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Relatos Ardientes

Lo que hice con el mejor amigo de mi marido

Marqué el número de Sebastián con las manos todavía temblando. Le dije que necesitaba verlo, que era algo sobre Andrés, mi marido, y que viniera a casa sin decirle nada a él. Hubo un silencio breve del otro lado, esa pausa que la gente hace cuando intuye que algo se rompió, y después aceptó. En quince minutos estaba en la puerta.

Sebastián era el mejor amigo de Andrés desde la universidad. Fue él quien nos presentó, una noche cualquiera en una fiesta a la que yo casi no voy, y con el tiempo le habíamos tomado un cariño genuino. Era de la familia sin serlo. Cenaba en casa los domingos, se acordaba de mi cumpleaños, traía vino bueno cuando Andrés se olvidaba. Por eso, cuando todo se vino abajo, fue el único nombre que se me ocurrió.

Mientras esperaba que llegara, di vueltas por el living sin saber qué hacer con las manos. Junté las tazas del desayuno que Andrés había dejado sucias, las volví a dejar donde estaban, me senté, me levanté. La cabeza me iba a mil. No tenía un plan. Solo sabía que no quería estar sola con eso un minuto más.

No me había arreglado. Seguía en pijama, sin sujetador, con el pelo recogido a las apuradas y los ojos hinchados de haber llorado toda la noche. No me importó cómo me veía. Le abrí la puerta y traté de sonreír, aunque me salió algo torcido.

—Hola, Sebastián. Pasá, sentate. ¿Querés un vaso de jugo o algo más fuerte? —le dije mientras me dejaba caer en el sillón a su lado.

—No, estoy bien —respondió, y me miró con atención—. ¿Qué pasa, Marina? No te veo nada bien.

Lo miré directo a los ojos. Le pedí que fuera honesto conmigo, que me dijera sin vueltas si sabía algo. Si Andrés estaba teniendo una aventura con alguien del trabajo.

Sebastián frunció el ceño. Me juró que no sabía nada, que no lo podía creer de Andrés, que siempre nos había visto enamorados, como una de esas parejas que dan un poco de envidia.

—Anoche revisé su teléfono —le dije, y la voz se me quebró en la mitad de la frase—. Él estaba dormido, lo dejó cargando en la mesa de luz y yo no podía dormir. Una corazonada, no sé. Encontré mensajes con una tal Daniela. Y no eran solo mensajes, Sebastián. Había fotos. Había videos.

Lo había leído todo hasta el amanecer, sentada en el baño con la puerta cerrada para que no me escuchara llorar. Cada mensaje era una herida nueva. Las cosas que le decía a ella, las cosas que hacían, los planes para verse. Andrés llevaba meses con una doble vida y yo, mientras tanto, le planchaba las camisas y le calentaba la cena.

Se quedó sin palabras. Tardó en reaccionar, como si necesitara acomodar la información antes de poder hablar.

—¿Ya hablaste con él? —preguntó al fin.

—No. ¿Para qué? No va a cambiar nada —contesté—. Lo único que conseguí es sentirme una idiota. Sentir que ya estoy vieja, que dejé de gustarle, que por eso buscó a otra.

***

Me levanté para buscar un pañuelo en la cómoda del pasillo. No alcancé a dar tres pasos. Sebastián se puso de pie también y me abrazó por detrás, con cuidado, como se abraza algo que se podría quebrar.

—Calmate —me dijo cerca del oído—. Vos no sos el problema. Te lo digo en serio. El problema es Andrés, que es un estúpido. No entiendo cómo puede hacerte esto teniéndote a vos.

Me di vuelta entre sus brazos para mirarlo. Estábamos demasiado cerca.

—¿En serio lo pensás? —pregunté en voz baja, apretándome un poco más contra él.

—Claro que lo pienso —dijo—. Siempre te lo envidié, Marina. Una mujer inteligente, hermosa. Que Andrés prefiera a otra teniéndote a vos no tiene ningún sentido.

Algo se acomodó dentro de mí en ese instante. No fue solo despecho, aunque también lo hubo. Fue la necesidad de que alguien me mirara como yo había dejado de sentirme mirada. De volver a ser deseada, aunque fuera por una hora, aunque después me pesara.

—Demostrámelo —le dije—. Hacéme sentir que todavía valgo como mujer.

Me miró sorprendido, sin saber si había escuchado bien. No le di tiempo a dudar. Le tomé la cara con las dos manos y lo acerqué hasta besarlo.

Por un segundo se quedó rígido. Después me devolvió el beso.

—Esperá —murmuró, separándose apenas, con la respiración ya distinta—. Andrés puede llegar.

—Llega de noche. No te preocupes por él —contesté.

Y mientras lo decía, me quité la parte de arriba del pijama. No llevaba nada debajo. Me quedé con los pechos al aire frente a él, y vi cómo la duda se le terminaba de caer de la cara. Me miró de una forma que Andrés hacía mucho que no me miraba.

***

Volvió a besarme, esta vez sin freno. Sus manos subieron hasta mis pechos, los recorrió despacio, me apretó los pezones que ya estaban duros, no sé si de frío o de pura excitación contenida. Me mordió el labio inferior y yo dejé escapar un suspiro que no supe disimular.

Bajé una mano hasta su entrepierna. Estaba duro debajo del pantalón. Lo acaricié por encima de la tela, lento, sintiendo cómo respiraba más fuerte cada vez que mi mano se movía. Después le desabroché el cinturón y el botón, y metí la mano dentro para sentirlo de verdad.

Me arrodillé frente a él en la alfombra del living. Le bajé el pantalón y la ropa interior de un tirón. Me sorprendió el tamaño, más grande que el de Andrés, y por un segundo esa comparación me dio un placer raro, casi cruel.

Pasé la lengua por toda su extensión antes de metérmelo en la boca. Lo hice con ganas, con una entrega que ni yo me esperaba, mirándolo desde abajo para ver su reacción. Sebastián echó la cabeza hacia atrás y se sostuvo del respaldo del sillón.

—Pará —dijo con la voz ronca—. Pará o no aguanto. Ahora me toca a mí.

Me tomó de los hombros y me levantó con suavidad. Me terminé de sacar el pantalón del pijama y la ropa interior, y me recosté en el borde del sillón, con las piernas abiertas para él. Estaba completamente húmeda, lista, expuesta de una manera que hacía meses no me animaba a estar con nadie.

Se arrodilló entre mis piernas y bajó la cabeza. Su lengua empezó a moverse despacio, buscando, y cuando encontró mi clítoris jugó con él de una forma que me hizo arquear la espalda. Cerré los puños sobre la tela del sillón. No recordaba la última vez que alguien me había hecho sentir algo así, con esa paciencia, como si mi placer fuera lo único importante en el mundo.

No resistí mucho. El orgasmo me subió de golpe, desde las piernas hasta la nuca, y me sacudió entera mientras él seguía ahí, sin detenerse, hasta que tuve que empujarle la frente porque ya no soportaba más.

***

Sebastián se levantó y terminó de sacarse la ropa. Me pidió que me diera vuelta y me pusiera en cuatro sobre el sillón. Le hice caso sin pensarlo. Sentí sus manos abriéndome, acomodándome, y después la punta entrando despacio, centímetro a centímetro, hasta llenarme por completo.

Me tomó de la cintura y empezó a moverse. Al principio lento, dejando que me acostumbrara, y después con un ritmo parejo y profundo que me arrancaba sonidos que ni reconocía como míos.

—Hacéme tuya —le pedí entre jadeos—. Hacéme sentir mujer, por favor.

Aceleró. Sentía el golpe de su cuerpo contra el mío, el calor, la fuerza de cada embestida. Hundí la cara en el respaldo del sillón para ahogar los gemidos, aunque en casa no había nadie que pudiera escucharnos. La culpa estaba ahí, en algún rincón, pero la rabia y el placer eran más grandes en ese momento.

—No aguanto más —dijo de pronto, con la voz entrecortada—. Tengo que terminar.

—Adentro —le dije sin dudar—. Terminá adentro. Quiero sentirlo.

Quería sentir su deseo, su urgencia, todo lo que Andrés ya no me daba. Lo sentí derramarse dentro de mí con un gruñido grave, sosteniéndome de las caderas como si tuviera miedo de soltarme. Fue intenso de una manera que me dejó vacía y llena al mismo tiempo.

***

Después nos quedamos un rato abrazados en el sillón, en silencio, recuperando el aire. Su mano subía y bajaba por mi espalda, despacio. No hubo arrepentimiento todavía, eso vendría más tarde, esa noche, cuando Andrés cruzara la puerta como si nada y me besara la mejilla.

—Sebastián —le dije, todavía pegada a su pecho—. Cada vez que Andrés se vea con su amante, vos vas a venir a consolarme. ¿Trato hecho?

Se quedó callado un segundo. Después me besó la frente.

—Trato hecho —respondió.

Se vistió sin apuro. Antes de irse me miró desde la puerta, como buscando algo en mi cara, alguna señal de que me había arrepentido. No la encontró. Le sonreí, y esta vez no me salió torcido.

Cuando se fue, me quedé sentada en el sillón, desnuda, sintiendo cómo unas gotas tibias me bajaban entre los muslos. Afuera empezaba a caer la tarde. Pensé en Andrés, en su tal Daniela, en los mensajes que había leído anoche con el estómago hecho un nudo. Y por primera vez en mucho tiempo no me sentí la víctima de esta historia.

Me sentí la dueña.

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Comentarios (5)

Juanpa_92

que buenoooo!! sin palabras :)

SoniaMdp

Por favor seguí, quedé con demasiadas ganas de saber como termino todo esto

Patricia_DF

Se siente tan real que casi me da culpa leerlo jajaja. Muy buen relato, de los que no podes parar hasta el final

Nati_Rosario

Ay dios, yo sola leyendo esto a medianoche jajaja. Increible

CaroLectora

Y despues de ese dia, como siguieron las cosas? Quiero saber si hubo segunda parte en la vida real

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