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Relatos Ardientes

Lo que mi marido pactó con el vecino del crucero

El Mediterráneo amaneció con una luz dorada que se filtraba por la rendija de la cortina. Me desperté antes que Adrián, como casi siempre, y me quedé un rato mirando el techo del camarote, reviviendo la noche anterior. La toalla sobre mis ojos. Los pasos en el balcón de al lado. La certeza ardiente de que alguien me observaba mientras yo fingía no saberlo.

Me estremecí, y no era por el aire acondicionado.

A mi lado, Adrián respiraba hondo, ajeno a mis pensamientos. O eso creía yo entonces. Me levanté con cuidado y fui al baño. En el espejo me encontré con una mujer distinta. Mis ojos castaños tenían un brillo nuevo, y mi sonrisa, esa que toda la vida había usado para esconder la timidez, hoy parecía la de una cómplice. La de alguien que guarda un secreto delicioso.

Buenos días, Helena, me dije. A ver qué nos trae el segundo día.

***

Adrián despertó de un humor excelente, más cariñoso de lo habitual. Mientras desayunábamos en el bufé, noté que su mirada se escapaba una y otra vez hacia la mesa de la pareja vecina. Marco y Sofía, supe después que se llamaban. Ella reía con unas amigas que se habían sumado al desayuno; él hojeaba el periódico con una indiferencia demasiado estudiada.

—¿Quieres más café, mi amor? —me preguntó Adrián, poniéndose de pie de golpe—. Voy yo.

Asentí distraída, observando a Sofía. Era guapa, no podía negarlo, pero había algo en ella que me incomodaba. Tal vez esa facilidad para reír en público, esa soltura que yo nunca tuve.

Desde mi silla no alcanzaba a ver a Adrián, así que mi atención se fue hacia Marco. Lo vi enderezarse cuando mi marido se acercó a la máquina de café, justo a su lado. Cruzaron unas palabras. Apenas unos segundos. Adrián tomó dos tazas, Marco asintió de un modo casi imperceptible, y los dos siguieron como si nada hubiera pasado.

Cuando volvió, dejó mi café frente a mí con una sonrisa.

—¿Sabías que el vecino es de Valencia? —comentó con naturalidad—. Se llama Marco. Buena gente.

—Ah, ¿sí? —respondí, esforzándome por sonar igual de tranquila—. ¿Y la mujer?

—Sofía. Anda con un grupo de amigas. Por lo visto esta noche tienen plan de chicas, un bingo o algo así —dijo Adrián mientras untaba una tostada—. Oye, ¿y si esta noche bajamos a bailar? Hay una velada temática en el salón de proa. Música latina.

Casi me atraganto con el café.

—¿Bailar? ¿Tú? —pregunté, sin creérmelo—. Si siempre dices que bailar es «mover los brazos con música de fondo».

Adrián se encogió de hombros con una despreocupación que me resultó rara.

—Estamos de vacaciones. Y además, te he visto mil veces moviendo las caderas cuando crees que no miro. Se te da bien.

El cumplido me tomó por sorpresa. La insistencia, también. Pero no dije nada. Asentí y dejé que el día corriera entre la piscina, un libro y una siesta larga.

Y, sin embargo, una idea empezó a crecer dentro de mí, lenta y persistente. ¿Por qué Adrián, de repente, quería bailar? ¿Y por qué había mencionado lo de mis caderas justo después de hablar con Marco?

***

Esa noche, frente al espejo, elegí un vestido que llevaba tiempo sin ponerme. Negro, de tirantes finos, con un escote discreto que marcaba la forma de mis pechos. La falda caía suave sobre mis caderas y rozaba la parte alta de mis muslos. Adrián me miró de una manera que me hizo sonrojar.

—Estás preciosa —dijo, y hubo algo en su voz que me llegó muy adentro.

En el salón de proa, la música latina lo envolvía todo. Las parejas giraban, reían, sudaban. Adrián pidió una botella de vino blanco y me llenó la copa antes de que pudiera protestar.

—Vamos, Helena —me animó—. Una copa para soltarte.

La primera supo a libertad. La segunda, a deseo. La tercera ni siquiera recuerdo habérmela bebido.

Y entonces bailamos. O, mejor dicho, bailé yo. Adrián me sostenía, me guiaba, pero pronto sus manos empezaron a moverse con más atrevimiento del que le conocía. Una se deslizó por mi espalda y se detuvo justo donde nacía la curva de mi trasero. La otra rodeó mi cintura y me atrajo contra él.

—¿Te gusta? —me susurró al oído.

Asentí, con la cabeza ya un poco nublada por el vino. La música, el calor de su cuerpo, el roce de la gente alrededor… todo me envolvía en una niebla tibia y excitante.

En algún momento, mientras sonaba una bachata lenta, su mano bajó hasta mi cadera y apretó. Sus dedos se hundieron despacio en mi carne, y yo, por instinto, pegué mi cuerpo al suyo. Apoyé la cabeza en su hombro y, a través de la tela de la camisa, sentí los latidos de su corazón.

Fue entonces cuando lo vi entre la gente. Marco estaba en la barra, solo, con una copa en la mano. Y me miraba.

Nuestros ojos se cruzaron apenas un segundo. El tiempo justo para que el corazón me diera un vuelco. Bajé la vista enseguida y volví a refugiarme en el hombro de Adrián, pero la imagen de esos ojos oscuros se me quedó grabada.

Está solo, pensé. Sofía debe de seguir con sus amigas.

—¿Otra copa? —preguntó Adrián, separándose un poco para mirarme.

—Voy al baño —dije, necesitando un momento a solas—. Ahora vuelvo.

Salí del salón con paso firme, aunque por dentro temblaba. El aire del pasillo me alivió como un bálsamo. Caminaba deprisa, con las mejillas ardiendo y el vestido pegándose a mis muslos húmedos.

Al llegar a nuestra puerta, justo cuando metía la tarjeta en la ranura, la puerta del camarote vecino se abrió.

Y ahí estaba Sofía.

Llevaba ropa cómoda, informal, perfecta para una noche de chicas. Me sonrió con amabilidad.

—¡Hola! Eres la vecina, ¿verdad? —dijo—. Nos vimos en el bufé. Soy Sofía.

—Sí, Helena —respondí, devolviéndole la sonrisa, aunque notaba que el rubor me subía a las mejillas sin motivo aparente.

—Qué bien —dijo ella, claramente de paso—. Me esperan mis amigas. ¡Que paséis buena noche!

Y se marchó, dejándome sola en el pasillo con el corazón desbocado.

¿Por qué me he sonrojado?, me pregunté al entrar. Es solo su mujer. No tiene nada que ver conmigo.

Pero en el fondo lo sabía. Sabía que su ausencia significaba algo. Sabía que Sofía no volvería hasta tarde. Sabía que Marco estaba solo, en el camarote de al lado.

Cerré la puerta y me apoyé contra ella, respirando hondo. Necesitaba agua fría en la cara. Necesitaba pensar.

Pero cuando entré al baño y abrí el grifo, el agua fresca no logró apagar el incendio que sentía en el vientre. Me miré al espejo. Los ojos brillantes. Las mejillas encendidas. Los pechos, apenas cubiertos por la tela fina, subían y bajaban al ritmo de mi respiración agitada.

Vuelve con Adrián, me ordené. Vuelve al salón y baila con tu marido. Esto es una locura.

Pero entonces, como un murmullo, otra voz habló dentro de mí. La voz de la Helena que la noche anterior se había lamido los dedos en el balcón. La voz de la mujer que había gemido sabiéndose observada.

Sal al balcón, dijo esa voz. Solo a refrescarte. No pasa nada por salir un momento.

El corazón me golpeaba con fuerza. Demasiada. El vino me había desinhibido, sí, pero también me había prestado un valor que nunca tuve.

***

Abrí la puerta del baño y crucé el camarote en penumbra. La puerta corredera del balcón estaba entreabierta, tal como la habíamos dejado. A Adrián siempre le gustaba que entrara el aire del mar.

Mis pies descalzos pisaron la madera fría. El sonido de mis propios pasos me pareció ensordecedor. La brisa salada acarició mi piel, me erizó los brazos, me endureció los pezones bajo la tela.

Di un paso. Luego otro.

El separador entre los dos balcones era una estructura de madera y cristal opaco. Pero esa noche había algo distinto. Me acerqué despacio, conteniendo la respiración, y entonces lo noté.

La hoja que dividía los balcones estaba abierta.

No del todo, no de forma descarada. Pero el pestillo estaba descorrido y el cristal, apenas desplazado. Un espacio mínimo. Suficiente para ver. Suficiente para ser vista.

El corazón me dio un vuelco.

Y supe, con una certeza que me heló la sangre y me encendió entera al mismo tiempo, que aquello no era casualidad. Que Adrián lo había planeado. Que Marco lo sabía.

Que los dos lo habían hablado en la máquina de café, esa mañana, mientras yo observaba a Sofía reír.

Un vértigo de deseo me recorrió. Las piernas me temblaban. Quería huir y quería quedarme. Quería gritar y quería callar.

En lugar de eso, di otro paso.

Y entonces, desde el camarote vecino, llegó un sonido. Apenas un crujido. El roce de un cuerpo contra una tumbona.

Él estaba allí. Al otro lado. Esperando.

Posé la mano temblorosa sobre el cristal. Podía empujarlo. Podía abrirlo del todo. Podía…

Pero no lo hice. Todavía no.

En vez de eso, con el corazón en la garganta, me volví despacio hacia nuestro lado del balcón. Y, con una lentitud deliberada, consciente de cada movimiento, empecé a soltar los tirantes del vestido.

Uno. El izquierdo. La tela cedió un poco y dejó al descubierto mi hombro, el nacimiento del pecho.

Dos. El derecho. El vestido resbaló unos centímetros y se detuvo justo donde mis pechos sostenían la tela.

Me mordí el labio. Cerré los ojos. Y supe, con cada fibra de mi cuerpo, que sus ojos estaban sobre mí.

Despacio, dejé caer el vestido.

La brisa acarició mi piel desnuda. Mis pechos se ofrecieron a la noche, a la luna, a su mirada. Mis pezones, erectos y duros, eran dos puntas de deseo apuntando hacia él.

No miré. No me hacía falta. Sabía que estaba ahí. Sabía que me veía.

Y entonces, sin prisa, con una sensualidad que ignoraba poseer, me giré hacia el interior del camarote. Caminé lento, sabiendo que la curva de mi trasero, redondo y firme, era la última imagen que se llevaría de mí esa noche.

No cerré la puerta del balcón.

Cuando me metí en la ducha, minutos después, el agua caliente no logró apagar el fuego. Tuve que bajar a tibia, y luego a un chorro frío que me tensó los pezones y me hizo temblar entera. Me apoyé contra los azulejos, imaginando sus ojos, imaginando su mano, imaginando que al otro lado del tabique él también pensaba en mí.

Me mordí el brazo para no gritar.

Pero, en mi cabeza, el grito era para él.

Todavía tengo que volver al salón. Adrián me espera. Pero sé, con la misma certeza con que sé que mañana saldrá el sol, que esta noche volveré a salir al balcón.

Y esta vez, quizás, no habrá cristal de por medio.

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Comentarios (5)

ViajeroBsAs

que historia!! me imagino la tension en ese balcon, me dejo pensando todo el dia

nochedeluna77

Me dejo sin palabras. Una segunda parte por favor!!

FernandoGH

Increible relato, lo lei de un tiron. Me gusto mucho como fue construyendo la tension antes de revelar todo.

Silvia_K

Dios mio... quede en shock cuando entendi lo que habia pasado. No me lo esperaba para nada jaja

IgnacioBarco

Muy bien escrito, se nota que hay detras alguien que sabe narrar. Espero mas relatos de este estilo

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