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Relatos Ardientes

Mi mejor amigo me pidió que sedujera a su novia

Gonzalo era mi amigo desde el colegio, gestor de cuentas, de esos que cierran un trato sonriendo. Nos conocíamos desde los tres años, crecimos pared con pared. De críos fuimos el blanco de los abusones por nuestro físico: a él lo llamaban el alfiler, flaco como un palo; a mí me pusieron el caballo, y no por la estatura, sino por lo que llevaba entre las piernas. Aquello, en lugar de separarnos, nos soldó para siempre. Yo casi había enterrado esa etapa.

Por trabajo, Gonzalo viajó a mi ciudad y, como apenas pasaría una noche, quedamos para cenar. Una cena entre hermanos, sin grandes novedades, porque no había día que no nos escribiéramos. Nos reímos hasta que se nos saltaron las lágrimas. Nada de trabajo, ni política, ni fútbol. Solo nosotros.

—Bruno, ahora en serio —dijo de pronto, cortando la risa y dejando en el aire una tensión que no me gustó—. En nombre de la amistad, tengo que pedirte un sacrificio.

Pensé que iba a confesarme algo imposible. No me atreví ni a preguntar.

—Vas a ser el segundo en saberlo. Voy a pedirle a Carolina que se case conmigo.

—Esa es una gran noticia —respondí, aliviado—. Se os nota lo enamorados que estáis. Pero ¿qué tiene que ver eso con un sacrificio?

—Necesito que te acuestes con Carolina —dijo, con una calma que me heló.

—A ver, Gonzalo. Eres el hermano que no tuve. Carolina es estupenda, lleváis toda la vida juntos. Esto puede destrozar lo nuestro. Dame algo coherente, porque estoy perdido.

—Recuerda el pasado. Tú eres el caballo, yo el alfiler. Quiero que Carolina pruebe al caballo al menos una vez, para que cuando me diga que sí no le quede ninguna duda, ninguna curiosidad. —Y rematando—: Ella no sabe nada. Tiene que ser una sorpresa.

—Perfecto —ironicé—. Voy a su casa y le suelto: «Hola, Caro, ¿cuándo te viene bien?».

—No seas bestia. Lo tengo todo pensado. Pasará en el Caribe, un encuentro casual, con tus dotes de siempre y mi ayuda. Yo me ocupo de los billetes y del hotel. Solo dime cuándo puedes. Tú llegarás un día antes que nosotros.

Al día siguiente miré mis vacaciones y le di las fechas. Por la mañana un mensajero me trajo un sobre con todo dentro: vuelos y reserva. No había escatimado. Un resort solo para adultos, con spa, piscina serpenteante, salida directa a la playa y, no muy lejos, una cala nudista. Preferí no imaginar qué tenía Gonzalo en la cabeza.

Carolina nunca había sido mi tipo, quizá por ser la novia de mi amigo. Menuda, ojos de un azul muy claro, pecho pequeño, melena castaña hasta los hombros y un trasero redondo que no encajaba con el resto, callada y siempre algo vergonzosa. Pero tenía su punto, eso no podía negarlo.

***

Tuve que volar desde Madrid. El trayecto rondaba las doce horas. A mi lado coincidió un matrimonio: él, junto a la ventanilla con los auriculares puestos; ella, en el pasillo, charlando con sus hermanas, que viajaban repartidas por la fila de atrás. Eran tres, todas de mediana edad, todas de las que te dejan mirando. Y todas, por lo que se les escapaba, iban a mi mismo hotel.

Me hice el dormido. Por el rabillo del ojo leí los mensajes que se cruzaban las hermanas: «Está para comérselo», «Hoy cumplo mi fantasía de hacerlo en un avión». Hablaban en voz baja como si yo no existiera.

La de al lado pidió una manta. El aire iba gélido. Se la echó por encima del regazo, se levantó, fue al aseo y volvió sin sujetador, eso fue evidente. Cuando las luces bajaron y el avión se quedó en penumbra, su marido ya dormía con la cabeza pegada al cristal.

Al rato ella se inclinó hacia mí y mis dedos rozaron algo blando. Era su pecho. No me moví. Pero un dedo se desplazó solo, casi sin querer, y encontró el pezón. Ella no se apartó. Se acercó más. Atrapé el pezón entre dos dedos y lo noté endurecerse mientras su respiración se aceleraba. Se giró de lado, hacia mí, ofreciéndome los dos.

Entonces, sin abrir los ojos, su mano buscó mi bragueta por encima del pantalón. Después tiró de la manta hasta cubrirme las piernas. Bajó la cremallera con una lentitud agónica. El contacto de su piel fue una descarga. Empezó a acariciarme con una destreza que no tenía nada de improvisada; cada movimiento confirmaba que estaba despierta y que su marido, a centímetros, era lo último que le importaba.

De vez en cuando sacaba la mano, se la humedecía con saliva y volvía. No paró hasta que me tensé. Abrió los ojos justo entonces, me miró con un deseo descarado y, cuando me corrí en su mano, su cara fue de pura satisfacción. Me exprimió hasta la última gota y se chupó los dedos sin disimulo. Luego me dio la espalda, se levantó la falda y se cubrió con la manta. Una invitación que no admitía dudas.

El corazón me golpeaba las costillas, mezcla de pánico y de algo animal. Deslicé la mano bajo la manta hasta el calor de su muslo. Ella se tensó, esperando. Aparté la fina tela de su tanga, ya empapada, y mis dedos la encontraron abierta y húmeda. Empecé a moverlos en círculos sobre su clítoris, cada vez más firme, mientras su jadeo luchaba por no escapar.

Sus caderas empujaban contra mi mano. Metí un dedo, luego otro, deslizándome con una facilidad que hablaba por ella. La manta bailaba al ritmo de mi muñeca, un secreto a trece mil metros. De pronto su cuerpo se arqueó, sus uñas se clavaron en mi muslo a través del pantalón y una oleada de calor recorrió mi mano mientras se contraía en espasmos. Después se desplomó contra el asiento con un suspiro largo y tembloroso.

Retiré la mano. Ella se giró un instante, me miró con una gratitud que casi dolía, se arregló la ropa y, esta vez sí, se durmió de verdad. Yo no pude. Tuve que ir al aseo a limpiarme. El plan de Gonzalo me parecía ahora un juego de niños. Acababa de vivir algo real, salvaje y prohibido. Y una parte de mí supo que el Caribe no iba a ser solo arena y sol.

***

Al aterrizar, ella bajó del brazo de su marido con una sonrisa angelical, la misma con la que se había chupado los dedos horas antes. Al recoger los bolsos nuestras manos se rozaron. Ni una palabra, solo una mirada que decía «esto fue nuestro». Nunca supe su nombre.

Un coche del resort me esperaba. La suite tenía suelos de mármol, una cama enorme y un balcón privado abierto al mar, de un azul que dolía. Me duché, me cambié y salí a explorar. Acabé en el bar de la playa, pedí un combinado y, por fin, empecé a relajarme.

Y entonces la vi. De pie junto a una palmera, hablando por teléfono, con un vestido de lino blanco que se le pegaba al cuerpo. Era una de las hermanas del avión. Colgó, recorrió la barra con la mirada y, al encontrarme, sonrió despacio. No era sorpresa: era la sonrisa de quien acaba de localizar a su presa.

Se sentó en el taburete de al lado.

—Vaya sorpresa —dijo, con una voz más melódica de lo que imaginaba—. Qué pequeño es el mundo.

—Pequeñísimo —respondí.

—Mis hermanas y sus maridos se han echado la siesta. Yo prefiero explorar.

—Explorar es buena idea.

Se inclinó. Su perfume, jazmín y sal, me envolvió. Su mano se posó en mi muslo.

—Y sé exactamente lo que quiero ver. ¿Tu habitación tiene buenas vistas?

El plan de Gonzalo, Carolina, el «sacrificio»: todo se evaporó. Lo único real era el calor de su mano.

—La vista es aceptable —dije, con la voz más ronca de lo que esperaba—. Pero el interior es mucho más interesante.

Caminamos hasta mi puerta sin decirnos nada, con el mar de banda sonora. Apenas cerré, ella se bajó la cremallera del vestido y la tela cayó a sus pies. No llevaba nada debajo. Piel dorada, pechos pequeños y firmes, pezones oscuros.

—Soy Lucía —dijo.

—Bruno.

Se arrodilló sin dejar de mirarme, me bajó la ropa y me rodeó con la mano. En el avión nos protegía una manta; aquí estábamos a salvo. Se la metió en la boca, lenta al principio, saboreándome, luego más rápido, una mano en la base, la otra en mis testículos. La del avión era profesional; Lucía era una artista.

Cuando sentí que me acercaba al límite, la levanté y la besé. La llevé a la cama, me arrodillé entre sus piernas y la recorrí con la boca hasta que sus manos se enredaron en mi pelo. La lamí escuchando cada uno de sus gemidos, cada contracción de sus caderas.

—Hazlo —susurró.

Entré de un solo golpe. Cálida, estrecha, ajustada a mí como hecha a medida. Empecé lento, sintiendo cada centímetro, luego más fuerte. Sus piernas se enroscaron en mi espalda. La giré y la puse a cuatro patas, viéndome desaparecer dentro de ella. La follé con una ferocidad que no me conocía, descargando toda la tensión del vuelo. Cuando sus espasmos la sacudieron y gritó contra la almohada, me corrí dentro de ella en un torrente que parecía no acabar.

Caímos exhaustos, jadeando, mientras el sol teñía el cielo de naranja.

—Yo diría que la vista es excelente —dijo Lucía con la voz ronca.

Me reí, libre por primera vez. Pero enseguida llegó el pánico: al día siguiente aterrizaban Gonzalo y Carolina. Y mi circo estaba a punto de empezar.

***

Por la tarde recibí el aviso. «Ya estamos aquí, el hotel es una pasada. Pero ni una palabra, que hace siglos que no nos vemos.» Qué actor. Quedamos como si nada en la piscina principal, para sostener la ficción de la casualidad.

—Bruno, ¿eres tú? —Abrí los ojos y allí estaba Carolina, recortada contra el sol, en un biquini diminuto. El pecho, pequeño, lo llevaba erguido; pero mi atención fue directa a su trasero, redondo, apretado, hecho para agarrarse.

La abracé con un gesto fraternal que se sintió como una mentira. Gonzalo apareció detrás de un seto y me estrujó con palmadas que sonaron más a orden que a saludo.

—¡Hermano! ¡Te dije, Caro, que lo encontraríamos! Qué suerte.

La suerte. Qué palabra más estúpida. Nos sentamos y, mientras él hablaba sin parar, yo no podía dejar de mirarla. No como a la novia de mi amigo, sino como a la mujer que era. El alfiler, el moralista que jamás se había atrevido a ciertos territorios, me pedía a mí, el caballo, que se los abriera. Y ella, con su cara dulce, no tenía ni idea de que era el premio de un juego perverso.

Esa noche cenamos los tres. Cada vez que Carolina se reía de uno de mis chistes, Gonzalo me lanzaba una mirada cómplice. En el postre se fue al baño y me llegó un mensaje suyo: «Empieza ya, está relajada». Le respondí con rabia contenida: «No se trata de lanzarse como un salvaje. Hay que crear el ambiente». «Tienes razón, perdona. Las habitaciones son contiguas, la 408 y la 410. Y por las terrazas se escucha todo. Deja la puerta entornada y sabrás cuándo estoy dormido.»

Sentí un escalofrío. No solo me empujaba a traicionarlo: me convertía en espía de su propia relación.

***

Entré en mi suite, la 410, y salí a la terraza. Por los listones de madera de la barandilla se oía absolutamente todo lo que pasaba al lado. Me serví un whisky y esperé la señal, convertido en el monstruo que Gonzalo había creado. Pero entonces sus voces dejaron de ser susurros.

—Gonzalo, ¿estás loco? —La voz de Carolina, temblorosa pero firme—. ¿Quieres que me lie con tu mejor amigo? ¿Es para cortar conmigo?

—No quiero cortar. ¡Te voy a pedir matrimonio! Pero pienso en lo que no has vivido. Tú solo has estado conmigo. Quiero que no te quede ninguna curiosidad.

—¿Y eso qué tiene que ver con Bruno?

—Porque él es diferente. ¿Recuerdas lo del caballo y el alfiler? Te mentí en parte. A él lo llamaban así por su polla, Caro. No es normal. Quiero que la pruebes, para que cuando te quedes conmigo sea por amor, no por ignorancia.

Vacié el vaso de un trago. El cabrón.

—¿Y qué tengo que hacer? —La voz de ella ya no era de enfado, sino de una curiosidad morbosa.

—Tienes que seducirlo tú. Él jamás se atrevería si no le das la luz verde. Así no hay traición, es un regalo que me haces.

—Es lo más loco y excitante que he oído nunca —dijo Carolina, y distinguí en su voz un temblor que no era miedo, era adrenalina—. Es enfermizo. Pero una parte de mí quiere hacerlo.

—¿Lo harás?

—No lo sé. Me da miedo que me guste demasiado.

El diálogo siguió casi una hora. Ella no se comprometió a nada, pero dejó de decir que no. La tímida Carolina se estaba convirtiendo en cómplice, intrigada y excitada. Y yo, al otro lado de la pared, había dejado de ser el cazador designado. Me había convertido en el trofeo. Por primera vez sentí miedo de verdad: la bestia que ahora quería cazar era yo.

***

Al día siguiente, tras un desayuno en falsa armonía, fuimos a la playa. Gonzalo se quedó tostándose en la arena y Carolina y yo nos metimos en el agua. Una ola la pilló por sorpresa y, cuando volví a tenerla cerca, la sujeté con más fuerza de la necesaria. No fue un rescate. Fue una declaración. En lugar de apartarse, se apretó contra mí.

—Me agarraste como si no pesara nada —susurró.

—Es que no pesas nada —respondí, deslizando las manos por su espalda hasta el biquini mojado—. Y con estas olas hay que sujetarse bien a lo que importa.

—¿Y qué es lo que importa? —me retó, con una mano en mi pecho.

Le incliné la cabeza hacia la mía, los labios a un punto de tocarse.

—Lo que importa es que Gonzalo, ahí en la arena, se aburre. Y nosotros nos estamos divirtiendo.

Su mano bajó de mi pecho a mi abdomen, deteniéndose justo en el borde del bañador. No solo seguía el juego: lo estaba dirigiendo.

—Nos está mirando —dijo, no como advertencia, sino como un hecho que la excitaba.

—Que mire —respondí—. Es el principio de su lección.

Mis dedos encontraron la cuerda de su biquini y jugaron con ella sin desatarla.

—Carolina —susurré, grave y directo—, cuando sea, vas a cumplir mi palabra. ¿Me entiendes?

Levantó la vista. Sus ojos azules ardían en una mezcla de sumisión y deseo. Asintió despacio, sin apartar la mirada.

—Sí —fue todo lo que dijo.

Y bajo el agua, lejos de la arena donde mi mejor amigo nos espiaba creyendo dirigirlo todo, supe que el verdadero juego apenas empezaba. Solo que ya nadie sabía quién movía las piezas.

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Comentarios (5)

Andres66

tremendo relato!! no lo pude soltar hasta el final

RubiaCuriosa

Por favor que haya segunda parte, me quede colgada con la historia jaja. Que situacion mas loca

NochesCBA

Me sorprendio bastante el giro que tiene, no me lo esperaba para nada. Muy bien escrito la verdad

Gonzalo_rdc

jaja ese pedido del amigo es de otro mundo eh, tremendo. sigue subiendo relatos!

FitLectora

que bueno encontrar relatos con esta tension psicologica ademas de lo erotico. Me gusto muchisimo, de los mejores que lei aca

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