Mi terapeuta me convenció de engañar a mi novio
Mariana y Damián entraron al despacho del terapeuta con esa mezcla de nervios y urgencia que ya se había vuelto costumbre. Habían pasado pocas semanas desde la primera vez, y desde entonces se veían casi a diario. Mariana inventaba excusas cada vez más elaboradas para Adrián, su prometido: una compañera con la que estudiar, un proyecto en grupo que la tendría ocupada toda la tarde. Y cada vez volvía a casa con las piernas temblorosas y una sonrisa que intentaba esconder.
Néstor los recibió con su calma de siempre, las manos entrelazadas sobre el escritorio. Pero había algo en su mirada, una agudeza que Mariana empezaba a temer y a necesitar al mismo tiempo.
—Cuéntenme —dijo, inclinándose un poco hacia ellos—. ¿Cómo van los avances?
Mariana se mordió el labio y clavó la vista en el suelo. Fue Damián, más entero, quien tomó la palabra.
—Néstor… creemos que ya hemos hecho todo lo que pueden hacer dos personas —dijo, con un tono tranquilo que no terminaba de disimular su ansiedad—. El cariño, la confianza… y también hemos explorado otras cosas.
Mariana se puso roja hasta las orejas. Bajó tanto la cabeza que el pelo le tapó la cara. Le ardía la piel de la vergüenza de que él lo dijera así, en voz alta, delante del terapeuta.
Néstor arqueó una ceja, pero su expresión era de puro entusiasmo profesional.
—¿Todo? —preguntó—. Eso es impresionante. ¿De verdad han llegado tan lejos?
—Mariana ha sido muy valiente —respondió Damián—. Hemos probado cosas que nunca habíamos imaginado. Creo que ya no queda mucho más por practicar.
Mariana quiso que la tragara la tierra. Se cubrió la cara con las manos y murmuró algo que nadie entendió. Néstor, en cambio, se levantó de la silla como si le acabaran de anunciar un premio.
—Esto es extraordinario —exclamó, dando una palmada suave—. De verdad, chicos, me emociona. Mariana, mírame.
Ella levantó la vista con timidez, los ojos brillantes.
—Cuando empezaron, estabas llena de dudas, con miedo de no saber lo suficiente para tu matrimonio. Damián tenía inseguridades que le impedían siquiera acercarse a una mujer. Y ahora me dicen que han alcanzado este nivel de intimidad. Eso es un avance enorme.
Mariana tragó saliva. La palabra le hizo recordar el dolor del principio y el placer abrumador de aquella primera vez con Damián, apenas unos días atrás. Sintió un escalofrío bajarle por la espalda.
—Precisamente porque han avanzado tanto, no podemos parar ahora —continuó él, la voz cada vez más cálida—. Lo que falta es consolidar ese avance. Repetir lo que más te asustó, lo que más los saca de su zona cómoda. El matrimonio no es solo lo bonito. También es saber que pueden enfrentar lo desconocido juntos, sin miedo.
Mariana abrió los ojos como platos.
—¿Lo más extremo…? —susurró, con la voz temblando.
—Exacto. Lo que han hecho hasta ahora es maravilloso, pero el verdadero crecimiento llega cuando uno se atreve a ir más allá. Cuando exploras zonas que al principio parecen prohibidas y descubres que pueden ser fuente de un placer inmenso. Imagínate llegando al altar sabiendo que no hay secretos ni dudas escondidas en la intimidad. Eso es lo que estás construyendo. Es valiente. Es un regalo que te das a ti misma… y a Adrián.
A Mariana se le humedecieron los ojos. No de vergüenza esta vez, sino de algo distinto. Las palabras de Néstor caían como un bálsamo: la culpa, el miedo, el placer, de repente todo parecía tener un sentido, un propósito.
—Tiene razón —murmuró, mientras una lágrima le rodaba por la mejilla—. Quiero llegar sabiendo. Quiero ser una buena esposa.
Néstor sonrió con una ternura que no le llegaba a los ojos.
—Entonces sigan. Practiquen lo más intenso que han hecho. No tengan miedo. Yo estoy aquí para guiarlos.
Damián le apretó la mano. Mariana lo miró y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió solo culpa. Sintió también una especie de orgullo, una determinación nueva.
—¿Ves? —le susurró él al oído cuando salían al pasillo, rodeándole la cintura—. Todo esto tiene sentido. Es por tu futuro.
Ella asintió despacio y apoyó la cabeza en su hombro. Por mi matrimonio, se repitió. Pero mientras bajaban las escaleras, una vocecita cada vez más clara le susurraba que ya no era solo por eso, que en realidad se sentía poderosa. Y por primera vez Mariana no la calló. Solo sonrió.
***
Dentro del despacho, Néstor se quedó acomodando papeles con una sonrisa satisfecha. El silencio duró poco. Desde el cuarto trasero, donde se guardaban archivos, se oyó un crujido y la puerta se abrió despacio.
Un hombre salió de allí. Traje oscuro impecable, expresión fría. No era un paciente. Se acercó al terapeuta con las manos en los bolsillos.
—Sonaste muy convincente —dijo, con voz baja, como quien evalúa una inversión—. Casi me lo creo yo.
Néstor soltó una risa corta y cruzó los brazos.
—Con ella no es difícil. Es ingenua, se traga cualquier cosa si la envuelves en frases bonitas sobre el crecimiento y su futuro matrimonio. Y el chico está tan ansioso que hasta creería que se enamoró de verdad.
El hombre frunció el ceño y se ajustó la corbata.
—No la subestimes. No es tonta, solo ingenua. Cree porque quiere creer, porque necesita una excusa para lo que está haciendo. Es distinto.
—Como quieras —se rió Néstor, apoyándose en el escritorio—. Lo importante es que muerde el anzuelo cada vez.
El hombre dio un paso adelante, endureciendo el gesto.
—No te pago para que te burles de ella. Cíñete al plan. Manténla enganchada, que siga explorando lo «extremo», como le dijiste. Necesito que llegue al punto de no retorno antes de la boda. El chico, enamorado o no, está siendo útil sin saberlo.
Néstor levantó las manos en gesto de rendición, sin borrar del todo la sonrisa.
—Tranquilo. Todo bajo control. Ella seguirá creyendo que es por su bien. Y Damián solo quiere estar con ella. El plan va perfecto.
El hombre asintió una vez, seco, y se giró hacia la puerta.
—Más te vale. No quiero complicaciones.
Desapareció, y Néstor se quedó solo de nuevo. Encendió un cigarrillo que no debería fumar ahí y exhaló el humo hacia el techo con una risa baja, sin saber que la pieza más impredecible de su tablero ya había empezado a moverse sola.
***
Los días siguientes fueron un torbellino de mensajes. Damián, normalmente reservado, se había vuelto insistente. El viernes por la mañana le escribió: quería pasar el fin de semana entero juntos, practicar todo lo que había dicho Néstor, estar perfectos para la próxima sesión.
Mariana leyó el mensaje varias veces, con el corazón latiéndole fuerte. Sabía que significaba mentirle otra vez a Adrián, pero lo justificó rápido. Le mandó un audio con voz dulce y un poco culpable: un trabajo difícil que la tendría ocupada del sábado al domingo, una compensación la semana siguiente. La respuesta de él llegó enseguida, comprensiva, animándola. Mariana sintió una punzada de culpa y la aplastó pensando en lo profesional que estaba siendo.
El viernes por la tarde, con el sol ya bajo, llegó a casa de Damián. Él abrió la puerta descalzo, con una camiseta vieja y un pantalón de chándal que no disimulaba en absoluto su excitación.
—Qué ganas tenía de verte —dijo, y apenas cerró la puerta la apoyó con suavidad contra la pared del recibidor y la besó con hambre.
Ella respondió, aunque lo notó más acelerado de lo habitual.
—Empecemos ya —murmuró él contra su boca—. Pero primero quiero que me la dejes bien dura. Necesito durar mucho esta noche.
Mariana sintió un calor subirle por el cuello. Asintió, extrañamente ansiosa.
Damián se dejó caer en el sofá, se bajó el pantalón hasta los tobillos y abrió las piernas. Estaba ya completamente erecto. Ella se arrodilló entre sus muslos, apoyó las manos en sus rodillas y empezó con lametazos largos desde la base hasta la punta, recogiendo con la lengua cada gota. Él soltó un gemido grave y le acarició el pelo.
—Más saliva —pidió—. Quiero que chorree.
Ella obedeció. Escupió sobre el tronco y vio cómo resbalaba por los lados; luego abrió la boca y se la metió hasta el fondo. Había mejorado mucho: ya casi no tenía que controlar el reflejo. Subía y bajaba con ritmo constante, apretando los labios, dejando que la saliva se acumulara y se derramara por las comisuras.
Damián le sostuvo la cabeza con ambas manos, no para forzarla, sino para marcar el compás.
—Así… qué bien lo haces… —jadeaba—. Voy a correrme… trágatelo todo.
El primer chorro le golpeó el paladar. Mariana cerró los ojos y tragó deprisa, sintiendo el líquido caliente bajar por su garganta mientras él se vaciaba en pulsos largos. Cuando terminó, ella se quedó unos segundos más, limpiando con la lengua hasta el último resto.
—Ahora te toca a ti —dijo él, con los ojos encendidos.
La ayudó a levantarse y la llevó hasta la mesa del comedor. La puso boca arriba, con una pierna apoyada en su hombro, el borde de madera clavándose en sus nalgas. Le separó los muslos y le acarició el sexo con dos dedos, despacio, hasta que ella empezó a humedecerse.
—Despacio —susurró Mariana, la voz todavía temblorosa—. No seas salvaje, ¿vale?
Él se escupió en la palma, se untó y empujó. El glande venció la resistencia con un sonido húmedo.
—Ay… Damián… —gimió ella, las uñas arañándole los brazos.
—Respira… ya está dentro la mitad… —murmuró él, conteniéndose, entrando centímetro a centímetro.
Mariana soltó el aire entre dientes. El cuerpo le pedía cerrarse y abrirse a la vez. Cuando él estuvo del todo dentro, ella dejó escapar un gemido largo y ronco.
—Ya… ya entró mejor… muévete…
Damián empezó con embestidas cortas, dejando que las paredes se acostumbraran. Cada vez que salía, el sexo hacía un pequeño chasquido húmedo; cada vez que entraba, a ella se le escapaba un gritito agudo. El ritmo fue creciendo. La mesa crujía bajo los dos. El sonido de la piel contra la piel se mezclaba con su respiración entrecortada.
—Te voy a follar hasta que te corras otra vez —gruñó él, clavándole los dedos en las caderas—. ¿Me oyes?
—Sí… más fuerte… —pidió ella, sorprendida de sus propias palabras.
Él obedeció. Las embestidas se volvieron profundas, llegando hasta el fondo cada vez. Mariana sentía la presión inmensa llenándole el vientre. Bajó una mano entre sus piernas, encontró el clítoris hinchado y lo frotó con desesperación.
—Me voy a correr… no pares… —jadeó, el cuerpo tensándose.
Las contracciones llegaron casi de golpe. Se cerró como un torno alrededor de él, las piernas temblándole, y si no la hubiera sujetado por las caderas habría resbalado de la mesa. El orgasmo la atravesó como una corriente; gimió largo y ronco, los ojos apretados.
Damián no aguantó más. Con un gruñido se vació dentro de ella en chorros calientes. Empujó hasta exprimirse la última gota y luego salió despacio. Mariana sintió el calor derramándose lento por la cara interna de sus muslos.
Se quedaron tendidos, jadeando, los cuerpos cubiertos de sudor. Él le apartó el pelo de la cara con dedos temblorosos.
—¿Estás bien?
Ella asintió, todavía con la respiración entrecortada.
—Ha estado increíble… —murmuró—. Me duele un poco, pero me ha gustado. Mucho.
—Aún es viernes por la noche —sonrió él, satisfecho—. Tenemos todo el fin de semana para practicar.
Mariana soltó una risa débil, agotada.
—Eres insaciable.
—Y tú —le mordió suavemente el lóbulo de la oreja— estás aprendiendo a disfrutarlo.
Ella no respondió. Cerró los ojos, sintiendo el calor del cuerpo de él pegado al suyo y un palpitar sordo y placentero que aún no se apagaba. Sabía que no iba a dormir mucho ese fin de semana. Y, en el fondo, tampoco quería hacerlo.
Lo que no sabía, mientras se dejaba arrastrar por aquella excusa que ella misma se había contado tantas veces, era que en algún despacho un hombre de traje oscuro contaba los días que faltaban para su boda, convencido de que todo iba según un plan que no era suyo. Pero esa, por ahora, era otra historia.