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Relatos Ardientes

Lo que pasó mientras mi marido veía el partido

Nunca le he contado esto a nadie, y todavía me cuesta creer que fui yo quien empezó todo. Mi marido, Daniel, había vuelto de un viaje de trabajo de dos semanas y lo primero que se le ocurrió fue invitar a Rubén, su amigo de toda la vida, a ver el partido el domingo por la tarde. Yo llevaba esos quince días sola en casa, aburrida y, si soy honesta, con ganas de que alguien me mirara como hacía tiempo que Daniel no me miraba.

Rubén llegó a las dos con una caja de bombones para mí, unos pasteles y una botella de ron. Se sentaron los dos en el sofá, frente al televisor. Yo había preparado una tabla de fiambres, algo de queso y unas aceitunas en la mesa de centro, y me senté en el sillón individual, en diagonal a ellos.

En cuanto me acomodé, los dos giraron la cabeza a la vez. Me había puesto una minifalda corta, más corta de lo que solía usar en casa. Daniel se inclinó a coger una cerveza y me hizo un gesto con las cejas, mirándome las piernas. Las junté de golpe, pero ya era tarde: ambos habían alcanzado a ver mi ropa interior fina y casi transparente.

Bien, pensé. Que miren.

Estuvimos un buen rato charlando y picando antes de que empezara el fútbol. Sacamos las cartas y jugamos un par de manos para matar el tiempo. En un momento, Daniel le preguntó a Rubén por la fiesta del mes anterior, esa a la que fuimos los tres.

—Lo pasaste bien, ¿no? —dijo Daniel con media sonrisa.

—Sí, mucho. Marina baila genial —contestó Rubén, y se puso colorado al decirlo.

—Te vi bastante animado —siguió Daniel, directo—, sobre todo en las lentas.

Rubén abrió la boca para defenderse, pero mi marido le puso una mano en el hombro y se rió.

—Tranquilo, no tienes por qué avergonzarte. Marina es guapa y se arregla bien, es normal que la gente se fije. No pasa nada. ¿Vamos por hielo para el partido?

Se levantaron y salieron a la cocina. No supe si hablaron algo más del tema. Pero me quedé pensando en ese «no pasa nada» de Daniel, dándole vueltas, preguntándome cuánto de aquello era en serio.

***

Empezó el partido. Yo seguía en mi sillón, a un costado, comentando las jugadas como si me importaran. Cada vez que me inclinaba hacia la mesa para coger algo o beber un sorbo de cerveza, notaba la mirada de Rubén clavada en el escote de mi blusa, intentando ver más de lo que la tela le permitía.

Y entonces decidí divertirme un poco a su costa.

Me desabroché un par de botones, despacio, dejando a la vista el borde de mi sujetador y parte de los pechos. Cuando capté que me miraba, separé las piernas lo justo para que, desde su ángulo, viera bajo la falda. Rubén se removió en el sofá. Miró de reojo a Daniel, absorto en el televisor, y volvió a mirarme a mí. Yo le sonreí.

Se pasó la lengua por los labios. Vi cómo acomodaba la mano sobre su pantalón, sin disimular del todo lo que pasaba ahí abajo. Le sonreí otra vez, más despacio. Y, siendo sincera, mi propio jueguito había dejado de ser solo un juego: empezaba a notar yo también una humedad incómoda, deliciosa, que me hizo cruzar y descruzar las piernas.

Me levanté con la excusa de traer más fiambre. No había dado tres pasos en la cocina cuando sentí sus manos en mi cintura.

Rubén se había levantado detrás de mí sin hacer ruido. Me pegó contra la encimera y noté su erección apretándose contra mí. Empujé con la cadera para apartarlo, más por reflejo que por convicción, pero él me sujetó y, levantándome el borde de la falda, deslizó la mano por debajo.

—Qué barbaridad —murmuró junto a mi oído—. Llevo toda la tarde pensando en esto.

Sus dedos me acariciaron por encima de la tela, primero suave, luego apartándola a un lado. Me incliné un poco sobre la encimera, separé las piernas casi sin darme cuenta, y tuve que morderme el puño para no hacer ruido. El primer orgasmo me llegó rápido, traidor, haciéndome temblar las rodillas mientras él me sostenía por la cadera.

Lo sentí buscar el cierre de su pantalón. Reaccioné.

—No, aquí no —susurré, girándome—. Daniel está a tres metros.

Rubén se detuvo, respiró hondo, cogió una cerveza de la nevera y volvió al salón como si nada. Yo lo seguí con la bandeja, todavía con el pulso acelerado.

***

Cuando me senté, noté que Daniel miraba a Rubén con cierta atención. Su amigo había tenido que acomodarse antes de sentarse, y el bulto seguía siendo evidente. Después Daniel me miró a mí, bajó los ojos hacia mis piernas y se le subieron los colores. Crucé las piernas, sentí el borde de la ropa interior fuera de sitio y entendí lo que mi marido acababa de ver.

No dijo nada. Volvió a fijar la vista en el partido. Pero algo había cambiado en el aire de esa sala, una corriente que los tres notábamos y ninguno nombraba.

Para distraerlo, me cambié de sitio y me senté en el sofá, entre los dos. Faltaba poco para el final y el equipo de la casa perdía por goleada.

—Oye, Daniel, ¿no te apetece una cuba? —dijo Rubén de repente, poniéndose de pie para coger el ron del comedor.

—Voy por hielo y una cola, no tardo —contestó mi marido.

—No te preocupes, la tomamos luego.

—Para la paliza que nos están dando, me la merezco —se rió Daniel, y salió por la puerta hacia la tienda de la esquina.

En cuanto la puerta se cerró, Rubén me levantó del sofá y me besó. Fue un beso largo, hambriento, con sus manos recorriéndome la espalda hasta bajar a las nalgas, primero por encima de la falda y después por debajo. Yo estaba tan excitada que ya no pensaba en consecuencias. Movía la cadera buscándolo, sintiendo cómo se endurecía contra mi vientre.

Me inclinó sobre el respaldo del sofá, me subió la falda y me bajó la ropa interior hasta la mitad del muslo. Se colocó detrás de mí y entró de una sola vez, profundo, arrancándome un gemido que tuve que ahogar contra el cojín. Empezó a moverse fuerte, sin pausa, mientras una de sus manos se colaba bajo mi blusa para liberar mis pechos del sujetador.

En pocos minutos me hizo llegar otra vez. Lo sentí engrosarse, cerca del final, y entonces me aparté. Me senté en el borde del sofá, lo tomé con la mano y me lo llevé a la boca. No quería que terminara dentro y manchara la ropa; preferí tragarlo todo, hasta la última gota, mientras él me sujetaba el pelo y contenía un gruñido. Lo limpié con la lengua, se acomodó la ropa y volvió a su sitio justo a tiempo.

Yo corrí al baño, me arreglé el pelo, me recompuse la blusa y salí en el momento exacto en que Daniel entraba con la bolsa del hielo.

—Nena, ¿quieres una? —preguntó, sirviendo las cubas.

—Sí, gracias, mi amor.

Brindamos los tres. Charlamos un rato más, riéndonos del partido, y yo apenas podía creer lo que acababa de pasar a metros de mi marido.

***

Se hizo tarde. Rubén se levantó para despedirse, pero Daniel insistió en que se quedara a dormir en el cuarto de invitados, que no tenía sentido conducir tan noche y con un par de cubas encima. Rubén aceptó.

Recogimos la casa entre Daniel y yo. Él se caía de sueño, medio tambaleándose por las cervezas. Nos despedimos de Rubén, que se fue a su habitación, y nosotros a la nuestra. Daniel se quitó solo el pantalón y se metió en la cama; antes de que yo terminara de cambiarme ya respiraba hondo, dormido.

Me puse un pijama corto y una bata. Me quedé un momento de pie, mirando a mi marido dormir, sabiendo perfectamente lo que iba a hacer y diciéndome a mí misma que era solo para llevarle una manta al invitado.

—Voy a llevarle una manta a Rubén —dije en voz baja.

—Vale —murmuró Daniel entre sueños, sin girarse.

Entré en el cuarto de invitados. Rubén estaba despierto y sonrió al verme.

—Te traje una manta.

—Preferiría una manta de carne y hueso —contestó, descarado, apartando la sábana y extendiendo los brazos—. ¿Y Daniel?

—Dormido —dije, y me solté la bata.

Me metí en la cama a su lado. Le pasé la mano por el pecho y le di un beso corto que enseguida se volvió otra cosa. Su brazo me rodeó los hombros, su mano bajó a mi nalga y me acercó a él. Yo deslicé la mía entre nuestros cuerpos hasta su entrepierna, acariciándolo por encima de la ropa interior.

—¿No tuviste suficiente hace un rato? —le susurré.

—Yo quizá sí —dijo, mirándose hacia abajo—. Él, no tanto.

Me reí contra su cuello. Lo liberé de la ropa interior y lo empuñé, ya duro otra vez. Él me giró hasta dejarme boca arriba y empezó a besarme despacio, recorriéndome el cuerpo con las manos, quitándome la camiseta, atrapando mis pezones con los labios. Fue bajando por mi vientre hasta colocarse entre mis piernas.

Lo que siguió fue lento y minucioso. Su lengua trazaba círculos, sus dedos entraban y salían con una paciencia que me hacía retorcerme y aferrarme a su pelo. Aguanté todo lo que pude, hasta que el orgasmo me sacudió de golpe y volví a morderme el puño para no despertar a media casa.

Entonces se colocó sobre mí y entró con fuerza. Arqueé la espalda al sentirlo llenarme por completo, y nos besamos con una intensidad que no recordaba desde hacía años. Me embistió constante, mis talones clavados en el colchón para acompasarme a él. Le agarré las nalgas, sosteniéndolo dentro mientras otro orgasmo me recorría entera.

Cambiamos de postura varias veces. Me puso de lado, con una pierna sobre su cadera, besándome el cuello sin dejar de moverse. Después me subí encima y marqué yo el ritmo, despacio primero y luego más rápido, apoyada en sus hombros, hasta que sus manos en mis caderas me clavaron contra él y lo sentí terminar en oleadas, profundo, mientras yo me dejaba caer sobre su pecho con un tercer orgasmo temblándome por dentro.

Nos quedamos abrazados, recuperando el aliento, él acariciándome la espalda.

—¿Te puedes quedar un rato más? —preguntó.

—Un rato. Daniel puede despertarse.

Pero mi mano ya bajaba de nuevo por su pecho, y mi boca seguía el mismo camino. No tardé en devolverle la dureza. Esta vez me puso a cuatro patas en el borde de la cama. Empezó por donde ya conocía, profundo y firme, y al cabo de unos minutos fue más allá, despacio, con cuidado, hasta que lo tuve entero. Se quedó quieto unos segundos, acariciándome la espalda, y luego inició un vaivén constante mientras su otra mano se colaba entre mis piernas para no dejarme caer del filo.

Terminó así, sujetándome de las caderas, y yo con él, dejándome arrastrar a un último orgasmo que me dejó sin fuerzas, tendida bocabajo sobre las sábanas revueltas.

***

Después de unos minutos de reposo me vestí, recogí la bata y le di un beso.

—Gracias —dije, medio en broma—. Estuvo muy rico.

Volví a mi habitación, me metí bajo las sábanas y abracé a Daniel por la espalda. Él se removió.

—¿Dónde estabas? —murmuró.

—En el baño. Duérmete, amor.

Lo abracé más fuerte y me dormí enseguida, plácidamente, sin una sola pizca de culpa. A la mañana siguiente desayunamos los tres como si nada, y juro que, cuando Rubén me pidió el azúcar y nuestras miradas se cruzaron, supe que aquella no sería la última vez.

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Comentarios (5)

Romina_pba

Dios que buenisimo!!! me quede pegada hasta el final, no pude parar de leer.

Manuela_Cba

Por favor tiene que haber una segunda parte. Quede con demasiada curiosidad de saber como siguio todo despues.

LectorNocturno7

jajaja lo del partido de fondo es el detalle perfecto, me mato de la risa antes de ponerme a leer en serio

TatianaR

Ay que recuerdos me trajo esto... yo tambien tuve mi momento parecido hace unos años, aunque el mio termino de otra forma jaja. Muy buen relato.

Gaby_Roca

Me encanto como esta contado, se siente muy real y natural. Seguí escribiendo!

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