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Relatos Ardientes

El masaje que mi cuñado me dio frente a mi marido

El piso del centro de Ginebra olía a nuevo y a dinero. Marcos, de treinta y nueve años, programador en una de las grandes financieras de la ciudad, podía permitírselo sin pestañear. Tenía la coronilla ya despoblada y una barriga blanda que delataba demasiadas horas frente a la pantalla, pero era un hombre bueno hasta lo imposible, inocente en todo lo que no fueran servidores y líneas de código.

Lucía, su mujer de veinticuatro años, era exactamente lo contrario. Caderas anchas, un trasero redondo que se movía solo con cada paso, los pechos altos y firmes, la melena oscura cayéndole por la espalda. Se habían casado hacía seis meses y ella repetía siempre que había sido por amor. Marcos la creía con el corazón entero.

Esa tarde, mientras él trabajaba en su despacho, sonó el teléfono. Era su hermano pequeño.

—Marcos… perdona que te moleste. Terminé la carrera de turismo y quiero probar suerte ahí, en Ginebra. Bares, hoteles, lo que salga. Pero todavía no tengo dónde quedarme.

—Vente ya mismo, Diego —respondió Marcos sin pensarlo dos veces—. El cuarto de invitados es tuyo el tiempo que haga falta. Lucía y yo encantados de echarte una mano.

Diego llegó dos días después, con una mochila y una maleta vieja. A sus veintiún años era alto, casi metro noventa, con un cuerpo trabajado de tanto fútbol y gimnasio, la piel morena y una cara de chico guapo todavía algo tímida. Él y Lucía ya se conocían: ella había sido amiga de la pandilla del pueblo cuando él era el crío que siempre andaba detrás. Se habían tratado mucho, casi como una hermana mayor y su hermano menor.

—Diego, ¡cómo has crecido! —exclamó Lucía nada más verlo entrar, con una sonrisa amplia—. Madre mía, ya eres un hombre hecho y derecho. Ven, dame un abrazo.

Se acercó y lo abrazó con confianza, apretándose contra él un segundo de más. Llevaba un short de algodón tan corto que apenas le cubría la mitad del trasero y una camiseta blanca de tirantes finísima, sin nada debajo. Con el frío del aire acondicionado, los pezones se le marcaban bajo la tela. Marcos sonreía desde la puerta, sin darle la menor importancia.

—Estás en tu casa, hermano. Lo que necesites, lo pides y ya —dijo, dándole una palmada en el hombro.

Desde ese primer instante, Diego no fue capaz de dejar de mirarla. Los ojos se le iban una y otra vez al cuerpo de Lucía, a cómo se movía, a cómo se le adivinaban los pechos bajo la tela y a ese trasero que parecía a punto de escaparse del short.

***

Esa misma tarde, Lucía decidió ponerse con la colada de toda la semana. Se cambió y apareció en el lavadero con una camiseta vieja de Marcos que apenas le tapaba la curva de las nalgas y un tanga negro ridículamente pequeño.

Se arrodilló frente a la lavadora, con la puerta abierta hacia el pasillo. Cada vez que se agachaba para meter la ropa, la camiseta trepaba y le dejaba el culo entero al aire. El hilo del tanga se le perdía entre los glúteos, redondos y firmes, como si la prenda no existiera. Cuando separaba un poco las piernas para alcanzar lo que se le había caído al suelo, quedaba expuesta por completo, la piel suave y sin un solo defecto, brillante por el calor.

Diego salió de su habitación justo en ese momento y se quedó clavado en el pasillo. Tenía vista directa, privilegiada. No apartaba los ojos, devorando cada detalle, cómo se agachaba una y otra vez ofreciéndole sin ningún pudor aquel espectáculo. Sintió que la entrepierna se le tensaba de golpe, dura como una piedra, empujando contra el pantalón de chándal hasta resultar imposible de disimular. Cruzó las manos por delante y apretó los dientes.

Es la mujer de mi hermano. Para ya.

Pero no podía parar de mirar.

***

Al día siguiente fue peor. Lucía se puso a fregar el suelo de la cocina y el salón con una camisola blanca finísima y unos pantalones cortos claros y ajustados. El agua del cubo salpicaba sin parar y, a los pocos minutos, la tela mojada se le pegó al cuerpo como una segunda piel. Los pechos se le transparentaban con todo detalle, los pezones oscuros y duros marcándose contra el algodón empapado.

Fregaba de espaldas a la puerta, agachada, moviendo las caderas en círculos al ritmo de la fregona. Cada vez que se inclinaba, el short se le subía y dejaba ver la mitad de las nalgas y el hilo negro perdido entre ellas.

Diego pasó hacia la nevera y se detuvo en seco. La visión de Lucía toda mojada, con los pechos casi al aire y el trasero marcándose bajo la tela transparente, lo dejó sin aire. Notó que volvía a empalmarse al instante, una dureza pesada que le dolía dentro del pantalón.

Esa tarde, después de ducharse, Diego salió del baño con una toalla blanca enrollada muy baja en la cintura. La toalla era tan corta que dejaba ver la línea de vello bajándole desde el ombligo y marcaba un bulto imposible de ignorar. Caminó hacia la cocina, donde Lucía preparaba la cena. Al verlo, ella abrió un poco más los ojos y soltó una risita nerviosa.

—Joder, Diego… qué bien te queda el agua —dijo, recorriéndolo de arriba abajo sin disimulo—. Has cambiado mucho desde el pueblo, ¿eh?

Marcos, sentado a la mesa con el portátil, levantó la vista apenas un segundo y sonrió, distraído.

—Come lo que quieras, hermano. Estás en tu casa.

Diego se sentó deprisa y cruzó las piernas, pero la toalla se le abrió un instante y Lucía alcanzó a ver el grosor de lo que escondía, descansando contra el muslo. Tragó saliva y volvió la cara a la sartén, las mejillas encendidas.

***

Más tarde, mientras Marcos seguía un rato más en el despacho, Lucía y Diego se quedaron solos en la cocina. Ella lo miró con una sonrisa pícara y le habló bajito.

—Oye… ¿por qué me miras tanto desde que llegaste? Te he pillado varias veces clavándome los ojos. En el culo cuando lavaba la ropa, en las tetas cuando fregaba… ¿Pasa algo, cuñadito?

Diego se puso rojo hasta las orejas.

—Yo… no… es que vas muy cómoda y… joder, Lucía, estás buenísima. No puedo evitarlo. Perdona.

Ella soltó una risa suave y se acercó un paso más.

—Tranquilo… me gusta que me mires. Me hace sentir deseada. Solo que ten cuidado, ¿eh? Marcos es muy confiado, pero no abuses. Aunque… si quieres mirar, mira. No me molesta.

Diego tragó saliva otra vez, la sangre bajándole de golpe.

***

La tercera noche los tres veían una película en el sofá. Lucía, con la camisola fina, se quejó.

—Uf, qué espalda tengo de tanto agacharme hoy…

Estaba sentada entre los dos. Diego, más cómodo ya gracias a la confianza absoluta que le daba su hermano, se atrevió.

—Si quieres te doy un masaje en los hombros. Se me da bien, nada raro.

Lucía miró a Marcos con cara inocente.

—¿Te molesta, amor? Es solo un masaje, me ayuda a relajarme.

Marcos, sin despegar los ojos de la pantalla, contestó con total naturalidad.

—Adelante. Si te alivia, perfecto. Es más… ¿por qué no lo hacéis en el rinconcito de al lado del salón? Compré aceite y unas fragancias hace meses para darte masajes y nunca supe hacerlo bien. Diego tiene mejor mano. Id vosotros, yo me quedo aquí. Desde el sofá os veo y sigo la peli al mismo tiempo.

Lucía sonrió con picardía.

—Ay, qué buena idea, amor. Así estoy más cómoda.

El rincón era un hueco semiabierto pegado al salón, con una camilla, luces tenues y un ventanal que dejaba ver perfectamente desde el sofá. Marcos se acomodó de nuevo, con vista directa.

Lucía se tumbó boca abajo en la camilla. Diego cogió el aceite de vainilla y lavanda del estante y empezó por los hombros, las manos grandes y calientes deslizándose sobre la camisola fina.

—Qué hombros más suaves tienes, cuñada… —murmuró él, ya con doble sentido—. Tan delicados y tan firmes a la vez.

Lucía dejó escapar un gemido contenido.

—Mmm… qué bien aprietas. Tienes fuerza de verdad. No como otros, que nunca me han dado ni un masaje decente…

Marcos rio desde el sofá sin inmutarse.

—Seguid, seguid. Se nota que lo estás disfrutando, amor.

Ella giró un poco la cabeza hacia Diego y bajó la voz, aunque no tanto como para que su marido no la oyera.

—Oye… ¿te acuerdas del otro día, cuando saliste de la ducha con esa toallita tan chica? No te tapaba nada. Se te marcaba todo. Me pusiste muy nerviosa, ¿sabes?

A Diego le temblaron las manos sobre la espalda de ella.

—¿Ah, sí? Yo… yo también estaba incómodo. No sabía que ibas a estar ahí.

Lucía rio bajito y se removió.

—Pues se te veía… grande. Muy grande. Me quedé pensando en eso toda la tarde.

Mientras hablaba, se incorporó un poco y, sin decir nada, se quitó la camisola por la cabeza. Quedó con un top deportivo blanco muy corto que apenas le cubría los pechos.

—Hace calor con el aceite… ¿te importa si me pongo más cómoda? —preguntó con una inocencia fingida que no engañaba a nadie.

Diego respiraba ya más pesado.

—No… para nada. Estás… perfecta así.

Las manos le bajaron por la espalda hasta el borde del top. Lucía suspiró.

—Sigue más abajo… me duele también la cintura. Tienes unas manos tan grandes…

Diego miró de reojo a Marcos, que cada tanto volvía la cabeza, sonreía y regresaba a la película sin decir nada.

—Tu cuerpo es una locura, Lucía… —se atrevió a decir, la voz ronca—. Estas caderas… este culo tan redondo. Eres de las que vuelven loco a cualquiera.

Ella levantó un poco las nalgas.

—Ay, qué pícaro te has puesto de repente. ¿Te gusta mi culo? Pues quítame el short, así llegas mejor… es solo para que masajees más profundo, ¿eh?

Diego obedeció con los dedos temblando. Le bajó el short despacio y la dejó solo en tanga, el hilo negro desapareciendo entre las nalgas.

—Joder… —murmuró.

—¿Ves? Ahora sí llegas a todos lados —dijo ella, mirándolo con los ojos brillantes—. Sigue… aprieta fuerte. Me encanta cómo me tocas.

Poco a poco, mientras Diego repartía el aceite por la espalda baja y rozaba el borde del tanga, Lucía se apoyó sobre los codos, se quitó el top y lo dejó caer al suelo. Las manos de él resbalaban sobre la piel brillante, y ella ya ni fingía que aquello era un masaje.

—Así está mucho mejor… —susurró—. ¿Verdad que sí, cuñadito?

Diego estaba completamente duro otra vez, marcándose contra el pantalón. Volvió a mirar a Marcos, que en ese momento giró la cabeza, los observó un segundo, sonrió distraído y regresó a la televisión como si nada de aquello fuera con él.

Lucía, todavía boca abajo, deslizó disimuladamente una mano entre sus piernas. Los dedos se le colaron bajo el tanga y empezaron a moverse, lentos al principio, después más insistentes. Sus gemidos fueron subiendo, cada vez más roncos.

—Mmm… ahh… sí, justo ahí, Diego… más fuerte…

Él estaba al borde del colapso. La erección le dolía de verdad, tan dura que juraba que con dos roces se correría de inmediato. Apretaba las mandíbulas y seguía amasando la espalda baja de ella, los nudillos rozándole las nalgas, mientras la mano de Lucía se movía cada vez más rápido bajo el hilo negro.

Los gemidos se le volvieron más profundos, casi ahogados. El cuerpo entero le tembló. Se corrió mordiéndose el labio inferior para no gritar, apretando los muslos contra su propia mano mientras la humedad le empapaba los dedos y el tanga. Fue un orgasmo largo y silencioso, pero lo bastante audible como para que Marcos lo oyera todo desde el sofá.

Él volvió la cabeza una vez más, contempló la escena un segundo y regresó a la película sin decir absolutamente nada.

***

Cuando el masaje terminó, Lucía se incorporó despacio, todavía jadeando bajito, las mejillas encendidas y una sonrisa de pura satisfacción. Diego, con la entrepierna palpitándole de dolor, balbuceó que iba un momento al baño.

Se encerró, se bajó el pantalón y, con apenas tres tirones desesperados, explotó contra el lavabo, corriéndose como nunca mientras pensaba en cada centímetro del cuerpo de su cuñada, en su risa, en su «si quieres mirar, mira».

Así terminaba la primera semana bajo el mismo techo.

Y nadie, todavía, imaginaba hasta dónde iba a llegar todo aquello.

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Comentarios (4)

RolandoMza

tremendo relato, me tuvo pegado a la pantalla hasta el final!! muy bueno

CuriosaLola

Que tension se arma desde el primer momento... necesito una segunda parte por favor, no puede quedar asi

PabloK_Salta

Me recordo a una situacion similar en casa de mis suegros jaja, aunque no llego tan lejos. Muy bien escrito, se siente real

Sofito_82

Se nota que esta escrito con mucha tension erotica. Me gusto como construis la situacion poco a poco sin apurarte

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