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Relatos Ardientes

Mi jefe descubrió lo que mi marido ya no me daba

Carolina acababa de cumplir treinta años y sentía que su vida se había detenido en alguna parte sin que nadie le avisara. Estaba casada con Esteban, un hombre bueno que trabajaba en un depósito de materiales en las afueras de Córdoba y llegaba a casa con el cansancio metido en los huesos. Tenían una hija de cuatro años, Sofía, que le devoraba las horas con esa devoción agotadora de los chicos pequeños. Las noches terminaban siempre igual: él dormido frente al televisor, ella mirando el techo, despierta, con una mano metida entre los muslos por debajo del pijama y la otra tapándose la boca para que no la escuchara nadie.

De día era asistente del director en una agencia de marketing del centro. El puesto le daba estabilidad y, sobre todo, la ponía cada mañana frente a Marcelo, su jefe. Cuarenta y muchos, divorciado, alto, de hombros anchos y una sonrisa que parecía guardar siempre una intención que no decía en voz alta. Carolina lo notaba mirándola cuando pasaba con la carpeta de informes, y había dejado de fingir que no le gustaba.

Se vestía para él sin admitirlo del todo. Faldas que le marcaban las caderas, blusas en las que se adivinaba el encaje. Su matrimonio era un desierto: Esteban la buscaba de tanto en tanto, se le montaba encima tres minutos, se corría adentro sin avisar y se dormía dándole la espalda, sin morderle la nuca como ella imaginaba que haría otro hombre, sin bajarle la cabeza entre las piernas, sin lamerle nada. En la ducha, con el agua cayéndole por la espalda, se pellizcaba los pezones y se metía dos dedos en el coño pensando en las manos de Marcelo, en su boca, en la polla que se le adivinaba a veces cuando se cruzaba con él en el pasillo.

Un viernes a la tarde la oficina se vació temprano. Sofía estaba con su abuela; Esteban, en un asado con compañeros del depósito. Marcelo la llamó a su despacho para revisar unos números que los dos sabían que no importaban.

—Cerrá la puerta —dijo él sin levantar la vista del escritorio.

Carolina la cerró. El clic del picaporte sonó más fuerte de lo que debía. Se sentó frente a él y cruzó las piernas, consciente de cada milímetro de piel que dejaba ver.

Marcelo se levantó, rodeó el escritorio y se apoyó contra el borde, justo delante de ella. Estaba tan cerca que le llegaba el olor de su colonia.

—Sabés perfectamente lo que me hacés, ¿no? —murmuró. Le rozó la rodilla con dos dedos y empezó a subir, despacio, midiéndola—. Todos los días entrás acá con esa falda y yo me quedo pensando en cómo sería agarrarte del pelo y cogerte encima de este escritorio.

—No deberíamos —dijo ella. Pero no apartó la pierna. La abrió apenas, lo justo para que él entendiera.

Soy casada, pensó. Y el solo hecho de pensarlo le encendió el coño como si le hubieran acercado una brasa.

Marcelo la tomó de la cintura, la levantó de la silla y la sentó sobre el escritorio. Le subió la falda hasta la cadera con una calma que la hacía temblar más que cualquier apuro. Cuando enganchó la bombacha con un dedo y la corrió a un costado, Carolina contuvo la respiración. Él la miró un segundo entero antes de tocarla, y ese segundo fue lo más íntimo de todo. Después le pasó dos dedos por la raja, de abajo hacia arriba, abriéndole los labios, y se los mostró brillantes de flujo antes de chupárselos delante de ella.

—Estás empapada —dijo en voz baja, casi sorprendido—. Se te chorrea, Carolina. Tu marido no tiene idea de lo que se pierde.

Ella se mordió el labio y asintió. No quería hablar. No quería pensar en Esteban. Quería exactamente esto: la boca de otro hombre contra su coño, la culpa transformándose en deseo, la certeza de que estaba haciendo algo que no podía deshacer. Se recostó hacia atrás, apoyó los codos en el escritorio y abrió las piernas del todo, ofreciéndosela.

Marcelo se arrodilló entre sus muslos y la besó ahí con la lengua plana, sin prisa, lamiéndola de abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris para chupárselo como si fuera un caramelo. Carolina tuvo que sostenerse del borde del escritorio para no caerse hacia atrás. Le hundió un dedo, después dos, curvándolos adentro, buscando ese punto que a Esteban jamás se le había ocurrido buscar. La lengua seguía trabajando arriba, presionando el clítoris, dibujándolo en círculos, y ella le tiraba del pelo con las dos manos y se mordía el antebrazo para no gritar.

—No pares —pidió, y la voz le salió rota—. Por favor, no pares.

Marcelo le metió un tercer dedo y aceleró la lengua. Carolina sintió que el orgasmo le subía desde los talones. Se le cerró la garganta, se le tensaron los muslos alrededor de la cabeza de él, y se vino contra su boca con un temblor largo, mojándole la barbilla, la nariz, todo. Cuando Marcelo se incorporó tenía la cara brillante y una sonrisa que ella no le olvidaría nunca.

—Te vas a arrodillar ahora —le dijo, desabrochándose el cinturón—. Y me vas a mamar la pija como si fuera lo único que te importa en el mundo.

Carolina se deslizó del escritorio y se arrodilló sin que se lo pidieran dos veces. Le bajó el pantalón y el bóxer de un tirón. La polla le saltó afuera, gruesa, dura, con una vena marcada de arriba abajo y una gota transparente en la punta. Era más grande que la de Esteban. Se la agarró con la mano, le pasó la lengua por la punta lamiendo esa gota, y después se la metió en la boca lento, empujándola contra el paladar, observando cómo a él se le tensaba la mandíbula. Le gustaba el poder de ese momento, el de tenerlo a su merced antes de entregarse del todo.

—Así, despacio —jadeó Marcelo, hundiéndole los dedos en el pelo—. Mirame. Quiero verte los ojos mientras me la chupás.

Carolina levantó la vista sin sacársela de la boca. Empezó a mamársela con más ganas, subiendo y bajando, ayudándose con la mano en la base, chupándole también los huevos, dejándole hilos de saliva colgando del mentón. Se la metió entera hasta que la punta le tocó el fondo de la garganta y se atragantó, con los ojos llenos de lágrimas, y ni así paró. Marcelo empezó a empujarle la cabeza, cogiéndole la boca a su ritmo.

—Puta, qué bien la chupás —gruñó—. Mejor que cualquiera.

Después la levantó del pelo, la dio vuelta sobre el escritorio y le apoyó la mejilla contra la madera fría. Le levantó la falda de un manotazo, le arrancó la bombacha y le dejó el culo levantado, expuesto. Una palmada le enrojeció la nalga derecha. Otra la izquierda. Carolina gimió y arqueó más la espalda, pidiéndolo. Marcelo se pasó la punta de la polla por la raja, mojándola en el flujo de ella, restregándosela contra el clítoris, contra la entrada, sin meterla.

—Pedímelo —le dijo—. Pedime que te la meta.

—Metémela —jadeó Carolina—. Metémela toda, por favor. Cogeme.

Cuando la penetró de una sola vez, hasta el fondo, Carolina sintió que se le iba el aire y soltó un gemido largo que llenó la oficina vacía. La polla de Marcelo le llegó a lugares que no sabía que tenía. Se quedó un segundo quieto, dejándola sentirla entera, y después empezó a cogerla en serio, con las manos en las caderas, tirando de ella hacia atrás en cada embestida.

—Más fuerte —rogó, empujando hacia atrás—. No te contengas. Rompeme.

Marcelo no se contuvo. La cogió hasta que el escritorio crujió, hasta que los papeles cayeron al piso, agarrándole las tetas por debajo de la blusa, arrancándole el corpiño, pellizcándole los pezones entre el pulgar y el índice hasta hacerla gritar. Le mordió la nuca. Le escupió en el culo y le pasó el pulgar por el agujero, apretando apenas, jugando.

—Decime que sos mía —le dijo al oído, sin dejar de moverse—. Decilo.

—Soy tuya —jadeó Carolina—. Soy tu puta. Cogeme como quieras.

—¿Y tu marido?

—Que se joda. Es tuya, esta concha es tuya.

Marcelo aceleró. El escritorio golpeaba contra la pared. Carolina se sostenía como podía, con la cara aplastada contra la madera, la boca abierta, la baba corriéndole por el mentón. Se vino primero, sacudida entera, apretándole la polla adentro con espasmos que le arrancaron a él un gruñido sordo. Marcelo aguantó unos segundos más, la sacó, la giró y le apuntó la cara.

—Abrí la boca —le ordenó.

Ella se arrodilló y sacó la lengua. Él se acabó a chorros: el primero le cayó en la mejilla, el segundo en los labios, el tercero directo en la lengua. Carolina se tragó lo que pudo, se pasó los dedos por la cara y se los chupó, mirándolo desde abajo.

Se quedaron así, jadeando, el reloj de la pared marcando una hora que a ninguno le importó.

***

Lo que empezó esa tarde se volvió rutina secreta. Carolina llegaba a casa con el cuerpo todavía caliente, con el semen de Marcelo secándose en la bombacha limpia que se había puesto para el viaje de vuelta, besaba a Esteban en la mejilla como si nada y le preguntaba por su día. Las tardes en la oficina se transformaron en encuentros robados: el baño del fondo con ella arrodillada mamándosela mientras entraban y salían compañeros del otro lado de la puerta, un departamento prestado en el que él la ataba a la cama con el cinturón, el auto de Marcelo estacionado en un descampado a la salida de la ciudad, ella a horcajadas sobre su regazo, montándolo con los vidrios empañados y la falda arremangada en la cintura.

Una semana después, él reservó un hotel por horas. Ahí las cosas cambiaron de tono. Marcelo le ató las muñecas a la cabecera con su propia corbata y le vendó los ojos con la otra. Le abrió las piernas y le pasó una pluma por los pezones, por el ombligo, por la cara interna de los muslos, sin tocarle nunca el coño.

—Hoy hacés todo lo que yo te diga —murmuró—. Y si te venís sin permiso, te la voy a meter en el culo sin lubricante.

Carolina, a ciegas, descubrió que el morbo se multiplicaba cuando no podía anticipar nada. Cada caricia llegaba sin aviso, cada palabra le erizaba la piel. Le pasó un cubito de hielo por los pezones, después la boca caliente encima. Le metió tres dedos de golpe y se los sacó justo cuando ella empezaba a temblar. Le hizo mamar la polla vendada y atada, a ciegas, empujándole la cabeza. Le lamió el culo por primera vez, lento, hundiéndole la lengua, y Carolina se sacudió sobre las ataduras suplicándole que le metiera algo, lo que fuera.

—Por favor —gimió—. Metémela donde quieras. Te lo pido.

Se la metió en el coño primero, hasta el fondo, la cogió unos minutos así, y después se la sacó y se la apoyó en el culo. Le puso un poco de saliva. Empujó despacio. Carolina apretó los dientes cuando la punta se abrió paso, y después soltó un gemido gutural que no había hecho nunca cuando la polla entera se le hundió atrás. Marcelo la cogió por el culo con paciencia primero, después sin miramientos, mientras le pasaba dos dedos por el clítoris. Ella se vino gritando contra la mordaza que él le había improvisado con la bombacha empapada.

Cuando por fin le sacó la venda, Carolina vio su propia cara en el espejo del techo —el rímel corrido, la boca hinchada, los pezones rojos, el semen escurriéndole por el muslo— y no se reconoció. Le gustó no reconocerse.

De noche, acostada junto a Esteban, repasaba cada detalle y se tocaba bajo las sábanas, conteniendo la respiración para no despertarlo. Se metía dos dedos y se acariciaba el clítoris pensando en la polla de Marcelo abriéndole el culo, en su lengua, en su semen en la cara. Pensó muchas veces en dejar a Esteban. Pero el secreto la calentaba más que la idea de la libertad.

***

El punto de no retorno fue un viaje. La agencia cerró un acuerdo con una empresa peruana y mandaron a Marcelo a Lima a firmar los papeles. Pidió que Carolina lo acompañara «por la coordinación». Esteban ni preguntó; Sofía se quedó con los abuelos. Ella empacó lencería negra, un plug pequeño que Marcelo le había regalado, y decidió no ponerle límites a nada.

Llegaron un jueves. Apenas se cerró la puerta de la habitación, Marcelo la empujó contra la pared y le metió la mano por debajo de la falda. Le arrancó la bombacha de un tirón y le hundió tres dedos en el coño hasta la muñeca.

—Estás mojada desde el avión —dijo contra su cuello, mordiéndoselo.

—Hacé lo que quieras —respondió ella, con los dedos de él moviéndosele adentro—. Pero nada de marcas que Esteban pueda ver.

La cogió contra la pared primero, con una pierna de ella enganchada en la cadera, después la tiró en la cama y le pasó media hora entre las piernas, comiéndole la concha hasta hacerla venir tres veces seguidas.

Las reuniones del viernes fueron con dos socios de la empresa local: Mateo, limeño, moreno, de sonrisa pícara, y Joaquín, más alto, de voz grave, que dejó la mano apoyada en la cintura de Carolina un segundo más de lo necesario al saludarla. Ella lo notó. Marcelo también.

Esa noche, después de la cena, terminaron los cuatro en el bar del hotel. La charla fue subiendo de temperatura entre rondas de pisco. Joaquín la miraba sin disimulo, con los ojos clavados en el escote.

—¿Te animás a cosas nuevas, Carolina? —preguntó, directo.

Ella sintió que se ruborizaba. Bajo la mesa, Marcelo le apretó el muslo y le subió la mano hasta rozarle el coño por encima de la bombacha.

—Decile la verdad —le susurró al oído.

Carolina dejó la copa sobre la mesa y los miró a los tres.

—Me gusta que me usen —dijo, con una calma que la sorprendió a ella misma—. Me gusta que me cojan entre varios.

Subieron los cuatro. En el ascensor empezó todo: Marcelo besándola con violencia, mordiéndole los labios, Joaquín apretándose contra su espalda con la erección marcada contra su culo, Mateo colando una mano entre sus piernas y encontrándola ya mojada. Carolina cerró los ojos y se dejó llevar por las manos que no terminaba de identificar.

En la suite la desnudaron entre los tres, arrancándole el vestido, el corpiño, la bombacha. La sentaron en el borde de la cama y le pusieron dos pollas delante de la cara. Carolina las miró un segundo —la de Mateo más oscura y curva, la de Joaquín más larga y gruesa—, agarró una con cada mano y empezó a mamárselas alternando, pasando la lengua de una a la otra, chupándoles los huevos, dejándose escupir en la boca. Marcelo, detrás, se arrodilló y le comió el culo mientras ella mamaba, hundiéndole la lengua, abriéndosela con los pulgares.

—Miren cómo mama, esta puta —dijo Joaquín, tirándole del pelo—. Traguen que ella traga.

Le escupió en la cara. Carolina abrió la boca y sacó la lengua para pedir más.

La acostaron. Joaquín se le montó encima y la penetró de una vez con esa polla larguísima que le llegó al fondo. La cogió duro, mirándola a los ojos, mientras Mateo se le paraba al lado de la cabeza y le metía la suya en la boca. Carolina mamaba y era cogida al mismo tiempo, con los ojos llenos de lágrimas del placer y del ahogo. Marcelo se sentó en el sillón del frente, se sacó la polla y se masturbó mirando la escena, dirigiéndola con la voz.

—Dala vuelta —ordenó—. Ponela en cuatro.

La pusieron en cuatro. Joaquín se metió atrás y se la clavó en el coño desde ese ángulo. Mateo, adelante, le seguía cogiendo la boca. Marcelo se acercó, le pasó saliva en el culo y esperó su turno. Cuando la doble penetración empezó, Carolina soltó un grito ahogado. Nunca la habían tenido dos hombres al mismo tiempo. Sintió las dos pollas moviéndose adentro, separadas apenas por una pared fina de carne, y se le nubló la vista.

—Es demasiado —jadeó, sin saber si pedía que pararan o que siguieran.

—Aguantá —le dijo Marcelo al oído, hundiéndole la suya en el culo—. Vos podés. Sos mi puta.

Y aguantó. Los tres la cogieron en todas las combinaciones posibles: dos abajo, uno arriba, uno en la boca. Cambiaban de agujero sin preguntar, la escupían, le tiraban del pelo, le daban palmadas en el culo hasta dejárselo rojo. Carolina se vino tres veces, una detrás de otra, temblando, con la cara hundida en las sábanas.

Cuando los tres estuvieron por acabar, la sentaron en el piso con la espalda contra la cama y la rodearon. Se masturbaban encima de ella. El primero en venirse fue Mateo, que le descargó en las tetas. Después Joaquín, que le apuntó a la boca abierta. Marcelo, el último, se le acabó en la cara, en el pelo, en los labios. Carolina quedó ahí, sentada en el piso, cubierta del semen de los tres, mirándolos desde abajo con una sonrisa que no le cabía en la cara.

Después la levantaron entre los tres, la llevaron a la ducha y la lavaron, turnándose para besarla, para meterle los dedos, para chuparle los pezones. Carolina quedó tendida en el medio de la cama, agotada, vacía y, de un modo que no sabía explicar, completamente despierta por primera vez en años.

En el vuelo de vuelta apenas podía acomodarse en el asiento; el culo todavía le ardía. Llegó a casa, besó a Esteban y a Sofía como si volviera de una semana de reuniones aburridas, y esa misma noche, mientras su marido roncaba, se tocó pensando en Lima, en las tres pollas, en la cara llena de semen.

***

El secreto empezó a pesarle. No por culpa: por las ganas de decirlo. Una tarde, mientras Marcelo la tenía contra el lavabo del baño de la oficina, con la falda arremangada y la polla adentro hasta los huevos, soltó la idea que la rondaba hacía días.

—Quiero que vengas a cenar a casa —jadeó, empujando el culo contra él—. Con Esteban y Sofía.

—¿Estás loca? —Marcelo se rió sin dejar de cogerla, agarrándola del pelo—. ¿Querés que cene con tu marido pensando en cómo te dejé en Lima con tres pijas adentro?

—Justamente eso —murmuró ella, viniéndose contra el lavabo—. Justamente eso.

Lo invitó un sábado. Un asado en el Cerro de las Rosas, todo absolutamente normal hasta que llegó el postre y Esteban, achispado por el Malbec, se puso confesional.

—Tengo una fantasía que nunca le conté a nadie —dijo, mirando su copa—. Imaginarla con otro. Verla. Ver cómo se la cogen delante mío. No sé por qué, pero se me para como nada.

Carolina se quedó helada. Marcelo, en cambio, ni pestañeó.

—¿En serio? —preguntó—. ¿Te calienta que otro hombre le meta la pija a tu mujer delante tuyo?

—Más de lo que debería admitir —contestó Esteban, y se rió de su propia confesión—. Imaginármela mamando otra polla, con la cara llena de semen ajeno. Me hace mierda.

Hubo un silencio largo. Carolina miró a uno y al otro, el corazón golpeándole en la garganta y el coño empezando a mojarse debajo del vestido. Fue Marcelo el que rompió el aire.

—Entonces tengo algo que contarte —dijo, despacio—. Ya pasó. Más de una vez. Y en Lima no estuve solo con ella. Éramos tres. La cogimos toda la noche.

Esteban se giró hacia su mujer. No había furia en su cara; había otra cosa, algo que Carolina no le había visto nunca: los ojos brillándole, el bulto marcándose contra el pantalón.

—¿Es verdad? —preguntó.

—Es verdad —admitió ella, con la voz apenas audible—. No pude parar. Me la chupé a los tres. Me cogieron por el coño, por el culo, por la boca. Me acabaron en la cara.

Esteban se quedó un segundo en silencio. Después soltó una risa baja, incrédula, y se pasó la mano por la cara. Con la otra se apretó la erección por encima del pantalón sin ningún disimulo.

—Entonces no quiero que pares —dijo—. Quiero verlo. Ahora.

Marcelo no esperó una segunda invitación. Se levantó, rodeó la mesa y le bajó a Carolina los breteles del vestido de un tirón. Le dejó las tetas al aire delante de su marido. Esteban lo miraba todo desde su silla, sin moverse, con los ojos clavados en su mujer y la mano ahora abiertamente dentro del pantalón.

—Sacátela —le dijo Marcelo a Esteban, sin dejar de manosearle las tetas a Carolina—. Sacate la pija y mirá.

Esteban obedeció. Se la sacó y empezó a masturbarse despacio. Ella, que llevaba meses mintiendo, sintió un alivio extraño al dejar de hacerlo, y una humedad nueva al saberse observada por los dos.

La sentaron en el borde de la mesa, entre los platos. Marcelo le abrió las piernas, le arrancó la bombacha con los dientes y se hundió en ella de una vez. Esteban se acercó solo para mirar de cerca, para verle la cara cuando gemía, para ver cómo la polla de otro hombre se hundía en el coño de su mujer, entraba y salía brillante de flujo.

—Mirá cómo está —dijo Marcelo sin dejar de moverse—. Mirá cómo lo recibe. Esto es lo que querías ver.

—Sí —murmuró Esteban, meneándosela más rápido—. Cogela. Cogela fuerte.

Carolina estiró la mano y agarró la polla de su marido. Se la llevó a la boca sin dejar de ser cogida por Marcelo. Los dos hombres se miraron por encima de ella, cómplices, y Esteban empezó a moverse él también, cogiéndole la boca mientras el otro le cogía el coño. Carolina cerró los ojos y se dejó llevar. Sentía a los dos al mismo tiempo, adelante y atrás, la polla de su marido en la garganta y la del amante hasta el fondo del coño. Se vino así, con los dos adentro, gimiendo contra la pija de Esteban.

La pusieron en el piso, sobre la alfombra del living. La cogieron por turnos, después juntos: Marcelo abajo, Esteban arriba, uno en cada agujero. Esteban, que nunca en la vida le había tocado el culo a su mujer, se la metió atrás con una torpeza tierna, y ella lo ayudó, moviéndose para él, enseñándole cómo. Los dos se acabaron casi al mismo tiempo, adentro, uno en cada agujero, y Carolina sintió el doble chorro llenándola como si le hubieran firmado algo.

En algún momento Esteban dejó de ser espectador. Y Carolina, entre los dos, entendió que esa noche de confesiones no había roto su matrimonio: lo había vuelto otra cosa, una que ninguno de los tres había planeado y a la que ninguno quería renunciar.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella cuando los tres recuperaron el aliento, tirados en el piso, ella en el medio, con las piernas todavía abiertas y el semen escurriéndosele por los muslos.

Esteban le apartó un mechón pegado a la frente y la besó como hacía años que no la besaba, sin importarle el sabor a otro hombre en su boca.

—Ahora dejamos de fingir —dijo—. Los tres.

Carolina cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, no había nada que esconder. Y eso, descubrió, era lo más excitante de todo.

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Comentarios(7)

Rolando_BsAs

Excelente relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

SofiaVida23

Por favor continualo, quede con ganas de saber como termina todo esto. No me dejes asi jaja

Lucia_Conf

Me engancho desde las primeras lineas. Se nota que hay algo real detras, no parece inventado. Muy bien escrito, felicitaciones.

Diegito_cba

tremendo relato!! muy caliente sin ser burdo, justo como me gusta

MarielaNoche

Que bueno encontrar algo tan bien narrado por aca. Es de vida real o de ficcion? Se siente muy autentico todo, especialmente la tension del principio.

Cachiscles1976

Me recordo a una situacion similar que vivi hace unos anos... esa tension que se va acumulando sin decir nada, hasta que un dia explota. Lo describiste perfecto. Espero que sigas escribiendo, tenes talento de verdad.

PilarRdz

Se me hizo cortisimo!! queria que no terminara

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