumpliendo cada uno de mis caprichos, aguantando mis berrinches de niña consentida —dijo, y al pronunciar la palabra «niña» la mano de Tomás le rodeó la cintura y bajó, hundiéndole dos dedos en el coño chorreando por detrás—. Me apoyaste como nadie cuando yo soñaba con volar, con recorrer el mundo. Soy quien soy gracias a ti.
Los dedos de Tomás entraban y salían despacio, torciéndose dentro de ella, buscando el punto. Carolina apretó el móvil con las dos manos para no temblar. Notaba el pulgar de él dibujarle círculos en el clítoris hinchado, y tuvo que carraspear en mitad de la frase para no gemir en directo.
—¡Mírenla, qué linda! —gritó alguien de fondo en la fiesta, y se escucharon los aplausos.
Tomás aprovechó el ruido para hundir la cara en su cuello y morderla justo donde sabía, mientras sacaba los dedos empapados y se los pasaba por la línea del culo, dejándola brillante. Carolina contuvo el aire, lo disfrazó de emoción, se llevó dos dedos a la comisura del ojo como si se secara una lágrima de pura nostalgia. Sentía la punta de la polla de él apoyada en la entrada, empujando apenas, amenazando con volver a metérsela ahí mismo, delante de la cámara, delante de la sonrisa boba de su marido.
—Perdón, perdón, es que me pongo sensible —dijo riéndose hacia la cámara, mientras la polla de su amante se le colaba de nuevo dentro un centímetro, dos, obligándola a apretar los muslos alrededor del móvil para que no se le notara nada—. Bueno, mi amor, no quiero abusar de la paciencia de nadie. Levanten todos la copa y bríndenle a este hombre, que se lo merece como ninguno. ¡Felices cuarenta y seis vueltas alrededor del sol!
En la pantalla, Mauricio se llevó una mano al pecho. Le devolvió, moviendo apenas los labios, un «gracias, mi amor» que la conexión no alcanzó a transmitir con sonido. Y esa imagen muda, la de su marido agradeciéndole con los ojos brillantes el discurso que le dictaba desde la cama de otro, con la polla de otro medio metida en el coño, fue lo que estuvo a punto de quebrarla.
—Ehhh, me necesitan con urgencia por aquí —improvisó deprisa—. Tengo que cortar. En cuanto pueda salgo para allá, lo prometo. ¡Bailen, beban, disfruten! Marcela, mi amor, ¿haces tú los honores? Gracias.
Acercó el dedo a la pantalla sin esperar respuesta y la fiesta desapareció de golpe, tragada por el negro. La habitación quedó otra vez en silencio, con la respiración de los dos como único sonido, y el ruido húmedo de la polla de Tomás encajándosele hasta el fondo en el mismo instante en que soltó el móvil.
***
Carolina dejó el teléfono boca abajo sobre la mesilla, muy despacio, como si el aparato pudiera seguir oyéndola. Se quedó un segundo inmóvil, sentada en el borde del colchón con la polla dentro, sintiéndose la peor mujer del mundo y, al mismo tiempo, más viva de lo que se había sentido en años.
—Eres increíble —dijo Tomás a su espalda, y había algo entre la admiración y el miedo en su tono—. No te tembló la voz ni una vez. Y estabas empalada.
Ella se giró hacia él, dejándolo salir con un chasquido húmedo. Le puso una mano en el pecho y lo empujó contra el cabecero hasta tumbarlo, y se subió encima sin darle tiempo a decir nada más. No quería oír su voz. No quería pensar. Quería terminar lo que la videollamada había interrumpido y borrar, aunque fuera durante diez minutos, la cara de Mauricio agradeciéndole desde el otro lado del país.
—No hables —le ordenó—. Ni una palabra.
Le agarró la polla con la mano, todavía brillante de ella, y se la encajó de un solo golpe hasta el fondo. Gimió con la boca abierta cuando lo notó chocarle contra la matriz. Se acomodó sobre él a horcajadas y empezó a moverse, las manos plantadas en su pecho, la cabeza echada hacia atrás, cabalgándolo con rabia. Las tetas se le salieron del sujetador y bailaban delante de la cara de Tomás en cada bote, y él estiró la lengua y le atrapó un pezón entre los dientes, mordiéndoselo hasta arrancarle un chillido.
El moño de azafata se le había deshecho del todo y el pelo le caía sobre la cara. Tomás la sujetó por las caderas, intentando seguirla, pero Carolina ya no necesitaba que la guiara nadie. Le hundía la polla en el coño de arriba abajo, con embestidas cortas y furiosas, subiéndosela hasta la punta y dejándose caer entera de golpe, aplastándole las pelotas contra el culo en cada bajada.
—Córrete dentro —le ordenó entre jadeos—. Córrete dentro y quédate ahí, y que se me caiga por la pierna cuando llegue a la fiesta. Me lo debes.
—Estás loca —jadeó él, agarrándola de las nalgas con las dos manos.
—Córrete, hijo de puta.
La marea que la llamada había dejado a medias volvió enseguida, más alta, y esta vez no había ninguna pantalla a la que sonreírle. Se mordió el dorso de la mano para que el grito no atravesara las paredes finas del hotel, y el cuerpo entero se le tensó como una cuerda y después se soltó, ola tras ola. El coño se le cerró en espasmos alrededor de la polla de Tomás, apretándolo, ordeñándolo, y él aguantó tres embestidas más antes de vaciarse entero dentro de ella, gimiendo su nombre contra su pelo, con los dedos clavados en su espalda mientras chorro a chorro le llenaba el vientre.
Carolina se quedó quieta encima, sintiendo cada latido de la polla dentro, sintiendo el semen caliente extendiéndose donde debería haber estado el de su marido. Se derrumbó sobre el pecho de aquel hombre que no era Mauricio, temblorosa, vacía, satisfecha de un modo que le daba vergüenza.
***
Se quedaron quietos un rato, enredados, escuchando el aire acondicionado y el rumor lejano de un avión que despegaba. Cuando Carolina se levantó, notó el hilo tibio bajándole por la cara interna del muslo, tal como lo había pedido. No se limpió. Recogió la blusa del suelo y empezó a buscar los dos botones que habían salido volando. Encontró uno bajo la cama. El otro no apareció.
—Tengo que irme ya —dijo, mientras se ajustaba la falda sobre el coño empapado y se rehacía el moño frente al mismo espejo de antes—. Si llego después que la mitad de los invitados, la cosa se pone fea.
Tomás la observaba desde la cama, con un brazo cruzado bajo la nuca y la polla todavía a media asta, brillando.
—¿Hasta cuándo vas a seguir con esto, Caro?
Ella se detuvo con el pintalabios a medio camino de la boca. Lo miró por el reflejo, sin volverse.
—¿Con qué? —preguntó, aunque sabía perfectamente a qué se refería.
—Con él. Conmigo. Con las dos cosas a la vez.
Carolina terminó de pintarse los labios de aquel fucsia encendido, apretó uno contra otro y se miró un segundo largo en el espejo. La mujer del reflejo volvía a ser la de siempre: la esposa impecable, la madre devota, la amiga del alma que había planeado una fiesta perfecta. Nadie, ni Mauricio, ni Marcela, ni sus hijos, sabría jamás lo que aquel espejo había visto, ni el semen que llevaba goteándole por dentro camino del taxi.
—No lo sé —respondió por fin, y por una vez no estaba mintiendo—. Pero esta noche, no.
Recogió el bolso, se calzó los tacones y se acercó a la puerta. Antes de abrirla se giró hacia Tomás, todavía desnudo entre las sábanas revueltas.
—La próxima escala es en doce días —dijo—. Misma habitación. Y esa boca la quiero tuya toda la noche.
Y salió al pasillo, recompuesta, perfumada, con el móvil en la mano marcando ya el número de un taxi y el coño todavía chorreando dentro de las bragas. A esa hora el tráfico habría aflojado. Llegaría a la fiesta con el tiempo justo para abrazar a su marido, soplar con él la última vela y dejarse fotografiar mejilla con mejilla, sonriendo a la cámara con la misma boca que media hora antes había tenido la polla de otro hombre hasta el fondo de la garganta.
Mauricio le diría, como cada año, que era la mujer más afortunada que conocía por tenerlo a él. Y ella, como cada año, le respondería que sí, que la más afortunada del mundo, y por una vez sería verdad a medias: nadie tenía tanta suerte como ella para no ser descubierta con el semen de su amante todavía caliente entre las piernas.