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Relatos Ardientes

Encontré a mi marido con otra y me cobré la traición

Esa noche andaba por casa con un vestido fino de estar en casa, de esos que parecen recatados pero no esconden nada. Debajo solo llevaba una tanga y nada más. Estaba terminando de lavar los platos de la cena cuando el portero me llamó al interfono para avisarme que un hombre preguntaba por mí.

—¿Le dijo cómo se llama? —pregunté.

Cuando me dio el nombre, lo reconocí enseguida. Era Diego, el primo de mi marido.

—Ah, sí, que suba. Gracias.

Toqué la puerta yo misma cuando lo escuché llegar, y al abrir me lo encontré con la cara descompuesta. Tenía el gesto de quien viene a dar una mala noticia y no sabe por dónde empezar.

—Mariana, ven rápido —me dijo sin saludar.

—¿Qué pasa? ¿Y Andrés? Pensé que estabas con él.

—Estábamos tomando algo, sí. Pero él se empeñó en ir a otro lado, a un table. Y se quedó.

Me quedé helada un segundo, analizando cada palabra.

—¿Cómo que se quedó? ¿Les pasó algo?

—No, no es eso —dijo bajando la mirada—. Es que me dio rabia. Tienes un marido al lado de una mujer como tú y va y te falta el respeto de esa forma. Me dio coraje verlo.

Me quedé pensando, masticando el enojo. Yo no soy celosa, nunca lo fui, pero lo que me hervía la sangre era la mentira. Andrés me había dicho que tenía una cena de trabajo, algo aburrido y formal, y resulta que estaba metido en un antro con vaya una a saber quién.

—Llévame —le dije—. Quiero verlo con mis propios ojos.

Diego dudó, pero asintió. Agarré un abrigo largo para taparme el vestido y bajamos.

***

El lugar quedaba al otro lado de la ciudad, en una avenida mal iluminada. Le pedí a Diego que caminara delante de mí, como si yo no fuera con él, y así llegamos a la entrada. El de seguridad me cortó el paso de inmediato.

—Mujeres no entran —dijo seco.

—Solo quiero ver a mi marido un momento, nada más.

Me miró de arriba abajo y negó con la cabeza.

—Eso menos. No queremos problemas con los clientes.

—No voy a hacer escándalo. Le juro que solo entro, miro y salgo.

El hombre habló por radio y al rato salió una pareja, un señor mayor y una mujer de uniforme. Les expliqué lo mismo, que solo necesitaba un minuto. El señor insistió en que estaba prohibido, pero Diego se acercó y le deslizó unos billetes en la mano con discreción.

—Un minuto —cedió el señor, y se volvió hacia la mujer—. Revísala y acompáñala.

—Ven, linda, te tengo que cachear —me dijo ella.

—Claro, sin problema.

Ya adentro me advirtió que mirara de lejos, que no me acercara a nadie o tendría que sacarme por la fuerza. Le dije que sí a todo. El lugar estaba en penumbra, con la música retumbando por culpa del show que había en el escenario. Tardé unos segundos en acostumbrar los ojos a la oscuridad.

Y entonces lo vi.

Andrés estaba en un sillón del fondo con una mujer sentada a horcajadas sobre sus piernas. La tenía abrazada por la cintura, le manoseaba el trasero, le besaba el cuello, le hacía de todo sin el menor disimulo. Me quedé mirando la escena como si fuera una película, una de esas que sabes que te va a doler y aun así no apartas la vista.

La mujer del uniforme me tomó del brazo con suavidad y me condujo otra vez hacia la salida. Salí sin decir una palabra. Enojada, dolida, humillada, pero sobre todo con una idea dándome vueltas en la cabeza: la mentirosa no había sido solo yo. Llevaba meses cargando una culpa que ahora, de repente, se me hacía liviana.

***

Diego me alcanzó en la calle, caminando deprisa.

—¿Estás bien? —me preguntó.

Sonreí. No fue una sonrisa triste.

—Sí, sí. Todo bien. Solo que no me lo esperaba.

—¿Estás enojada?

—Ya no —dije, y era verdad—. No sabes el peso que me acabas de quitar de encima.

Diego me miró sin entender, entre la sorpresa y la incredulidad.

—¿En serio?

—En serio. ¿Me llevas a casa?

—Claro, el auto está ahí mismo.

Caminamos hacia el coche y, sin pensarlo demasiado, me colgué de su brazo y lo abracé como si lo necesitara. Él me devolvió el gesto, y al sentir sus manos sobre mí y su cuerpo grande pegado al mío, algo se encendió por dentro. Era una mezcla de despecho, rabia y unas ganas enormes de devolverle a Andrés exactamente lo que él me estaba haciendo en ese mismo momento. Diego me tomó de la cintura y yo me apreté más contra él, sintiendo bajo el pantalón que él ya iba entendiendo por dónde venía la cosa.

Al llegar al auto me abrió la puerta.

—Sube, hermosa.

En cuanto él se sentó al volante y arrancó, mi decisión ya estaba tomada. Me lancé sobre su regazo. Él me sujetó las manos, nervioso.

—¿Qué estás haciendo?

No le contesté. Con un par de tirones le solté el cinturón y le bajé el cierre del pantalón. Bajo la tela del bóxer se marcaba el bulto, ya firme, palpitando contra el algodón. Metí la mano y le saqué la polla de un tirón: gorda, venosa, con el capullo hinchado y una gota espesa asomando en la punta.

—Vaya —murmuré pasándole la lengua a esa gota, chupándola sin apuro—. ¿Por qué tan duro?

—Es inevitable —se rio él, tenso, con la voz quebrada—. Con cómo te ves esta noche…

Me la llevé entera a la boca, sin preámbulos, tragando hasta que sentí el capullo golpearme el fondo de la garganta. Empecé a mamársela despacio, saboreando cada centímetro, dejando que el hilo de saliva le chorreara por los huevos. La sacaba, la lamía de raíz a punta, le pasaba la lengua por debajo, le besaba la cabeza y volvía a hundírmela hasta la garganta. Con la mano derecha se la masturbaba al mismo ritmo, apretando fuerte, mientras con la izquierda le hacía cuenco a los cojones y se los acariciaba. La polla brillaba entera de mi baba, dura como una piedra, y él manejaba con los nudillos blancos sobre el volante.

—Maneja —le ordené sin soltarla de la boca—. No pares.

Conducía como podía, con la respiración entrecortada, dando volantazos cada vez que yo me la tragaba entera y le apretaba la base con los labios. Le chupé los huevos uno a uno, se los mamé con ganas, volví a la polla y la engullí con hambre, sacando y metiendo la cabeza como si no me importara ahogarme. Cuando faltaban un par de cuadras para mi edificio me incorporé, con la boca ardiendo y los labios hinchados, me hice la tanga a un lado y me trepé sobre él. Le agarré la polla, empapada de saliva, y me la coloqué en la entrada del coño. Estaba tan mojada que sentí cómo mi propio flujo le resbalaba por la piel.

Me dejé caer despacio, sintiendo cómo se me iba abriendo, cómo esa verga gruesa me ensanchaba centímetro a centímetro hasta que la tuve entera adentro. Diego soltó un jadeo largo, agónico.

—No puedo manejar así —dijo.

—Entonces orillate.

Se detuvo junto a la acera de un tirón. Yo empecé a moverme sobre él, arriba y abajo, apoyando las manos en el techo del auto para tener palanca, dejándome caer con todo el peso sobre esa polla que me llenaba entera. El coño hacía un ruido húmedo cada vez que me clavaba hasta el fondo. Le pedí más, más fuerte, más profundo, mientras sus manos me apretaban las caderas y me bajaban los tirantes del vestido para dejarme las tetas al aire. Se agachó a mamármelas, chupándome los pezones duros, mordisqueándomelos, mientras yo cabalgaba encima suyo como una loca. Detrás, un auto tocó el claxon para que despejáramos el paso. Diego se corrió hacia el rincón más oscuro de la calle sin que yo dejara de moverme, sin que su polla saliera de mí un solo segundo.

—Córrete adentro —le jadeé al oído—. Lléname toda.

Sentí cómo se le hinchaba aún más dentro, cómo pegaba un espasmo y empezaba a vaciarse en chorros calientes en el fondo de mi coño. Yo me apreté contra él, moliéndole las caderas, y esa oleada me arrastró también: se me contrajo todo, temblé encima suyo, empapada, con el semen chorreándome por los muslos y el corazón golpeándome en la garganta. Sentí que esa noche apenas empezaba.

Pero no me alcanzaba. Quería más.

***

—Mete el auto al estacionamiento de mi edificio —le dije.

Al llegar, el portero reconoció el coche y abrió la reja. Bajé la ventanilla, con la voz ronca y las tetas todavía sueltas bajo el vestido descolocado.

—Hola, ¿me ayudas a subir unas cosas en un ratito?

—En cinco minutos estoy con usted, señora Mariana —contestó, y en su tono se notó que había captado el mensaje al vuelo.

Le indiqué a Diego que se estacionara en el rincón del fondo y apagara las luces. A los pocos minutos apareció el portero por el lado de mi puerta, que yo había dejado abierta. Estaba sentada de lado, con el vestido subido hasta la cintura, las piernas separadas y el coño todavía chorreando la corrida de Diego, brillante bajo la luz mala del estacionamiento.

—¿Qué hay que cargar? —preguntó, mirándome fijo entre las piernas.

—A mí —le dije—. Sácatela ya.

Se rio, entendiendo, y se llevó las manos al pantalón. Se bajó los pantalones y el calzoncillo de un solo movimiento y su verga saltó hacia afuera: más larga que gruesa, morena, con las venas marcadas y todavía a medio endurecer.

—Te extrañaba. Ya tenía ganas de que volvieras —murmuró agarrándosela y meneándosela frente a mi cara.

—¿Cómo? —saltó Diego desde el asiento—. Mariana, ¿qué haces?

—Calla y mira —le dije sin girarme—. Aprende.

Me estiré fuera del auto y me la metí a la boca de una vez, sintiendo cómo se me iba poniendo dura entre los labios. La chupé con hambre, tragándomela hasta que se me plantó entera en la garganta y se me saltaron las lágrimas. El portero me tomó del cabello con las dos manos y empezó a follarme la boca a su ritmo, marcando el vaivén, entrando y saliendo con embestidas cortas y luego largas, hasta el fondo. Yo babeaba, jadeaba por la nariz, le apretaba los huevos con la mano y no lo soltaba. Cada vez que la sacaba, la polla venía brillando, y yo le pasaba la lengua por la punta y la tragaba de nuevo.

Cuando noté que estaba a punto, me detuve, me bajé del auto y me incliné sobre el asiento del acompañante, apoyando las manos en el cuero, dejándole el culo al aire, arqueada, con las piernas bien abiertas. Volví a agarrar a Diego, que ya se había recuperado y tenía la polla otra vez tiesa, y me la metí en la boca. Y entonces sentí cómo el portero me abría las nalgas con las dos manos, se agachaba y me pasaba la lengua entera por el coño y por el culo, una lamida larga, brutal, que me hizo temblar. Después se enderezó y me clavó la verga de un solo empujón, hasta el fondo.

El primer envión me arrancó un grito ahogado contra la polla de Diego.

—Dale duro —jadeé escupiendo la verga un segundo—. Rómpeme.

—Tranquila, que para eso vine —contestó él, sujetándome con fuerza de las caderas.

Y ahí empezó a follarme sin piedad. Cada embestida me tiraba hacia adelante y me clavaba la polla de Diego más profundo en la garganta. El portero me agarraba del pelo con una mano y de la cadera con la otra, y me la metía hasta los huevos, sacando y metiendo con un ruido de carne mojada que llenaba todo el estacionamiento. Diego intentó frenarme con la mano, abrumado, diciéndome que así no aguantaría, que iba a acabar enseguida. Yo no le hice caso. Le hundí más la boca, le lamí los huevos por debajo, se la comí entera mientras el otro me destrozaba por detrás.

El portero me pegó una palmada en el culo que me dejó la marca, después otra, mientras seguía marcando un ritmo brutal, las manos clavadas en mis caderas, hasta que lo sentí tensarse. Sacó la polla de golpe, me giró apenas y me vació todo el semen sobre las nalgas y la espalda, en chorros gruesos y calientes, mientras gruñía como un animal. Me dio una última palmada a la piel enrojecida y se apartó, resoplando, subiéndose el pantalón.

Para entonces yo ya no llevaba nada encima. El vestido había quedado hecho un bollo en algún rincón del asiento y la tanga se había perdido en el suelo. Me metí de nuevo al auto, con el culo goteando semen, y me trepé sobre Diego, esta vez de espaldas a él. Le agarré la polla y me la clavé de una sola sentada, hasta el fondo. Empecé a brincar encima suyo, dejando que esa verga me abriera entera, sintiendo cómo el coño se me llenaba otra vez. Mientras me movía, él me rodeó con los brazos, me agarró las tetas, me apretó los pezones entre los dedos y pegó la boca a mi nuca.

—Eres increíble —me dijo al oído, mordiéndome el hombro—. No sé cómo Andrés no se da cuenta de lo que tiene.

Al escuchar el nombre de mi marido aceleré el ritmo, casi con furia, brincando sobre él sin piedad, empalándome hasta la raíz, sintiendo cómo la polla me golpeaba el fondo una y otra vez. Me llevé una mano al clítoris y me lo froté rápido, sin dejar de cabalgarlo, mientras con la otra le buscaba los huevos por debajo y se los apretaba. Diego jadeaba, me mordía el cuello, me clavaba los dedos en las caderas. Cuando la oleada me llegó, me recorrió entera como un latigazo: se me contrajo el coño en espasmos alrededor de su verga, temblé de la cabeza a los pies y solté un gemido largo, gutural. En ese mismo instante Diego se vino otra vez dentro de mí, con un rugido ahogado, vaciándome dentro por segunda vez, abrazándome fuerte, besándome el cuello, sin querer soltarme.

Suspiré y me levanté despacio. La corrida me chorreaba por los muslos, me caía por las pantorrillas. Recogí mis zapatillas, mi vestido arrugado, mi tanga olvidada en algún rincón, y me vestí a medias en la penumbra del estacionamiento. No miré atrás. Subí las escaleras de dos en dos, con el corazón todavía latiéndome fuerte, los muslos pegajosos y una calma extraña instalándose en el pecho.

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, dormí sin culpa. Cuando Andrés llegó de madrugada con olor a perfume ajeno y la excusa lista en la boca, ni siquiera abrí los ojos. Ya no me debía nada. Estábamos a mano, aunque él tardara semanas en sospecharlo.

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Comentarios(8)

NataliaBsAs

Qué bueno!! Se me hizo cortísimo, quede con ganas de mas!!

Carlitos_Mx

El titulo me atrapó y el relato no decepcionó. Se siente autentico, muy bien contado.

Daniela_V

Me dejó sin palabras. Yo creo que hubiera salido corriendo sin decir nada jaja... qué valentía la de la protagonista. Esperando saber cómo siguió todo esto!

ManuelRba

tremendo relato, de los mejores que leí en esta categoria

CristalLectora

Por favor escribi mas!! Ese final me dejó con el corazón en la garganta.

ElenaRosario

Me recordó a una situación parecida que vivió una amiga mia... a veces la vida real supera cualquier relato. Muy bien narrado, se nota que salió del alma.

PablodesdeCordoba

Se nota que está escrito desde la emoción genuina, eso se siente al leerlo. Excelente trabajo.

Fernandx_ok

jajaja 'dejé de tener miedo'... ese momento lo imaginé perfecto. Muy bueno, sigan así!

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