Lo que pasó con el primo de mi novio esa semana
Todo empezó por dinero, o más bien por la falta de él. Me había salido un congreso de la facultad en otra ciudad y el hospedaje se comía la mitad de lo que tenía ahorrado. Cuando se lo conté a Damián, mi novio, ni lo pensó: su tía vivía justo en esa ciudad y tenía una habitación de sobra. «Le aviso y listo, no le va a molestar», me dijo con esa tranquilidad suya. Yo dudé un poco, pero la cuenta del banco mandaba más que mi orgullo, así que acepté.
La tía Carmen me recogió en la terminal y resultó ser de esas señoras cálidas que te tratan como si te conocieran de toda la vida. En el coche me preguntó por Damián, por mis estudios, por cómo iban las cosas entre nosotros. Yo respondía sonriendo, sintiéndome un poco impostora por estar ocupando un lugar que ella ofrecía con tanta confianza.
La casa era grande, de dos pisos, con un pasillo largo arriba que llevaba a las habitaciones. Carmen me mostró la mía, al fondo, y luego, ya bajando, me presentó a su hijo.
—Él es Tobías, mi muchacho. Cualquier cosa que necesites, se lo pides a él.
Tobías tendría unos veintiún años. Alto, de hombros anchos, con esa firmeza en el cuerpo que solo da el gimnasio cuando se vuelve costumbre. Le di la mano, dije algo amable y no le presté demasiada atención. Era el primo de Damián y su madre estaba ahí mismo: no había nada que mirar.
O eso creía yo.
Almorzamos los tres y, al terminar, Carmen anunció que tenía que salir a resolver unos trámites. Me dijo que me sintiera como en casa y que Tobías estaría por ahí. Le agradecí y se fue. Mi congreso no empezaba hasta el día siguiente, así que me quedé sin nada que hacer, sola en una casa ajena con un desconocido.
Me senté en la sala a ver televisión y Tobías no tardó en acompañarme. Empezamos a hablar. Me contó de sus entrenamientos, de que jugaba al fútbol los fines de semana, de una chica de su carrera que le gustaba pero a la que no se animaba a invitar a salir. Yo lo escuchaba y respondía a lo que me preguntaba: sobre mi ponencia, sobre cuánto llevaba con Damián, cosas así. Era una conversación normal, inofensiva. En un momento se levantó.
—Me voy a entrenar un rato. Mi mamá vuelve pronto, no te dejo sola mucho tiempo.
Subió a su cuarto y yo me quedé abajo, tonteando con el teléfono. Al cabo de un rato quise ir al baño y subí las escaleras. La puerta de su habitación estaba entreabierta, apenas una rendija, y al pasar la curiosidad pudo más que la prudencia. Asomé la mirada.
Se estaba cambiando. De frente al espejo, se quitó la camiseta y me quedé congelada en el pasillo. El torso era exactamente lo que el gimnasio prometía: cada músculo marcado, la espalda ancha, la cintura estrecha. No era el hombre más guapo del mundo, pero el cuerpo compensaba todo lo demás. Sentí un calor subir por la nuca, una punzada baja en el vientre que no debía estar ahí.
Me obligué a seguir hacia el baño. Es el primo de Damián. Estás en su casa. Compórtate. Me lavé la cara con agua fría, respiré hondo y bajé de nuevo, decidida a no volver a pensar en eso.
***
Pero el cuerpo tiene memoria propia y el resto del día se me fue en distracciones que no funcionaban. Cayó la noche, Carmen volvió, cenamos, y a eso de las once me retiré a mi habitación del fondo. Me puse la pijama —un short corto y holgado y una blusa larga que me llegaba a la mitad del muslo— y me metí en la cama dispuesta a dormir.
No llevaba ni veinte minutos cuando alguien tocó suave la puerta. Era Tobías.
—¿Te animas a ver una película? —preguntó en voz baja—. Mejor acá, que tu cuarto queda lejos y no molestamos a mi mamá.
Debí decir que no. En lugar de eso me corrí en la cama y le hice un lugar. Puso algo en su teléfono y empezamos a verlo, los dos recostados sobre las almohadas, con una distancia prudente entre nosotros que duró poco.
La película tenía escenas subidas de tono, diálogos cargados, cuerpos enredándose en la pantalla. Sentí cómo el aire de la habitación cambiaba. Lo noté acomodarse, disimular, y supe que a él le estaba pasando lo mismo que a mí. Me giré hacia el borde de la cama, supuestamente para que no me viera la cara, pero al hacerlo la blusa se me subió y le quedó servida la otra mitad de la historia.
Lo descubrí mirándome por el reflejo de la ventana oscura. No con disimulo: con hambre. Y en vez de cubrirme, dejé la mano sobre mi muslo y empecé a acariciarme despacio, como si me rascara, sabiendo perfectamente que cada roce era para él. Me temblaba un poco el pulso. Me gustaba la sensación de estar haciendo exactamente lo que no debía.
Volteé a mirarlo y ya no apartó la vista. Me sostuvo los ojos un segundo largo, puso la mano sobre mi cadera y tiró de mí hacia él. No me resistí. Me dejé arrastrar, me abrazó y me besó, un beso hondo y desordenado que me borró de un golpe el nombre de Damián, la casa, la conferencia, todo.
Después me apretó la nuca con firmeza, casi una orden. Entendí lo que pedía y se lo concedí: que hiciera conmigo lo que quisiera. Una de sus manos ya buscaba mi pecho por debajo de la blusa mientras la otra me guiaba a sentarme sobre él. Sentí su erección dura contra mí y un escalofrío me recorrió entera.
—Bájate el pantalón —le susurré, sin reconocer del todo mi propia voz.
***
Lo que siguió no se parecía en nada a la chica prudente que había llegado en el coche con la tía Carmen. Me deslicé hacia abajo, lo tomé con la mano y me lo llevé a la boca. Era más de lo que estaba acostumbrada, y eso me encendió todavía más. Trabajé sin prisa, jugando con la lengua, escuchándolo contener la respiración para no hacer ruido. Él me sujetaba la cabeza, marcaba el ritmo, y yo me dejaba llevar hasta el borde, con los ojos húmedos y la barbilla brillante.
Cuando ya no aguantaba más, me dio vuelta y me puso de rodillas sobre la cama. Bajó la cabeza entre mis piernas y empezó a recorrerme con la boca, paciente, atento a cada reacción, hasta que las piernas me empezaron a temblar y tuve que morder la almohada para no gritar. El primer orgasmo me agarró de improviso y me dejó floja, desarmada.
No me dio tregua. Se acomodó detrás de mí y entró despacio, llenándome de a poco, y enseguida cambió el ritmo a algo más duro. Yo gemía contra la tela de la almohada y aun así se me escapaba el sonido. Me tapó la boca con la mano.
—Shhh. Mi mamá —me advirtió al oído, sin dejar de moverse.
Y ahí estaba yo: la primera noche, en casa de la familia de mi novio, dejándome coger por un hombre al que conocía hacía apenas unas horas. La idea, lejos de frenarme, me ponía peor. Él me lo dijo entre dientes, que envidiaba a su primo por tenerme, y yo, perdida del todo, le confesé que con Damián hacía de todo menos una cosa.
—Eso nunca se lo di —admití—. Lo guardé para otros.
Algo se le encendió. Me apretó las caderas, me dio una palmada firme que me dejó la piel ardiendo y me preguntó si era la primera vez. Le dije que no, que no mentía. Me llamó de todo en voz baja, palabras sucias que en cualquier otro momento me habrían ofendido y que esa noche solo me derretían más. Le respondí que sí, que esa noche era suya, que aprovechara.
Se tomó su tiempo. No parecía cansarse nunca, y yo perdí la cuenta de las veces que el placer me sacudió de arriba abajo, una ola tras otra, hasta que sentí las sábanas húmedas debajo de mí y ya no sabía dónde terminaba un orgasmo y empezaba el siguiente.
Cuando me avisó que estaba por terminar, le pedí lo único que me faltaba. Me giré, volví a tomarlo con la boca y dejé que acabara así, sobre mis labios y mi mejilla. Me quedé un instante quieta, marcada, disfrutando en silencio de lo que acababa de hacer. Él se levantó, me dio un último beso y volvió a su cuarto sin decir mucho. Yo me dormí desnuda, todavía con su rastro en la piel, sintiéndome más viva que en mucho tiempo.
***
La conferencia, que en teoría duraba dos días, de pronto se me alargó a una semana entera. Inventé talleres, mesas redondas, charlas que no existían, cualquier excusa para no volver todavía. Le mandaba mensajes a Damián contándole lo aburrido que era todo, lo mucho que lo extrañaba, mientras cada noche esperaba a que Carmen se durmiera para que su hijo cruzara el pasillo hasta mi habitación.
Cuando por fin volví a mi ciudad, a mi rutina y a mi novio, supe que con Tobías no iba a haber un después. No nos escribimos, no nos llamamos, no hubo despedida prometiendo nada. Fue una semana sellada en sí misma, un paréntesis que no pertenecía a ninguna otra parte de mi vida.
Y, sin embargo, todavía hoy, cuando Damián me abraza por la noche y se queda dormido, a veces cierro los ojos y vuelvo a esa casa ajena, a ese pasillo largo, a la rendija de una puerta entreabierta. Lo confieso sin culpa: pensar en aquello todavía me enciende como nada.