Mi mejor amiga llevaba años engañándome con mi novio
Me llamo Camila y cuando tenía diecinueve años los médicos me dijeron que mi corazón se iba apagando. Una insuficiencia coronaria degenerativa, así la llamaban, con un pronóstico que a mis padres les costó más asimilar que a mí. Mi padre, el que siempre me había consentido, se rompió delante de mí por primera y única vez. Mi madre, dura como una piedra de río, lloró en silencio mientras me sostenía la mano.
Las primeras semanas las pasé hundida, sin querer levantarme, sin querer comer. Para qué pelear si el final ya estaba escrito. Pero mis padres no se conformaron. La empresa familiar les permitía mover hilos que otros no podían, y consiguieron meterme en un tratamiento experimental que se administraba una semana al año en una clínica privada del norte. El día de la dosis era brutal: fiebre, dolor, mareos. Los seis días siguientes eran para recomponerme.
Lucía me acompañaba siempre. Era mi mejor amiga desde los seis años, las dos hijas de empresarios que compartían contratos, las dos criadas casi como hermanas. Tenía algo que yo nunca tendría: salud, energía, libertad para moverse por el mundo sin un reloj pitándole en la muñeca. Cada vez que un chico me gustaba, Lucía aparecía. No siempre se lo llevaba, pero las veces que lo hizo me dolieron tanto que dejé de contarlas.
Nunca le reclamé nada. Yo no podía darles lo que ellos buscaban. Mi enfermedad ponía límites al sexo, a las pulsaciones, a la presión arterial. Llevaba un reloj que medía mis constantes y soltaba una alarma si pasaba de cierta línea roja. Algunos chicos lo entendían al principio. Casi ninguno aguantaba. Terminaban en la cama de Lucía y yo me quedaba sola con la sensación de ser un cuerpo defectuoso.
Por eso, cuando vi a Sebastián entrar en mi habitación de la clínica con el gotero en la mano, lo primero que sentí fue resignación. Era el enfermero más guapo que había pisado aquel pasillo. Treinta y pocos, ojos oscuros, una sonrisa que se quedaba más rato que él en la habitación. Le perdí el respeto a mi propio diagnóstico en cuanto me puso la vía en el brazo. Lucía, sentada en el sillón, le clavó la mirada con el descaro de siempre.
—Joder, Cami, qué cara se te ha quedado —dijo cuando Sebastián salió—. Si parece que te van a dar el alta del corazón también.
—Da igual, Lu. Ya sabes cómo termina esto.
—Mira que eres tonta. ¿No has visto cómo te miró? A mí me trató como si fuera parte del mobiliario.
No la creí. Lo dijo para animarme, pensé. Pero los días siguientes Sebastián entró en mi cuarto con una sonrisa que se me iba directa al pecho y miró a Lucía con la cortesía neutra de quien atiende a un familiar lejano. El último día, antes del alta, reuní lo que me quedaba de valentía.
—¿Tienes pareja, Sebastián?
—No salgo con pacientes —contestó—. Pero en cuanto te den el alta, encantado.
Cumplió. Una semana después tomábamos algo en una terraza del centro. Yo pedí una infusión de espino blanco, él se rio con dulzura al verme la cara mientras la probaba. Le conté que acababa de terminar Derecho y que entraría a trabajar en el departamento legal de la empresa familiar. Él me habló de su pueblo, de la beca que le permitió estudiar enfermería, del primer paciente al que vio morir. Lo escuché tres horas sin moverme.
***
Las primeras semanas fueron lentas, prudentes. Sebastián me llevaba a caminar por parques planos, sin cuestas. Me cocinaba sin sal en mi propia cocina cuando mis padres salían de viaje. Me besaba como si pudiera romperse algo si apretaba demasiado.
—Tengo miedo del momento que viene —le confesé una noche, sentados en el sofá.
—¿De acostarte conmigo? —dijo sin dramatismo—. He sido tu enfermero, Cami. Conozco tus límites mejor que tú.
—Eso decían los otros.
—Yo no soy los otros. Déjame demostrártelo.
Dos días después me reservó una habitación en un hotel del centro y mesa en su restaurante. Lucía me arrastró a comprar un vestido negro con la espalda descubierta y un tanga de encaje que yo nunca habría elegido sola. Esa noche, en la suite, Sebastián fue paciente como nadie lo había sido. Cada vez que mi reloj se acercaba al límite, paraba. Cuando me besaba el cuello y mi corazón empezaba a galopar, paraba. Cuando me bajó el tanga y empezó a recorrerme con la lengua, paraba cada vez que mis piernas temblaban demasiado.
Tardé en correrme una eternidad. Y cuando lo hice fue uno de esos orgasmos largos, hondos, que dejan a una temblando como si hubiera nevado dentro. Sebastián me sostuvo. Después intentamos llegar más lejos y ahí pasó lo de siempre: el corazón se me disparó, el reloj empezó a pitar, me faltó el aire. Tuvimos que parar.
—¿Te has cansado? —le pregunté con miedo, cuando ya estábamos abrazados.
—De ti no me canso, Cami. Duerme.
Pasó la noche entera abrazado a mí. Y por primera vez en años, dormí sin miedo.
***
Lo siguiente fue presentarlo a mis padres. Mi madre le dio dos besos. Mi padre le alargó la mano con tanta frialdad que mi madre tuvo que pegarle un codazo. La cena fue un desastre. Preguntas incómodas, comentarios cortantes, miradas cargadas. Sebastián aguantó dos platos antes de levantarse y despedirse con educación.
Yo me quedé temblando de rabia, con la mano apretada contra el costado izquierdo del pecho.
—No te conviene, hija —me dijo mi padre cuando la puerta se cerró—. Es un lobo con piel de cordero.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Lo sé. No necesito pruebas.
—Pues mientras viva bajo tu techo no pienso obedecerte en esto.
—Mientras vivas bajo mi techo harás lo que yo diga.
Subí, hice las maletas y me fui. Llevaba meses pagando la fianza de un piso cerca de la oficina, esperando el momento de contarlo. Mi padre lo precipitó. Mi madre lloró en la puerta, abrazándome. Mi padre no se movió del salón.
A partir de esa noche, mi padre y yo solo nos hablamos por trabajo. Yo, que había sido su niña, su compañera de fin de semana, su orgullo. Aquella ruptura me dolió más que el diagnóstico.
***
Sebastián se mudó conmigo. Durante el siguiente año fuimos una pareja casi normal. Casi, porque mi cuerpo no me dejaba olvidar lo que era. Sabía que él se quedaba insatisfecho. Lo intenté compensar con la boca, con las manos, con cualquier cosa que pudiera darle sin matarme en el intento. Una vez me pasé y terminé una semana ingresada bajo observación. Mi madre se puso furiosa con los dos. Mi padre apareció una sola tarde, me miró desde la puerta y se fue sin decir palabra.
—Esta vez hemos estado cerca, Cami —me dijo Sebastián con los ojos rojos.
—Lo sé. ¿Pero qué hago? Veo cómo te quedas a medias.
—No te preocupes por eso. Tengo mis maneras de desahogarme.
—¿Qué maneras?
—Cosas mías. Duerme.
Le hice caso. Era confiada. Era, también, una idiota.
***
El año siguiente me tocaba otra sesión del tratamiento. Lucía se ofreció a acompañarme el día de la dosis. La fiebre alta de las primeras horas requería compañía. A media tarde me desperté sola en la habitación. Pensé que habría salido a por café. Por la puerta entró mi madre echando humo.
—Si Lucía tenía un compromiso, que no se hubiera ofrecido. Habríamos subido tu padre o yo.
—Mi padre lo dudo —dije, y me di la vuelta.
Cuando Lucía volvió, traía el pelo alborotado y una excusa cualquiera. Yo no le pregunté nada. Tampoco le pregunté el viernes siguiente, cuando se presentó a despedirse con el mismo aspecto. Pensé que tenía un amante nuevo y no quería contármelo todavía. Habíamos sido así toda la vida: cada una con sus tiempos.
***
Pasaron unos meses. Tenía que viajar un fin de semana por trabajo. Sebastián adelantó su cena anual de antiguos compañeros para coincidir con mi ausencia y no quedarse solo. El viernes por la mañana facturé en el aeropuerto, el vuelo se retrasó por una ventisca y lo cancelaron horas después. Llamé al cliente, acordamos otra fecha y volví a casa con la maleta intacta y la idea de darle una sorpresa cuando regresara de la cena.
Me duché, me puse una camiseta vieja, me preparé una infusión y me senté en el sofá. Sobre la mesa estaba su portátil encendido, sin contraseña, con la pantalla apagada. Lo miré largo rato. Pensé en cerrarlo. La curiosidad me venció.
Moví el ratón. Salió la pantalla de WhatsApp Web. La última conversación abierta era con Lucía.
***
Leí frase por frase, con el corazón latiendo cada vez más rápido. Mensajes de meses, de años. Lucía preguntándole si yo me había tragado lo de la cena de antiguos alumnos. Lucía contando que aprovechó mi sueño en el hospital para llamarlo y subir a follar al baño de la cuarta planta. Sebastián riéndose. Lucía recordándole cómo se la había mirado mi madre con desprecio aquella noche. Sebastián confesando que durante esa misma cena fantaseó con ella.
Y entonces apareció la frase que me arrancó el aire.
—¿Cómo sabes que el padre de Cami es como yo? —preguntaba Sebastián.
—¿Quién te crees que me rompió el culo por primera vez? —contestaba Lucía—. Ninguno me lo folla como él.
Solté el ratón. Lloraba sin darme cuenta, con la respiración rota. Mi padre, el hombre que me había echado de su casa por «proteger» a su hija de un mentiroso, llevaba años acostándose con mi mejor amiga.
Abrí una carpeta de vídeos. Aparecieron rostros que conocía. La camarera del bar de abajo a la que yo saludaba cada mañana, comiéndole la polla a Sebastián. Una vecina del cuarto piso con una bola en la boca, llorando, mientras él la penetraba por detrás. Lucía a cuatro patas en una habitación de hotel, con la cara desfigurada por el placer y el nombre de Sebastián entre los labios.
Copié todo en una memoria externa. Le mandé a mi madre un único correo con el archivo adjunto y una sola línea: «Mamá, lee y mira todo. Te quiero». No tuve fuerzas para escribir más.
***
El reloj llevaba un rato pitando. Sentí el pinchazo en el pecho como si me clavaran una aguja entre las costillas. Llegué al baño arrastrándome, tragué la medicación, me puse el aparato de la tensión. La cifra que apareció en la pantalla era una sentencia. Algo dentro de mí ya lo sabía.
Quería verle la cara cuando entrara. Solo eso. Crucé el pasillo con el portátil bajo el brazo, llegué a la cama, lo dejé abierto con la conversación visible. Me tumbé. Esperé.
Escuché la llave. Risas. Dos voces. Pasos. Y entonces Lucía gritó en mi dormitorio como si hubiera visto a un fantasma. Sebastián entró detrás, vio el portátil, vio mi cara, lo entendió todo de golpe.
Se acercó a la cama llorando. Me cogió de la mejilla. Le gritaba a Lucía que llamara a una ambulancia. Yo levanté el brazo despacio, hice el último esfuerzo, le enseñé el dedo corazón.
—Ya es tarde, cabrón.
Después vino una sensación de calor suave, como si alguien me cubriera con una manta. Y luego nada.
***
Estoy frente a la tumba de mi hija. Será la última vez en mucho tiempo que pueda venir a verla. Mañana me ingresan. Pero vengo con buenas noticias, Cami. He ido tachando uno a uno los nombres de quienes te rompieron.
Lucía no soportó perder lo único que de verdad le importaba: vivir como vivía. Rescindí el contrato que sostenía la empresa de su padre y, en seis meses, el grifo de su tren de vida se cerró. Entre los archivos que me mandaste había vídeos que ella grabó sin permiso. La fiscalía hizo el resto. Cinco años en firme.
A Sebastián le fue peor. Cada mujer que apareció en aquellas carpetas le puso una denuncia. Cada vídeo era un cargo más. Cuando lo metieron en el furgón al salir del juzgado, no levantó la vista del suelo. Me lo contaron porque yo no quise ir.
Y a tu padre lo dejé para el final. Tardé en entender por qué se había mostrado tan hostil con Sebastián aquella noche. Después comprendí: tu padre era exactamente igual. Se reconocieron entre ellos como los animales se huelen. La diferencia es que tu padre llevaba veinte años engañándome y yo, por amor, miraba a otro lado. Cuando vi los vídeos que él mismo guardaba en su ordenador, dejé de mirar a otro lado.
Conocía bien sus cuentas en el extranjero, las facturas que no aparecían en ningún libro. Nunca lo denuncié porque sabía que arrastraría conmigo. Pero ya no me importaba. Hablé con un abogado, presenté pruebas, declaré contra él sabiendo que iba a caer yo también. Acepté la condena. Mereció la pena solo por ver su cara cuando comprendió que había sido yo.
Tu padre creyó que el lobo era Sebastián. Y lo era. Pero el primer lobo siempre fue él.
Te besé la lápida y dejé que los dos policías me ayudaran a levantarme. Llevaba las muñecas esposadas y no podía hacerlo sola. Me llevaron al coche. Tu tumba se fue haciendo pequeña por la ventanilla.
Mi niña creyó que tenía dos pilares sobre los que sostenerse. Yo no supe verlo a tiempo. Pero ya no hay grietas que tapar, Cami. Solo hay verdad. Descansa.