El resort donde mi mujer pasó a la segunda fase
Hacía dos días que lo llevaba en el bolsillo. Lo había sacado tres veces en el coche, dos más en la cafetería del trabajo, y otra mientras esperaba que Sofía bajara del piso de su hermana. Cada vez lo abría con cuidado, leía las mismas frases impresas en papel satinado, y volvía a doblarlo. La idea seguía pareciéndome ajena, pero cada hora que pasaba la sentía un poco más mía.
—¿Hace cuánto que vais? —pregunté a Ramiro, mientras palpaba el tríptico por encima de la tela del pantalón.
—Esta es la quinta vez. La segunda de este año.
—Sofía me lo propuso anteayer. Me trajo el folleto a casa, me dijo que había una reunión informativa hoy, y aquí estamos. Todavía no me hago a la idea, pero cuanto más la veo emocionada, menos me importa.
Estábamos en una entreplanta del centro, un salón de actos pequeño con sillas plegables y una pantalla que aún proyectaba el último fotograma del vídeo. Tres letras grandes ocupaban el centro: el nombre del resort. Habíamos sido unas treinta personas, casi todas parejas. La presentación la hicieron cuatro: dos hombres de piel oscura, vestidos con trajes impecables; un español que parecía el dueño del negocio; y una mujer con un vestido tan ajustado que cada movimiento se convertía en una declaración. Sus tacones eran absurdamente altos y los llevaba con la misma naturalidad con la que otras llevan zapatillas. Intuí que era la pareja del organizador.
Ramiro estaba a mi lado con otro hombre que se presentó como Mauricio. Los tres mirábamos hacia el mismo punto: los dos extranjeros agasajados por un grupo de mujeres que les acariciaban los brazos, los hombros, el cuello.
—¿Veis a la del fondo, la de la camiseta blanca? —dijo Ramiro—. La que pone Hotwife en letras grandes. Esa es Vanessa, mi mujer.
Era imposible no haberla visto antes. La camiseta estaba a punto de rendirse y ella la llevaba con un orgullo que no admitía discusión.
—Los pechos se los hizo después del tercer viaje, cuando pasó a la segunda fase.
—¿Qué es la segunda fase? —pregunté—. En la presentación no han dicho nada de eso.
Ramiro no llegó a contestarme. Vanessa le hizo una seña desde el otro extremo de la sala y él se fue caminando rápido. Me despedí de Mauricio con un gesto y empecé a buscar a Sofía. No la veía. La llamé al móvil, dio tres tonos y nada. Solo había dos sitios posibles, así que crucé hacia la sala contigua.
Empujé la puerta y descubrí dónde íbamos a pasar las próximas vacaciones.
Sofía estaba arrodillada sobre la moqueta, desnuda, con los tacones todavía puestos. Junto a ella, en la misma postura, otra mujer que no había visto antes. Frente a las dos, sentado en un sillón con las piernas abiertas, el organizador español. Sofía y la otra se turnaban la polla con una concentración que no le había visto a mi mujer en años. Se la quitaban la una a la otra sin prisa, se besaban con ella entre los labios, dejaban un rastro de saliva en la barbilla de la compañera y seguían. Si me quedaba alguna duda, se evaporó en el mismo instante en que noté cómo la sangre me bajaba de golpe.
Una mano se apoyó en mi hombro.
—Te presento a Camila. Mi mujer.
Giré la cabeza. Era Mauricio.
—La que está al lado de la tuya. Esa es la tuya, ¿no?
—Sofía —dije, y se me escapó una sonrisa que no fui capaz de borrar—. Sí, es la mía.
El organizador se incorporó, sujetó su miembro con la mano y empezó a sacudirlo a centímetros de las dos bocas. Sofía y Camila se quedaron arrodilladas, mirándolo desde abajo, con la lengua fuera, como dos creyentes esperando una ofrenda. Cuando él se corrió, no se desperdició una sola gota: les cayó en la frente, en las mejillas, en los labios. Las dos lo recibieron sin pestañear.
—Ahora quiero veros lameros la cara la una a la otra —dijo él.
Ninguna de las dos dudó. Se inclinaron hacia delante y empezaron, despacio, frente, mejillas, comisuras. La imagen se me quedó grabada antes de que pudiera procesarla.
—Arriba, princesas.
Se levantaron, se abrazaron a él, lo besaron con un descaro que parecía ensayado, y él las llevó del talle hasta nosotros.
—Caballeros, aquí les dejo a sus esposas. Nos vemos en dos días.
Sofía me besó en la boca como si no hubiera pasado nada. Se vistió en sesenta segundos.
—Vámonos a casa, mi amor. Necesito una polla dentro ya. Y aprovecha bien esta noche, que el avión sale mañana temprano y, por lo que he visto, vas a catar poco este cuerpo durante quince días.
Salimos al portal cogidos de la mano. Yo iba a mil revoluciones. Sofía se detuvo en la puerta, me abrazó y me dijo al oído que me quería.
—Te quiero mucho. Mucho, ¿lo sabes?
Lo sabía. Y lo iba a necesitar saber durante los próximos días.
Justo cuando empujábamos el portón, oímos la voz de Camila detrás. Mauricio y ella venían corriendo. Camila se colgó del brazo de Sofía como si llevaran toda la vida siendo amigas.
—Lo he pasado genial contigo, Sofi.
—Yo también. Corto pero intenso. Seguro que repetimos en el resort.
—De hecho —Camila bajó un poco la voz—, esta noche he quedado con mi amante y un amigo suyo, para despedirme antes del viaje. ¿Te vienes?
Sofía me miró. No era una mirada de pedir permiso. Era una mirada de aviso. Me besó, se separó dos pasos de mí, y se enganchó al brazo de Camila con la alegría de una niña en una excursión.
—Lo siento, cornudín, pero creo que esto ya ha empezado. No me esperes despierto.
Me lanzó un beso desde la acera y desaparecieron las dos en un taxi.
Mauricio me miró, se encogió de hombros y se rio.
—Bienvenido al club, hermano.
***
Me hice tres pajas antes de poder dormirme. Me desperté sonriendo, todavía empalmado, todavía pensando en lo que habría hecho mi mujer durante la noche. A las once de la mañana ya empezaba a estar inquieto. Sofía nunca se había ido sola con alguien que no fuera yo, y cada minuto sin noticias era un escalón más entre la excitación y el nervio. Cuando por fin sonó el teléfono, di un salto.
—¿Dónde estás? Es tardísimo.
—Buenos días, mi amor. Estoy en el coche, frente al portal. Ábreme, que me dejé las llaves y la ropa en casa del amigo de Camila.
—¿Te bajo algo de ropa?
—No, tranquilo. Solo ábreme.
Apreté el botón del portero y corrí a la ventana. Sofía bajaba de un Mercedes recién estrenado, abrazada a un tipo de unos treinta y cinco años, vestida con una camisa de hombre que no terminaba de taparle el culo y los mismos tacones del día anterior. Se besaron en la calle como dos novios que se despiden en un aeropuerto. Cuando entró en casa todavía tenía la boca enrojecida.
—¡Qué feliz soy, cariño! Te tenía que haber hecho caso antes. Voy a ducharme y en una hora estoy lista.
Entré en la ducha detrás de ella con la idea muy clara, pero Sofía me paró con la palma de la mano abierta.
—Lo siento, cornudín, no nos da tiempo. Si quieres te masturbas mientras te cuento.
Una paja y dos horas después, apareció en el salón con un mono ajustado que terminaba justo donde empezaba la curva de las nalgas. Había cambiado los tacones por unas cuñas de unos nueve centímetros, decía que para el vuelo. Estaba impresionante. Su culo brillaba bajo el short minúsculo y sus pezones tiraban de la tela como si tuvieran prisa por salir. Llevábamos una sola maleta, la mía. La ropa de Sofía la pondría el resort.
***
El sitio era exactamente lo que prometía el folleto. Cabañas dispersas entre vegetación, flores que cambiaban de color según el ángulo del sol, una cala privada con la arena casi blanca y una piscina enorme en el centro del complejo, al lado de un edificio común.
Nuestra cabaña tenía vistas al mar, dos cuartos de baño y dos camas: una individual para el cornudo y una king size para la hotwife y sus amantes. Sofía entró al vestidor y abrió los ojos como una niña en una juguetería. Una pared entera de zapatos, todos de tacón. Otra pared con bikinis minúsculos, trikinis, microtangas. De ropa de calle, nada. Eligió un bikini blanco que apenas tapaba los pezones con dos tiras unidas por cordeles, y un triángulo de tres centímetros para el pubis. Por detrás parecía completamente desnuda. Por delante también. Se calzó unas sandalias con plataforma y tacón de vértigo.
Caminé dos pasos por detrás de ella hasta la piscina, solo por ver cómo se movía. Cuando llegamos a la entrada, un letrero nos obligó a separarnos: a la derecha, ZONA CORNUDOS; a la izquierda, REINAS. La piscina hacía de frontera virtual entre los dos lados. Yo veía a mi mujer flirteando al otro lado del agua, pero no podía cruzar.
Encontré a Mauricio, a Ramiro y a otro hombre nuevo que se presentó como Bruno. Me serví un copazo en la barra y me senté con ellos. Sofía se acercaba al bar del lado contrario, donde dos hombres la devoraban con la mirada. Cuando llegó, los besó a los dos, uno detrás del otro, con una naturalidad que no le había visto nunca, ni siquiera conmigo el primer mes. La amarraron por la cintura y los tres se mezclaron con el resto.
Ramiro le preguntó a Bruno por su mujer.
—Ha ido directa a la Conejera. Esta noche iré a visitarla.
—Mañana va Vanessa —dijo Ramiro—. Estará tres días.
—¿Todavía debe alguno?
—Uno. Los otros dos los hace por gusto.
Iba a preguntar qué era la Conejera cuando un escándalo de voces me hizo girar la cabeza. Sofía estaba boca arriba sobre una tumbona, con las piernas abiertas y un tipo entre ellas. Otro le ofrecía la polla por encima de la cabeza, que ella había dejado caer por el borde, y la recibía hasta el fondo. Le agarraba las nalgas a quien tenía encima de la cara para obligarlo a hundirse más. El primero la embestía con un ritmo que no le había marcado nunca nadie. Y mi mujer gritaba, y se reía, y volvía a abrir la boca cuando le dejaban respirar.
El resto del jardín ya estaba en plena fiesta. Parejas, grupos, alguna escena más concentrada en una esquina. Sobraban hombres. A nuestras mujeres no les faltaba turno.
Sofía pasó al rato a cabalgar a uno de ellos mientras masturbaba a otros dos. Uno de los masturbados sujetaba con una mano una correa. Al final de la correa, a cuatro patas en el bordillo de la piscina, había una mujer. Tardé un segundo en reconocerla: era Camila. Y el que la tenía atada era el organizador.
—La tiene loca —dijo Mauricio sin dejar de tocarse despacio—. Hace con ella lo que quiere. La última vez le propuso pasar a la segunda fase, ella se lo pensó tres días y dijo que no. Esta vez creo que va a decir que sí.
—Joder. ¿Y la tercera fase qué coño es?
Mauricio iba a contestarme, pero no le di tiempo. Sofía se había bajado de la tumbona y salía corriendo hacia la cabaña. Cómo hacía con esos tacones, no lo sé. Yo me levanté detrás. En la salida del recinto, un tipo de la organización me cortó el paso.
—No puedes tener contacto con las chicas hasta que termine la fiesta.
Volví a la barra. Esta vez me serví un zumo de piña. Antes de poder sentarme, Sofía reapareció en la piscina. Llevaba un collar de cuero en el cuello y una correa entre los dientes. Caminó a cuatro patas hasta el organizador, le ofreció el extremo de la correa y levantó la cabeza. Él, sin mirar a nadie más, se la enrolló en la muñeca.
Las paseó a las dos por toda la zona, sin entrar nunca en la nuestra. Las llevó al borde de la frontera y allí, con tirones cortos y precisos, las hizo desfilar frente a los cornudos, como en un concurso de belleza canina. Y después, también sin mirarnos, dio media vuelta y se las llevó por una puerta lateral.
—Ya nos podemos ir —dijo Mauricio—. La última vez que se la llevó así, no vi a Camila hasta el día siguiente. Esa noche le desvirgó el culo. Cosa que no le había dejado hacer al amante. Ni a mí. Ni a ningún corneador.
—Lo que más me jode de todo esto —dijo Ramiro— es no poder verlo.
Los cuatro nos reímos. Bruno alzó su vaso y los demás respondimos. Brindamos por nuestras reinas, por los catorce días que quedaban, y por la segunda fase, que ya nos había alcanzado sin que ninguno hubiera firmado todavía el papel.