Recibí una foto de mi marido con su amante
Estaba embarazada de dos meses. Apenas lo acabábamos de confirmar y era un embarazo buscado, de los dos. Cuando se lo dije a Mateo, me abrazó tan fuerte que pensé que íbamos a ser felices el resto de nuestras vidas. Yo tenía veinticuatro años, él veintiséis, y todo parecía encajar.
A los quince días me llegó una foto al móvil.
Era Mateo, desnudo, con una chica de su oficina. Estaban follando en posición de misionero y no había duda de que eran ellos. La imagen tenía la fecha y la hora superpuestas: las 19:23 de ese mismo día. Me la mandó ella, Sabrina, una hora después de tomarla. Tardé un rato en entender que no solo se lo había llevado a la cama, sino que quería que yo rompiera con él. Que la foto era un arma apuntada a mi matrimonio.
Me imaginé a Mateo acariciándole los pechos como me los acariciaba a mí. Él tenía esa habilidad: alguna vez me había corrido solo con sus manos en mis tetas. Pensar eso fue lo que me partió.
Lloré sin freno durante una hora. No solo se había acostado con otra; lo había hecho sabiendo que yo estaba embarazada, que ese bebé era la ilusión que supuestamente compartíamos. ¿Para qué embarazarme si tenía a otra? Poco a poco el llanto se fue volviendo otra cosa. Rabia fría, de la que piensa.
***
Esa noche me metí desnuda en la cama a las diez, antes de que él llegara. Mateo solía volver más temprano, pero ese día apareció a las once.
—¿Elisa? —me llamó al entrar.
—Estoy en la cama —grité.
—¿Y eso? ¿Tan pronto?
—Estoy leyendo —dije. Y era verdad, estaba leyendo. Formaba parte de un plan que ni yo terminaba de entender. Creo que quería comprobar si todavía le gustaba, y algo más que se me escapaba.
Llegó a la habitación, me dio un beso y levantó la sábana. Al ver mis hombros desnudos, tiró un poco más y descubrió que estaba completamente desnuda.
—¿Me esperabas? —sonrió.
—Estaba caliente. Como no llegabas, me hice una paja —dije, fingiendo vergüenza.
—Vaya. Cené con gente del trabajo. ¿En quién pensabas? ¿Salía yo?
No me había mentido del todo: Sabrina era gente del trabajo. Pero su mentira era la peor de todas.
—Al principio sí —contesté—. Después pensé que no lo merecías, por llegar tarde sin avisar, y me forcé a imaginarme otra cosa. Con Damián.
Damián era un buen amigo mío con el que, antes de Mateo, me había besado una sola vez. Él lo sabía. Lo de la paja era mentira, pero esa frase me dio una de las ideas que terminaría ejecutando.
—¿Debería estar celoso? —preguntó, ya con otra voz.
—No sé. Me lo pasé tan bien… Damián no me dejó un centímetro sin tocar.
—Estás rara.
—Si ya cenaste, métete en la cama conmigo.
Dudó. Sé que dudó porque venía satisfecho de otra cama, pero lo conozco: la mención de Damián le despertó el orgullo. Se lavó los dientes, se desnudó y se metió conmigo. Me acarició los pechos y follamos. No fue la mejor vez de nuestra vida; ninguno de los dos estaba en su mejor momento. Él llegaba servido; yo follaba con una rabia que disimulaba imitando a esa Sabrina que ni conocía, más salvaje de lo que suelo ser.
***
Tres días después era viernes. Los viernes Mateo hacía cierre en la empresa y volvía tarde, cuando no aprovechaba para empalmar con ella en los dos sentidos.
Yo había llamado a Damián un par de días antes y habíamos quedado en su casa. No tenía pareja, eso era importante. Era poco promiscuo y estaba sano, lo que también importaba, porque pensaba dejar que se corriera dentro de mí. En su salón le conté la situación entera y le pedí que se acostara conmigo y me dejara hacer una foto. Al principio se desconcertó. Después dijo que sí.
—¿No prefieres que lo simulemos? —preguntó.
—Prefiero pasarlo bien.
Lo llevé a su habitación y dejé el móvil al alcance de la mano. Lo agarré de la camisa y lo acerqué hasta tener su boca frente a la mía. El beso me supo a gloria, igual que antes de Mateo. Lo alargamos jugando con los labios y la lengua mientras le desabotonaba la camisa. Él hacía lo mismo con mi blusa, nervioso, lo que me confirmó que le gustaba de verdad.
Me quité el sujetador, lo abracé y le puse la mano en un pecho. Estaba mojándome ya. Le solté el cinturón, metí la mano y le rodeé el sexo. Me excitaba que fuera distinto, nuevo; siempre creí que solo conocería el de Mateo, y mira por dónde. Con cierto frenesí me bajó la falda y el tanga, se quitó el resto de una vez y caímos a la cama.
Me besó el cuerpo entero, se demoró en mis pechos y bajó hasta mi sexo, que tenía empapado. Me lamió por todos lados, se detuvo en el clítoris y lo recorrió despacio, mordiéndolo apenas. Yo le acariciaba el culo y la verga. Aquí se cuenta rápido, pero nos tomamos nuestro tiempo, todo placer, hasta que llegué al orgasmo. En pleno clímax se me cruzó la imagen de Mateo, supongo que por costumbre.
Le pedí que me dejara metérsela en la boca y se la chupé un rato, ayudándome con la mano. Tuve miedo de que se corriera y me subí encima de él. Damián se lanzó a mis pechos, más grandes de lo normal por el embarazo: lo único que se me notaba.
—Tengo que ir arriba, estoy embarazada de poco —le expliqué—. Es lo bueno: puedes correrte dentro, no vas a embarazarme.
—Por eso tienes estas tetas. Dios, qué tetas. ¿Puedo?
—Ahora mismo son tuyas.
Se las chupó como un poseso, en especial los pezones. Lo tenía durísimo. Lo guié a la entrada, lo restregué un poco contra el clítoris, como siempre me gustó, y lo metí. Damián empujó y lo sentí llenarme entero. No sé si gemía él o gemía yo, daba igual; terminamos corriéndonos los dos a la vez.
—No saques aún —dije.
Con él todavía dentro agarré el móvil, ya configurado para imprimir fecha y hora.
—Te va a odiar, pero sonríe a la cámara.
Sonreí yo también y disparé tres fotos donde se veía clarísimo que follábamos. Elegí una de las 21:51. No la envié. El plan no estaba completo.
***
Nos duchamos juntos y disfrutamos del agua. Me arrodillé y se la metí en la boca mientras el chorro me caía en la nuca. La saqué un momento.
—No me da tiempo a otro polvo, pero me encantaría que te corrieras en mi boca. ¿Quieres?
—Claro. A mí más.
Lo hizo despacio. Me lo tragué y me enjuagué con el agua de la ducha.
Mateo llegó cinco minutos después que yo. En esos cinco minutos me dio tiempo de llamar a mi hermano.
—Pablo, necesito un favor. Mañana a las siete necesito una coartada, no preguntes para qué. Supuestamente quedamos para hablar de mamá y cenamos en tu casa.
—De acuerdo. Espero que no sea grave. Si me llama por casualidad, no contesto.
—Perfecto.
***
Al día siguiente me vestí bien, no provocativa, porque Mateo me vería salir. A las seis y media fui a un bar que alguien me había mencionado tiempo atrás como sitio para ligar. Pedí un ron con cola en una mesa pequeña. Al poco, un tipo de unos veintinueve años pidió sentarse conmigo. Coqueteamos, tomamos otra copa, y a la hora me propuso ir a su apartamento.
—Sí, pero con tres condiciones —dije—. Una: voy yo arriba. Dos: con preservativo, estoy sana pero no te conozco. Tres, la más rara: me dejas hacer una foto donde se vea que follamos, y sonríes a cámara.
—Por lo menos una es muy rara. ¿Puedo preguntar por qué?
—Te lo cuento sin problema. Estoy casada y me llegó una foto de mi marido follando con otra. Quiero mandarle una en igualdad de condiciones.
—Joder, cómo las gastas. O sea que viniste dispuesta a follar. Bueno, este sitio es para eso. Me parece divertido. Coopero, y si algún día acabáramos siendo pareja, recuérdame no engañarte.
Nos reímos y caminamos hasta su casa, que no quedaba lejos. Nos desnudamos del todo.
—Dios, qué tetas. Me va a encantar follar contigo.
Dejó dos preservativos en la mesilla; yo preparé el móvil. Me acerqué, tenía buen cuerpo y era más alto que yo, tuve que hacerle bajar la cabeza para besarlo. Le planté una mano en el culo y pegué mi cuerpo al suyo; él me agarró las nalgas con las dos manos. Su sexo fue creciendo entre nosotros. Metí la mano, lo apreté contra mi vientre y jugué con el prepucio subiéndolo y bajándolo.
Me levantó en el aire con un brazo en el cuello y otro en el culo y me dejó caer en la cama. Volvía a estar empapada. Se entretuvo un buen rato en mis pechos, después sus manos recorrieron todo mi cuerpo a la vez, como si quisiera poseerme entero. Me separó las piernas y bajó a lamerme. Lo hacía tan bien que gemí como una loca, le agarré del pelo y apreté su cara contra mí hasta correrme entre contracciones.
Cuando se incorporó, lo tenía hinchado y rojo. Me lo metí en la boca y lo saboreé; me habría gustado que terminara así, pero la foto tenía que ser follando. Lo solté con una lamida de abajo arriba.
—¿Te pones el preservativo?
Mientras se lo colocaba, fui tomando posiciones encima de él y me senté en su verga. Estiré el brazo para sacar la foto, pero no llegaba a encuadrarnos a los dos.
—Trae —dijo, y con su brazo más largo lo logró.
—¿Podría ser con los dos sonriendo?
—Claro.
Sonrió, sonreí, disparó.
—Te juro que no la usaré ni se la enseñaré a nadie —dijo—. ¿Me dejas mandarme una copia de recuerdo?
Lo pensé mucho, porque las promesas se las lleva el viento. Pero parecía serio y me estaba haciendo un favor enorme.
—Luego te la envías tú mismo.
Seguía dentro, más blando. Me acarició y me besó los pechos hasta recuperarse, y como yo iba arriba me tocaba a mí el vaivén. Tuvo el detalle de acercar un dedo al clítoris. Bombeé un buen rato, disfrutando de verdad, y nos corrimos los dos entre gritos, sobre todo míos. En ese instante casi agradecí la infidelidad de Mateo, que había provocado todo aquello.
Me tumbé encima de él hasta que se salió. Le quité el preservativo con un pañuelo y le limpié con cuidado.
—Tienes un sexo muy bonito —dije, y le di un beso en la punta—. ¿Me puedo duchar?
—Mejor juntos.
Nos enjabonamos, le hice una paja y él, con una condición, me la devolvió: metió los dedos centrales hasta el punto G y, con la mano abierta, me provocó un orgasmo que nunca había sentido así. Él terminó después. Nos abrazamos desnudos bajo el agua. Era romántico, y los dos sabíamos que seguramente sería la última vez. Pensé que era mejor amante que Mateo.
Antes de irme desbloqueé el móvil y le dejé enviarse las dos fotos.
—Cuando necesites un favor, tienes mi teléfono —dijo en la puerta.
***
El domingo, con los dos en casa, le mandé las tres fotos: primero la suya, después la de Damián y por último la del desconocido, del que nunca supe el nombre, ni él el mío. Dudé hasta el final, me daba algo de pena y la rabia se había calmado mucho con aquellos polvos tan satisfactorios. Pero lo hice.
El móvil de Mateo sonó tres veces. Lo primero que vio fue mi nombre.
—¿Qué me mandas?
—Míralo despacio.
Vio la primera y se quedó blanco. No había nada que negar.
—¿De dónde sacaste esto?
—Me la mandó la hija de puta de Sabrina. Quería que rompiéramos.
Pasó a la siguiente y volvió a palidecer.
—¿Y esto? ¿Qué hiciste?
—Está clarísimo. Lo mismo que tú, pero por partida doble. No sé si tú echaste un polvo o doscientos, ni si fue solo con ella. Yo hice lo que ves y me lo pasé francamente bien. Las tres tienen fecha.
—Podrías haberlo hablado en vez de hacer algo irremediable.
—Irremediable es lo que hiciste tú. Yo estoy embarazada, no puedo embarazarme otra vez. No sé si tú embarazaste a Sabrina. Si tú no lo hubieras hecho, yo no habría hecho nada. Mira quién empezó.
—¿Cómo pudiste?
—Hice lo mismo que tú. Pensar que lo mío es peor que lo tuyo es un poco machista. Si lo hice fue porque estoy embarazada y quiero darle una oportunidad al bebé. De no estarlo, me habría separado sin follar con nadie.
Le ofrecí tres salidas: separarnos, olvidarlo todo, o seguir juntos como pareja abierta. Le dije que mis polvos habían sido mucho más que un trámite de venganza, y era verdad. Mateo durmió dos días en el cuarto de invitados.
—Prefiero olvidarlo todo —dijo al final—. No será fácil. Los dos sabemos que follamos, y encima hay pruebas. Aunque eso pesa menos que lo que se nos quedó en la cabeza.
—¿Dónde vas a dormir?
—Si no te importa, contigo. Pero no creo que pueda hacer el amor por un tiempo.
—Está bien.
***
Tres meses después me crucé por casualidad con mi amante sin nombre. Mi barriga ya era evidente.
—Eso no puede ser mío —dijo riendo.
—No. Ya estaba embarazada cuando estuvimos juntos, y te pusiste preservativo.
—¿Qué tal salió lo de la foto?
Se lo conté casi todo, menos lo de Damián.
—Me alegro de que te fuera bien —dijo—. Si algún día no te va, llámame. Aunque sea para un café. Me quedó un recuerdo estupendo de ti.
—Y a mí de ti.
Nos abrazamos con la barriga en medio y nos reímos de ella. Apoyó la mano en mi vientre un rato largo.
—Que te salga tan guapo o guapa como tú.
Tiempo después me llamó y fui a tomar ese café, con niña y carrito incluidos. Fue cariñoso con ella. Con Damián seguimos siendo amigos; le aseguré a Mateo que no habría más sexo si tampoco lo había por su parte, y aceptó la amistad.
Con Mateo no me va mal. Nunca le conté lo que aprendí de aquel hombre cuyo nombre jamás supe: en algún momento me pareció gracioso no saberlo. Hablo de lo de los dedos en el punto G. Un día le dije que quería verlo haciéndose una paja, y él quiso verme a mí. Lo hicimos uno frente al otro. Yo me la hice con aquel método y él lo aprendió sin saber de dónde venía. Desde entonces me ha dado muchos orgasmos así, y por otros caminos.