Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi joven amante volvió con una petición prohibida

Renata se despertó con el cuerpo todavía sensible, una tirantez tibia entre las piernas que le recordaba cada minuto de la tarde anterior. Había lavado las sábanas a escondidas, antes de que su marido volviera, borrando cualquier rastro de lo que había pasado en esa misma cama. Él llegó pasadas las diez, oliendo a oficina y a cansancio, le dio un beso mecánico en la frente y se durmió en cuestión de minutos.

Ella se quedó mirando el techo en la penumbra. Bastaba con cerrar los ojos para volver a sentirlo: la respiración entrecortada de Adrián contra su nuca, el peso de su cuerpo joven, la manera en que su «no puedo, tengo novia» se había deshecho en un «no pares, por favor» que todavía le erizaba la piel.

Llevaban semanas rozándose sin nombrarlo. Él era el chico que le arreglaba el ordenador, el amigo de un sobrino, alguien a quien Renata no debería haber mirado dos veces. Pero lo miró. Y ayer, cuando él se quedó más de la cuenta y la tensión se volvió insoportable, los dos dejaron de fingir. Ahora, junto al hombre con el que llevaba dieciocho años casada, repasaba cada detalle como quien guarda un secreto demasiado grande para el pecho.

A las diez de la mañana llegó el mensaje. Número desconocido, pero lo reconoció antes de terminar de leerlo.

—«Señora Renata… soy Adrián. No dejo de pensar en lo de ayer. No me puedo concentrar en nada. Mi novia me preguntó por qué estaba raro y no supe qué contestarle. Necesito verte otra vez. Por favor.»

Renata sonrió despacio, sintiendo el calor subirle desde el vientre. Tecleó la respuesta sin titubear.

—«Ven esta tarde a las seis. Mi marido trabaja hasta las nueve. Trae las mismas ganas que ayer. Y trae también esa fantasía que ayer no te atreviste a contarme.»

***

Adrián llegó puntual. Tocó el timbre con la mano temblorosa, la moto aparcada dos calles más allá por si acaso. Renata abrió con un vestido negro ajustado, escote profundo, el pelo suelto y los labios pintados de un rojo oscuro que no dejaba lugar a dudas. Lo recorrió de arriba abajo: la camiseta blanca que le marcaba el pecho, los pantalones de chándal grises que no disimulaban nada.

—Pasa —susurró, y cerró la puerta echando el pestillo—. Tenemos toda la tarde.

Él entró con los ojos clavados en ella. Apenas había dado dos pasos por el pasillo cuando Renata lo empujó contra la pared y lo besó hondo, sin pedir permiso, mordiéndole el labio inferior. Adrián respondió con la misma urgencia, las manos subiéndole por los muslos, apretándole las caderas.

—No he podido dormir —jadeó él contra su boca—. Solo pienso en ti. En cómo fue ayer.

Ella se apartó apenas unos centímetros, lo justo para mirarlo a los ojos.

—Cuéntame lo que ayer te callaste. Esas cosas que tu novia nunca te dejaría hacer. Quiero oírlas. Y quiero cumplirlas.

Adrián tragó saliva. Se notaba que la confesión le costaba más que el deseo.

—Tengo varias. Pero la que más me ronda… quiero hacerlo en la cama de tu marido. Con sus fotos delante. Y quiero que me dejes grabarte. Solo para mí, para verte después cuando esté solo.

Renata sintió la respuesta directa, eléctrica, como un latigazo. Le tomó la mano.

—Las dos cosas. Ven.

***

Lo llevó al dormitorio principal. La cama grande olía a suavizante, y en la mesita de noche descansaban las fotos enmarcadas de su marido: sonriendo el día de la boda, en unas vacaciones lejanas, con los años acumulados en la sonrisa. Renata se desabrochó el vestido despacio, dejándolo caer al suelo, y se tumbó sobre la colcha con las piernas entreabiertas.

—Primero grábame —dijo—. Saca el móvil.

Adrián sacó el teléfono con dedos torpes y activó la cámara. Ella se arrodilló frente a él, le bajó los pantalones de un tirón y lo tomó en la boca mirándolo fijo, sin apartar los ojos del objetivo.

—Esto es para ti —dijo entre lamidas, la voz ronca—. Para que cuando estés con tu novia y ella ni te deje acercarte, te acuerdes de cómo una mujer de cuarenta y cinco años se pone de rodillas para ti.

Lo trabajó despacio, alternando la boca con las manos, deteniéndose para mirarlo, para escuchar cómo se le quebraba la respiración. Adrián grababa con una mano y con la otra le acariciaba el pelo, incapaz de articular más que su nombre.

—Renata… joder…

Ella se levantó, lo empujó suave sobre el colchón y volvió a ponerse a su altura.

—Ahora hazlo. En la cama de mi marido. Grábame mientras lo haces.

Se colocó a cuatro patas sobre las sábanas, las caderas en alto. Adrián se acomodó detrás, preparándolos a ambos con cuidado, y apuntó la cámara desde atrás. Empujó despacio. Renata gimió largo, los dedos crispados sobre la tela.

—Despacio… así… déjame sentirte entero.

Él fue entrando poco a poco, grabando el momento exacto en que sus cuerpos se encontraban. Cuando estuvo del todo, empezó a moverse: lento al principio, salidas hondas, entradas firmes que la hacían arquearse. Renata hablaba con la voz rota.

—Más fuerte… delante de la foto de mi marido… quiero que me mires mientras lo haces.

Adrián aceleró, las caderas chocando contra las suyas, el sonido llenando el cuarto. La cámara lo captaba todo: el vaivén, el temblor de los muslos de Renata, la mueca de placer que ella no intentaba esconder.

—Me voy a correr —avisó él, casi sin aire.

—Hazlo —ella miró de reojo la foto enmarcada y sonrió—. Termina dentro, como ayer.

Adrián empujó hondo varias veces y se vino con un gruñido grave, derrumbándose sobre la espalda de ella. Renata llegó al mismo tiempo, el cuerpo entero contraído, ahogando un grito contra la almohada de su marido. Se quedaron así unos segundos, respirando fuerte, antes de que él apagara la cámara y rodara a su lado.

***

Renata se giró, le acarició la mejilla todavía sonrojada.

—Ahora la otra. La más difícil de decir. La que ayer ni rozaste. Quiero oírla… y, si puedo, quiero cumplirla también.

Adrián cerró los ojos un instante, como reuniendo valor.

—Es… algo que mi novia llama asqueroso. Ni me deja mencionarlo. Pero contigo quiero todo lo que con ella no puedo. Quiero que te abras delante de mí, en la ducha, y me dejes verlo todo de cerca. Sin vergüenza. Y grabarlo.

Renata sintió otra vez ese golpe de excitación, tan repentino que se le escapó un suspiro. Lo besó en la frente.

—Ahora mismo. Y lo grabamos.

Se levantó, lo tomó de la mano y lo llevó al cuarto de baño. Abrió el grifo de la ducha y dejó que el agua caliente empezara a empañar los azulejos. Le indicó que se sentara en el borde, móvil en mano, mientras ella se colocaba frente a él bajo el chorro.

—Mira de cerca —le dijo—. Solo mira. Esto tampoco se lo cuentas a nadie.

Adrián grabó con los ojos brillantes, devorándola con una atención casi reverente, como quien guarda algo que sabe que no volverá a tener. El vapor lo cubría todo, el agua resbalando entre ellos, y cuando ella terminó, él dejó el teléfono sobre el lavabo y la atrajo hacia sí.

La levantó contra los azulejos, las piernas de Renata cerrándose en torno a su cintura, y la tomó de frente mientras el agua caliente caía sobre los dos. Esta vez fue distinto: más lento, más íntimo, las frentes pegadas, las miradas sin escapatoria. Se vinieron casi a la vez, ella aferrada a su cuello, él hundido en su pecho.

***

Resbalaron hasta el suelo de la ducha, agotados, riéndose entre jadeos como dos cómplices que acaban de cruzar una línea sin retorno. Renata le apartó un mechón mojado de la frente.

—Guarda bien esos vídeos —dijo—. El de la cama y el de la ducha. No los borres. Y ven el jueves. Quiero verte mientras tu novia está en clase. Y para entonces piensa esa otra fantasía que todavía no me has contado.

Adrián asintió, los ojos aún vidriosos.

—Te lo prometo. Nadie lo va a saber.

—Buen chico —ella le besó la comisura de los labios—. Ahora vístete y vete. Y sueña conmigo.

Él se vistió deprisa, le robó un último beso en el recibidor y salió a la calle como si nada, hacia la moto aparcada dos calles más allá. Renata se quedó sola en el baño, el espejo todavía empañado. Limpió un círculo con la palma de la mano y se miró: el pelo húmedo, las mejillas encendidas, una sonrisa que su marido no conocía.

Volvió al dormitorio, estiró la colcha, colocó las fotos enmarcadas exactamente como estaban y abrió la ventana para que el aire se llevara cualquier rastro. A las nueve, cuando él entrara por la puerta oliendo a oficina y a cansancio, la casa estaría impecable. Ella le tendría la cena preparada y un beso en la mejilla.

Y por dentro, ya estaría contando los días que faltaban para el jueves.

Ver todos los relatos de Infieles

Valora este relato

Comentarios (4)

LectorBA_92

increible!! me quede con ganas de mas, de lo mejorcito que lei en este sitio en mucho tiempo

MaiaLetras

Por favor una segunda parte. La tension del principio ya me vendio el relato entero jaja

Fercho_G

muy bueno, se nota que sabe escribir. nada forzado, todo fluye naturalmente. gracias

CuriosaBaires

la premisa me engancho de entrada... que maldad lo de la peticion prohibida jeje. bravo!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.