Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La vecina mayor del pasaje me esperaba los viernes

Pasamos casi una semana trabajando en aquella manzana con la cuadrilla. Éramos cuatro técnicos del servicio de cable instalando una caja maestra nueva, y el movimiento de camionetas y escaleras tenía harta a media calle. Entre los vecinos que se asomaban a quejarse había una mujer que todos llamaban «la quemada»: esa fama rara que las señoras del barrio inventan cuando alguien vive sola, recibe poca gente y no saluda con la efusividad que esperan.

Yo a Carmen la conocía de antes. Hacía un par de años le había llevado papeles a una financiera del centro, donde mi tío también pasaba con boletas, y ella era la que ordenaba las cuentas de la sucursal. Cuarenta y pico, pelo corto castaño, escote justo, y unos pechos que se notaban incluso debajo del saco oficinista. Nunca había cruzado con ella nada más allá de un café apurado entre planillas.

Una noche, terminando turno, me la encontré en la vereda. Bajaba con bolsas del supermercado y la saludé. Se detuvo, me miró dos segundos de más y largó un comentario casi quejoso sobre el ruido que hacíamos a la madrugada.

—Disculpá. Mañana se termina —le respondí—. Ya estamos cerrando la última caja.

—Mejor. Porque encima la mitad de los canales me llegan picados desde que empezaron.

—¿Tu casa cuál es?

Señaló una puerta al fondo del pasaje, dos números más allá. Le dije que podía pasar al día siguiente a echarle un ojo al cable, sin cargo, que seguramente era un empalme suelto en la bajada. Me hizo pasar enseguida, casi sin darme tiempo a anunciarme. Revisé los tomas del living, la conexión del fondo, y enseguida vi el problema: un divisor viejo, oxidado, que se comía la señal.

—¿Y cuándo me lo cambiás? —preguntó con un tono que no terminaba de ser solo el de una clienta.

—Mañana a primera hora si querés. Vengo antes de las siete.

—Mejor a las ocho. No me levanto tan temprano.

—Quedamos.

No le conté a nadie de la cuadrilla. No sé bien por qué, pero esa noche me fui a la pensión repasando la escena del pasaje más veces de las que debía.

***

Al otro día llegué a las ocho en punto con la caja de herramientas. Carmen me abrió en bata, recién bañada, con el pelo todavía mojado y un aroma a champú que me golpeó en la puerta. Me hizo pasar y señaló el sillón.

—Hay café recién hecho. Servite.

Me serví, y mientras ella se vestía en la pieza yo empecé a desarmar la conexión. Tardé veinte minutos en cambiar el divisor y comprobar que los canales entraban limpios. Cuando terminé, apareció con jean y una remera blanca ajustada en lugares que un técnico no debería estar mirando.

—Listo. Probá vos.

Probé los canales y todo entraba sin ruido. Le mostré el divisor viejo, le expliqué que en seis meses estaría igual si no le ponía un protector, y ella escuchó con esa atención que se le presta a alguien cuando lo que dice importa menos que su voz.

—¿Te quedás a desayunar?

Dije que sí casi sin pensar. Carmen sacó tostadas, mermelada, y abrió una botella de vino blanco que tenía a medio terminar en la heladera.

—Es temprano para vino —comenté.

—Hace calor.

Brindamos riéndonos de la excusa. Le confesé que era el hijo del cliente de la financiera, y ella ató cabos enseguida. Se acordaba de mi tío, no de mí, pero la charla se aflojó al instante. Me contó que se había separado hacía cuatro años, que vivía sola con un gato que esa mañana andaba escondido, y que llevaba balances desde la casa para tres clientes fijos.

A los treinta minutos le pedí permiso para pasar al baño. Fue una excusa para pararme, para mover el cuerpo, para ver si pasaba algo. Cuando salí estaba en la cocina, lavando las dos copas, y me acerqué por detrás más de lo necesario.

—Me tengo que ir —le dije, mintiendo.

—¿Tan pronto?

Levantó la cara. Le acaricié la mejilla con el dorso de la mano y la besé despacio, esperando el rechazo que no llegó. Carmen me agarró por la nuca y profundizó el beso ella misma, sin disimulo, como quien lleva tiempo decidiendo eso. Me apretó contra la mesada y sentí, debajo de la remera fina, la línea de un corpiño de encaje.

Volvimos al sillón sin separarnos. Ella se desabrochó dos botones de la blusa que se había puesto encima en la cocina; el corpiño morado que asomó hizo que cualquier idea de irme se evaporara. Le solté los broches con torpeza, le saqué la blusa y me puse a saborearle los pezones, que se le pusieron duros casi de inmediato. Ella ya me había metido la mano por debajo del cinturón y me apretaba con una seguridad que no era de novata.

Pero algo —no sé si pudor, si el miedo a ir muy rápido, si la cabeza que me decía que recién pasaban las nueve de la mañana— me hizo frenar.

—Estamos yendo rápido —dije.

—Yo estaba pensando lo mismo.

—Me caés muy bien. No quiero arruinarlo en el sillón.

Sonrió. Se acomodó la blusa. Serví más vino y brindamos otra vez, esta vez por «esto que empieza», sin saber muy bien qué era. Antes de irme, ya en la puerta, quedamos en vernos el viernes a la noche.

***

El viernes llegué con una botella decente y una caja de bombones que tardé media hora en elegir. Carmen me abrió con un vestido negro corto y los labios pintados. Esta vez no perdimos tiempo en cocina ni en picadas. Cenamos algo liviano y a la media hora estábamos en su pieza, desnudos, conociéndonos sin apuro.

Bajé despacio por su cuerpo, le besé los muslos, le abrí las piernas y el aroma de su sexo me llevó directo al clítoris. Me quedé ahí mucho tiempo. Mi lengua entraba en ella, salía, jugaba con la piel sensible de los bordes, y Carmen me sostenía la cabeza con las dos manos sin dejarme moverme.

—Nadie me lo hizo así —susurró entrecortada.

No le contesté. Subí, le mordí los pezones, y la penetré con cuidado, mirándola a los ojos. Estuvimos un rato así, despacio, hasta que ella me empujó con suavidad, me dio vuelta y se subió encima. Apoyó las manos en mis hombros y empezó a moverse con una furia que no me esperaba.

—Basta, ya, ya, ya, por favor —gritó.

Tuvo un orgasmo largo. Cuando empezó a calmarse arrastró el mío con ella, y nos quedamos abrazados sin decir nada durante varios minutos. Me acariciaba la cabeza con los ojos cerrados.

—Hace mucho que no disfrutaba tanto, especialmente la primera vez.

—Yo nunca había estado con una mujer así.

—¿Loca?

—Decidida. Es lo que me gusta.

***

A partir de esa noche, los viernes se hicieron sagrados. Carmen se convirtió en la persona con la que aprendí de verdad qué es satisfacer a una mujer. Hasta cambió la intimidad con Marina, mi esposa, que ya venía siendo escasa y rutinaria desde hacía años. Marina y yo llevábamos casi diecisiete años juntos. Nos queríamos a la manera de los matrimonios que se acomodan: sin peleas, sin grandes momentos, con la cama como un cumplimiento al que ella le ponía cada vez menos ganas.

No quiero justificar lo que hacía. Engañar es engañar. Pero a los cuarenta yo me daba cuenta de que el contacto físico me hacía falta como el aire. Necesitaba sentir desnuda a alguien al lado, acariciarla, saber que me deseaba. Y Marina llevaba mucho tiempo sin desearme. Carmen, en cambio, me esperaba con el deseo en la cara.

El morbo se le notaba en todo. No hubo rincón de la casa en el que no terminamos cogiendo. Llegaba un viernes, me sentaba en el mismo sillón, y ella se arrodillaba entre mis piernas para chuparme mientras me miraba a los ojos. Nunca me dejaba acabar ahí. Decía que para mamarme tenía toda la vida, pero que para lo otro había que aprovechar la cama.

—Nunca tuve un compañero tan sexual como vos —me dijo una noche.

Pensé lo obvio, que probablemente se lo había dicho a varios. Pero no me importó. La frase me funcionaba igual.

***

Un viernes, despidiéndome en la puerta del pasaje, me quedé mirando la reja del frente. Era baja, fácil de saltar. Le hice un comentario al pasar:

—Cualquiera te entra por acá. Soy alto, paso esto sin esfuerzo.

—¿Sí? —sonrió con esa cara cómplice de cuando algo le interesaba—. Bueno, la puerta de la cocina nunca la cierro con llave.

No dijo más. Yo tampoco. Me fui caminando y el plan se me armó solo.

El martes a la madrugada salí de casa con la excusa de un trabajo de emergencia que debía empezar a las seis. Marina ni se despertó. A las seis y veinte estaba saltando la reja del pasaje. Caminé los veinte metros con cuidado, probé la manija de la cocina y la puerta cedió sin ruido. Me desnudé ahí mismo, en el comedor, y avancé hasta la pieza.

Carmen dormía boca abajo, semitapada, con el camisón de seda subido hasta la cintura. Me metí en la cama, la tapé, y la abracé desde atrás.

—¿Eh? ¿Qué? Ah, sos vos. ¿Qué hora es? ¿Cómo entraste? —preguntó entredormida, sin sobresaltarse, acurrucándose contra mi pecho.

—Tranquila. Disfrutemos.

Nos quedamos abrazados como media hora, despacio, en silencio. Mi pene se le iba afirmando contra las nalgas, y ella me dejaba hacer, acariciándome los muslos con la palma abierta. Después, sin preguntar, se dio vuelta, abrió las piernas y dejó que la penetrara directamente. Estaba mojada desde antes de despertarse.

Cogimos despacio un rato largo. La senté frente a mí, le saqué el camisón del todo, y mi pene quedó a la altura de su boca. No pudo resistirse: lo agarró con una mano, lo recorrió con la lengua desde los testículos hasta la punta, lo metió completo y me miró desde abajo con una sonrisa que decía que sabía exactamente lo que me estaba haciendo.

Después le pedí que se acostara boca abajo. Le besé los hombros, le bajé las manos por la espalda, me detuve en las nalgas y se las abrí despacio. Mi lengua bajó al ano sin avisar, y ella se tensó un segundo antes de aflojar las piernas y entregarme todo.

—Sos un guacho —murmuró—. Nadie me hizo esto. No pares.

Me quedé ahí quince minutos. Después subí, la besé en la nuca y le pedí permiso en silencio. Ella misma se abrió las nalgas con las manos. Entré despacio, milímetro a milímetro, y cuando estuvo adentro la escuché soltar un gemido que era mitad dolor y mitad alivio.

Cogimos así un rato largo. Después se dio vuelta sin que yo saliera, se llevó las piernas al pecho, y dejó el culo expuesto.

—Necesito mirarte cuando lo hacés.

La penetré así, mirándola, y cada vez que me apoyaba contra su pubis con la base, ella gemía más fuerte. Tuvo tres orgasmos esa mañana. El último fue largo, agudo, y me arrastró con ella en menos de un minuto.

Nos quedamos dormidos abrazados media hora más. Después se levantó, desnuda, y se puso a hacer el desayuno. Yo la ayudé. Nos manoseamos un rato más entre los mates, sabiendo que no íbamos a volver a la cama porque ya teníamos que salir a trabajar.

Mientras se bañaba me contó, riéndose, que con su pareja anterior nunca había logrado que le hiciera el culo. Le dije que era la primera vez que se lo hacía a una mujer, lo cual era cierto. Desde esa mañana se convirtió en un clásico de nuestras citas, en todos los rincones de la casa, incluso en la pileta de lona que armaba en el patio durante el verano.

Charlamos un rato más con los mates en la mano. Después nos despedimos en la puerta del pasaje, con un beso largo, y cada uno arrancó para su trabajo como si no acabáramos de pasar la madrugada juntos.

Valora este relato

Comentarios (4)

FerRamirez33

Increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

PatoRosario

Por favor seguí escribiendo, quedé con ganas de saber si alguien los descubrio alguna vez o si siguieron así por mucho tiempo.

SandraBaires

Me recordo a algo parecido que me paso hace años con un vecino. Esas situaciones tienen algo adictivo que es dificil de explicar. Muy bien contado.

Gaston_MDQ

jajaja "ni se sobresaltó" eso me mato, ya sabia exactamente lo que venía jeje. Tremendo arranque.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.