Mi mejor amigo y mi esposa: lo que vi en su teléfono
Crecí en un barrio bravo de Guadalajara, en esas calles donde el olor a tacos al pastor se mezcla con el del aceite quemado de los talleres mecánicos. Ahí conocí a Damián, mi mejor amigo. Era de mi edad, pero tenía el carácter que a mí me faltaba: peleaba, contestaba, defendía lo suyo. Más de una vez me cubrió las espaldas en algún callejón. Éramos inseparables, hermanos de los que se eligen.
Pero la vida hace cortes limpios cuando quiere. Después de la secundaria, él se quedó en la esquina aprendiendo las reglas que solo la calle enseña, y yo, por una beca y mucho desvelo, terminé en una universidad privada al otro lado de la ciudad.
Ahí conocí a Lorena.
Era todo lo que yo no había imaginado tener. Venía de una familia de dinero viejo, de esas que pagan la colegiatura como quien compra el café del lunes. Pero lo que me terminó por enamorar no fue su apellido ni su coche: fue que me miraba a los ojos, no por encima del hombro. Nos casamos al graduarnos. Gracias a los contactos de su padre, conseguí un puesto que cambió mi vida entera.
Pronto nos mudamos a un departamento que parecía sacado de una revista. Cocina abierta, ventanal de piso a techo, paredes blancas. Me acostumbré a las cenas con cubertería pesada y a verla caminar descalza por la sala con esa elegancia que se hereda, no se aprende.
El sexo entre nosotros era correcto. Yo siempre andaba con ganas, ella decía que disfrutaba, y nos manteníamos así, en una zona templada que yo llamaba felicidad y que, en realidad, era inercia.
Una tarde sonó el teléfono. Damián. Llevábamos años sin hablar. Me invitaba a su fiesta de cumpleaños en el viejo barrio. Por respeto a lo que fuimos, le dije que sí.
Quise ir solo. Lorena insistió.
—Quiero conocer el lugar de donde vienes —me dijo con esa sonrisa que todavía me derretía—. Quiero ver al amigo del que tanto hablas.
Le advertí que no era su mundo. Insistió. Acabé cediendo, convencido de que serían un par de horas y nada más. Yo todavía era conocido en el barrio. Pensé que con eso bastaba.
***
El día de la fiesta, me puse algo sobrio. Ella eligió un vestido plateado de espalda descubierta y una abertura larga en la pierna. Cuando se subió a la camioneta, supe que iba a ser el centro de atención y que no había manera de evitarlo.
Las luces amarillas de los postes hacían brillar el cofre del coche como una broma de mal gusto. La música retumbaba contra paredes pintadas con grafitis viejos. Damián salió a recibirnos con una cerveza en la mano.
El tiempo no había pasado en balde para él. Tenía el cuerpo fibroso, los brazos cruzados de tatuajes —payasos, letras góticas— que le subían por el cuello hasta la mandíbula. Cabeza rapada. Mirada de los que mandan en su pedazo de calle.
—¡Qué onda, carnal! Pensé que ya te habías olvidado de nosotros —me abrazó fuerte.
Pero sus ojos no se despegaron de Lorena ni un segundo.
Presentarlos fue un error. Lo supe en el instante en que ella estiró la mano con esa cortesía aprendida en cenas de gala, y él se la estrechó despacio, sin soltársela del todo.
—Mucho gusto, Damián —dijo ella, intentando mantener la compostura, mientras sus ojos recorrían los tatuajes que asomaban bajo la camiseta de mi amigo.
—El gusto es mío, jefa. No sabía que mi hermano tuviera tan buen gusto —respondió él.
Adentro, el ambiente era espeso. Olor a marihuana, a carne en el comal, a reguetón viejo a todo volumen. Lorena se me pegó al brazo de inmediato.
—Vámonos pronto —me susurró al oído—. Tu amigo me da escalofríos.
Le pedí paciencia. Solo un rato. Me pasaron el primer vaso de plástico con tequila barato, de ese que pega distinto. No supe que ese vaso era el principio del final.
Empecé a sentirme «en casa». Reía con la gente, contaba anécdotas de la secundaria, me olvidaba de quién era ahora. En algún momento de la madrugada las luces se volvieron borrosas. Yo estaba sentado en una mesa de madera; Lorena a mi derecha, incómoda, moviendo la pierna; Damián a mi izquierda, sirviéndome más y más, soltando chistes que terminaban arrancándole una risa a mi esposa.
Seguí bebiendo como si todavía fuera de los suyos. Pero el cuerpo ya no aguantaba el ritmo, o algo más había caído en mi vaso. No lo sé. Los párpados me pesaban toneladas. Lo último que vi antes de que el mundo se apagara fue a Damián acercándose al oído de Lorena, y a ella —fina, perfecta— quedándose muy quieta, dejando que ese aliento le rozara el cuello.
***
Desperté de golpe. Boca seca, cabeza martillándome. La silla de al lado estaba vacía. Fría.
—¿Y mi esposa? —balbuceé.
Apenas me levanté unos centímetros, una mano pesada me empujó de vuelta al asiento. Era el «Mosca», uno de los que andaban con Damián.
—Tranquilo, carnal. Tu mujer fue al baño. Ahorita regresa. Bébete este otro —me puso otro vaso enfrente.
Insistí. No me dejó pasar. Se quedó parado frente a mí, como un guardia personal. La angustia me apretaba el pecho, pero el alcohol pudo más. Caí de nuevo en el sueño.
Cuando desperté por segunda vez, el sol asomaba. El ruido de la fiesta era ya un zumbido de fondo. Una mano suave en mi mejilla. Era Lorena. Sentada a mi lado, impecable, con el vestido plateado tan perfecto como si nunca se hubiera movido del lugar.
—¿Dónde estabas? —le pregunté.
—Aquí mismo, amor. Te quedaste dormido. No quise despertarte.
Me froté los ojos. Quise creerle. Algo en el aire, sin embargo, no me dejaba. Nos fuimos en silencio. Ella miraba por la ventana de la camioneta con una expresión que no supe descifrar.
***
Desde ese día, la Lorena que conocía se apagó. En casa se volvió un témpano. Ya no había besos al llegar, ya no había planes a futuro, ya no había nada. Empezó a comprar ropa que antes habría descartado: vestidos más cortos, escotes profundos, lencería que no era para mí. Y empezaron las salidas: «Voy con las chicas de la universidad», decía mientras se perfumaba en el espejo del recibidor sin mirarme.
Yo sabía que algo andaba mal. Pero era un cobarde. Prefería la mentira al golpe seco de la verdad. Hasta que una noche me dijo que iba a pasar tres días con su madre, que estaba mayor y que la necesitaba. Lo dejé pasar.
Volvió de noche, agotada, y se metió directo a la cama.
No aguanté más. Esperé a que se durmiera y tomé su celular. No tardé nada en encontrarlo: un chat sin nombre, lleno de fotos y videos.
Deslicé hasta el principio. El primer video era de la noche de la fiesta.
Mientras yo dormía abajo, custodiado por sus «amigos», mi esposa estaba en un cuarto de la casa siendo poseída con una violencia que yo nunca le había conocido. El vestido plateado subido hasta la cintura. Damián detrás de ella, sujetándola del cabello, embistiéndola con fuerza. La cámara temblaba en su mano libre. La música de la fiesta apenas alcanzaba a tapar los gemidos.
Lo peor no fue verla. Lo peor fue sentir cómo mi cuerpo respondía a pesar de todo. Como si una parte mía, ajena, se hubiera quedado mirando con la boca seca.
Ella no parecía asustada. Estaba perdida en una clase de placer que yo nunca había logrado darle, con la espalda arqueada, la cabeza echada hacia atrás, las manos clavadas en el borde de una mesa.
Y el chat no terminaba ahí. Era un diario. Días enteros de mensajes, fotos, audios. Él le mandaba imágenes sin pudor; ella le contestaba con una vulgaridad que me quemaba los ojos. Le escribía cosas que en cuatro años de matrimonio nunca me había dicho a mí. Le mandaba fotos de su cuerpo desnudo en nuestro propio baño, frente al espejo que yo le había instalado el verano anterior.
Pasé los mensajes con las manos heladas. Era ella quien lo buscaba con una desesperación enfermiza, prometiéndole cosas, contando los días, midiendo el tiempo entre encuentros. Las fotos eran cada vez más explícitas. Él aparecía con una cadena de plata al cuello tatuado, posando con dominio. Ella, de rodillas. Ella, en cuatro. Ella, con un abrigo de piel sobre los hombros y nada debajo, mirándolo desde abajo como quien reza.
Llegué a los videos de los tres días con su madre. No era la casa de mi suegra. Era un departamento sucio y mal iluminado, probablemente de Damián. La cámara en mano, el espejo a un lado, el torso desnudo y tatuado, embistiéndola contra el colchón. Ella gemía con los ojos en blanco, pidiéndole que no tuviera compasión. Él se reía.
Las últimas imágenes eran las peores. Tomas desde arriba. Ella arrodillada, con la mirada fija. Él, encima, mordiéndose el labio, marcando territorio como un animal. En una foto se veía su vientre cubierto de algo que ningún encuentro mío había dejado nunca: la firma de otro hombre, dejada con desprecio.
***
Cerré el celular con las manos empapadas de sudor.
Miré a Lorena, que dormía a mi lado con esa expresión de dama que ahora me parecía la máscara más cínica del mundo. La mujer que me decía «te amo» antes de salir a tomar un avión. La misma que había vuelto a la cama matrimonial directamente desde un colchón ajeno.
No la desperté. No le grité. No tiré el celular contra la pared.
Lo dejé exactamente donde estaba, boca abajo sobre la mesa de noche, como si nunca lo hubiera tocado.
Y lo más sucio, lo que me cuesta escribir hasta hoy, es que mientras veía esas imágenes, mi cuerpo no me obedecía. Me daba asco de mí mismo. Estaba atrapado en el morbo de mi propia destrucción.
Han pasado meses. He leído todo lo que se puede leer en foros, manuales, blogs. Algunos me empujan al mundo de las parejas abiertas, otros me dicen que corra. Yo no me siento listo para nada. Tengo miedo de abrir esa puerta y no poder volver a cerrarla. Tengo más miedo todavía de cerrarla y descubrir que ya no hay nada del otro lado.
Y aun así sigo aquí. Sigo durmiendo con ella. Sigo viéndola arreglarse los miércoles, cuando dice que va a «yoga». Sigo callando.
Porque la amo. Y porque, en algún rincón oscuro que no me atrevo a mirar de frente, sé que esta versión rota de nosotros me tiene atrapado de una manera que la otra, la limpia, no logró nunca.