Mi cuñada usó una excusa para meterse en mi cama
Lucía había llegado a la casa a comienzos del verano, cuando sus padres se embarcaron en un crucero que duraría tres meses. Damián y Carolina la recibieron sin pensarlo demasiado: era la hermana menor de Carolina, recién cumplidos los veinte, y necesitaba un lugar donde quedarse mientras terminaba unos trámites de la facultad.
Lo que ninguno de los tres imaginó fue lo que esa convivencia despertaría bajo el techo del departamento de Rosario.
Carolina salía temprano. Trabajaba en la gerencia de un banco del centro y volvía pasadas las siete, agotada, sin ganas de nada que no fuera la cama. Damián, en cambio, manejaba sus propios horarios: era electricista y muchas tardes las pasaba en casa, esperando el próximo trabajo. Esas tardes, a solas, con Lucía dando vueltas por el living en ropa mínima, se volvieron una tortura silenciosa.
Porque Lucía sabía lo que hacía. De eso estaba seguro. La forma en que se inclinaba para alcanzar algo, la remera fina sin nada debajo, las miradas que le sostenía un segundo de más cuando su hermana no estaba. Él se repetía que era su imaginación, que era la hermana de su mujer, que eso ni siquiera debía cruzarle por la cabeza. Y sin embargo le cruzaba todo el tiempo.
***
Fue una tarde de enero, con el aire pesado y húmedo pegado a la piel. Damián estaba tirado en el sillón con una cerveza, fingiendo interés en un partido. Lucía apareció desde la cocina con un short de jean tan corto que apenas le cubría los muslos y se dejó caer a su lado con un suspiro largo.
—Cuñado —dijo, mordiéndose el labio—, me tenés que ayudar con algo. Me da no sé qué.
—¿Qué pasó? —Damián bajó el volumen sin saber muy bien por qué.
—Me pica todo… ahí abajo. Desde anoche. No sé si me picó un bicho o qué. —Se rascó por encima de la tela, sin pudor, mirándolo de reojo—. Me da vergüenza ir al médico. ¿Vos no podés mirar?
Él se atragantó con el último trago. Esto no está pasando. Pero su cuerpo ya respondía antes que su cabeza: una presión incómoda contra el pantalón, el pulso golpeándole en las sienes.
—Lucía, no me parece…
—Solo mirá. Un segundo. Si es un bicho me decís y listo.
No supo en qué momento dijo que sí. Quizás no lo dijo con palabras. Lucía se levantó apenas del sillón, se bajó el short de un tirón —no llevaba nada debajo— y se sentó de nuevo, abriendo las piernas hacia él.
El aire se le cortó en la garganta. Estaba depilada, la piel un poco enrojecida en los pliegues, y un brillo de humedad que no tenía nada que ver con ninguna picazón. El olor a calor y a piel le llegó de lleno.
—Acá —susurró ella, señalando con un dedo—. ¿Ves algo?
Damián se inclinó. Hizo el gesto de examinar, como si de verdad buscara la marca de un insecto, pero su mano ya no obedecía a la excusa. Apoyó dos dedos en la cara interna del muslo de ella y sintió cómo se le erizaba la piel.
—No veo ningún bicho —dijo con la voz más grave de lo que pretendía—. Está un poco irritada, nada más.
Cuando sus dedos rozaron los labios entreabiertos, Lucía soltó un sonido bajo y empujó las caderas hacia adelante. No se apartó. Al contrario.
—Tocá un poco más —pidió—. Justo ahí me arde.
***
Lo que vino después no tuvo nada de médico. Damián separó los pliegues con el pulgar y la encontró ya resbaladiza, lista. Empezó a recorrerla despacio, de abajo hacia arriba, hasta que el dedo se le hundió sin ningún esfuerzo. Ella arqueó la espalda contra el respaldo del sillón y le clavó las uñas en el antebrazo.
—Así, cuñado, así…
Él la trabajó con la mano, metiendo y sacando el dedo, el pulgar describiendo círculos lentos arriba. Lucía respiraba por la boca, las mejillas encendidas, las caderas siguiendo el ritmo que él marcaba. Cuando le pareció que estaba a punto, Damián se detuvo.
—Vos también tenés que ayudarme a mí —murmuró.
Se desabrochó el pantalón. Lucía se deslizó al piso, se arrodilló entre sus piernas y lo tomó con las dos manos antes de bajar la cabeza. La boca caliente, la lengua recorriéndolo entero, la mano libre perdida entre sus propias piernas. Damián le juntó el pelo en un puño, no para forzarla, sino para verle la cara.
—Mirame mientras lo hacés —le pidió, y ella levantó los ojos sin dejar de chuparlo.
Cuando sintió que se acercaba demasiado, la hizo subir. La sentó a horcajadas sobre él, le levantó la remera de un tirón y le tomó los pechos con las dos manos. Lucía se dejó caer despacio, guiándolo ella misma hacia adentro, y los dos soltaron el aire al mismo tiempo cuando entró hasta el fondo.
Empezó a moverse encima de él, lento al principio, después más hondo, las manos apoyadas en sus hombros para tomar impulso. Damián le mordió el cuello, le bajó las manos a la cintura y la acompañó, levantando las caderas a su encuentro. El sillón crujía. Afuera seguía el ruido del partido que ninguno de los dos escuchaba.
—No pares —jadeó ella contra su oído—. Por favor, no pares ahora.
No paró. La dio vuelta sobre los almohadones, le abrió las piernas y la embistió hasta que la sintió tensarse entera, temblando, la boca abierta en un grito que ella misma ahogó con el dorso de la mano. Damián aguantó dos golpes más y terminó dentro, vaciándose con la frente apoyada en su hombro.
Se quedaron quietos, pegados por el sudor, hasta que la realidad volvió de golpe. Carolina llegaría en un par de horas.
—Gracias por revisarme la picazón —dijo Lucía con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
Damián no contestó. Sabía que acababa de cruzar una línea de la que no había vuelta.
***
La picazón, por supuesto, no se curó. A la mañana siguiente, apenas Carolina cerró la puerta, Lucía apareció en la cocina con una camiseta enorme y nada más.
—Me sigue molestando, cuñado —dijo, apoyándose contra la mesada—. ¿Le das otra mirada?
Esta vez ni siquiera fingieron. Damián dejó la taza de café, la sentó sobre la mesada y le abrió las piernas. Bajó la cabeza y la recorrió con la lengua, sin apuro, atento a cada cosa que la hacía estremecerse: el roce justo arriba, la presión cuando le hundía un dedo, los tirones de pelo cuando se quedaba demasiado tiempo en el mismo punto. Lucía gemía sin importarle los vecinos, los talones clavados en su espalda.
Cuando ella terminó, se bajó de la mesada, lo empujó contra la heladera y se hizo cargo con la boca hasta el final.
Así se instaló la rutina. Cada mañana, en cuanto Carolina salía, había una excusa nueva. Que le dolía la espalda y necesitaba un masaje. Que no entendía cómo funcionaba el termotanque. Que tenía frío, que tenía calor, que se aburría. Cualquier pretexto servía para terminar enredados en el sillón, en la cocina, en el piso del baño.
***
El paso siguiente lo dio ella. Una tarde lo llevó de la mano hasta el dormitorio que Damián compartía con Carolina y se tiró en la cama matrimonial.
—Acá —dijo, palmeando el colchón—. Justo de este lado duerme mi hermana, ¿no?
—Lucía…
—Cogeme pensando en ella. Imaginá que está mirando.
Tendría que haberle dicho que no. En cambio se subió encima. Y fue peor, porque la idea lo prendió fuego: la traición sobre las mismas sábanas, el perfume de su mujer en la almohada mientras se hundía en su hermana. La tomó despacio, saboreando cada centímetro, hasta que el ritmo se volvió imposible de contener.
Esa tarde Lucía quiso más. Se puso en cuatro, miró por encima del hombro y le pidió, con una mezcla de vergüenza y deseo, que probara por atrás. Damián la preparó con paciencia, con saliva y con los dedos, atento a cada gesto de ella, entrando de a poco, deteniéndose cada vez que la sentía tensarse. Cuando por fin lo aceptó entero, Lucía enterró la cara en la almohada y le pidió que no se detuviera por nada.
Terminaron desplomados, sin aire, sobre la cama deshecha. Damián la arregló después con un cuidado casi ridículo, alisando las sábanas, dando vuelta la almohada, borrando cualquier rastro como un ladrón prolijo.
***
El riesgo se volvió parte del juego. En las cenas de los domingos, cuando Carolina cocinaba para los tres, Lucía le pasaba el pie por la pierna por debajo de la mesa, subiendo despacio, mirándolo a los ojos mientras hablaba de cualquier cosa con su hermana. Damián aprendió a sostenerle la mirada a su mujer sin que se le moviera un músculo de la cara.
Hasta que casi los descubre.
Una tarde Carolina volvió antes del banco, con dolor de cabeza. La oyeron entrar cuando estaban en el sillón, Lucía sentada sobre él. Tuvieron diez segundos para vestirse, despeinados, el corazón a mil, fingiendo que miraban televisión cuando Carolina cruzó el living.
—Qué calor que hace —dijo ella, sin sospechar nada, dejando la cartera sobre la mesa.
Esa noche, mientras estaba con su mujer, Damián cerró los ojos y pensó en Lucía. Se odió por hacerlo. Y aun así fue el sexo más intenso que tuvo con Carolina en meses.
***
La convivencia terminó cuando los padres de Lucía volvieron del crucero y ella se mudó de nuevo con ellos. Damián pensó que ahí se cortaba todo, que la distancia y la cordura iban a hacer el trabajo que él no había sido capaz de hacer.
Se equivocó.
Lucía empezó a aparecer con cualquier excusa. Que venía a buscar algo que se había olvidado. Que pasaba a saludar. Que quería ver a su hermana, y se quedaba hasta que Carolina se iba a hacer las compras. Cada visita encontraba su minuto robado: el baño durante una cena familiar, el auto estacionado en el garaje, una habitación vacía en la casa de sus padres mientras la mesa se llenaba de gente del otro lado de la puerta.
—¿Sabés lo peor? —le dijo ella una de esas tardes, todavía agitada, acomodándose la ropa—. Que no me arrepiento de nada.
Damián tampoco. Sabía que aquello era un desastre esperando a estallar, que tarde o temprano alguien iba a atar cabos, que estaba jugando con lo único estable que tenía. Lo sabía cada vez, y cada vez volvía.
Porque al final, se daba cuenta, todo había empezado con una mentira tonta una tarde de verano. Una picazón inventada, una excusa que ninguno de los dos creyó. Y a partir de ahí ya no hubo forma de rascarse las ganas sin volver a buscarse.