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Relatos Ardientes

Mi secretaria ayudó a mi marido mientras yo enfermaba

Habían pasado varios años desde que Elena y Mateo se casaron. Tenían una hija pequeña, Sofía, y la vida cotidiana giraba alrededor del trabajo, el colegio y las rutinas de pareja. Elena, abogada en un bufete del centro, había dejado tiempo atrás el coro al que pertenecía antes del nacimiento de la niña, pero la música seguía siendo una asignatura pendiente para ella.

Una mañana de octubre, mientras paseaba con Sofía por el parque cercano a casa, se cruzó con un cartel pegado a un tablón: «Coro de mujeres Armonía — buscamos voces nuevas. Ensayos martes y jueves». Dos tardes por semana. Encajaba perfectamente con su agenda.

Esa noche, cuando Sofía ya dormía, Elena se sentó junto a Mateo en el sofá con el folleto entre las manos.

—Encontré algo hoy —dijo, pasándoselo—. ¿Crees que podría?

Mateo lo leyó sin prisa, como leía siempre todo.

—Si te hace ilusión y no descuidamos la casa, no veo por qué no. Ya sabes lo que pienso del orden de las prioridades.

—Lo sé —respondió ella, bajando la mirada un segundo—. No quiero que cambie nada en eso.

Era una conversación que ya habían tenido muchas veces, en muchos formatos. Mateo era el que llevaba el timón en aquella casa, y Elena lo prefería así. Se inscribió al día siguiente.

El coro le devolvió algo que llevaba años echando de menos. La energía de cantar entre otras mujeres, la concentración de los ensayos, la complicidad cuando una voz se afinaba con la siguiente. La directora, una señora menuda y de carácter firme, la subió a primera soprano en pocas semanas. Mateo asistía a todos los recitales acompañado de Patricia, una amiga común de los dos, y al verla en el escenario sonreía con un orgullo callado.

Entre los tres había una dinámica natural que cualquier observador atento habría notado. Patricia formaba parte del paisaje desde hacía tanto tiempo que ya no se sentía como una visita, sino como una pieza más del equilibrio doméstico.

***

A mediados de noviembre, Sofía empezó a quejarse de dolor de garganta y fiebre. Un virus que llevaba semanas dando vueltas por el colegio. Nada grave, pero suficiente para tenerla en casa varios días.

—Me voy a quedar con ella —dijo Elena, apartando un mechón húmedo de la frente caliente de la niña—. No iré al ensayo del jueves.

—Lo que necesites —contestó Mateo—. Yo te ayudo en lo que pueda.

Esa semana él tenía menos ganas de trabajar que de costumbre. Empezó a llevarse a casa una pila de informes pesados, de esos que firmaba en la empresa sin leer, y se los pasaba a Elena para que los revisara mientras Sofía dormía.

—No me gusta verte ociosa —le decía, dejándole los documentos sobre la mesa del salón—. Y a mí se me están acumulando.

Elena los aceptaba sin protestar. Le llenaba de orgullo poder ayudarle, aunque significara renunciar al rato libre que el cuidado de Sofía le dejaba.

Pero el virus encontró pronto su camino hasta ella. Una mañana se despertó con la cabeza pesada, dolor de espalda y un cansancio que no se le iba con el café. Cuando Mateo llegó esa tarde y la encontró envuelta en una manta en el sofá, con dos informes sin abrir sobre las rodillas, supo que aquello no iba a sostenerse.

—No puedo concentrarme, Mateo. Lo siento. Lo intento, pero las letras se me mueven.

Él se quedó pensando un momento, con el ceño fruncido.

—Llamaremos a Camille. Que venga a la oficina después de hora y los repasamos juntos.

Elena asintió, aliviada.

—Sí. Llámala tú. Yo después le mando un mensaje para agradecerle.

Camille era la secretaria del despacho de Elena. Una chica joven, hispano-francesa, menuda, de melena rubia hasta los hombros y ojos color miel que cambiaban con la luz. Hacía años que Mateo, que trabajaba en la misma empresa que su mujer pero en otra planta, le había regalado a Camille una cafetera pequeña para su mesa, y desde entonces había una costumbre: cada mañana, cuando él subía a saludar a Elena, Camille le tenía preparado un café solo con dos terrones.

Le caía bien. Más que bien, si era sincero consigo mismo. La cintura estrecha, la forma de moverse, la manera de morder el bolígrafo cuando dudaba. Eran detalles que había archivado durante años sin permitirse pensar en ellos.

A la mañana siguiente, cuando Camille le llevó el café como siempre, Mateo le propuso la idea.

—Camille, necesito que me eches una mano con unos informes esta semana. Elena y Sofía están en cama y se me acumula el trabajo. Sería después de las siete, cuando se haya ido todo el mundo.

Ella levantó la vista de la bandeja. Le brillaron los ojos un segundo antes de contestar.

—Por supuesto. Cuenta conmigo.

—En el despacho de Elena, mejor. Allí tenemos más espacio.

Elena la llamó después por teléfono desde el sofá, con voz pastosa.

—Camille, gracias. De verdad. No sé qué haría sin ti.

—No es nada —respondió la chica—. Cuídate, jefa. Yo me encargo.

***

Aquella tarde, a las siete y cuarto, Mateo cerró con llave la puerta del pasillo. El edificio estaba vacío. Solo quedaba la luz del despacho de Elena encendida y el zumbido lejano de un aire acondicionado que nadie había apagado.

Camille llegó con dos cafés y una sonrisa que era exactamente igual que la del primer día y, a la vez, completamente distinta. Llevaba una falda recta, beige, y una blusa de seda con dos botones abiertos.

—Trae —dijo Mateo, retirándole los vasos—. Siéntate.

Empezaron a revisar el primer informe en el sofá pequeño de la esquina. Camille, sin pensarlo o pensándolo demasiado, se sentó sobre las rodillas de él, como hacía hacía años, cuando aún no salía con su novio de entonces. Hacía mucho tiempo que no lo hacía. Los dos lo notaron.

—¿Te acuerdas de esta postura? —murmuró ella, fingiendo concentrarse en el papel.

—Me acuerdo.

La mano de Mateo se apoyó en el muslo de Camille mientras le señalaba un párrafo. La dejó allí más tiempo del necesario. Ella no se apartó.

—Aquí hay un error en las cifras —dijo él, sin mirar las cifras.

—Sí —contestó Camille, sin mirar tampoco.

Hablaban en voz baja, aunque no había nadie a quien molestar. La proximidad lo pedía. Cuando él se inclinó un poco más para señalar algo en la página siguiente, sus labios quedaron a la altura del cuello de ella. Camille giró la cara y el primer beso fue así, casi por accidente, sin que ninguno de los dos lo hubiera buscado en palabras.

Pero el segundo fue intencionado. Y el tercero ya no se separaron.

—Camille, sabes lo que pasa si seguimos —dijo él, apartándose un centímetro.

—Lo sé.

—Y sabes que no voy a parar.

—También lo sé.

Mateo le puso la mano en la nuca y la guió hacia abajo, hasta que ella quedó arrodillada en la alfombra del despacho, entre sus piernas. Camille le bajó la cremallera del pantalón sin necesidad de instrucciones. Cuando sacó el sexo de él, lo miró un segundo con una expresión que mezclaba expectativa y algo de aprensión. Empezó por los testículos, pasándolos por la boca con cuidado, lamiéndolos despacio.

Él dejó escapar un sonido grave. Le apoyó las dos manos en la cabeza, le agarró el pelo rubio y, sin avisar, le metió el sexo entero hasta el fondo de la garganta.

Camille se atragantó. Apartó la cara, tosiendo, llevándose la mano al cuello.

—No me gusta esa sensación —dijo con voz rasposa—. Me asusta.

Mateo le pasó el pulgar por la mejilla, con calma.

—Lo sé. Eso es justo lo que quiero que aprendas a controlar. Voy a guiarte. Confía en mí.

Ella tragó saliva. Asintió con los ojos brillantes, sin terminar de convencerse. Mateo le sujetó la cara con una mano y, con la otra, le acercó el sexo a los labios.

—Abre.

Camille obedeció. Él entró despacio esta vez, deslizándose por encima de la lengua, hasta tocar el fondo. Ella volvió a apartar la cabeza al primer roce, tosiendo, con los ojos llorosos.

Mateo la dejó respirar. La miró sin decir nada y la chica, después de un momento, abrió la boca de nuevo por su cuenta.

—Otra vez —dijo él.

Repitieron la operación cinco, seis, siete veces. Cada vez Camille aguantaba un segundo más antes de toser. Él iba elogiando cada avance con frases cortas, secas, sin perder la calma.

—Bien. Así. Otra vez.

El maquillaje de Camille se le corrió por debajo de los ojos. La saliva le caía por la barbilla y le mojaba la blusa de seda. Y, sin embargo, en algún momento dejó de toser. Aprendió a relajar la mandíbula y el fondo de la garganta. El sexo de Mateo entraba entero, completo, sin resistencia.

Él la sujetó del pelo con las dos manos y empezó a moverse con un ritmo propio, dueño del momento, sin dejar fuera ni un milímetro. Camille se atragantó un par de veces más, pero no se apartó. Quería complacerlo. Y él, ahora, lo sabía.

Cuando terminó dentro de su boca, le dio una orden antes de salir.

—No tragues. Aguántalo ahí.

Camille obedeció. Se quedó arrodillada, con los labios cerrados, conteniendo el semen en la boca mientras él se incorporaba.

—Ahora ponte de pie.

La levantó, la subió sobre el escritorio, le abrió las piernas y le subió la falda hasta la cintura. Le retiró la ropa interior con un solo movimiento. Se inclinó sobre ella y empezó a recorrerla con la lengua, despacio, sin prisa.

Camille echó la cabeza hacia atrás y le agarró el pelo, atrayéndolo. Tuvo cuidado de no abrir la boca.

Mateo subía y bajaba. Del sexo a los pechos, donde le retiró la blusa y le chupó los pezones hasta dejarla con la espalda arqueada sobre la mesa. Después volvía a bajar, le separaba los labios con los dedos y la lamía con la misma paciencia con la que antes había trabajado su garganta.

Cuando notó que ella temblaba, le metió dos dedos sin dejar de mover la lengua sobre el clítoris. Camille se vino con un grito ahogado, mordiéndose el labio para no abrir la boca.

—Ahora —dijo él, mirándola desde abajo—. Trágatelo. Hasta la última gota. Quiero verlo.

Camille tragó despacio, con los ojos cerrados, el cuerpo todavía temblando. Cuando abrió la boca para mostrarle que la tenía vacía, Mateo asintió y le pasó el pulgar por la comisura para limpiarle un hilo que se le había escapado.

—Eres una buena chica —le dijo, mientras se acomodaba la ropa—. Tengo suerte de tenerte cerca.

Camille se sentó en el escritorio, recolocándose la blusa, todavía con la respiración entrecortada. Se sonrojó como una adolescente y bajó la mirada.

Mateo se ajustó el cinturón y la miró desde arriba.

—Camille, escúchame. Yo no le oculto cosas a Elena. Cuéntale tú lo que ha pasado, si quieres. No tengo problema. Lo que ha ocurrido aquí no cambia lo que siento por ella.

La franqueza la desconcertó.

—Gracias por decírmelo así —contestó, dudando—. Pero a Diego prefiero no decírselo. No sé cómo reaccionaría.

Diego Salazar era su novio. Llevaban casi tres años. Una relación que llevaba meses haciendo aguas, aunque ninguno se atrevía a admitirlo en voz alta.

***

Dos días después, Camille apareció en casa de Elena con un ramo pequeño de margaritas y una caja de bombones.

—Espero que estés mejor —dijo en el recibidor—. Te traigo esto.

Elena, ya con mejor cara, la hizo pasar a la cocina y puso agua para un té.

Camille se lo contó todo. Sentada en el taburete alto del desayunador, con las manos alrededor de la taza caliente, le contó la tarde en el despacho sin saltarse nada. La cafetera, los informes, el sofá, la alfombra. La voz de Mateo cuando le dijo «abre». La sensación de aprender algo nuevo bajo su control.

Elena escuchó sin interrumpir. Sintió el pinchazo en el pecho, una punzada de celos antigua y conocida, y se la tragó con la misma facilidad con la que Camille había tragado el semen de su marido. Después de unos segundos, sonrió.

—Me alegro de que haya sido contigo —dijo, y era verdad—. ¿Y Diego?

Camille bajó la mirada.

—No sé. Llevamos meses así. Y ahora esto. Me siento dividida.

—No te preocupes por mí —respondió Elena, apretándole la mano por encima del mármol—. Yo no voy a decir nada. Esto es entre tú y él. Y entre tú y tu cabeza.

Cuando Camille se levantó para marcharse, Mateo, que acababa de llegar del trabajo, la acompañó hasta la puerta. La besó en los labios delante de Elena, con tranquilidad, y la retuvo un momento en el rellano.

—Camille. Quiero que vengas al recital de fin de temporada de Elena, el sábado que viene. Es importante para ella. Y para nosotros.

Camille lo miró sin entender del todo.

—Si vienes —añadió él, manteniéndole la mirada—, sabré que lo de Diego está cerrado. Que te entregas a esto por completo. No hace falta que me contestes ahora. Piénsalo. Pero entiende lo que significa.

Le pasó la mano por la mejilla y cerró la puerta.

Camille bajó las escaleras del edificio despacio, sintiendo el corazón en la garganta. Mateo no era de los que comparten. La invitación era una declaración, no una invitación. Si iba, había decidido por dónde seguía el resto de su vida.

Esa noche, en la cama, Elena se acurrucó contra el pecho de Mateo y le pasó la mano por el costado.

—Patricia se va a ir a vivir a Lisboa —dijo en voz baja, como si hablara de otra cosa.

—Lo sé.

—Vamos a tener un hueco.

Mateo le besó el pelo, sin contestar. No hacía falta.

El sábado siguiente, en el recital del coro Armonía, Elena cantó el solo de la última pieza mirando hacia la tercera fila. Mateo estaba sentado en el asiento del pasillo. A su izquierda, una butaca vacía. A la izquierda de la butaca vacía, una melena rubia que entró con cinco minutos de retraso, se sentó en silencio y le puso a Mateo la mano sobre la rodilla.

Elena sonrió desde el escenario sin que se le notara. Y cantó como nunca había cantado antes.

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Comentarios (1)

Celeste_cba

Que historia... no lo vi venir para nada. Me quede pegada a la pantalla hasta el final. Muy bueno!!!

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