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Relatos Ardientes

Le pedí a mi esposa que aceptara la invitación

Me llamo Martín y trabajo desde casa, diseñando cosas en una pantalla para clientes que nunca veo en persona. Soy un tipo normal, delgado, nada que llame la atención en la calle. Mi mujer se llama Camila. Nos conocimos en la universidad y llevamos un par de años casados, sin grandes peleas, sin grandes dramas. La clase de matrimonio que cualquiera envidiaría desde afuera.

Pero yo cargaba un secreto. Desde mucho antes de conocerla, me obsesionaban los relatos de hombres que comparten a sus mujeres. Los leía a escondidas, fantaseando con que Camila era la protagonista. Nunca fui celoso: era yo el que le pedía que se vistiera provocativa, el que disfrutaba viéndola coquetear en una fiesta. Pero confesarle la fantasía completa me parecía imposible. Tenía miedo de cómo me miraría después.

Hacía semanas que ella me mostraba los mensajes de un compañero de trabajo. El tipo le tiraba indirectas, la invitaba a su departamento, y ella siempre se reía y se mantenía al margen.

—Es obvio para qué me invita —me dijo una vez—. Si fuera solo para charlar, iría sin problema. Pero no es eso.

Y yo, por dentro, ardía de ganas de que aceptara.

***

Esa tarde ella estaba en un café con sus amigas cuando me llegó su mensaje.

—Otra vez insistiendo con lo de su departamento, no se cansa —escribió, con una captura adjunta.

No sé de dónde saqué el valor. El corazón me latía como un tambor cuando tecleé la respuesta.

—Pero acepta.

Hubo un silencio que se me hizo eterno.

—¿Qué? ¿Sabes que es para llevarme a la cama? —respondió ella.

—Lo sé.

—¿Acaso quieres que otro me toque?

—¿Y si te dijera que sí?

Otro silencio. Después llegó su mensaje, más largo.

—Yo jamás te dejaría estar con otra, Martín.

—No te estoy pidiendo eso. Solo te digo que a mí me excitaría que tú estuvieras con otro. Nunca te lo conté, pero es una de mis fantasías más grandes. Me daba vergüenza.

—¿Vergüenza, conmigo? —contestó—. Nunca me lo habría imaginado. ¿De verdad no te molestaría?

—De verdad. Llevo años pensándolo.

Tardó un rato en responder.

—Mira, hagamos algo. Lo intento, porque sabes que nunca le cierro la puerta a una idea. Pero si no me gusta, me largo y no se repite. Y no quiero que después esto nos traiga problemas. Recuérdalo: la idea la pusiste tú.

—Lo sé. Tranquila, lo tengo más que pensado.

—Está bien. Voy a aceptar la invitación.

Me quedé mirando la pantalla, incrédulo y temblando. Años de fantasía estaban a punto de volverse reales.

***

—Ya me viene a buscar. Te aviso cuando lleguemos —escribió un rato después.

Pasaron quince minutos. «Ya estoy en su departamento», me dijo. Después, nada. Media hora. Una hora. Hora y media de silencio absoluto, con el teléfono ardiéndome en la mano y la imaginación corriendo a mil. Cuando ya empezaba a preocuparme en serio, llegó su mensaje.

—Voy para casa, me lleva él.

—¿Qué pasó? —respondí, ansioso.

—Te cuento en casa.

Veinte minutos después entró, me dio un beso y nos sentamos en el sofá. Yo no podía con la curiosidad.

—Cuenta, cuenta. ¿Qué pasó?

—Pasó exactamente lo que los dos sabíamos que iba a pasar.

—¿Tuviste sexo con él?

—¿No era lo que querías? —dijo ella, y por su sonrisa supe que disfrutaba de mi reacción.

Le tomé la mano y la apoyé sobre mi entrepierna, dura como una piedra. Camila se rio.

—Eres rarísimo. ¿De verdad te gusta saber que estuve con otro?

—Me encanta. Cuéntame todo, con detalles.

Y me lo contó. Cómo charlaron un rato, cómo al principio rechazó el primer beso por reflejo y después se dejó llevar, cómo terminó encima de él con la falda subida. Me describió cada cosa mientras su mano se movía despacio sobre mí, y yo escuchaba como hipnotizado, viviendo la escena que había imaginado tantas noches.

—La verdad —dijo al final—, estuvo rico.

No aguanté más. Terminé con una intensidad que no recordaba desde hacía años, vaciándome por completo.

—Dios, gracias —murmuré, riéndome de mi propio desastre.

—Eres muy raro, mi amor —respondió ella, besándome la frente—. ¿Y de dónde sacaste esta idea?

Entonces le mostré los relatos que leía, las historias de parejas abiertas, de hombres que disfrutaban viendo a sus mujeres con otros. Camila las leyó por encima, fascinada.

—Así que esto te gusta —dijo.

—Hay algo más turbio todavía —me animé—. No solo me gusta imaginarte con otro. También me gusta que me humilles. Que me digas que prefieres a otros, que no sirvo, que soy patético. Es un juego, no me lo tomo en serio, pero me excita muchísimo.

Ella se quedó mirándome y soltó una carcajada.

—Estás completamente loco. Pero me encanta que te hayas abierto conmigo. No debe ser fácil decir algo así.

—No lo es.

—Te amo, Martín. Quiero que estés tranquilo: aunque esté con otros, jamás te voy a dejar. Eres mi hombre.

—Yo te amo más. Gracias por confiar en mí.

***

Durante un par de semanas no volvió a salir con nadie. Se dedicó a ordenar la casa y habilitó un cuarto que teníamos lleno de cajas, lo convirtió en una habitación de visitas que quedó preciosa. Yo pensé que tal vez había sido algo de una sola vez. Hasta que un sábado me dio una sorpresa.

—¿Te acuerdas del cuarto que arreglé? —dijo—. En realidad va a ser el cuarto del sexo.

—¿Cómo?

—Pensé que sería más rico para ti escuchar la acción en directo, no que te la cuente después. Y a mí me excita la idea de que me escuches. Puse una cámara escondida; solo la activo cuando quiero que mires.

—Me gusta cuando das órdenes.

—Entonces ve aprendiendo —se rio—. Voy a bañarme, que tengo visita.

Esa noche se arregló como nunca, se puso una bata corta de seda y esperó. A las diez sonó la bocina de un auto afuera.

—Justo a tiempo —dijo—. Hoy solo vas a escuchar.

—Está bien. Déjate llevar.

Me encerré en nuestra habitación con el oído pegado a la pared. Primero fueron voces apagadas, después el silencio, y luego los sonidos inconfundibles. Los gemidos de Camila empezaron suaves y fueron creciendo hasta llenar la casa entera, mezclados con el golpeteo del cuerpo del otro contra el suyo. La escuchaba gritar de placer, descontrolada, y eso fue demasiado para mí. Me vine como nunca, y seguí duro.

Estuvieron horas. Yo perdí la cuenta de las veces que terminé escuchándola del otro lado del pasillo. Cerca de las cuatro de la madrugada oí la puerta, el auto que arrancaba, y entonces ella entró en nuestro cuarto y me encontró despierto.

—¿Qué haces despierto? —preguntó, riéndose.

—Con esos gritos no dormía nadie en toda la cuadra.

—¿Fui muy escandalosa?

—Sí. Y me encantó.

—Al fin un hombre me trató como me gusta, mientras mi maridito escuchaba desde el cuarto de al lado —dijo, y la crudeza de sus palabras me prendió fuego—. ¿Te gustó?

—Me fascina. Quiero estar contigo, aunque debes estar agotada.

—Nunca estoy cansada para ti. Además, quiero que sientas lo que me dejó dentro.

La acosté sobre mí. Sabía a otro hombre y no me importó. La besé, le tomé las caderas y entré en ella. Estaba tibia por dentro de un modo que me encendió hasta lo imposible, y a los pocos minutos terminé. Caímos rendidos, riéndonos los dos.

—Eres tan raro como yo —dijo ella—. Y me encanta.

***

A partir de ahí, todo cambió. Camila descubrió que le gustaba el juego tanto como a mí. Le tomó el gusto a elegir, a saber que podía tener a quien quisiera. Un par de días después, mientras yo trabajaba en mi oficina de arriba, apareció con una minifalda y me dejó su teléfono con la cámara encendida. Esta vez no solo escuché: la vi.

Verla en la pantalla recibiendo a otro, besándolo, arrodillándose frente a él, fue como mirar una película en la que la protagonista era mi esposa. El tipo la tomó del pelo, la giró, la dobló sobre la cama, y ella respondía a cada cosa pidiendo más. Cuando él terminó, yo ya me había vaciado mirando. A los pocos minutos ella subió, con esa sonrisa de fiera que le estaba conociendo.

—¿Y bien? ¿Te gustó? —dijo.

—Demasiado.

—Todavía no puedo creer que te guste esto. Por cierto, este venía hoy a las diez. El de ahora era otro.

—¿Dos en un día?

—Me diste la libertad y la estoy usando —se rio—. Saber que puedo elegir con quién me acuesto me da un morbo que no te imaginas.

—Por mí, no te detengas.

—Tu esposa, la mala —dijo ella.

—Y tu marido, el que lo disfruta —respondí.

***

Esa noche llegó el segundo. Yo escuchaba desde el cuarto, pero esta vez ella terminó por dejarme verla en persona. Después de horas, cuando el tipo se fue, Camila entró desnuda en la habitación, se inclinó frente al tocador con una mirada que no admitía discusión.

—Maldito raro, ven aquí —me ordenó.

No lo pensé. Me arrodillé detrás de ella y obedecí cada cosa que me pidió, mientras me decía al oído lo poco que servía y cuánto le gustaba que yo aceptara mi lugar. Era el juego que tantas veces había imaginado, hecho realidad hasta el último detalle, y nunca había estado tan excitado en mi vida.

—Ahora termina lo tuyo —dijo al final.

Entré en ella y, de tanta tensión acumulada, no duré ni diez minutos. Ella alcanzó a venirse conmigo, tan encendida como yo. Caímos sobre la cama, deshechos.

—Estoy muerta —se rio.

—Yo estoy en el paraíso.

—Soy tan rara como tú —dijo, acurrucándose—. Me encanta todo esto.

***

Las semanas siguientes fueron una espiral de la que ninguno de los dos quería salir. Camila se volvió más segura, más libre, más dueña de su deseo. A veces me dejaba mirar, a veces solo escuchar, a veces me lo contaba al final con lujo de detalles, y cada modalidad tenía su propio morbo. Yo descubrí que me gustaba todo: ser espectador, ser el último de la noche, ser el que recogía lo que ella decidiera darme.

Una de esas noches, mientras ella se arreglaba frente al espejo para una nueva cita, la abracé por detrás.

—¿Eres feliz? —le pregunté en serio, por primera vez.

—Muchísimo —respondió, mirándome a los ojos en el reflejo—. Nunca me sentí tan deseada. Y nunca te quise tanto como ahora que no te escondes de mí.

—Yo tampoco.

—Espérame despierto —dijo, tomando su bolso—. Tengo una sorpresa preparada para cuando vuelva. Algo que sé que te va a volver loco.

—Ya quiero verlo.

Le abrí la puerta, la vi subirse al auto y desaparecer en la noche. Volví adentro, me dejé caer en el sofá y sonreí solo, con el teléfono en la mano, esperando que en cualquier momento se encendiera la cámara. Lo que había empezado con dos palabras tecleadas a escondidas se había convertido en la vida que ninguno de los dos confesaría jamás en voz alta. Y por nada del mundo querría que fuera distinta.

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Comentarios (4)

CarlosM_Bsas

buenísimo!!! me dejó con ganas de saber cómo terminó todo

Ferchu22

Esas dos palabras dicen todo. Qué situación tan tensa, se siente completamente real.

Natalia_rosario

Y ella aceptó?? Nos tenés en suspenso!! Por favor continualo que no puedo quedarme así

MarcosB_Ros

relato muy bien narrado, breve pero increiblemente intenso

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