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Relatos Ardientes

La noche que dejé que otro hombre tuviera a mi esposa

Todo empezó el otoño pasado, en las noches de póquer en casa de Bruno. Una de las costumbres de ir hasta allá era que él siempre tenía preparada una película para adultos en su televisor enorme. Coincidirán conmigo en que ver algo así en una pantalla de setenta y cinco pulgadas no tiene nada que ver con verlo en la pantalla diminuta de un teléfono.

Aquella noche la película se llamaba La mirada del otro. Trataba de un hombre casado obligado a presenciar cómo su mujer se acostaba con su jefe. Lo más perturbador para mí no fue la escena en sí, sino sentir cómo me excitaba mientras la miraba, rodeado de mis amigos, fingiendo indiferencia.

El encuentro entre la secretaria y su jefe fue explosivo, sí, pero lo que pasaba dentro de mí era todavía más intenso. Sentí, sin poder explicarlo, que eso mismo nos estaba pasando a Lucía y a mí. Volví a casa con la imagen clavada en la cabeza.

No tardé en llevar la fantasía a nuestra cama. Empecé con juegos de rol: yo actuaba como un desconocido que la seducía en un bar, ella se dejaba llevar. Funcionaba, durante un tiempo funcionó muy bien. Pero yo quería más, y eso me daba terror.

Una noche reuní el valor y se lo dije con la voz temblando.

—Me encantaría verte con otro hombre, Lucía. Verte de verdad con alguien que te haga lo que yo no me animo. A veces sueño que estás con un tipo y que yo solo miro, ayudándolo incluso.

—¿En serio, Martín? —me preguntó incorporándose en la cama.

—Sí… Quisiera verlo, verte… No puedo seguir, Lucía. No puedo. Perdoname.

Me levanté de golpe, agarré la bata y fui a sentarme al living con la cabeza entre las manos. Cuando vino a buscarme me negué a volver. No podía mirarla.

¿Cómo se me ocurrió decirle algo así? Qué debe estar pensando de mí. Soy un enfermo.

Después de esa noche dejamos los juegos de rol. El sexo perdió fuerza, se volvió esporádico, casi obligado. La vergüenza se instaló entre nosotros como un mueble más.

***

Unas cinco semanas después, Lucía viajó a Córdoba a visitar a su hermana Marta. Volvió distinta. Más liviana, más segura de sí misma. La tensión que arrastrábamos pareció disolverse, y eso me dio una falsa esperanza de que todo volvería a ser como antes.

La primera noche de su regreso llegué del trabajo y la encontré bañándose, algo raro a esa hora. Me llamó. Al entrar la vi metida en la tina, y al borde había crema de afeitar y unas maquinitas nuevas, de las rosadas, todavía en su envoltorio.

—Quiero que me afeites —dijo señalándose entre las piernas—. Quiero que me dejes completamente lisa, sin nada.

Se me cortó la voz.

—¿Que te… qué? ¿Que te afeite ahí? ¿Te escuché bien, Lucía? ¿Para qué querés que haga eso?

Se me encogió el estómago. Ya intuía lo que venía.

—Sí, es exactamente lo que quiero. Vos lo pediste, Martín. Dijiste que querías verme con otro hombre, y lo voy a hacer. Hablé mucho con Marta y me convenció.

Me miró con una sonrisa que nunca antes le había visto. Me dio escalofríos. Era como si dijera: «Vos lo pediste, ahora veremos si lo disfrutás de verdad».

—Marta hace años que tiene a Esteban en un puño —siguió—. Me hizo una demostración. Se acostó con su amante, Andrés, delante de él y de mí. Fue increíble. Esteban estaba sentado en una silla, mirando, y se vino sin tocarse porque ella se lo tiene prohibido.

Hizo una pausa para ver mi reacción. Yo no podía hablar.

—Marta también obliga a Esteban a afeitarla antes, para prepararla. Ahora te toca a vos. Vas a recortarme primero con la tijera y después me vas a afeitar con la crema. Para Darío.

Mi cuerpo me traicionó. Lo notó enseguida.

—Eso que te conté hizo que se te parara, ¿no, Martín? —dijo con una calma que me desarmaba—. Mostrámela. Bajate los pantalones, dejá que la vea.

Se sentó en el borde de la tina, se secó y me alcanzó la tijera. Empecé, pero me frenó.

—No. No empieces hasta que me dejes verte. Después seguís.

Me quité los pantalones y la ropa interior. Miró mi erección asomando entre el vello, sin disimular.

—¿Sabés qué? A vos también te voy a recortar y afeitar —dijo sonriendo—. A Darío le va a gustar verte completamente depilado mientras pasa todo.

Intenté que se me bajara, pensar en cualquier otra cosa, pero fue peor. Se puso más dura todavía.

Empecé a recortarle el vello con la tijera, despacio, de arriba hacia abajo. Respiraba con dificultad cuando llegué a la parte de abajo.

—No te olvides de atrás —murmuró—. Darío podría querer entrar por ahí.

Hice lo que pidió. Fue una tortura dulce. Cuando agarré la maquinita y empecé a afeitarle lo que quedaba, no podía dejar de imaginar otra verga, más grande que la mía, metiéndose ahí. Le pasé crema de aloe sobre la piel recién depilada. Había visto videos así, pero nunca lo había hecho con nadie, y mucho menos con ella.

—Ahora vos —dijo—. Recortate y afeitate. Yo te reviso que quedes perfecto.

Mientras me afeitaba la oí murmurar para sí misma:

—Marta tenía razón. Prepararse para un amante nuevo es una de las cosas más excitantes que existen. Y todavía más si es tu propio marido el que te ayuda.

Cuando terminamos quise acercarme a ella, tocarla, pero no me dejó. Nos fuimos a dormir. Yo, insatisfecho y temblando. Ella, contenta, esperando el día siguiente.

***

A la mañana no me dejó vestirme hasta inspeccionar cómo había quedado el afeitado, por delante y por detrás. Lo admiró un momento y después dijo:

—A Darío le conté que sos vos quien me va a desnudar y a entregarme. Le gusta que el marido prepare a su mujer y después le diga con todas las letras que se la coja. Le dije que lo ibas a hacer.

Esa noche volví del trabajo con la verga dura y el alma encogida de miedo. Estaba a punto de desnudar a mi propia mujer para que otro hombre la usara, y de pedírselo en voz alta.

La encontré vistiéndose. No con un negligé exótico, sino con un top, un jean y una campera, como si fuera a salir a cenar. Me besó y me tocó por encima del pantalón.

—Solo quería ver si tenías ganas —dijo—. Y veo que sí. Marta me contó cómo fue su primera vez, pero a Esteban no lo dejaron mirar; lo mandaron afuera y solo lo dejaron escuchar.

Me miró antes de seguir.

—Yo ya llevé una silla a nuestro dormitorio. Marta me dijo que tengo que verte la cara mientras Darío me coge. Que es delicioso. Te quiero desnudo, para verte. Quiero que te vengas mirando, igual que Esteban. Va a ser muy excitante.

—Voy a hacer lo que vos quieras —dije con un hilo de voz—. Después de lo que voy a permitir esta noche, eso es lo de menos.

Me metí un momento al baño para esconderme de ella. No lloré. Solo se me metió algo en el ojo, estoy seguro.

Cuando salí, Lucía estaba parada en el dormitorio, de pronto indecisa.

—¿Querés que me desvista antes de que llegue, o qué? —pregunté.

—¿Cómo? No… vestido. Sí, vestido. Yo te voy a decir cuándo, ¿dale? —respondió, sobresaltada por su propio nervio.

Asentí y miré el reloj. Faltaban quince minutos.

***

Sonó el timbre y la miré.

—¿Abro yo o preferís ir vos?

Me hizo un gesto para que abriera. Del otro lado había un tipo al que nunca había visto. Yo mido un metro setenta y ocho; él debía pasar el metro noventa. Me estrechó la mano al entrar, tranquilo, como si lo hubiéramos invitado a tomar un café. Hasta ahí no me parecía tan grave. Hasta que saludó a Lucía. La besó como un amante apasionado, sin pedir permiso.

Se está adelantando. O quizás no. Quizás esto ya empezó hace tiempo, sin que yo me enterara. Y si no soy un cornudo todavía, al final de esta noche lo voy a ser.

Volví al presente cuando escuché a Lucía decirle algo al oído, los brazos rodeándole el cuello.

—Aceptó desnudarme para vos y entregarme, tal como hablamos. Me pone la piel de gallina solo de pensarlo.

Hizo una pausa y le llevó las manos a sus pechos.

—Yo también lo quiero a Martín desnudo, para verle la cara y todo lo demás. ¿Quién lo desnuda a él?

Darío me dirigió sus primeras palabras ya como amante de mi esposa.

—Martín, ¿no? ¿O preferís que te diga de otra forma? —dijo con una media sonrisa—. A algunos les gusta que les pongan un nombre para la ocasión. ¿Tenés algún apodo?

—En la cama lo llamo Osito —soltó Lucía, y se rio.

—Me gusta. Bueno, Osito, es hora de empezar. Desnudala despacio. Quiero ver si hiciste un buen trabajo preparándola para mí.

Me acerqué a Lucía y recién entonces presté atención a lo que llevaba puesto. Se había comprado ropa nueva, claramente para él. Una prenda ajustada que le levantaba los pechos como nunca, abrochada por la espalda. La desabroché desde atrás, conteniendo las ganas de morderle el cuello. Olía increíble.

Le bajé el jean, la ayudé a quitárselo. La notaba ansiosa, hambrienta de exhibirse ante él. Cuando le saqué el corpiño y lo dejé caer, sus mejillas se encendieron como las de una chica frente a su primer hombre.

Este es su primer amante, y yo estoy ayudando a que pase.

Le quité la última prenda y la dejé desnuda frente a él. Sabía que Darío no veía a mi esposa; veía un cuerpo hecho para ser usado, marcado, llenado. Le toqué el hombro para presentársela, más para no desmayarme que por otra cosa.

—Esta es Lucía, mi mujer. Te la entrego para que la cojas. Ahora es tuya.

Casi me quedo sin voz. Después me tocó desnudarme yo. Cuando me bajé la ropa y quedé sin un solo pelo, hice una mueca. La de él era enorme comparada con la mía, y la falta de vello hacía que la mía pareciera aún más chica de lo que era.

Darío agarró a Lucía y la besó hasta dejarla sin aire. Cuando recuperó la respiración, ya estaba boca arriba en la cama.

—Así me gustan —dijo, mirándome a mí, no a ella—. En la cama, desnudas y listas.

Empezó a tocarle los pechos, y pronto eso pasó a ser algo mucho más brusco. Quise objetar, pero sabía que era inútil: ella lo disfrutaba. Lo escuchaba en sus jadeos entrecortados.

—Más… sí, así… más fuerte —pedía Lucía—. Mordeme.

Darío era mucho más rudo de lo que yo jamás me animé a ser. Le iban quedando marcas rojas, mordiscos, y ella pedía más. Nosotros hacíamos el amor; él la trataba con una crudeza que yo nunca le había dado. Y resultaba que era eso lo que ella quería.

—Osito —me ordenó él sin dejar de tocarla—, preparala. La quiero boca abajo, con la cola levantada. Después me agarrás la verga y se la metés vos mismo en el coño. Dale, cumplí. Y mirá bien cómo lo hago.

Tenía tantas ganas de verlo que no me costó nada obedecer. Acomodé a Lucía a cuatro patas, le bajé la cabeza contra la almohada, la cola en alto. Después de todo esto, mi propia verga goteaba y no podía evitar temblar.

—Lucía, prepárate —dije con la voz quebrada—. Le voy a meter a Darío adentro tuyo.

Tomé su verga, enorme, dudé un segundo y la guié hacia ella. En ese instante, con mi propia mano, me convertí en cornudo. Sabía que una vez cruzado ese umbral, ella iba a quererlo de nuevo.

Entró sin esfuerzo. A la segunda embestida la penetró por completo. Yo miraba la cara de Lucía y veía cómo pasaba del deseo puro a una especie de éxtasis. Me buscó con la mirada y susurró:

—Es mucho mejor de lo que imaginaba, Osito. Andá, sentate en la silla y fijate si te venís sin tocarte.

Me senté. A los pocos minutos sentí que el clímax me subía solo y explotaba sin que mis manos intervinieran. Marta tenía razón: era imposible no venirse mirando esto.

Empecé a llorar mientras lo veía cogérsela. Él la sostenía de los pechos mientras la embestía cada vez más fuerte. Por la cara de Lucía supe que en parte le dolía, pero ella seguía empujando hacia atrás, pidiendo más. Seguí llorando hasta el final, hasta que vi a Darío terminar dentro de ella y retirarse.

Lucía giró la cabeza y, todavía agitada, me dijo:

—Valió la pena, Osito. Me encantó. Abriste una puerta, y pienso volver a entrar tantas veces como quiera. Si no te gusta, ya sabés dónde está la salida.

Me quedé. Y fueron muchas las veces que repetimos, muchas más de las que puedo contar. Lo disfruta tanto que es feliz, y descubrí que yo, a mi manera retorcida, también. Ya perdí la cuenta de cuántos hombres pasaron por nuestro dormitorio. Qué más da.

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Comentarios (6)

ElGatoMx

morboso y adictivo, no pude parar de leer

nacho_md

uff que fantasía mas intensa!! muy bien narrado, se siente real

CamilaCba

por favor que haya una segunda parte, quedé con ganas de saber como siguio todo entre ellos despues de esa noche

Klaus_87

Muy buen relato. Le faltó un poco mas de desarrollo al final pero el resto está excelente. Un diez.

Mariana_RBA

Me recuerda a conversaciones que uno tiene con la pareja y nunca sabe muy bien como terminan. Muy real.

Maxi_bsas

increible!!! de los mejores que lei aca en mucho tiempo

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