Mi novio fingía amor mientras me empujaba a otro
Camila se fue del piso de Marco el domingo por la tarde con el cuerpo todavía vibrando y una sonrisa que no se le borraba. El fin de semana había sido intenso, agotador y, sobre todo, mucho más placentero de lo que jamás se había permitido imaginar. No era solo el sexo —aunque eso ya superaba cualquier cosa que hubiera vivido—, era la forma en que él la miraba, la escuchaba, se reía con ella, la abrazaba después como si no quisiera soltarla. Con Marco se sentía vista, deseada, viva. Y eso era justo lo que más la confundía.
Cuando llegó a su alquiler se tiró en la cama sin quitarse la ropa. La culpa ya no pesaba como antes; ahora era una vocecita pequeña y cansada que le recordaba el compromiso con Esteban. Pero esa voz ya casi no le dolía. Lo que sí le dolía era la idea de volver a una relación en la que se sentía más una compañera de piso que una novia.
Se tocó la piel del cuello, donde la noche anterior unos dientes la habían mordido despacio, y sonrió sin querer. Le ardían los muslos, los pechos tenían marcas rosadas de dedos, y aun así el dolor no era malo: era un recordatorio vivo de todo lo que había descubierto sobre sí misma. Suspiró, se levantó y se metió bajo el agua caliente. Le relajó los músculos, pero no los pensamientos.
Esa misma tarde, sobre las seis, Esteban apareció sin avisar. Entró con su llave, como siempre, con una chaqueta color café y esa expresión neutra que casi nunca cambiaba. Llevaba el maletín en una mano y el móvil en la otra, revisando algo en la pantalla antes de levantar la vista.
—Hola —dijo, dejando el maletín en la entrada y dándole un beso seco en los labios—. Pasaba por la zona y pensé en verte un rato.
Camila se levantó del sofá, intentando sonar normal aunque el corazón le había dado un vuelco.
—Hola… pensé que ya no venías.
Él colgó la chaqueta en el perchero y se acercó, pero no se sentó cerca. Dejó un espacio prudente entre los dos, como si fuera una visita formal.
—¿Cómo estás? —preguntó, con tono calmado, casi profesional.
Ella se sentó a su lado, abrazándose las rodillas. Quería hablar. Quería entender por qué todo con él parecía tan tibio, tan distante.
—Esteban… ¿puedo preguntarte algo? —dijo en voz baja.
—Claro. Pregunta.
Camila respiró hondo, jugueteando con el borde de su camiseta.
—A veces siento que estamos más como amigos que como novios. Tu forma de tratarme se siente así, como si faltara algo. Y cuando hablamos es como si estuvieras en otro lado. ¿Pasa algo? ¿Estoy haciendo algo mal?
Lo notó tensarse un segundo: los hombros se le endurecieron, los dedos se apretaron sobre la rodilla. Pero recuperó enseguida su calma habitual.
—No pasa nada —dijo—. Es solo que estoy muy estresado con el trabajo. Ya sabes cómo es la empresa de mi familia: siempre hay algo que resolver. Y tú eres perfecta así, Camila. Me gusta que seas independiente, que no me preguntes cada cosa. Eso me da tranquilidad. No todo el mundo puede darme eso.
Ella frunció el ceño. No era la respuesta que esperaba. Quería sentir que él también necesitaba más, que también la echaba de menos de verdad.
—Pero… ¿no te parece raro? ¿No quieres más cercanía? A veces siento que soy yo la que siempre inicia, y tú solo respondes cuando te busco.
Esteban sonrió de lado, una sonrisa educada y fría que no le llegó a los ojos.
—No te hagas tanto problema. El cariño no siempre tiene que ser físico. A veces es solo estar, saber que la otra persona está ahí. Y tú estás ahí. Eso es lo que valoro.
Camila asintió despacio, aunque no quedó conforme. Algo no encajaba, pero no sabía ponerlo en palabras. No tenía experiencia en relaciones; no sabía si esto era normal o no. Tal vez él simplemente era así: reservado, práctico, poco expresivo. Tal vez era ella la que esperaba demasiado.
—Está bien… —murmuró—. Solo quería saber. A veces me siento un poco sola, nada más.
Él se levantó, se acercó y le dio un beso rápido en la frente, como quien besa a una hermana.
—No te preocupes. Todo está bien. Descansa. Te aviso para la cena con mis padres.
Se fue poco después, dejándola con más dudas que antes. Camila se quedó mirando la puerta cerrada un rato largo. No sospechaba nada concreto. Solo sentía un vacío que no sabía explicar.
***
Al día siguiente, por la tarde, sonó el móvil. Era Marco.
—Hola, pueblerina —dijo él, con la voz cálida y juguetona de siempre.
Camila sonrió a pesar de todo y se sentó en la cama.
—Hola, idiota.
—¿Cómo estás después del finde? ¿El cuerpito te sigue doliendo?
Ella soltó una risa suave, con un calor agradable subiéndole por el pecho.
—Un poco. Pero bien. ¿Y tú?
—Extrañándote ya. No es lo mismo dormir sin que me robes la sábana.
—Mentiroso. El que tira patadas eres tú.
Marco se quedó callado un segundo y luego bajó la voz, más serio.
—Oye… ¿y cuándo quieres más «terapia»?
Camila fingió indignación, aunque se le notaba la sonrisa en la voz.
—¿Terapia? Lo que hacemos es todo menos terapia, Marco. Seré un poco tonta a veces, pero no tanto.
Hubo un silencio breve. Cuando él volvió a hablar, sonaba nervioso de verdad.
—Camila… no eres tonta. Eres increíble. Dulce, curiosa, valiente. Me vuelves loco, y no solo por lo físico. Por cómo eres cuando hablas, cuando te ríes, cuando te quedas callada pensando. No quiero que creas que solo me interesa una cosa. Me importas de verdad.
Ella sintió un calor en el pecho que no esperaba. Se mordió el labio.
—No pienso eso… —susurró—. Tú también me gustas mucho. Más de lo que debería. Mucho más.
Otro silencio, más largo, cargado.
—Entonces… ¿cuándo? —preguntó él, casi tímido.
—Pronto… te aviso. Necesito un par de días para pensar.
—Vale. Cuídate. Y si necesitas hablar, ya sabes dónde estoy.
Se despidieron con cariño. Camila colgó con el corazón latiéndole fuerte y se quedó mirando la pantalla un rato, con una sonrisa pequeña y confusa.
***
Esa misma noche tuvo un arrebato. No podía dormir. Las dudas la ahogaban. Decidió que tenía que terminar con todo: la terapia, Marco, las mentiras. No podía seguir así. Se puso una chaqueta, cogió las llaves y se dirigió al despacho de Aníbal sin avisar. Era tarde, pero sabía que a veces él se quedaba hasta altas horas revisando notas.
Llegó al edificio. La luz del despacho estaba encendida. Subió las escaleras con el corazón en la garganta. Al llegar a la puerta oyó voces. Dos voces. Una era la de Aníbal. La otra no la distinguía bien.
Se acercó a la ventanilla de la puerta con cuidado de no hacer ruido. Iba a marcharse —no quería molestar—, pero entonces oyó su nombre. Se quedó quieta, pegada a la madera, escuchando. Las palabras llegaban amortiguadas por el eco del pasillo, pero eran claras.
—Está funcionando perfecto —decía Aníbal con tono tranquilo—. Está enganchada. Cree que todo esto es por su matrimonio. No sospecha nada.
La otra voz, fría y controlada, respondió:
—Bien. Pero asegúrate de que siga así. Necesito que esté tranquila. Después… ya veremos.
A Camila le fallaron las piernas. Se tapó la boca para no hacer ruido. Hablaban de ella. De un plan. De mantenerla distraída. Con el corazón golpeándole los oídos, se inclinó un poco más y miró por la ventanilla.
Allí estaba Aníbal, sentado en su silla. Y enfrente de él, de espaldas a la puerta, había un hombre al que reconoció al instante.
Esteban.
El mundo se detuvo. No podía respirar, no podía moverse. Retrocedió despacio, temblando, mientras dentro la conversación seguía.
—Ayer pasó algo que no me gustó —dijo Esteban, los dedos tamborileando en el brazo del sillón—. Me abordó con preguntas incómodas. Dice que siente que estamos más como amigos que como novios, que parezco distante.
—¿Y qué le dijiste? —Aníbal encendió un cigarrillo a pesar de la prohibición de fumar allí.
—Lo de siempre. Que estoy estresado, que la empresa familiar es un caos, que ella es perfecta porque es independiente y no pregunta demasiado. Que el cariño no tiene que ser físico. —Hizo una pausa, mirando la ventana oscura—. Se quedó callada. No la convencí del todo. Es ingenua, pero a veces no tanto.
Aníbal soltó una risa baja, exhalando humo.
—Esa es su mejor cualidad. No cuestiona. Solo quiere creer que todo está bien.
Esteban se inclinó hacia delante y bajó la voz.
—Necesito que la convenzas de que lo nuestro es normal. Dile que muchas parejas son así: reservadas, prácticas, sin tanto fuego. Que el verdadero amor es estabilidad, no pasión. Que si espera más es porque la terapia la confundió. Como es tan ingenua, se lo creerá. No quiero que dude justo ahora, tan cerca de la boda.
—No hay problema —asintió Aníbal, apagando el cigarrillo—. En la próxima sesión la llamo aparte. Le hablo de «modelos de pareja saludables», de cómo el amor maduro no necesita demostraciones. Le diré que lo que siente con Marco es solo «exploración controlada», pero que tú eres la base sólida que necesita. Se lo tragará entero. Siempre lo hace.
Esteban se levantó, ajustándose la chaqueta.
—Eso espero. Manténla distraída. Y asegúrate de que Marco no se pase de la raya. No quiero que se enamore de él. Si se complica, dile que ya no lo necesito.
—Tranquilo. Marco acata lo que yo le diga. Y ella solo quiere creer que hace lo correcto.
La puerta trasera se cerró con un clic suave. Aníbal se quedó solo, mirando el espacio vacío.
—Ingenua… y tonta —murmuró para sí, soltando el último hilo de humo hacia el techo.
Fuera, en el pasillo oscuro, Camila ya había desaparecido escaleras abajo, con el corazón en los oídos y las lágrimas quemándole las mejillas.
***
Bajó casi tropezando en el último peldaño. El pasillo estaba apenas iluminado por una bombilla parpadeante que movía las sombras como si la siguieran. No sentía las piernas. Solo un frío que le subía desde el estómago hasta la garganta y le apretaba el pecho hasta doler.
Salió a la calle. El aire de la noche era fresco, pero a ella le pareció helado. Caminó deprisa, sin rumbo, abrazándose la chaqueta. Las calles estaban casi vacías. Sus pasos se aceleraron solos, como si el cuerpo quisiera huir antes de que la mente pudiera procesar.
¿Por qué? La pregunta la golpeaba una y otra vez. Aníbal, el hombre en quien había confiado, el que le había prometido que todo era «por su matrimonio»… hablando con Esteban como si fuera parte de un guion. Hablando de mantenerla distraída hasta la boda.
Se detuvo en una esquina, apoyándose en una farola. Las lágrimas le rodaban silenciosas. Ahora todo encajaba de una forma horrible: las excusas vagas, las noches que llegaba tarde «por trabajo», la distancia educada. No era estrés. Era un plan. La estaba usando.
Pero lo que más le dolía, lo que le rompía algo dentro, era Marco.
Marco, que la hacía reír con sus chistes malos. Que la abrazaba después del sexo como si no quisiera soltarla. Que la había mirado a los ojos para decirle que le importaba de verdad. ¿También él era parte de la mentira? Recordó cómo se había quedado callado solo para escucharla hablar de su pueblo, cómo la había besado despacio. ¿Todo eso era falso? ¿Una herramienta para tenerla «distraída»?
Se sentó en un bordillo y se abrazó las rodillas. La calle estaba fría, pero no la sentía. Solo notaba el hueco del pecho creciendo. Lamentaba haber creído en la terapia, en las palabras cultas sobre «prepararse para el matrimonio». Lamentaba haberse dejado llevar por el placer, por la curiosidad, por la sensación de ser deseada. Lamentaba ser una maldita ingenua.
Pero sobre todo lamentaba a Marco. Porque con Esteban nunca había sentido calor de verdad. Con Marco sí. Y si eso también era mentira, entonces ¿qué quedaba real?
Se levantó despacio, con las piernas temblando, y caminó hacia su piso como si cada metro le costara más que el anterior. En la puerta se quedó parada con la llave en la mano, sin atreverse a entrar. Miró el móvil: tenía un mensaje de Marco de hacía una hora.
Pienso en ti. Descansa, pueblerina.
Lo miró hasta que la pantalla se apagó sola. No respondió.
Entró, cerró con llave y se dejó caer contra la puerta, deslizándose hasta el suelo. No sabía qué hacer. No sabía a quién creer. Solo sabía que, por primera vez en su vida, todo lo que había construido —su compromiso, su confianza, su ilusión de futuro y, sobre todo, sus sentimientos— se había roto en pedazos.
Y que, en el centro de esos pedazos, el dolor más grande no era la traición de Esteban. Era la posibilidad de que Marco también la hubiera usado. Camila se abrazó las rodillas y lloró en silencio, en la oscuridad de su pequeño alquiler, mientras la ciudad seguía su curso ahí fuera, indiferente a todo.