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Relatos Ardientes

Mi suegro decidió que yo era su sirvienta

El timbre sonó tres veces seguidas, con una impaciencia que rompió la calma de la tarde. Lorena se secó las manos en el repasador, casi sin pensarlo, y fue hasta la entrada. En el umbral estaba Hernán, el padre de su marido, ocupando más espacio del que su cuerpo realmente necesitaba. Sonreía, pero la sonrisa no le subía hasta los ojos.

—Hernán, qué sorpresa. Te hacía todavía de viaje —dijo ella, esforzándose para que la voz le saliera cordial.

—El negocio se cerró antes de lo previsto. Pensé en pasar a ver a mi hijo y a su familia —contestó él, entrando sin esperar invitación y dejando su maletín junto a la puerta. Sus ojos recorrieron el living como los de un tasador midiendo una propiedad—. La casa impecable, como siempre. Sos muy prolija.

—Gracias. Trato de mantener todo en orden —respondió Lorena, sintiendo ya el nudo de siempre apretándole el estómago.

Hernán avanzó hacia el salón. Pasó un dedo por el borde de la repisa, inspeccionando un polvo que no existía.

—Siempre me fascinó la mujer que tiene el control de su casa. Decime, Lorena, todo esto… ¿lo hacés vos sola? ¿O tenés ayuda?

—Me ocupo yo de casi todo. Viene una señora una vez por semana para lo más pesado.

—Ah, alguien que ayuda. Claro. Son tan útiles. Y tan previsibles —dijo, girándose para mirarla de arriba abajo—. Las mujeres que se dedican a esto tienen algo especial, ¿sabés? Entienden cuál es su lugar. Saben que su función es servir, obedecer. Facilita mucho la convivencia.

Lorena apretó la mandíbula.

—Supongo que cada uno tiene su trabajo.

—Exacto. Su trabajo. Y lo hacen bien cuando se les marca el terreno. Solo necesitan saber quién manda para sentirse perfectamente cómodas.

El comentario la dejó sin aire. No supo qué contestar. Hernán dio unos pasos y se detuvo junto a la mesa del comedor, donde ella había dejado a medias los ingredientes de la cena.

—Hablando de servir y de uniformes… una pregunta personal, Lorena. ¿Vos usás delantal para cocinar? ¿Y guantes para fregar?

La pregunta era tan específica y tan rara que la descolocó.

—S-sí, a veces me pongo delantal para no mancharme. Y guantes, claro, para cuidarme las manos.

—Bien. Muy bien. Me gusta eso. El orden, la disciplina. El delantal y los guantes no sirven solo para protegerte —dijo, bajando la voz—. Son un símbolo. Te marcan. Te preparan para tu función.

Se acercó hasta invadir por completo su espacio. El murmullo le salió cargado de intención.

—Ahora no los tenés puestos. Pero quiero que imagines algo. Andá a la cocina, ponete tu delantal más blanco, ese que te queda bien ceñido, y los guantes de goma, los que llegan hasta el codo. Después volvé y parate frente a mí.

Lorena se quedó paralizada, atrapada entre el miedo y una curiosidad oscura que no quería reconocer.

—Dale, nuera. Obedecé. Cumplí con tu deber.

Esto está mal. Esto está muy mal.

Pero las piernas se le movieron solas. Caminó hasta la cocina con las rodillas blandas. Las manos le temblaban mientras ataba las cintas del delantal a su espalda. El látex de los guantes rozó su piel con un sonido sutil que le erizó los brazos. Volvió al salón sintiéndose desnuda a pesar de estar vestida.

Hernán la observó con una aprobación lenta, casi animal. Por primera vez, una sonrisa genuina le cruzó la cara.

—Así estás más linda. Mucho más. Dejá de ser Lorena, la nuera, para ser otra cosa. ¿Entendés la diferencia?

—S-sí —susurró ella.

—No. No lo decís como si lo entendieras. Decime tu nombre nuevo.

Ella tragó saliva. El aire se había vuelto espeso, difícil de respirar.

—Soy… la sirvienta.

—Perfecto. ¿Y cuál es la primera obligación de una buena sirvienta?

—Servir.

—¿A quién?

—A… a usted, señor.

La mano de Hernán subió por su brazo, recorriendo la textura del látex sobre la tela del vestido. Su aliento le calentó la oreja.

—Exacto. Y hoy tu servicio es muy especial. Hoy no vas a cocinar ni a fregar. Hoy vas a dejar que haga de vos lo que se me antoje. Vas a ser una buena chica, dócil y callada. Una puta obediente para tu suegro. ¿Me entendés?

Ella solo pudo asentir, con los ojos cerrados, entregada a la autoridad de ese hombre que en ese instante había dejado de ser su suegro para convertirse en otra cosa.

***

Hernán se recostó contra el marco de la puerta de la cocina y cruzó los brazos. Sonreía como un propietario que admira su posesión más valiosa.

—Muy bien. Obedeciste. Ahora andá al fregadero. Ahí están los platos del mediodía. Quiero que laves cada uno. Quiero oír el agua corriendo y ver tus manos enguantadas trabajando. Demostrame de lo que sos capaz.

Lorena caminó como una autómata hasta la pileta. El agua caliente salpicó el acero inoxidable. El chorro y el roce del estropajo contra la loza llenaron el silencio. Se concentró en la tarea, en el movimiento repetitivo, como si frotar un plato pudiera anular la corriente eléctrica que recorría la habitación.

Sintió su presencia antes de que la tocara. La sombra le cubrió la espalda. Después, las manos de él se posaron sobre sus caderas, firmes, posesivas. Las palmas subieron despacio por la tela del delantal, hasta la cintura, y un poco más arriba.

—Así se siente una mujer hecha y derecha —murmuró a su espalda, con la voz ronca—. Un cuerpo pensado para el trabajo y para el placer. Sentí esto. Las caderas, la cintura. Una mujer entera.

Las manos siguieron subiendo hasta encontrar sus pechos. Los apretó con fuerza, sin delicadeza, amasándolos por encima del delantal, buscando los pezones con los pulgares y pellizcándolos hasta que ella los sintió duros bajo la tela. Lorena ahogó un gemido y apoyó la frente contra el azulejo frío. Él le bajó el escote del vestido de un tirón y le liberó las tetas, que quedaron colgando pesadas sobre el delantal blanco. Las sopesó en las palmas, las apretó, se las estrujó con dedos ásperos y volvió a los pezones, retorciéndoselos hasta arrancarle un quejido.

—Mirá qué tetas de puta bien cuidada tenés escondidas. Firmes, con estos pezones que se te ponen duros como piedras nada más de sentirme atrás. Al pelotudo de mi hijo estas tetas no le duran ni cinco minutos.

Una mano bajó por el vientre, se metió bajo la falda del vestido, apartó la ropa interior y se abrió paso entre sus muslos. Dos dedos gruesos se hundieron sin aviso en su coño, y el chapoteo que hicieron la delató antes que cualquier palabra. Estaba empapada.

—Mirá esto. Mirá cómo chorreás, nuera —le susurró al oído, moviendo los dedos adentro con una lentitud cruel, sacándolos brillantes y volviéndolos a meter—. Toda la casa impecable, la mujercita perfecta, y acá abajo un coño hecho una fuente. Este coño ya sabe para quién es. Antes que tu cabeza.

Le encajó un tercer dedo y empezó a bombeárselos con fuerza, la palma golpeándole el clítoris con cada empuje. Con la otra mano seguía retorciéndole un pezón. Lorena mordió el interior de su mejilla para no gritar, las piernas abriéndose solas, las caderas empujando hacia atrás en busca de esos dedos.

—Seguro que mi tonto hijo no te toca así, ¿no? —dijo él, con un desdén evidente—. Te da un beso en la mejilla, te pregunta si estás cansada, te apaga la luz. Pero no te agarra así. No te mete la mano hasta el fondo. No te hace sentir suya. No te recuerda quién manda. Te trata como a una igual. Qué error más grande. Una mujer como vos necesita una mano firme. Necesita que le rompan el coño de vez en cuando.

Sacó los dedos y se los metió en la boca a ella, empujándolos contra su lengua.

—Probate. Probá el gusto que tenés cuando te tratan como te merecés.

Lorena chupó sus propios flujos con los ojos cerrados, sintiendo el sabor salado y espeso, humillada y prendida en llamas al mismo tiempo. Él le tomó el mentón con la mano mojada y le giró la cabeza hacia atrás.

—Yo sí te trato como te merecés. Como lo que sos hoy. Mía.

La soltó y dio un paso atrás. Se desabrochó el cinturón con una lentitud calculada, deliberada, y dejó caer el pantalón. El calzoncillo cayó después. Su verga saltó afuera, gruesa, dura, roja en la punta, con las venas marcadas a lo largo del tronco. Se la agarró por la base y se la sacudió despacio frente a la cara de ella.

—Arrodillate.

La orden fue seca, sin lugar a la duda. Lorena se giró. Las rodillas le temblaron al doblarse sobre el piso frío de la cocina, el delantal blanco cayéndole entre las piernas. La verga de su suegro quedó a la altura exacta de su boca. El olor del hombre, denso, macho, le subió a la cabeza y le nubló cualquier intento de pensar.

—Abrí la boca. Sacá la lengua. Mi hijo es un nene, te dará caricias. Yo te voy a dar lo que de verdad necesitás. Una polla de hombre bien adentro de esa boca de esposa modelo.

Ella separó los labios y sacó la lengua, obediente. Él le apoyó la punta caliente sobre la lengua, se la frotó por los labios, le pintó la boca con la gota espesa que ya le salía. Después la agarró del pelo con una mano y con la otra se guio adentro. Se introdujo con un gruñido de satisfacción, primero solo la cabeza, deteniéndose, viéndola cerrar los labios alrededor.

—Así. Chupá. Con lengua. Como si fuera lo único importante que hacés en el día.

Lorena empezó a chupar. Recorrió el glande con la lengua, aprovechó cada vez que él la dejaba respirar para lamerle la parte de abajo, para pasarle la boca por las bolas. Cuando volvió arriba, él le empujó la cabeza y le metió la verga más adentro, hasta la mitad, hasta que ella arcadió. La sostuvo ahí un instante, sintiéndola atragantarse, antes de dejarla respirar.

—Vas a aprender a comerla toda. Hoy mismo. Relajá la garganta.

Empezó a moverse, usándola para su propio placer, entrando cada vez más hondo. Le pegó la nariz al vientre en una embestida y ella sintió las bolas contra el mentón. La saliva le chorreaba por la comisura, le caía en hilos gruesos sobre las tetas todavía al aire y sobre el delantal, manchándolo.

—Así… así se hace —jadeó él—. Mirá cómo te la comés. Mirá lo bien puta que te sale. Tu marido te hace el amor con permiso, pidiendo perdón. Yo no pido. Yo tomo. Y vos lo agradecés con esta boca tan obediente, ¿eh? Con esta boca de nuera que ahora es mía.

La sacó y se la refregó por la cara, por las mejillas, le dejó la baba brillante en el mentón. Ella jadeaba, con los ojos llorosos, el rímel corrido, la boca hinchada y roja.

—Decilo. Decime a quién le pertenece esa boca.

—A usted, señor.

—Más fuerte.

—A usted. Es suya.

—Buena chica.

Se la volvió a meter y siguió cogiéndole la boca un rato más, sin apuro, disfrutando cada vez que ella se atragantaba y cada vez que sacaba la lengua para lamerle las bolas. Lorena lo escuchaba desde un lugar lejano de sí misma. Una parte de ella gritaba que se levantara, que lo echara, que llamara a su marido. La otra parte, la que la mantenía de rodillas con el coño chorreándole por los muslos, ardía con una vergüenza que se parecía demasiado al deseo. No entendía cuál de las dos era ella.

Después de un rato, él la retiró con un tirón suave del pelo. La miró desde arriba, con la verga brillante de saliva apuntándole a la cara.

—Levantate. Apoyate en el fregadero. Sacá el culo.

Ella se incorporó temblando, las piernas dormidas, y se inclinó hacia adelante, las manos enguantadas sobre el borde mojado de la pileta. Hernán le subió la falda del vestido de un tirón hasta la cintura y le corrió la ropa interior con un gesto brusco, bajándosela hasta las rodillas. Le dio una palmada seca en la nalga que resonó en la cocina y le dejó la marca roja de la mano.

—Mirá qué culo tenés. Redondo, blanco, temblando por mí. Abrite más. Más. Enseñame todo.

Le pasó dos dedos entre los pliegues, de atrás para adelante, jugando con el chorreo que le salía. Se agachó y le escupió sobre el coño abierto. Le clavó otra palmada, esta vez del otro lado.

—Este culo se le enseña al que manda. Y hoy el que manda soy yo.

Se acomodó detrás de ella. Le puso la punta de la verga en la entrada del coño, se la refregó arriba y abajo, la hizo esperar.

—Pedímela. Pedimela como una sirvienta que necesita a su patrón.

—Por favor…

—Por favor qué.

—Por favor, señor, cójame.

—¿Cómo?

—Cójame. Rompa a su nuera. Métala toda.

—Ahora te voy a coger como se coge a una sirvienta. Acá, en la cocina, con olor a jabón, con las bolas golpeándote el clítoris. Para que no te olvides nunca de quién mandó hoy en esta casa.

Entró de una sola embestida, profunda y dominante, hasta el fondo. Lorena gritó, un grito ronco, mezcla de dolor por la brusquedad y de un placer que la avergonzaba sentir. Sintió cómo le estiraba las paredes, cómo le tocaba puntos que su marido nunca había alcanzado. Él se quedó un instante quieto, hundido hasta las bolas, dejándola sentir la magnitud de lo que le acababa de meter adentro.

—¿Sentís? Toda. Toda adentro. Mi hijo ni sabe lo que es esto.

Empezó a moverse con un ritmo fuerte, sin tregua, sujetándole las caderas con las dos manos para empujar con más fuerza. Cada embestida hacía chocar sus caderas contra el culo de ella con un ruido de carne mojada que llenaba la cocina. Las tetas de Lorena se sacudían libres bajo el delantal manchado. El borde de la pileta se le clavaba en la cadera.

—¿Lo sentís? ¿Sentís cómo te abro, cómo te tomo? Mi hijo te da la vida tranquila. Yo te doy esto. Yo te doy verga. Yo te doy el orden.

Le agarró el pelo y le tiró la cabeza hacia atrás, arqueándola. La otra mano le fue a los pechos y le pellizcó un pezón mientras seguía cogiéndola.

—Decí que te gusta. Decilo.

—Me gusta —jadeó ella, el sonido saliéndole entrecortado por los golpes.

—Decí que sos una puta.

—Soy una puta.

—La puta de quién.

—Suya. Su puta.

—La puta de tu suegro. Decilo entero.

—Soy la puta de mi suegro.

—Así me gusta.

Le soltó el pelo y volvió a agarrarle las caderas, subiendo el ritmo. Los dedos se le clavaban a Lorena en la piel, iba a dejarle moretones. Ella sintió que el orgasmo empezaba a formarse desde adentro, desde ese punto que él le golpeaba una y otra vez, y no pudo detenerlo. Empezó a empujar el culo hacia atrás, buscando su verga, cogiéndolo de vuelta.

—Ahí está. Ahí está la nuera puta que buscaba. Vas a acabar con la verga de tu suegro adentro. Decilo.

—Voy a acabar. Voy a acabar, señor.

Las embestidas se volvieron más salvajes, la verga entrando y saliendo con un chapoteo obsceno. Él se inclinó sobre su espalda, aplastándola contra la pileta, los labios pegados a su oreja, sin dejar de cogerla.

—¿Y sabés cuál sería el mejor servicio que podrías hacerme? —jadeó—. Quizás, si me seguís obedeciendo tan bien, te dejo embarazada. Te vacío las bolas adentro. Te lleno yo, con leche mía, con un hijo de verdad, uno que entienda quién manda acá. ¿Te gustaría? ¿Que tu panza crezca por mí, a espaldas del tonto de tu marido? ¿Que amamantes al hijo de tu suegro creyendo todos que es tuyo y de él?

La palabra, la imagen, la humillación y la promesa fueron demasiado a la vez. El cuerpo de Lorena se sacudió en un orgasmo violento que la dejó sin fuerzas, aferrada al borde de la pileta, las paredes del coño apretándose alrededor de la verga que la seguía cogiendo. Gritó contra el azulejo, un grito largo que él ahogó tapándole la boca con la mano enguantada de suciedad.

Hernán empujó tres, cuatro veces más, cada vez más hondo, y se vació dentro de ella con un rugido ronco, clavándola contra el acero como si la marcara para siempre. Ella sintió los latidos de la verga adentro, cómo la llenaba, cómo la corrida caliente le subía hasta el fondo. Él se quedó ahí, apretado contra su culo, terminando de descargar hasta la última gota.

—Adentro. Toda adentro. Como debe ser.

Salió despacio, con cuidado, y le puso dos dedos en la entrada del coño para que no se le escapara nada.

—Aguantala. Retenela un rato. Que se quede donde tiene que quedarse.

Lorena obedeció, apretando, sintiendo el semen espeso adentro suyo. Él se hincó un momento detrás y le pasó la lengua por el hilo que igual se le escapaba por el muslo, para limpiárselo.

***

El silencio que siguió fue distinto a cualquier silencio que ella conociera. Solo se oía su propia respiración entrecortada y el goteo de la canilla que había quedado abierta. Hernán se separó despacio, se subió el pantalón y se acomodó el cinturón con la misma calma con la que había llegado.

—Buena chica —dijo, casi con ternura, dándole una palmada en la cadera—. Cerrá la canilla antes de que se inunde todo. No quiero que mi hijo encuentre la cocina hecha un desastre. Y no te laves ahí abajo hasta que se duerma. Quiero que te acuestes al lado suyo con mi corrida adentro.

Lorena se enderezó. Se quitó los guantes despacio, dedo por dedo, y los dejó sobre la mesada. Le temblaban las manos, pero ya no de miedo. Miró su reflejo borroso en la puerta del horno: el delantal blanco todavía ceñido y manchado, el pelo revuelto, las mejillas encendidas, los labios hinchados. Sintió el chorro tibio que se le escurría por el interior del muslo y apretó las piernas.

—Vuelvo en un par de semanas —dijo Hernán desde la puerta, recogiendo su maletín—. Tené el delantal listo. Y los guantes.

La puerta se cerró. Lorena se quedó sola en la cocina, escuchando el motor del auto alejándose por la calle. Cerró la canilla. El silencio volvió a llenar la casa, su casa, la que mantenía tan impecable. Esa noche, cuando su marido llegó y la abrazó por detrás con su ternura de siempre y le preguntó si había tenido un buen día, ella sintió el roce familiar de sus manos y, por primera vez, lo encontró insoportablemente suave. Todavía tenía la corrida de su suegro adentro.

—Pasó tu papá —dijo, sin darse vuelta—. Dijo que vuelve en unas semanas.

Y yo lo voy a estar esperando.

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Comentarios(8)

OmarVillaR

que relatazo!!! me dejo sin palabras

Pato_BA

Por favor que haya continuacion, quede con las ganas de saber como termina todo esto entre ellos

Valentina_Rb

Muy bien narrado, se siente tenso desde el principio y no podes soltar el relato. De los mejores que lei aca.

RominaK_Mdq

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años con un familiar político... aunque no tan extrema jaja. Genial como lo contaron!

LeoDelNorte

Como se les ocurrio esto? Tiene demasiados detalles, parece vivido de verdad.

PepitoCba

El suegro salio con todo loco jaja, tremendo personaje ese hombre

NocheMarina

Increible. De los mejores relatos de infidelidad que lei en mucho tiempo, muy bien escrito.

Gaston_lee

Lo que mas me gusto es como se describe esa tension desde el primer momento, esa mezcla de incomodidad y curiosidad esta muy bien lograda. Esperando el proximo con ansias.

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