Engañé a mi esposo con el ingeniero de la obra
Me llamo Lorena, tengo treinta y tres años y trabajo como interventora de proyectos de infraestructura. Mi oficio consiste en revisar que el dinero público no se evapore entre cemento y facturas infladas, así que paso buena parte del año visitando obras en lugares a los que nadie quiere ir. Llevo siete años casada con Daniel, un hombre amable que me trata bien y al que nunca le he reprochado nada. El problema no es lo que hace; es lo que ya no hace. Nuestra cama se volvió un trámite más, algo que se firma por costumbre y sin leer la letra pequeña.
Aquel mes me tocó subir a un pueblo encajado entre montañas, donde se construía un puente sobre un río de aguas marrones. El sitio era pura aspereza: barro hasta los tobillos, maquinaria rugiendo, un calor húmedo que se pegaba a la piel y un hostal modesto con habitaciones de madera que crujían con cada paso. No había nada que hacer al caer la tarde salvo escuchar el río y los grillos.
El primer día de inspección conocí a Mateo, el residente jefe de la obra. Cuarenta años, alto, con esos hombros anchos de quien carga planos y replantea terreno bajo el sol. Tenía la piel curtida, una barba descuidada de varios días y unos ojos claros que me recorrieron sin necesidad de tocarme. Llevaba una alianza gruesa en el dedo y, cuando sacó el celular para anotar una medida, alcancé a ver la foto de fondo: una mujer y dos niños. Casado, como yo. Hablamos solo de pilotes, de cargas, de cronogramas. Y, sin embargo, desde el primer «mucho gusto» sentí un tirón en el estómago, como cuando el ascensor baja demasiado rápido.
Lo noté también en él. En cómo se le quedaron los ojos un segundo de más sobre mi blusa, que el sudor me había pegado al cuerpo. Ninguno lo dijo, pero los dos lo supimos.
Estábamos en el andamio del segundo nivel cuando mi bota resbaló contra una tabla suelta. Por un instante el suelo desapareció bajo mis pies y todo se inclinó hacia el vacío. Mateo me atrapó la mano con una fuerza brutal y me jaló contra su pecho. Cuando su palma áspera y caliente apretó la mía, algo me subió desde la muñeca hasta el centro del cuerpo, un calor que no tenía nada que ver con el susto. Me quedé sin aire. Él tampoco habló; solo me sostuvo un segundo más de lo necesario, mirándome fijo.
—Cuidado —dijo al fin, y me soltó como si quemara.
Terminamos la inspección hablando de juntas de dilatación, como si nada. Pero yo seguía sintiendo el calor de esa mano.
***
Esa tarde, ya en el hostal, me llegó su mensaje. Lo leí tres veces.
«Lorena, perdona el atrevimiento, pero necesito hablar contigo de algo del contrato que no quiero tratar en la oficina. Aquí las paredes oyen y el pueblo es chico. ¿Puedo pasar por tu hostal en media hora? Diez minutos, te lo prometo.»
Sabía perfectamente que ningún tema del contrato exigía verme a solas en mi habitación. Y aun así, una parte de mí que llevaba años dormida quería volver a verlo. Me quité la ropa de trabajo —la blusa, la falda, el sostén— y dudé frente a la maleta. No había llevado nada pensado para seducir a nadie. Lo único íntimo era una camisola de seda que siempre cargo de viaje: escote generoso, sin sostén debajo, la tela tan fina que se marcaba todo, y un short corto que dejaba las piernas casi enteras al aire.
Era una jugada arriesgada. Me dije que, si él preguntaba, le diría que me había escrito justo cuando iba a echarme una siesta. Una mentira pequeña, lista para usar. Me miré al espejo manchado, con el corazón golpeándome las costillas, y supe que la mentira ya no me la creía ni yo.
***
Llegó puntual. Jeans, camisa arremangada, olor a sudor limpio y a hombre que ha pasado el día al sol. Cerró la puerta a su espalda y se quedó parado, mirándome de arriba abajo sin disimulo. Sus ojos se detuvieron en mis pezones, que se marcaban duros contra la seda, en el escote, en mis muslos desnudos.
—Lorena… no sé qué carajo me pasa contigo —dijo con la voz ronca, dando un paso—. Desde que te agarré la mano esta mañana no pienso en otra cosa. Sé que estás casada, sé que yo lo estoy, sé que esto es una locura. Pero mañana te vas y no te vuelvo a ver nunca. Y no quiero pasarme la vida preguntándome cómo habría sido.
Se acercó despacio, dándome todo el tiempo del mundo para decir que no. No lo dije. Me quedé quieta, sintiendo el aire denso entre los dos.
—Dime que pare y paro —susurró a un centímetro de mi boca.
—No pares —respondí, y la voz me salió temblando.
Me besó como si llevara días sin beber y yo fuera lo único que pudiera salvarlo. Su lengua entró caliente, profunda, y yo gemí contra sus labios mientras él gruñía y me empujaba contra la pared de madera. Sus manos bajaron rápido: una me apretó un pecho por encima de la seda y me pellizcó el pezón hasta hacerme arquear la espalda; la otra se coló bajo el short, sus dedos rozando mi sexo ya empapado.
—Estás mojadísima —gruñó contra mi cuello, mordiéndome la piel—. Llevo todo el día imaginándome esto. Quiero follarte. Dime que sí.
—Sí —jadeé—. Aquí. Ahora. Mañana me voy y nadie va a saberlo nunca. Hazlo.
Me sacó la camisola de un tirón por la cabeza. Mis pechos quedaron libres y él se arrodilló sin pensarlo. Atrapó uno con la boca, lo succionó fuerte mientras con la otra mano amasaba el segundo y me pellizcaba la punta. Después me bajó el short y la ropa interior de un solo jalón, me separó las piernas con las manos y enterró la cara entre ellas.
—Sabes increíble —dijo entre lengüetazos—. Llevo todo el día con hambre de esto.
Me lamió el clítoris con la lengua plana y firme, lo succionó, metió dos dedos gruesos y los curvó buscándome por dentro. Me agarré de su pelo y me corrí rápido, temblando de pies a cabeza, con las rodillas a punto de fallarme.
***
No me dio tregua. Me giró y me dobló sobre la cama, boca abajo, con las caderas al borde. Me separó las nalgas con las dos manos y se quedó un segundo mirándome, respirando agitado.
—Te voy a follar hasta que mañana no puedas ni subir a la camioneta —gruñó.
Me penetró de una sola embestida y yo grité. Él me tapó la boca con la palma grande y caliente.
—Shhh, no puedes gritar —susurró pegado a mi oído—. El pueblo es chico y las paredes oyen. Muerde la almohada, preciosa.
Mordí la almohada mientras me embestía duro, profundo, agarrándome las caderas con tanta fuerza que sabía que al día siguiente tendría las marcas de sus dedos. La cama golpeaba contra la pared con un ritmo que delataba todo, y yo solo podía aferrarme a las sábanas y ahogar los gemidos contra la tela.
—Dime que te gusta que te folle un hombre que no es tu marido —exigió, y me dio una palmada en la nalga que resonó en la habitación.
Solté la almohada un segundo.
—Me encanta —jadeé—. Más fuerte, Mateo. No pares.
Me volteó boca arriba, me levantó las piernas sobre sus hombros y me penetró aún más hondo, su cuerpo cerrándose sobre el mío. Me corrí por segunda vez, apretándolo con espasmos que lo hicieron maldecir entre dientes.
Entonces se detuvo. Salió despacio y frotó la punta contra mi otra entrada, más estrecha.
—¿Puedo? —preguntó, y por primera vez la voz le tembló de verdad.
Lo miré, todavía jadeando, sintiendo el cuerpo latir entero.
—Sí —susurré—. Despacio.
Se humedeció con mis propios jugos y empujó con cuidado. El estiramiento ardió de una forma extraña y deliciosa. Gemí bajito mientras él avanzaba milímetro a milímetro, conteniéndose, hasta que sus caderas quedaron pegadas a las mías. Empezó lento, observándome la cara para leer cada gesto, y solo cuando me vio relajarme aceleró, mientras una de sus manos bajaba a frotarme el clítoris en círculos.
—Me vuelves loco —murmuró—. No voy a poder olvidarte.
El orgasmo me llegó desde un lugar profundo, distinto, y se me escapó un grito que él volvió a callar con la mano. Mi cuerpo entero se tensó alrededor del suyo. Mateo aceleró, gruñendo contra mi nuca, hasta que se hundió hasta el fondo y se dejó ir con un estremecimiento largo. Se quedó dentro, derrumbado sobre mi espalda, respirando como si hubiera corrido kilómetros.
***
Durante un rato ninguno habló. Solo el río afuera y nuestras respiraciones cuadrando despacio.
—Esto no pasó —dijo al fin, en voz baja, apartándome el pelo de la cara—. Mañana te vas, yo me quedo, y nadie lo va a saber jamás.
Me giré hacia él y lo besé suave, casi con ternura, una ternura rara para dos personas que se habían conocido esa misma mañana.
—Nadie lo sabrá —respondí—. Pero valió cada segundo.
Nos metimos juntos bajo la ducha tibia del baño, nos besamos bajo el agua y volvimos a buscarnos contra los azulejos, esta vez lento, sin urgencia, como si quisiéramos estirar el tiempo. Más tarde, antes de que el cielo empezara a aclarar, lo hicimos una última vez en la cama, despacio, mirándonos a los ojos en la penumbra.
Al amanecer recogí mis cosas y bajé de la montaña. Firmé el informe del puente, entregué mis recomendaciones y nunca más volví a hablar con Mateo. Nunca más lo vi.
Volví con Daniel, a nuestra casa, a nuestra cama de trámites firmados sin leer. Y cada vez que el silencio de la noche se vuelve demasiado largo, recuerdo esa habitación de madera, el olor a obra y a hombre, y me hago la misma pregunta que me hago desde entonces.
¿Quién, teniendo enfrente un placer así, es capaz de decir que no… cuando sabe que nadie va a enterarse jamás?