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Relatos Ardientes

Mi compadre pasó por un café y se quedó la tarde

Adrián me llamó dos días después de que aterrizara. Se había enterado por Lorena, su mujer y mi comadre, de que por fin estaba de vuelta en casa tras casi medio año fuera del país. Conozco esa voz suya cuando quiere algo: se vuelve suave, paciente, como quien acaricia un gato antes de levantarlo.

—Comadrita, al fin por acá. ¿Qué tal el viaje? —dijo, y casi pude verlo sonreír del otro lado.

—Muy bien, gracias. Ya estamos instalándonos otra vez —contesté mientras revisaba el desastre que había dejado mi marido en mi ausencia.

—Te quedaste bastante tiempo, eh. Me tienes que contar todo. Conociste lugares, gente…

—Algunos. No tantos como hubiera querido. Andaba arreglando papeles casi siempre, pero alcancé a ver un par de ciudades del sur de Francia y varias provincias por España. Gente poca, me quedé en casa de unas amigas.

—Tengo muchas ganas de verte. ¿Comemos juntos un día de estos?

Lo dejé caer despacio, como quien no quiere alarmar a nadie. Y yo, que llevaba años fingiendo no entender ese tono, le seguí el juego con la misma calma.

—Me encantaría, compadre, pero la casa es un caos. Ya sabes cómo es Beto de dejado para esto del hogar.

—Podría pasar a ayudarte, si quieres.

—¿Tú? Si los hombres de esta familia son igual de flojos —reí—. Mejor dame unos días, te caes con Lorena y hacemos una carne asada.

—Te he extrañado mucho, Renata —dijo, y bajó la voz justo en mi nombre.

Y yo a ti, aunque no debería.

—Gracias. Sabes que esta es tu casa. Ven cuando gustes —respondí, y colgué antes de decir algo de lo que tuviera que arrepentirme.

***

Llegó el jueves de la semana siguiente. Yo terminaba de trapear, con una playera vieja de Beto puesta porque para esos menesteres me siento más cómoda: amplia, fresca, sin nada apretándome. Ni siquiera me había peinado bien. Sonó el timbre y respondí por el interfón con las manos todavía húmedas.

—Ya ves, dije que vendría y andaba por el rumbo —se le oía la sonrisa—. Pásame un café, ándale. Traje bizcochos.

—Estoy hecha un desastre, Adrián, en plena limpieza —protesté, pero le abrí igual.

Cruzó el patio con la bolsa de pan en la mano. Nos dimos un abrazo y un beso en la mejilla, y él se quedó un segundo de más con la cara cerca de mi cuello.

—¡Qué gusto, comadrita! Te ves más bronceada. Más guapa.

—Gracias. Pasa —le quité la bolsa y lo conduje a la cocina—. Déjame terminar con los trastes y pongo el café. Siéntate.

Pero me siguió. Tomó un trapo y empezó a secar los platos que yo enjuagaba, como si lo hubiéramos hecho mil veces.

—¿Dónde los pongo?

—Ahí déjalos, yo los acomodo —le dije, y me subí al banquito que tengo justo para alcanzar la alacena de arriba.

Me estiré para colocar la vajilla en su lugar. Sentí el aire en las piernas y supe, antes de voltear, lo que estaba pasando: la playera, que de pie ya me quedaba a media pierna, al estirarme subía mucho más. Giré la cabeza y lo caché ladeado en la silla, mirándome sin disimulo.

—¡Adrián! En lugar de andar de fisgón, pásame los platos —le reclamé, aunque no me bajé.

—Es un panorama exquisito, comadre. Ni modo de no apreciarlo. Se ve el contraste buenísimo —dijo, cínico, y se levantó.

—¿Contraste? —pregunté, pensando en la playera blanca y mi panty azul.

—De tu piel bronceada y tus nalgas blancas. Tan ricas como las recordaba.

Y metió la mano bajo la playera. Sus dedos subieron por la parte de atrás de mi muslo hasta el borde de la panty, ahí donde la piel queda más tibia. Debí apartarme. No lo hice.

—Al menos ayúdame a bajar —le dije, con una voz que ya no me sonaba a reclamo.

Me sujetó fuerte, una mano en la espalda y la otra en la cadera, y me levantó del banquito. Pero en vez de dejarme en el suelo, aflojó apenas y me hizo resbalar pegada a su cuerpo, despacio, hasta que sentí su bulto entre mis piernas. Se me escapó un suspiro que no supe contener.

No me soltó. Lo miré a los ojos un instante demasiado largo, y entonces me besó. Le respondí. Enlacé los brazos tras su cuello y lo apreté contra mí, sintiéndolo endurecerse cada vez más mientras nos besábamos en mitad de mi cocina, con los trastes todavía escurriendo en la tarja.

—Cómo extrañaba tenerte así, Renata —murmuró contra mi cuello—. Soñaba contigo cada día.

Sus manos amasaban mi trasero por debajo de la panty mientras besaba el hueco de mi garganta de una forma que me ponía la piel de gallina.

—Ay, Adrián, espera. Mira cómo me dejas —le mostré los brazos erizados, como prueba de algo que ya no tenía sentido negar.

***

Me subió la playera de un tirón. No traía brasier, y él se quedó mirándome los pechos antes de inclinarse a besarlos, primero uno y luego el otro, sin prisa. Su bulto duro presionaba contra mi vientre. Yo tenía la playera atorada en el cuello, a medio quitar, y él decidió por mí: me la sacó por la cabeza y me cargó hasta sentarme en la mesa del antecomedor.

—Cuánto deseaba esto —dijo, y fue bajando con la boca por mi cuello, mi pecho, mi vientre, dejando un rastro tibio en cada centímetro de piel.

—Qué impetuoso eres —le solté entre suspiros—. Sacas lo peor de mí.

Me deslizó la panty por las piernas mientras yo levantaba la cadera para ayudarlo. Quedé completamente desnuda sobre la mesa de mi casa, en pleno jueves, con el café a medio hacer. Él se sentó frente a mí, me abrió las piernas y acercó la boca.

Pasó la lengua entre mis labios, despacio, de abajo hacia arriba, una y otra vez, hasta concentrarse en el clítoris. Lo besaba, lo succionaba como si fuera un dulce, mientras me separaba con los dedos y me miraba desde ahí abajo. Metió dos dedos y los movió al ritmo de su lengua. Yo me retorcía sobre la madera, agarrada al borde de la mesa, hasta que el primer orgasmo me sacudió de golpe y tuve que morderme el brazo para no gritar.

No me dio tregua. Mientras yo todavía temblaba, se bajó el pantalón y el bóxer de un solo movimiento. Lo sentí pasar su miembro entre mis labios mojados, de arriba abajo, peinándome entera, tan duro que casi dolía la espera.

—No puedo más, Adrián —jadeé, y lo dije en serio.

Entró de una sola embestida, hasta el fondo. Lo abracé con las piernas y lo sentí palpitar dentro de mí. Empezó despacio, saliendo casi por completo para volver a hundirse, hasta que el ritmo se le fue acelerando solo. Cada arremetida hacía rechinar las patas de la mesa contra el piso.

—Qué rico aprietas —dijo con la respiración entrecortada—. Siento que me exprimes.

Tuve dos orgasmos casi seguidos, uno encima del otro, y ya no me importó quién pudiera oírme. Él bajó un momento el ímpetu, me besó los pechos, me acarició las piernas, y luego me giró boca abajo sobre la mesa. Me penetró otra vez desde atrás, con las manos clavadas en mis caderas, embistiendo con tanta fuerza que sentí que la mesa entera iba a ceder. Terminó así, hundido hasta el fondo, derramándose dentro de mí con un gemido ronco que se mezcló con el mío.

Se quedó pegado a mi espalda un buen rato, besándome la nuca, hasta que salió despacio y me dejó un vacío extraño y delicioso a la vez.

***

Me incorporé con las piernas todavía temblando. Recogí mi panty y me limpié con una servilleta. Iba a ponerme la playera, pero me detuvo.

—Así te ves preciosa —dijo, y se quitó la camisa. Me jaló de la cintura y me sentó sobre su pierna—. Eres increíble, Renata. Lo haces buenísimo.

Le tomé la cara y le di un beso.

—Tú tampoco te quedas atrás. Querías partirme en dos.

—¿Vamos arriba? —preguntó, acariciándome una nalga—. Quiero disfrutarte con calma.

Lo miré sintiendo el morbo subirme por dentro otra vez, y lo tomé de la mano. Lo llevé a mi recámara, a la cama que comparto con mi marido, y eso, en lugar de frenarme, me encendió todavía más.

Cerré las cortinas. La luz quedó tamizada, y nuestros cuerpos resaltaban contra las sábanas blancas. Me senté en la orilla y él se paró frente a mí. Le bajé el bóxer y pegué la mejilla a su miembro a medio erectar, sintiendo su calor antes de tomarlo con la mano. Le di un beso en la punta, pasé la lengua alrededor, y lo sentí reaccionar de inmediato, creciendo conforme lo recorría desde la base hasta el glande. Me lo metí en la boca despacio, fascinada con esa sensación de sentirlo endurecerse hasta que ya no me cabía entero. Él suspiraba, echaba la cabeza hacia atrás, con una mano enredada en mi pelo.

Me detuvo antes de tiempo. Me recostó boca arriba, me abrió las piernas y se acomodó entre ellas. Pasó el glande por toda mi entrada, rozándome el clítoris un par de veces, y volvió a entrar en un movimiento continuo, sin prisa.

Lo hicimos sin apuro, cambiando de posición conforme nos íbamos urgiendo: primero él encima, luego con mis piernas en alto, después de costado, sintiendo en cada penetración cómo se juntaban nuestros cuerpos. Me giré y lo monté, subiendo y bajando, moviéndome en círculos mientras él me besaba los pechos y me apretaba las caderas, hasta que otro orgasmo me dejó desplomada sobre su pecho, respirando a tirones.

Cuando recuperé el aliento, me hizo girar de espaldas a él. Me apoyé en sus muslos y dejé que entrara de nuevo, mientras con una mano marcaba el ritmo en mi cadera y con la otra me acariciaba el clítoris. Después me puse en cuatro y me penetró desde atrás, hondo, tan hondo que sentía cada embestida en el centro mismo del cuerpo.

Se ensalivó los dedos y empezó a jugar con mi otra entrada, dilatándome despacio, primero uno y luego dos, mientras seguía dentro de mí. No le dije que parara. Salió, se acomodó, y fue empujando con paciencia hasta vencer la resistencia. Cuando entró del todo, se quedó quieto, acariciándome la espalda, y empecé yo, echando la cadera hacia atrás para marcarle el paso.

Me lo dio rico y constante, cada vez con más fuerza, hasta que nuestras respiraciones agitadas anunciaron el final. Terminó así, derramándose con una intensidad que no parecía la segunda vez, y yo me quedé bocabajo, sintiéndolo palpitar mientras mi cuerpo se cerraba alrededor del suyo en oleadas.

***

Nos quedamos un buen rato tirados, recuperando el aire y comentando entre risas lo que acababa de pasar, como dos cómplices. Después nos metimos a bañar, y ahí, apoyada contra los azulejos, dejé que entrara una última vez bajo el agua tibia.

Nos vestimos. Pidió una pizza, saqué un par de cervezas de la nevera y comimos en la mesa de la cocina como si nada, como si esa mesa no guardara ya un secreto entre los dos. Antes de irse me besó en la puerta, sin prisa.

—¿La próxima semana sigue en pie la carne asada? —preguntó, con esa sonrisa de siempre.

—Claro —le dije—. Trae a Lorena.

Y cerré la puerta sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo. No me arrepentí entonces. Todavía no estoy segura de arrepentirme ahora.

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Comentarios (6)

Lucia_Conf

Que relato!!! me enganche desde el principio, se nota que es algo que realmente viviste

HectorBA_88

El compadre sabía exactamente lo que hacía jajaja. Y lo de 'no bajé'... todo dicho.

Valentina_Cba

Me encanto como lo contaste, fluye natural. Esperando saber como termino la tarde ;)

SilviaMdp

Esos momentos donde todo queda en el aire son los mejores. Buen relato!

SergioPampa

Excelente!! me gustan las confesiones que se sienten reales, esta definitivamente lo es

LorenaV

Y despues? no nos dejes así jaja, por favor una segunda parte

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