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Relatos Ardientes

El cornudo que soñaba con su propia traición

Un aviso antes de abrir el telón: las referencias rebuscadas que salpican estas líneas no buscan presumir, sino retratar a un hombre que pierde la cabeza. Si en algún punto el lector se confunde, mejor; así se mete dentro de la locura. Quien quiera continuar o reescribir esta historia, bienvenido sea, si valiente es.

¿Saben cuál es el género musical de los cornudos? El bolero. ¡Cuánta nobleza! Casi puedo verlos con el porte de un caballero arruinado, capaces de cargar un corazón roto, de sufrir como los héroes de la tragedia griega. No me extraña que los antiguos creyeran que la tragedia era privilegio de los grandes: sufrimientos así engrandecen el espíritu. Confesar la debilidad de la propia voluntad, arrastrarse por un amor traicionado, es algo casi sublime.

—No puedo despedirla como se espanta a una mujer cualquiera cuando ya no queda dinero —le diría yo a cualquier amigo que me aconsejara olvidarla—. No me queda más que arrastrarme a sus pies a pesar de su sucia traición.

¡Pero cuánto placer hay en la tragedia! En el dolor de un pecho partido. ¿Quién no querría ser el payaso que llora bajo el maquillaje mientras el público ríe? Tener una emoción tan brutal que se convierta, de un escupitajo, en la melodía más hermosa, y gritar: «¡Ríete, payaso, de tu amor roto! ¡Ríete del veneno que te corroe el corazón!».

¡Ah, castigo divino! ¿Me concederá la suerte mis deseos prohibidos? ¿Me será infiel mi esposa, como en todos los relatos que devoro a escondidas? ¡No, Dios me libre de semejante condena! ¿Qué morbo encuentra la gente en imaginar a su mujer fornicando con otro? El placer no está ahí, zopenco. El martirio está en la reflexión.

—¿Por qué te entregas más a un desconocido que al amor de tu vida? —diré el día que la descubra compartiendo cama con un villano—. Esa fruta sagrada, reservada para quien comparta contigo la tumba, no debía marchitarse antes de tiempo, mi cielo, mi perdición.

—Perdóname —suplicará ella—. La carne es débil y la voluntad lo es más. Mi corazón siempre será tuyo, pero cuando vi sus ojos hubo una fuerza que no pude resistir, un coloso que me empujaba paso a paso al abismo de sus brazos.

—¡Asmodeo, señor de la lujuria, sombra que corrompe la unión sagrada, aparta a mi esposa de tu seno! —gritaría yo al techo.

Y entonces me llenaría un sufrimiento digno de los hombres extraordinarios. Me hundiría en una cantina, bebiendo y cantando «La media vuelta», «El rey», «Ella» y mil canciones más que me hicieran llorar. Vería en el teléfono las decenas de llamadas perdidas de mi esposa, desesperada por encontrarme, corriendo de un rincón a otro al darse cuenta de su error. La imagino desmayándose de culpa ante la idea de que yo me quite la vida por su traición. ¡Eso sería perfecto!

El Furtivo puede estar en cualquier parte. Puede ser cualquiera, y seguro se burla de mí en este mismo instante, escondido entre la masa gris de gente indiferente a mi suerte. Uno de ellos —¿uno?, pueden ser varios— me mira con sorna, porque sabe que, aunque yo lo descubriera, nada podría hacer. ¿Por qué nada? Ven, te cuento.

Puede ser ese muchacho que tengo enfrente en el autobús. Pelo liso, rubio, ojos claros, un aire de adonis intelectual con sus gafas redondas y sus facciones casi luciferinas, de esas que invitan al pecado. Cualquier mujer podría fijarse en él. Mi esposa, también. Habrá leído mucho, viajado mucho; con una copa de vino blanco y buena conversación bastaría para deslumbrar a cualquiera. Sabe cuándo acariciar, cuándo besar; un agarre de cintura en el momento justo enamora a cualquier mujer. «Es como el póquer —me dijo su semblante, lo juro—: hay que apostar en el momento y la cantidad exactos. Muy pronto y vas de farol; muy tarde y desperdicias la mano.» Ese chico es un genio de la seducción y de seguro ya se acostó con mi mujer. ¡Míralo, leyendo en el transporte público, en su torre de marfil, indiferente del mundo entero, leyendo… «El código Da Vinci»…! Bueno. Quizá no es tan brillante como pensaba. Además, tiene la nariz algo torcida y la mandíbula floja. Olvídenlo.

Pero miren a aquel otro: bestia del gimnasio, maestro del press de banca, el acero es su elemento. Mirada dominante. Puedo oírlo decir: «La seducción es para los débiles, que mendigan lo que no merecen; yo lo merezco por naturaleza.» Tiemblo al pensar que mi mujer se entregaría gustosa a sus brazos, dispuesta a aguantar su carácter peligroso con tal de complacer a un macho de pura cepa, aunque tuviera que ser una más de su harén… Olvídenlo, es homosexual.

Otro día sin pruebas. Otro día con mi esposa recibiéndome intacta, sin una sola señal de haber sido tocada por nadie. Otra vez la cama fría, ella contándome de su trabajo y de su jornada.

¿Qué pensaría si supiera que su marido se encierra en el baño a masturbarse imaginando al Furtivo?

Mi pobre esposa, incapaz de matar una mosca, jamás me sería infiel, jamás rompería sus votos… lamentablemente. ¿No lo hace por tener un espíritu insípido o por tener valores de hierro? Los espíritus extraordinarios pueden saltarse la moral, porque la moral es un cuento para niños. ¿Qué me dolería más: que me engañara por ser extraordinaria o por ser una cualquiera sin freno? Las dos cosas: que alguien lograra quebrar sus valores de hierro y la convirtiera en una cualquiera sin freno.

***

Estas meditaciones me dominaban al salir del baño, cuando la encontré desnuda, recostada de lado como una modelo de revista, lanzándome una mirada felina.

—¿Vas a dejarme esperando?

Me creía libre de mis pensamientos, pero esa figura los reavivó. Imaginé su cuerpo como las sobras de otro: sus brazos, prestados; sus besos, usados. Me acorraló el terror. No tuve excitación, solo dolor. Imaginé que quería acostarse conmigo nada más porque a su amante le daría morbo saberlo. ¿Por qué tan coqueta de repente? Si todavía no me ha engañado, alguien encendió esa chispa y ahora quiere desquitarse conmigo.

Cansada de esperar, se levantó tranquila, dueña y señora de la situación. Me desabrochó la ropa despacio y empezó a besarme los labios con delicadeza, como el comienzo de un discurso. Sabía qué botón soltar, sosteniéndome la mirada. El cosquilleo de sus dedos fue apagando mis pensamientos, liberando mi deseo de las garras de Asmodeo. Por un momento fue mía. Su cuerpo entero, mío, por voluntad propia.

Cuando abrí los ojos la vi arrodillada, los glúteos sobre los talones, la espalda dibujando la curva de su cintura, el rostro mirándome agradecido de tenerme entero en la boca. Maldita sea, ¿por qué no puedo disfrutar de ella sin veneno? Solo me provoca deseo en el dolor: imaginarla en esa misma postura con un hombre más dotado. A mí me traga completo; ¿cómo se vería con una verga que no le cupiera? Seguro chuparía con más ganas, lo agarraría de la base, intentaría atragantarse, le concedería todo lo que a mí me niega. Porque yo soy un patético cornudo mientras su amante la posee en la habitación de al lado, indiferente a mi hora de llegada.

«¡Maldita zorra!», pensé antes de agarrarla del pelo y embestirle la boca como si nada importara. Ella, por reflejo, me sujetó las piernas, y luego… luego se dejó hacer. La saliva se le desbordaba hasta el suelo, los sonidos de arcadas se mezclaban con las venas marcadas en su frente, y aun así me sostenía la mirada y empujaba más el trasero, como queriendo complacerme. ¿Por qué?

La primera bofetada no dejó marca. Fue en la tercera cuando vi las pequeñas estrellas rojas brotar bajo mi mano impresa en su mejilla. Y no se apartó. No dejé de imaginar que hacía lo mismo con el Furtivo, que gemía con sus golpes y no con los míos, que sus ojos llorosos brillaban solo para él. Aquel amor llegado tarde, por quien me abandonaría. Los imaginé después, en una playa, las trompetas de un adagio acompañando el duelo del mar contra las rocas, y ella diciéndole las palabras que más placer dan a los enamorados:

—¿Por qué tardaste tanto en encontrarme, amor? No hay duda de que nuestras almas se amaron en otra vida. Me obligas a cometer el peor de los pecados, y gustosa lo cometo si me regala otra eternidad a tu lado.

Como Tristán e Isolda, bebidos del mismo filtro, condenados pero condenados juntos. ¿Qué argumento tengo yo, si hasta los poetas perdonan a los amantes que mueren abrazados?

La volteé del pelo para que no me viera llorar. La puse en cuatro; arqueaba la espalda hasta rozar la cama con los pechos, estiraba los brazos, separaba las piernas. La penetré despacio, sin fuerza, como quien cumple un último trámite antes de la despedida.

La imaginé de nuevo en esa playa, cabalgando a su amante sin condón, bajando lento para sentirlo entero, gimiendo más cuanto más bajaba, hasta envolverle el cuello y susurrarle: «No quiero taparte la vista, mi amor. Gracias por estar conmigo.»

Maldita infiel. Ya no puedo llamarla zorra. No es culpa suya que su amor llegara tarde.

Le abrí las nalgas con los pulgares, mirando cómo entraba y salía despacio. Sus gemidos no eran ni la mitad de los de la playa imaginada. ¿Por qué fingía? ¿Por lástima? Aceleré.

—¿Por qué gimes, perra?

—¿Eh? —respondió, creyendo no haber entendido.

Tardé en darme cuenta de que lo había dicho en voz alta. En ese instante yo no era yo: era él. Aumenté el ritmo, me puse de puntillas y encontré mejor ángulo. Sentí cómo se mojaba más, cómo apretaba las sábanas. Le estiré las piernas hasta dejarla tendida, la rodeé del cuello con el brazo y bajé el ritmo, lento y certero.

—Mira cómo chorrea ese coño por tu amante, maldita zorra, ¿eh?

—¡Sí! ¡Sí! Soy una puta, lo diré cuanto quieras con tal de que me folles así, asíí… ¡Dios! Disfruta de mí, cabrón, así, así.

Y vaya que tenía razón, porque se mojaba cada vez más, y cuanto más decía esas cosas, más cerca estaba del final. «Una zorra de uso público, solo merece que la usen como una zorra de uso público», pensé.

—Soy una zorra de uso público, úsame como una zorra de uso público, córrete dentro de mí.

El tiempo se detuvo. La oía gemir como nunca, pero yo ya no estaba allí. Una mezcla de placer y llanto me hizo venirme a torrentes, con un hueco en el pecho, un dolor tan agudo que se me escapó en lágrimas y semen a la vez. Nunca había tenido un orgasmo tan intenso, un cóctel de emociones que ningún hombre supo nombrar. Era real. Todo era real. Ella se había entregado a otro y se lamentaba conmigo. Él había estado aquí hacía un momento. La usó, jugó con ella, le dejó el gusto por la degradación.

—¿Qué fue lo último que dijiste? —pregunté tras un suspiro.

—Que me encanta sentir cómo te vienes dentro de mí —dijo con una risita, girando la cabeza para plantarme un beso en la mejilla.

—No, no. Después de eso.

—Después de eso dije: «aaaah, ah, ah, ah» —y se rió.

¿Lo imaginé? ¿No dijo lo del uso público? Me hizo venir precisamente que lo dijera.

—¿Uso qué? —soltó una carcajada—. ¿Qué cosas dices, amor? Cara-de-uso-público —rió de nuevo—. Yo solo quiero ser tuya. ¿No te enciende saber que soy solo tuya? ¿Que me domaste hasta hacerme tu puta leal, esposada gustosa a tu merced?

Se supone que sí. Creo que sí. Dios mío, ¿qué me está pasando? ¿De verdad no lo dijo?

De esta no te salvas, mujer pérfida. Perfecta Salomé que pide mi cabeza en bandeja: no te la voy a entregar. Pienso, pienso, y advierto que la espada ya estaba en alto y que la mano que la blandía no era la suya, sino la mía. Me vi desde fuera, grotesco y solemne, un Otelo sin pañuelo, buscando desesperado una prueba que justificara este nudo en la garganta y esta erección dolorosa nacida de la sospecha. Porque si ella es inocente, si lo del uso público fue solo una broma y su entrega fue genuina, entonces el infierno en el que vivo no tiene fuego, y yo me quemo solo por costumbre.

Las mentirosas borran sus mentiras con caricias. Diluyen el engaño en lo cotidiano, en el quehacer del día, en los chismes, en las buenas nuevas. Apenas detectan la duda, lanzan un cumplido, un «te amo», un «te adoro». Son maestras de la metamorfosis: como la santa que fue pecadora y la noble que se hizo ramera.

Llora la casta paloma su culpa contra el suelo,

finge su vuelo blanco, solemne, rumbo al cielo;

ruge la otra, la fiera, cetro carnal de la ruina,

y arde en el vientre del mundo su lujuria asesina.

***

—Oye, ¿tú alguna vez en tu vida has sido infiel?

—No, claro que no. Lo encuentro absurdo. Si alguien más me empieza a gustar o mi pareja deja de atraerme, simplemente termino y ya. No tiene sentido engañar.

—¿Y si estás en una relación comprometida? No puedes terminar algo que es apoyo emocional, financiero, a veces familiar.

—¿Quieres serme infiel tú?

—No, claro que no. Lo encuentro absurdo. Si alguien más me empieza a gustar… —me golpeó con la almohada sin dejarme terminar.

—Eres un bobo.

—Bobo serás tú.

—¡Bobo, bobo! —repetía riéndose y golpeándome—. Pero yo amo mucho a mi bobo, bobis, bobis —y terminó con un beso en la mejilla.

—Y yo a ti, mi vida.

Creo que me dejé llevar. A veces me pongo demasiado imaginativo sin razón. No quiero que me engañe; es mi esposa, mi amor. Me reconforta acurrucarme con ella. No voy a arriesgar este hogar por locuras mías. Locuras y nada más. Una montaña rusa de emociones viciadas y barrocas, pero nada más que eso.

—Pero si no quieres que te sea infiel —dijo mirando al techo—, ¿entonces sí quieres que me coma una verga negra bien venosa? ¿Que te ponga los cuernos con algún okupa o con el vecino corpulento?

Pero lo dijo, ¿no? Esta vez sí lo dijo… ¿verdad?

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Comentarios (5)

Rafa_Mdq

increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Valentina_1994

Por favor que haya segunda parte, quedé con demasiadas ganas de saber como termina todo esto

MateAmargo_77

Me recordó a algo que viví hace años... esas fantasias que uno no se anima a contar en voz alta. Bien escrito.

ElProfe88

Lo interesante es que el narrador no sabe bien si quiere que ocurra o solo fantasea con eso. Esa ambiguedad es lo que lo hace tan real. Muy bien logrado.

NocheGBA

jaja la primera linea me enganchó de entrada

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