El repartidor que llegó el día después de San Valentín
Renata tenía cuarenta y tres años y un cuerpo que ella misma había aprendido a cuidar como una inversión. Pechos plenos y altos, cintura estrecha que conservaba a fuerza de años de constancia, caderas anchas que marcaban cada paso. El pelo rubio le caía en ondas largas hasta media espalda y los labios, siempre con un rojo oscuro y mate, parecían dibujados para morder. Tenía unos ojos claros que sabían pasar de la dulzura al cálculo en un segundo. Lo único que le faltaba, desde hacía demasiado tiempo, era alguien que supiera mirarla.
Su marido se llamaba Damián y tenía cuarenta y nueve. Un hombre apagado, de barriga blanda y gafas de pasta, que volvía tarde de la oficina, abría una cerveza y se desplomaba en el sofá antes de la cena. El día anterior, catorce de febrero, le había regalado un ramo de rosas tristes del supermercado y una pizza recalentada. A las diez y media ya roncaba boca arriba, con la boca abierta y la barriga al aire.
Esa noche Renata se había puesto un conjunto de lencería negro que aún tenía la etiqueta. Se había perfumado, se había arreglado, se había metido en la cama esperando algo que no llegó. Se quedó mirando el techo, con una rabia caliente subiéndole por dentro, y se prometió que al día siguiente no se quedaría con las ganas.
Amaneció el quince. Damián seguía durmiendo la resaca de la noche anterior, con la persiana bajada y un ronquido grave que se oía desde el pasillo. Renata se levantó a las nueve. Se duchó largo, sin prisa, dejando que el agua caliente le recorriera el cuerpo. Después se untó crema de coco por cada centímetro de piel y eligió un vestido blanco corto, de tirantes finos, casi transparente a contraluz. Nada debajo. Cada vez que se movía, la tela le rozaba la piel y le recordaba lo despierta que estaba.
No tenía un plan. Solo una necesidad que le pesaba en el bajo vientre como una piedra.
A las doce y media sonó el timbre.
Era un paquete. Abrió la puerta despacio, con una sonrisa que ya sabía lo que quería antes de saber a quién encontraría.
El repartidor era nuevo. Lucas, no llegaría a los veinticinco. Alto, delgado pero de hombros anchos, con los brazos marcados de cargar cajas todo el día. El pelo castaño revuelto bajo la gorra azul de la empresa, unas pecas en la nariz y una timidez que se le borró de golpe en cuanto la vio. Sus ojos bajaron sin querer hasta los tirantes del vestido y volvieron a subir, avergonzados.
—Buenos días… traigo un paquete para Renata.
—Soy yo —dijo ella, apoyada en el marco—. Pasa, está lloviznando. No quiero que se moje la caja en la entrada.
Lucas dudó un segundo y entró. Renata cerró la puerta a su espalda, y el clic del pestillo sonó más fuerte de lo que debería en el silencio de la casa. Lo guio hasta la cocina, donde todavía estaban los restos del desayuno y las rosas marchitas del día anterior en un jarrón.
Él dejó el paquete sobre la encimera y se quedó quieto, sin saber qué hacer con las manos. Renata se apoyó enfrente, cruzando los brazos de un modo que no tenía nada de inocente.
—Gracias por traerlo tan rápido. ¿Llevas muchas horas de reparto?
—Desde las siete y media. Día largo. Después de San Valentín la gente pide de todo: regalos atrasados, devoluciones…
Renata soltó una risa baja, casi ronca.
—Ayer fue San Valentín —dijo, mirándolo a los ojos—. Mi marido me regaló rosas baratas y una pizza fría. Se durmió a las diez y media. No me tocó ni un dedo. Llevo veinticuatro horas con esto aquí dentro que no se va.
Se rozó el bajo vientre con la punta de los dedos, apenas un instante. Lucas tragó saliva, y el sonido se oyó en toda la cocina.
—Vaya… eso no está bien.
—No lo sientas por mí. Estoy harta de esperar, nada más. ¿Tú tienes novia, Lucas?
—Sí… más o menos. Anoche discutimos por una tontería.
Renata dio un paso. El espacio entre los dos casi desapareció. Podía oler su colonia mezclada con el sudor limpio del trabajo, y le gustó.
—Mira —dijo, bajando la voz—. No te conozco de nada. Eres un repartidor que ha entrado por casualidad. Mi marido está durmiendo la resaca ahí al lado, no se va a enterar de nada. Si te vas ahora, no pasa absolutamente nada. Pero si te quedas, voy a enseñarte todo lo que él nunca aprendió a hacer. Tú decides.
Lucas respiraba fuerte. La tela del pantalón del uniforme lo delataba sin remedio.
—Me quedo —dijo, con la voz tomada.
Renata sonrió despacio. Se subió a la encimera, abrió las piernas y se levantó el vestido hasta la cintura. Lo miró desde arriba, con una calma que lo encendía más que cualquier prisa.
—Primera lección —murmuró—. Despacio. Arrodíllate.
Él obedeció al instante. Ella le enredó los dedos en el pelo y lo guio sin soltarlo. Lucas bajó la cabeza entre sus muslos y la besó por encima de la tela húmeda de deseo, primero con cuidado, luego con más hambre, mientras Renata abría más las piernas y le hundía los talones en la cintura para obligarlo a quedarse donde ella quería. Cuando apartó la ropa interior a un lado, el aire fresco le sacó un jadeo breve. Lucas vio el coño rosado y ya empapado, brillante por la crema y por su propia excitación, y tragó saliva otra vez antes de pasar la lengua por ahí, lento, de abajo arriba.
—Así —dijo ella, agarrándolo del pelo—. Eso es. No corras. Lámeme toda, no solo el centro. Quiero sentir tu lengua en toda la abertura.
Lucas obedeció con una dedicación casi desesperada, metiendo la lengua, trazando círculos torpes al principio y luego más firmes, explorando los labios hinchados mientras Renata se deshacía encima de la encimera. Ella se retorcía, lo empujaba con la cadera, le apretaba la cabeza contra su coño con una mano y con la otra se tocaba los pechos por encima del vestido, arrugando la tela al ritmo de sus propios gemidos. Cada vez que él daba con el punto exacto, ella soltaba una exhalación temblorosa y lo premiaba con un tirón más fuerte del pelo.
—No pares… justo ahí… la lengua adentro, Lucas… así, joder…
El primer orgasmo le subió como una ola áspera. Le temblaron los muslos, se le arqueó la espalda y se corrió con un gemido ahogado, empapándole la cara y la boca. Lucas siguió lamiendo hasta que ella lo apartó con dos dedos firmes bajo la barbilla.
—Buen chico. Ahora levántate.
Bajó de la encimera y, en el mismo movimiento, se arrodilló ella. Le bajó la cremallera con dedos seguros y sacó su polla al aire, dura, caliente, palpitando contra su mano. La sostuvo un momento, sintiendo el latido, y luego se la llevó a la boca despacio, mirándolo mientras lo hacía. Le gustaba el modo en que él contenía la respiración, el modo en que las manos se le crispaban a los costados sin atreverse a tocarla.
—Segunda lección —dijo, separándose un momento—. Agárrame del pelo. No tengas miedo. Yo te aviso si algo no me gusta.
Él la sujetó, primero con timidez y después con ganas. Renata abrió más la boca y se la metió hasta el fondo, tragándosela en pulsos lentos, humedeciendo el eje entero con movimientos profundos de lengua y garganta. Le gustaba notar cómo la cabeza le rozaba el paladar, cómo la respiración de Lucas se volvía entrecortada y urgente. Se sacó y se volvió a meter, más rápido, más sucia, chupando la punta y luego lamiendo la base, mientras él la sostenía por el pelo con una mano temblorosa que fue perdiendo el miedo poco a poco. Renata sentía el coño ardiéndole otra vez, los muslos mojados, y metió dos dedos en su propia abertura mientras seguía mamándosela, marcando ella misma el ritmo de los dos.
—Así —dijo, con la voz ronca—. Mi marido nunca se atrevió a tanto. Siempre rápido, siempre con miedo. Tú no tengas miedo conmigo.
Lo llevó hasta una de las sillas de la cocina y lo empujó suavemente para que se sentara. Se subió encima, a horcajadas, y alineó la polla con su entrada. Antes de hundirse, se sostuvo de los hombros de él y lo miró con esa mezcla de descaro y hambre que lo tenía ya rendido.
—Mírame —susurró—. Quiero que veas cómo me la metes.
Se dejó caer despacio, milímetro a milímetro, hasta sentirlo entrar entero, llenándola con una presión deliciosa que le arrancó un gemido largo. Lucas abrió mucho los ojos al notar el calor húmedo cerrándose a su alrededor, y Renata se quedó quieta un segundo para disfrutarlo, respirando hondo, con la cabeza echada hacia atrás.
—Joder… —murmuró ella—. Así. Qué bien me entras.
Empezó a moverse con las caderas, en círculos lentos, apretando en cada subida. Subía apenas un poco, dejaba que la punta le raspase por dentro y volvía a bajar, dejándolo entrar hasta el fondo. Lucas le subió las manos por la espalda, le bajó los tirantes del vestido y le amasó las nalgas con fuerza, guiándola para que marcara mejor el vaivén. Renata se inclinó hacia atrás, apoyándose en sus rodillas, y aceleró. La silla crujía, los dos jadeaban, y al fondo seguía el ronquido constante de Damián, ajeno a todo.
—No te calles —le pidió ella—. Dime lo que sientes.
—Estás increíble… estás tan mojada… no sabía que una mujer pudiera apretar así…
—Sí que puedes decirlo más sucio —lo provocó, clavándole las uñas en los hombros—. Di que me estás follando bien. Di que me tienes llena.
Lucas soltó una risa ahogada, casi incrédula, y obedeció con la voz rota.
—Te estoy follando como una bestia… joder, Renata…
—Eso es.
Le pasó las manos por el pecho, le retorció los pezones duros por encima de la tela, y luego se inclinó para morderle el cuello con una crueldad juguetona que lo hizo arquearse. Ella misma se frotaba contra él, apretando el clítoris contra el pubis de Lucas cada vez que bajaba, buscándose el placer con la precisión de quien sabe exactamente qué quiere. Cuando notó que el orgasmo volvía a levantársele en el vientre, cambió el ángulo, echó el torso hacia delante y dejó que él le golpeara la entrada de una forma más profunda.
—Más adentro —jadeó—. Quiero sentirte hasta aquí.
Y se corrió por segunda vez, el cuerpo entero sacudido sobre él, el coño latiéndole alrededor de la polla mientras se aferraba al respaldo de la silla para no caer. Lucas se quedó un segundo sin aire, hipnotizado por la manera en que ella temblaba, por el brillo húmedo entre sus muslos, por el olor a sexo que ya llenaba la cocina.
Renata lo hizo levantarse con un empujón en el pecho. Lo llevó hasta la encimera y lo obligó a apoyarse con las manos, tumbándolo un poco hacia delante. Se subió detrás, le levantó la camisa a tirones y le lamió la espalda, la nuca, los hombros, mientras con la mano le guiaba la polla de nuevo hacia su entrada. Esta vez no tuvo paciencia.
—Última lección —dijo, pegada a su oído—. Ahora sin tanta delicadeza. Agárrame fuerte.
Lucas entró de golpe y Renata gimió contra la madera fría de la encimera. La penetración le arrancó un chillido ahogado, profundo, delicioso; la polla le abrió el coño de una sola embestida y ella respondió arqueando la espalda, ofreciéndose más. Él la sujetó por las caderas con fuerza, y Renata empezó a empujarse hacia atrás para recibirlo mejor, disfrutando del ruido húmedo de cada golpe.
—Más fuerte —le pidió, con los dientes apretados—. ¿Oyes cómo ronca? Hazlo como él nunca ha podido.
—Joder… eres increíble… —jadeó él, sujetándola por las caderas.
Le dio una palmada en la nalga, dudando, y al ver que ella arqueaba la espalda en respuesta, repitió con más decisión. La piel de Renata fue tomando un tono rosado y ella subía el tono con cada impacto, sin importarle ya el ruido. Lucas metía y sacaba la polla cada vez con más hambre, golpeándole el fondo con una precisión que le hacía temblar las piernas. Renata se apoyó en los antebrazos, abrió más el culo, le pidió que no aflojara y se tocó el clítoris al mismo tiempo, frotándolo con dos dedos mientras él la follaba desde atrás como ella había querido desde el principio.
—Así… así… —murmuró entre dientes—. Que me dure mañana al sentarme…
El orgasmo le subió otra vez, más brutal que los anteriores, como una descarga que le aflojó la boca y le tensó todo el vientre. Se corrió con un gemido largo, apretando con fuerza la polla de Lucas dentro del coño, y no dejó de moverse ni un segundo después, obligándolo a seguir hasta que lo sintió temblar también. Él soltó un gruñido, enterró la cara en su espalda y empezó a correrse a pulsos, llenándola por dentro con una corrida caliente que le hizo cerrar los ojos y sonreír de puro placer. Renata se quedó quieta mientras lo sentía vaciarse dentro de ella, disfrutando de la presión espesa del semen, del calor pegajoso que le desbordaba un poco al moverse, de la certeza obscena de tenerlo todavía atrapado en su interior.
Cuando todo terminó, se quedaron un momento quietos, recuperando el aliento, las frentes pegadas. Lucas se reía bajito, todavía aturdido.
—Esto ha sido… no sé ni qué decir.
—No digas nada. Vístete.
Él se subió el pantalón con las manos temblando. Renata se bajó el vestido, se acomodó el pelo frente al reflejo de la puerta de cristal y le dio un último beso, lento, casi cariñoso, con el sabor de su propia piel y de la boca de él todavía entre los labios.
—Si la empresa te manda otra vez por aquí —dijo, abriéndole la puerta—, ya sabes dónde vivo. Aún quedan lecciones.
Lucas salió al rellano con la gorra torcida y una sonrisa que no le cabía en la cara. Renata cerró la puerta y se apoyó en ella, con los ojos cerrados y el cuerpo por fin en calma.
Del dormitorio seguía llegando el ronquido grave de Damián, idéntico al de siempre. No se había movido. No se había enterado de nada.
Renata se acercó a la puerta entreabierta, se quedó un segundo mirándolo dormir, despeinado y ajeno, y sonrió para sí misma. Volvió a la cocina, puso a hervir agua para un café y guardó el paquete sin molestarse en abrirlo. Lo que había venido a buscar esa mañana no estaba dentro de la caja.
Damián jamás lo sabría. O quizás, alguna mañana, empezara a preguntarse por qué su mujer recibía tantos paquetes.





