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Relatos Ardientes

La mañana que mi cuñada vino a limpiar la casa

Aquel jueves no tenía ninguna reunión fuera, así que decidí quedarme en casa y adelantar trabajo desde el despacho. Mariela, mi mujer, había salido temprano para la oficina y no volvería hasta la tarde. El piso estaba en silencio, con esa quietud rara de las mañanas entre semana, y yo me había servido un café para terminar una carta pesada que les debía a los clientes.

Llevaba media hora peleándome con el segundo párrafo cuando oí la llave girar en la cerradura. Me quedé tieso un segundo, con el corazón en la garganta, hasta que la puerta se abrió y una voz cantarina llenó el recibidor.

—¡Hola! ¿Hay alguien?

—¿Quién anda ahí? —solté, levantándome de golpe.

—¡Ay, qué susto, cuñado! —Era Daniela, la hermana mayor de Mariela—. No te hacía por casa. Tu mujer me pidió que pasara a limpiar esta mañana, me dijo que no habría nadie.

—Sí, al final se me cayó una visita y me he venido a trabajar desde aquí —expliqué, todavía con el pulso acelerado.

—Pues nada, guapo, déjame que me ponga algo más cómodo y no te molesto —dijo, ya quitándose la chaqueta.

—Tranquila, cualquier cosa que necesites, estoy en el despacho.

Daniela me dedicó una sonrisa y enfiló hacia el dormitorio. La seguí con la mirada más de lo que debía. Tenía esa figura que siempre me había costado ignorar en las comidas familiares: alta, de piernas largas, con una minifalda roja a juego con unos tacones del mismo color que repiqueteaban contra el parquet. Cuando giró la cabeza y se dio cuenta de que la observaba, no se incomodó. Al contrario, curvó los labios y volvió a sonreír antes de cerrar la puerta.

Concéntrate, Andrés. Es la hermana de tu mujer.

Me senté de nuevo frente al ordenador y traté de retomar la carta. Inútil. Las palabras se me escapaban. A los pocos minutos la oí salir del cuarto y empezar a trastear con un plumero en la mesita de la entrada.

Me asomé sin pensar, con la excusa de ir a por más café, y casi me quedo sin respiración. Se había puesto uno de los camisones de verano de Mariela, una prenda fina que apenas le cubría más allá de los muslos y que, con la luz que entraba por el ventanal, dejaba adivinar todo lo que había debajo. Daniela era dos años mayor que mi mujer, rondaba los treinta, y se cuidaba: tenía el cuerpo de alguien que pisa el gimnasio sin obsesionarse. Casada, igual que yo. Sin hijos, igual que yo.

—¿Café? —pregunté con la voz más firme que pude fingir.

—No, gracias, tú sigue a lo tuyo —respondió sin dejar de pasar el plumero, arqueando un poco la espalda.

Volví al despacho derrotado. Era imposible escribir sabiendo que esa mujer daba vueltas por mi casa medio desnuda. Releí tres veces la misma frase y no entendí ninguna. La oía canturrear por el pasillo, abrir armarios, mover sillas, y cada ruido me obligaba a imaginarla en una postura distinta. En las comidas de los domingos siempre había algo entre nosotros, una broma de más, una mirada que se sostenía un segundo de sobra, pero los dos sabíamos dónde estaba la línea. Esa mañana, por primera vez, la línea parecía hecha de humo.

Intenté distraerme contestando correos atrasados, pero el cursor parpadeaba en la pantalla sin que yo escribiera nada. Pasó otra media hora larga, eterna, hasta que su voz me rescató desde el dormitorio.

—¡Andrés! ¿Me echas una mano para darle la vuelta al colchón?

Me puse de pie tan rápido que casi tiré la silla. Claro que quería. Habría hecho cualquier cosa con tal de tenerla cerca.

—Voy ahora mismo.

La encontré inclinada sobre la cama, doblada por la cintura, sujetando una esquina del colchón mientras esperaba. Desde la puerta, el camisón se le había subido tanto que dejaba a la vista mucho más de lo decente. No llevaba nada debajo. Sentí cómo la sangre se me iba a un sitio muy concreto y muy difícil de disimular.

Daniela giró la cabeza para mirarme y sus ojos se quedaron clavados un par de segundos en el bulto de mi pantalón. No apartó la vista enseguida. Cuando lo hizo, sonreía.

—¿Estás bien? ¿Te pasa algo? —preguntó con una inocencia que no se creía ni ella.

—No, no, todo bien —mentí—. Ponte a un lado y tiramos los dos hacia aquí.

—Vale. Colócate junto a mí.

Agarramos el colchón a la vez. Yo estaba tan pendiente de ella que apenas hice fuerza, y el peso entero se nos vino encima. Caímos los dos sobre la cama, cara a cara, su cuerpo contra el mío, separados apenas por la tela de aquel camisón.

—¡Mira lo que has provocado! —dijo riéndose, sin hacer el menor esfuerzo por levantarse.

—Es que te pones esos modelitos, cuñada... —murmuré—. Así no hay quien se concentre.

—¿Te gusta lo que ves, Andrés? —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

No supe qué contestar. La tenía a un palmo, su respiración mezclada con la mía, y cada segundo de silencio era una confesión.

—Estás preciosa —dije al fin—. Desde que has entrado por esa puerta no he dado una. Solo pienso en ti.

Daniela me miró fijo, como decidiéndose.

—Pues voy a confesarte algo, pero de aquí no sale. Ni tu mujer ni mi marido pueden enterarse. ¿Trato?

—Tienes mi palabra.

—Desde que te he visto solo en la casa... —Acercó los labios a mi oído—. No me lo puedo quitar de la cabeza. Estoy húmeda solo de imaginar lo que podríamos hacer.

***

No hubo más preguntas. Me lancé sobre esa boca y la besé con todas las ganas que llevaba reprimiendo desde la cocina, desde el plumero, desde hacía años en realidad. Ella respondió con la misma urgencia, mordiéndome el labio, deslizando una mano por dentro de mi ropa hasta encontrarme y apretar.

—Tenía unas ganas de comerte... —jadeó contra mi boca.

Le solté los botones del camisón uno a uno, sin prisa, hasta dejarle el pecho al aire. Bajé la cabeza por su cuello, por la clavícula, y la oí suspirar cuando empecé a recorrerle los pezones con la lengua. Tenía la piel caliente y un perfume dulce que se me quedó pegado al recuerdo durante días.

—Así, cariño... —Me clavó los dedos en el pelo—. Tú me has puesto así. No pares.

Su voz subía y bajaba, entrecortada, mientras me empujaba la cabeza contra su pecho y me pedía más con palabras cada vez menos decentes. Le acaricié los muslos, fui subiendo despacio, y la sentí estremecerse entera cuando llegué hasta donde no llevaba nada.

—Te necesito dentro —dijo de pronto, sin rodeos—. Ya.

Empujé el colchón hacia su sitio y la puse de rodillas sobre la cama, de espaldas a mí. Me desabroché el pantalón con manos torpes, contemplando esa imagen que llevaba toda la mañana persiguiéndome. Ella misma me guio, impaciente, y un único empujón firme bastó para que el resto del mundo desapareciera.

—¡Dios! —gimió, agarrándose a las sábanas—. Mi marido no es así... no estoy acostumbrada. Pero no pares, por favor.

Me agarré a sus caderas y marqué un ritmo lento al principio, dejando que se acostumbrara, hasta que ella misma empezó a empujar hacia atrás pidiendo más. La habitación se llenó de su respiración acelerada y de palabras que sé que jamás repetiría delante de nadie.

—No sabes cuánto necesitaba esto —jadeó—. Ven aquí, ahora me toca a mí.

Me tumbó sobre la cama y se sentó a horcajadas encima de mí. Se dejó caer despacio, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, y empezó a moverse trazando círculos con la cintura. A ratos se incorporaba con tanta fuerza que tenía que volver a colocarse, y se reía, y volvía a empezar.

—Qué suerte tiene mi hermana —murmuró entre suspiros, apoyando las manos en mi pecho—. Si supiera...

—Eres increíble, Daniela —le dije, y era verdad—. Nadie me había calentado tanto.

Le sujetaba una cadera con una mano, marcándole el ritmo, y con la otra le recorría la espalda, el pecho, todo lo que alcanzaba. Ella echaba la cabeza hacia atrás, el pelo cayéndole por los hombros, y cada vez que abría los ojos me clavaba una mirada que era pura desvergüenza.

—Andrés... —Su voz cambió, se volvió más rápida, más alta—. Estoy a punto. No aguanto.

—Yo tampoco... espera, déjame que...

—No —cortó, apretándose más contra mí—. Quédate. Nadie tiene por qué enterarse.

No fui capaz de pensar con claridad. Ella se movía cada vez más deprisa, clavándome las uñas, repitiendo mi nombre, y yo me dejé arrastrar sin oponer resistencia. Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba un instante antes de deshacerse en un temblor largo, y ese fue el empujón que necesitaba para terminar yo también, sujetándola fuerte contra mí.

Nos quedamos quietos, ella derrumbada sobre mi pecho, los dos buscando el aire que se nos había escapado. Le acaricié la espalda mientras la respiración volvía poco a poco a la normalidad.

—Gracias —dijo al fin, levantando la cabeza con una sonrisa cansada—. Y tranquilo. De aquí no sale nada. Ni mi hermana ni mi marido lo sabrán.

Me dio un beso lento en los labios y se levantó a recoger el camisón del suelo.

—Me ha encantado —reconocí—. Espero que esto no quede en una sola mañana.

Daniela me miró por encima del hombro, se mordió el labio y me guiñó un ojo antes de desaparecer hacia el baño. No hizo falta que dijera nada más. Cuando media hora después se marchó, con el piso reluciente y la chaqueta puesta como si nada, supe que aquel jueves no sería el último.

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Comentarios (5)

Madurero

que arranque de relato! la minifalda roja ya lo dice todo desde el primer momento jajaja. Esperando la continuacion

PattyBsAs

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de mas!!

Nico_lector

me recordo una situacion parecida que tuve hace como tres años, jaja. Muy bien narrado, se siente real y no forzado

tato_22

tremendo!!! seguí escribiendo así

LuchoPampa

La forma en que está contado te engancha desde la primera linea sin necesitar explicaciones de más. Buen laburo

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