Dejé que un desconocido sedujera a mi esposa
A Esteban lo conocí en un foro de esos donde la gente escribe lo que nunca se atrevería a decir en voz alta. Hablábamos de fantasías, de límites, de todo lo que mi matrimonio con Marisol había dejado de tener después de ocho años. Una madrugada, sin pensarlo demasiado, le pasé el correo de mi mujer. Solo para charlar, me dije. Mentira. Lo sabía incluso mientras escribía la dirección.
Marisol y yo nos habíamos acomodado en esa rutina cómoda y tibia que tienen los matrimonios que duran. Nos queríamos, no lo dudo, pero el deseo se había ido apagando sin que ninguno se atreviera a decirlo en voz alta. Dormíamos de espaldas, nos besábamos en la frente, hacíamos el amor las noches señaladas y siempre de la misma manera. Yo la miraba a veces, mientras ella leía en el sofá, y me preguntaba en qué momento habíamos dejado de buscarnos.
Al principio se escribían cosas triviales. El clima, el trabajo de ella en una librería del centro, las películas que le gustaban. Yo lo sabía porque Esteban me reenviaba cada mensaje, como si me invitara a un juego cuyas reglas todavía no entendía del todo.
—No te va a costar nada —me escribió una noche—. Tu mujer ya está respondiendo más rápido de lo que crees.
Tenía razón. En cuestión de días, los correos cambiaron de temperatura. Lo que empezó como cortesía se volvió insinuación, y la insinuación se volvió otra cosa. Marisol le contaba cosas que a mí hacía años que no me decía.
—Es difícil —le respondí a Esteban—. Por no decir imposible. La conozco.
Pero él insistía. Conmigo y, sobre todo, con ella. Quería verla. Quería un encuentro, daba igual si yo estaba presente o si ocurría a mis espaldas. Y yo, que debería haber cerrado el correo y borrado todo rastro, me descubría refrescando la bandeja de entrada cada cinco minutos.
Lo peor, o lo mejor, era que yo estaba dispuesto. Si ella aceptaba, yo no iba a interponerme. Es más: la sola idea de imaginarla con otro me dejaba sin aire.
***
Pasaron semanas de tira y afloja. Esteban tanteaba, retrocedía, volvía a insistir. Marisol coqueteaba en los correos pero siempre se frenaba justo antes del sí. Hasta que una tarde de jueves, sin que yo dijera nada, ella me preguntó algo desde la cocina con una naturalidad que me heló.
—¿Tú conoces a un tal Esteban?
Sentí que el suelo se movía. Tardé en contestar.
—¿Por qué? —dije, fingiendo que revisaba el teléfono.
—Por nada —respondió ella, y noté que sonreía sin mirarme—. Curiosidad.
Esa noche no hablamos más del tema, pero algo había cambiado en el aire. Marisol iba caliente. Lo sentí en la forma en que se movía por la casa, en cómo me besó antes de dormir, en la mano que dejó deslizar por mi pecho y que retiró justo cuando empezaba a esperar más. Estaba jugando. Conmigo y con él.
Dos días después me lo confirmó Esteban con un único mensaje: «Aceptó. El sábado, en un hotel del puerto. Tú no vienes.»
Tú no vienes. Lo leí cuatro veces. Y aun así no respondí que no.
***
El sábado fue el día más largo de mi vida. Marisol se arregló como hacía años que no la veía arreglarse para mí. Se puso una falda ancha, de las que vuelan con el viento, una blusa que dejaba adivinar más de lo que mostraba, y un perfume que reconocí de nuestros primeros meses juntos.
—Salgo con las chicas —dijo, plantándome un beso rápido en la comisura de los labios—. No me esperes despierto.
Asentí. No fui capaz de decir nada. La vi salir, subir al coche, y cuando el motor se perdió calle abajo me quedé de pie en el salón, con el corazón latiéndome en la garganta y una mezcla de vergüenza y excitación que no sabía cómo nombrar.
Las horas siguientes fueron una tortura dulce. Me serví un whisky que no llegué a terminar. Encendí el televisor y no vi nada. Miré el teléfono cien veces, esperando un mensaje que no sabía si quería recibir. Imaginaba cosas, todas a la vez: que ella se arrepentía y volvía, que pasaba algo terrible, que en ese mismo instante otro hombre la tocaba como yo había dejado de tocarla. Y lo peor era que esa última imagen, la que debería haberme destrozado, era la que me dejaba sin aliento.
Lo que pasó después lo supe por Esteban, que me lo contó al día siguiente con un detalle obsceno, párrafo a párrafo, como quien narra una película que sabe que el otro habría pagado por ver.
***
Él llegó primero. Pidió la habitación más grande, una con espejos repartidos por las paredes, un jacuzzi junto a la ventana y una cama enorme que ocupaba media estancia. Marisol llegó unos minutos más tarde. Se saludaron con dos besos en la mejilla, como dos conocidos que fingen no saber a qué han ido, y subieron en el ascensor sin tocarse, midiéndose con la mirada.
Nada más cerrar la puerta, la cosa se rompió. Se besaron con una urgencia que no admitía conversación, las lenguas buscándose, las manos perdiendo la timidez. Ella le apoyó la palma sobre el pantalón y notó lo que provocaba. Él deslizó la mano bajo aquella falda ancha y descubrió que no llevaba nada debajo. Marisol había salido de casa así, sabiendo perfectamente lo que iba a pasar.
La tocó sin delicadeza, con los dedos hundiéndose en ella de golpe, y Marisol arqueó la espalda contra la pared. Gimió de una forma que, según Esteban, sonaba a alivio, como si llevara meses esperando exactamente eso. Un placer que, me dijo, ella misma confesó que hacía tiempo no sentía.
Se dejó caer de rodillas. Le desabrochó el pantalón con prisa, lo bajó junto con la ropa interior y lo tomó en la boca antes de que él pudiera decir nada. Lo recorrió entero con la lengua, sin pudor, llevándoselo hasta el fondo de la garganta una y otra vez. Esteban me escribió que tuvo que apoyarse en la cómoda para no perder el equilibrio.
No aguantó mucho así. La levantó, la giró y la puso de cara a la cama, las manos apoyadas en el colchón. Le subió la falda hasta la cintura y la penetró de una sola embestida. Ella estaba tan excitada que no hubo resistencia, solo un gemido largo que se le escapó sin control. Él la sujetó por las caderas y empujó con fuerza, hasta que ambos llegaron casi a la vez, ella mordiéndose el dorso de la mano para no gritar.
***
Se tumbaron en la cama, desnudos por fin, recuperando el aliento entre los espejos que multiplicaban la escena por todas partes. Esteban me contó que se quedaron un rato en silencio, ella con la cabeza sobre su pecho, él acariciándole la espalda, como si fueran amantes de toda la vida y no dos desconocidos que se habían visto por primera vez una hora antes.
Fue Marisol quien rompió la calma. Empezó a acariciarlo despacio mientras lo besaba en el cuello, y cuando notó que él reaccionaba de nuevo, bajó por su cuerpo y volvió a tomarlo en la boca. Esteban me escribió que era buenísima en eso, que pocas veces había sentido algo así. Yo leía cada palabra con la sangre golpeándome en las sienes.
Esta vez fue él quien tomó la iniciativa. La colocó a cuatro patas, le separó las nalgas y jugó con la lengua donde nadie la había tocado nunca, ni siquiera yo. Marisol enterró la cara en la almohada, temblando. Él se tomó su tiempo, lubricándola con paciencia, y cuando por fin la penetró por detrás, ella soltó un grito que él tuvo que ahogar con la mano.
Entró y salió despacio al principio, luego con más decisión, mientras Marisol se aferraba a las sábanas y repetía que no parara. Cuando él terminó, se derrumbaron los dos sobre la cama, sudados, sin palabras.
***
Después se ducharon juntos. Y ahí, bajo el agua, ella aprovechó para arrodillarse una última vez, casi como una despedida, hasta que él no pudo más. No quedó nada sin hacer.
Se vistieron sin prisa. Marisol se recompuso el pelo frente a uno de aquellos espejos, se pintó los labios y se miró un momento, según Esteban, con una sonrisa que él no supo descifrar. Se despidieron con un beso largo en la puerta de la habitación y cada uno se fue por su lado.
Esa noche, cuando llegó a casa, yo fingí estar dormido. Olía a otro hombre, a hotel, a algo que ya no era mío del todo. Se metió en la cama, me pasó un brazo por encima y se durmió enseguida, con una tranquilidad que a mí me quitó el sueño hasta el amanecer.
Al día siguiente recibí el correo de Esteban. Me lo contaba todo con detalle, cada gesto, cada gemido, como si supiera que era exactamente eso lo que yo necesitaba leer. «Cedió del todo —escribió al final—. Y fue maravilloso. En la cama es algo único.»
Le respondí lo único que se me ocurrió, lo único que llevaba semanas guardándome.
—La próxima vez —escribí— quiero estar en esa habitación. Aunque sea para mirar.
Esteban tardó apenas un minuto en contestar. «Eso —puso— habrá que preguntárselo a ella.»
Y por primera vez en mucho tiempo, no supe cuál de los dos llevaba las riendas de mi propio matrimonio.