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Relatos Ardientes

Lo que mi suegro me propuso cambió todo entre nosotros

Damián guardó las cosas en la taquilla y se fue directo a la zona de máquinas. Se subió a la bicicleta estática y arrancó con una cadencia lenta, calentando los músculos sin prisa. Un buen rato después pedaleaba a pleno pulmón, secándose el sudor con la toalla pequeña y bebiendo a sorbos cortos para reponer líquido.

Miró el reloj y decidió que ya había tenido suficiente. Se bajó dispuesto a darse una ducha y hacer un par de largos en la piscina. De camino a los baños se cruzó con una mujer madura en bañador que iba hacia la sauna. La siguió con la mirada igual que un búho sigue a su presa.

Las redondeces de aquella mujer resaltaban bajo la prenda mojada que apenas tapaba lo más interesante. Con cada paso, sus caderas se movían con una carne firme y trémula. El bañador empapado se le pegaba a la piel, todavía húmeda del chorro de la pared contigua. Le sorprendió lo mucho que se parecía a Marisol.

¿Cómo se vería ella con ese bañador? O, mejor, sin él.

La vio desaparecer tras la puerta de la sauna y se quedó plantado en mitad del corredor, con la vista clavada. Chasqueó la lengua y, tras unos segundos de duda, avanzó hacia las duchas y se colocó bajo el agua fresca. No conseguía dejar de mirar hacia la sauna.

La puerta de madera volvió a abrirse y él se coló dentro, alto y bien formado. La mujer, que ya empezaba a sudar por el calor asfixiante, le dedicó apenas una mirada.

—¿Se puede? —preguntó, como si necesitara permiso.

En realidad solo buscaba una excusa para iniciar el contacto. Ella, desconcertada por una pregunta tan obvia, se encogió de hombros y señaló con los ojos el banco vacío. Damián asintió, como si hubiera esperado esa aprobación, y se sentó en el mismo escalón que ella, pero en el extremo opuesto.

Los dos miraban en silencio a través del enorme cristal frontal que daba a la piscina y a los jacuzzis. Al ser un cristal tintado, podían ver sin ser vistos a quienes usaban las instalaciones. Una rubia espectacular, de pechos imponentes, cruzó de lado a lado con un bikini diminuto que le ajustaba como un guante.

Todos en el gimnasio la llamaban «la extranjera». Damián nunca había hablado con ella, pero no por eso deseaba menos que los demás recorrer ese cuerpo con la lengua.

Cuando la rubia salió de su campo de visión, la mujer giró apenas la cara hacia él, estudiándolo de reojo. Damián ya había previsto ese gesto, así que lo que ella encontró fue el rostro impertérrito del muchacho, mirando con calculado interés hacia donde había desaparecido la otra.

Y entonces ocurrió lo que tantas veces había observado y que necesitaba volver a comprobar: la verdadera razón por la que había entrado allí detrás de aquella madura.

Con movimientos discretos, la mujer se recompuso los pechos dentro del bañador, alzándolos un poco. Acto seguido, sutilmente, se quitó la goma del pelo y se atusó la melena.

Damián, sonriendo por dentro, fingió no enterarse.

Os morís porque os vean guapas y deseables por muy casadas que estéis. Aunque solo sea por la envidia que os tenéis entre vosotras.

La mujer lanzó una última mirada de comprobación. Él guardó el gesto y, sin decir nada más, abandonó la sauna camino de los vestuarios. Menos de media hora después salía del gimnasio en dirección a casa de Lucía, duchado, relajado y con una misión clara en la cabeza.

***

Después de subir los cinco pisos, llamó a la puerta con cierto nerviosismo. Lucía no llegaría hasta dentro de una hora, así que tenía tiempo de sobra para aclarar ciertas cosas con su madre.

—¡Damián! —se sorprendió Marisol—. Lucía no está. ¿Habíais quedado?

Pero él no había ido a dar explicaciones.

—¿Por qué se lo contaste a Gerardo? Lo de nuestra conversación.

La mujer, que no esperaba esa entrada, quedó descolocada un instante. Después cruzó los brazos y apoyó el hombro en el marco.

—Es lo que hacen las buenas personas con sus parejas —rebatió—. Se llama fidelidad y confianza.

—Y una mierda. Lo hiciste para fastidiarme.

—Lo hice porque es lo que debía hacer. Soy la madre de tu novia —le recordó.

—Y yo el novio de tu hija.

—Que no te mereces —siseó—. Pensaba que eras un buen chico. Formal, estudioso, hasta algo tímido. —Lo miró fijamente—. Pero me equivoqué. Solo eres otro de esos que ven un trozo de carne en una mujer. Un instrumento para su placer egoísta.

—Te equivocas, Marisol. Te aseguro que quiero a Lucía —dijo enarcando las cejas.

—A tu manera, sí. Retorcida y egoísta. No dudo que serías capaz de grandes cosas por no perderla, por no quedarte sin tu trofeo. Pero en el fondo… lo que llevas dentro… —hizo una pausa, buscando las palabras exactas— hay algo turbio. Un veneno que te vuelve peligroso.

—¿Y tú? —atacó él—. Bien que te quedaste allí mirando.

—Yo no…

—Tú sí —cortó—. Me comportaba como un cerdo con tu hija y, mientras tanto, ¿qué hiciste? Podrías haberme echado la bronca, podrías haberte ido. En cambio te quedaste espiando. Disfrutando del espectáculo.

—No te estaba espiando —contestó, conteniéndose para no poner los ojos en blanco—. Y estás volviendo a ponerte impertinente.

El volumen seguía bajo, acorde con la calma que ella no quería perder.

—Y tú una hipócrita. Le cuentas lo mío pero te callas lo que hiciste tú.

—Te he dicho que yo no… —Se llevó dos dedos al puente de la nariz, intentando aguantar. Respiró hondo dos veces antes de volver a atacar—. Me quedé paralizada cuando os vi. Decías cosas horribles que me impedían reaccionar.

—Venga ya, eran las típicas tonterías que se sueltan sin filtro en lo más alto del orgasmo. No me dirás que tú nunca has hablado así cuando Gerardo y tú estáis en lo vuestro.

—No ese tipo de cosas —zanjó ella, ya en un susurro, atenta a que ningún vecino los oyera—. Parecías un depravado.

—Porque estaba fuera de mí. Ya te lo dije.

—No lo estabas la tarde que hablamos, y repetiste lo mismo. —Endureció la voz—. Me dijiste que era a mí a quien querías.

—¡Te lo confesé! —rebatió en el mismo tono contenido—. Me suplicaste sinceridad, ¿recuerdas? Y eso hice: ser sincero contigo, decirte la verdad tal como me la pediste. En confianza.

Marisol se quedó muda. Eso no se lo esperaba. El gesto enfadado de Damián fue mutando en uno de lástima.

—Quiero a Lucía y quiero estar con ella —protestó él—. Lo que te dije fueron las mismas fantasías de cualquiera. Me abrí en canal y las repetí, me expuse ante ti, revelándote algo que de otro modo nunca habrías sabido. Era una fantasía, joder, solo eso. Y te lo dije en confianza.

Ella seguía dudando. A duras penas sostenía la mirada. Quizá se había excedido juzgando a su yerno.

—Venga, Marisol, todos cargamos basura en la cabeza que no contaríamos ni borrachos. Fantasías vergonzosas que no queremos que nadie conozca. Yo te confesé las mías, pero sabes que jamás haría nada para perjudicarte, y menos a Lucía.

Dio un paso y bajó aún más la voz.

—¿Sabes cómo me hace sentir que ahora Gerardo crea que soy un degenerado?

Marisol cerró los ojos, apesadumbrada. A esas alturas ya no sabía cómo sentirse.

—Me has complicado la vida —se quejó él—. Y me la vas a complicar con Lucía.

Ella abrió la boca para responder cuando, de pronto, una mano apareció por el borde de la puerta y esta empezó a abrirse. La figura tras ella fue revelándose poco a poco.

—Damián —dijo Gerardo con su vozarrón, una vez que la puerta quedó abierta del todo.

El muchacho se quedó helado, con la boca a medio abrir, mirando a uno y a otra alternativamente, preguntándose qué hacía allí el marido.

¿Estaba en casa? Joder.

—Gerardo, cariño —lo recibió Marisol, nerviosa—. El chico venía a buscar a Lucía. Le decía que no está. Ya se iba.

El hombre no apartó la vista del chaval, como si sopesara algo. Damián se preguntó cuánto habría oído de la conversación, si es que había oído algo.

—Puede esperarla dentro. No creo que tarde —dijo Gerardo, y se hizo a un lado dejando sitio para que pasara.

—No, si yo ya me iba —consiguió decir él.

Pero el otro no reaccionó. Mantuvo la puerta abierta, con el brazo extendido, sin retirar la invitación. Marisol, con la vista baja, se refugió en el salón huyendo de la escena, y Damián terminó siguiéndola para no parecer descortés.

Ocupó un sillón junto al sofá donde se había sentado ella. Gerardo, tras sus pasos, se acomodó al lado de su mujer.

Lo primero que se notó fue lo incómodo del silencio. A eso siguió el no saber qué decir. Nunca había deseado con tantas ganas que le ofrecieran un té; al menos así podría entretenerse removiendo la cucharilla.

—¿Y… —tomó la palabra al fin Gerardo— de qué hablabais? Llevabais un buen rato en la puerta.

Damián abrió los ojos de par en par, pero no se atrevió a contestar. Dejó que fuera Marisol quien tomara la iniciativa.

—Me pedía perdón por la conversación del otro día —dijo ella.

Al joven casi se le cae la mandíbula. ¿Pero qué le pasa a esta mujer? Su suegra tenía la insana costumbre de hablar sin filtro con su marido.

—Ah, eso. —Gerardo se rascó la barbilla—. Lo de que la querías para ti. A mi mujer.

Marisol le puso una mano en el antebrazo, nerviosa. A Damián casi se le para el corazón.

—E… era en broma. Ya le dije que no lo pensaba en serio.

Gerardo frunció el ceño.

—Pero dijiste que te gustaba. Me lo confesaste el día que hablamos en la cocina.

—No, a ver, lo que dije… lo que quise decir… —Había envejecido varios años de golpe. El hombre, corpulento y de voz grave, lo miraba con unos ojos que parecían querer atravesarle la carne. Intentó tragar saliva y no pudo.

—Cariño… —empezó Marisol. Su marido no le hizo caso.

—Lo dijiste, ¿no? Que te gustaba. Que Marisol es una mujer atractiva.

El labio de Damián temblaba. Gerardo debía haber escuchado todo tras la puerta y no iba a permitir que un mequetrefe intimidara a su esposa.

—Gerardo. —Esta vez la llamada de Marisol era de atención. Le había puesto una mano en la rodilla.

Él cubrió esa mano con la suya para tranquilizarla.

—Está bien, no pasa nada. —Volvió a mirar al joven, instándolo a responder.

Damián miraba a uno y a otra sin saber cuál era la respuesta correcta. Si aquel grandullón perdía los nervios, le dejaría las dos cejas en el mismo sitio.

—Bueno… sí, claro que lo dije, pero… me refería a que ella conserva mucho de su belleza… a su edad. —Tragó saliva—. ¿No?

—Y por eso quieres acostarte con ella. Porque, a su edad, piensas que es una mujer a la que podrías hacer disfrutar como nadie.

—¿Cómo? ¿Yo? ¿Yo dije eso?

Damián interrogaba a Marisol con la mirada, pero ella había bajado la vista al suelo. ¿Cuánto se ha ido de la lengua?

—¿Es cierto o no? —insistía el marido.

—Gerardo, a ver, ya te expliqué que todo aquello no lo pensaba de verdad. Que en aquel momento…

—En aquel momento no eras dueño de ti —cortó—, cierto. Pero luego, en el día a día, tienes fantasías con ella, ¿verdad?

—¿Eh? Yo… a ver…

—Gerardo, cariño… —intervino su mujer otra vez, intentando frenar aquella conversación bochornosa. Él la calló con una caída de ojos.

—Déjale que se explique. Solo quiero saber si es verdad.

Se giró hacia Damián y clavó los ojos en él.

—Dime, ¿la deseas? ¿La harías disfrutar hasta hacerle perder el sentido?

—Yo… yo no…

—¡Basta! —gritó Marisol—. Basta ya. Déjalo. Te he dicho mil veces que no quiero. No necesito esto. Y menos con él.

—¿Por qué no? —dijo su marido, dolido—. Es joven y te parece guapo. —Entornó las cejas—. Y no va a decir nada.

—¡Porque no! —chilló ella—. Porque es un crío, porque está mal y porque es el novio de mi hija. —Sollozó—. ¿Es que no lo entiendes? Estamos juntos los dos. Para lo bueno y para lo malo.

Damián abrió la boca de par en par. ¿De qué demonios están hablando?

Gerardo apoyó la frente contra la de ella y le acarició la cara con una dulzura extrema.

—Por favor —insistió, en un tono casi de súplica.

—Mi amor —moqueó Marisol entre lágrimas—, sabes que te quiero con locura, todo entero.

—Y por eso te apagas un poco más cada día. ¿Sabes lo que me duele verte así? ¿Lo que sufro al verte sufrir?

—No digas eso. Te tengo a ti. Sabes que te quiero por encima de todo.

—Y yo a ti. Pero no dejo de culparme por no poder darte lo que mereces.

—Calla, bobo —dijo entre lágrimas—. Tú me lo das todo.

—Todo no, Marisol.

Volvió a girarse hacia Damián.

—Contesta, ¿serías capaz?

Ella le tomó la cara y la giró de nuevo hacia sí.

—Gerardo, por favor. Ya he tomado una decisión.

—Solo quiero verte sonreír una vez más. Aunque no sea conmigo.

Ella le puso la mano en la boca para que no siguiera y, acto seguido, lo besó.

A esas alturas Damián no decía ni mu. Inmóvil, como si así pudiera volverse invisible. Aquello era rarísimo. ¿Gerardo consintiendo? Quizá tenía algún problema que le impedía satisfacer a su mujer. Por eso aquella cara de vinagre y por eso la pena de ella. Los vio abrazarse entre lágrimas, también las de él. Aquel hombre de casi dos metros y espaldas de armario ya no parecía un toro a punto de embestirlo.

Marisol se secó las lágrimas y se dirigió a él.

—Vete —dijo—. Vete ya.

Sin pensarlo dos veces, caminó hasta la entrada. Ella lo llamó antes de que cruzara el umbral.

—Y de esto, ni una palabra a Lucía. ¿Me oyes?

El tono era gélido y cortante. Damián supo con certeza que debía obedecer con más fervor que si se lo hubiera ordenado el propio Gerardo. Asintió y desapareció escaleras abajo, no sin echar una última mirada por encima del hombro.

Pero qué gente más rara. ¿En serio me habría dejado acostarme con su mujer con tal de verla sonreír?

Se mordió el labio inferior, imaginando las noches en vela que le esperaban a partir de ahora. Ya no podría dejar de pensar en ese momento cada vez que cruzaran las miradas en aquella casa. Y todo a espaldas de Lucía.

El secreto del marido que solo quería ver feliz a su mujer.

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Comentarios (5)

RodroCba

Tremendo relato, no me lo esperaba para nada. 5 estrellas

LuciaMdp_87

Me quede con ganas de mas!! Por favor que haya continuacion, quiero saber como sigue todo despues de esa propuesta

ClaritaMoon

Me encanto el giro que le das a la historia. Se siente real, como esas situaciones que no podrias inventar aunque quisieras. Muy bien narrado

Marcos_77

Excelente!!! Sigue escribiendo

PilarRosario

jajaja la situacion del suegro es para el registro. Tremendo momento, tremendo relato

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