Un desliz en el playón y alguien lo había visto
Silvina era el tipo de mujer que el barrio usaba como ejemplo. Treinta y seis años, casada con un contador serio, dos chicos en la primaria y una rutina que no admitía sorpresas: el colegio, el supermercado, las cenas a las nueve en punto. Tenía un cuerpo de curvas amplias que escondía bajo blusas holgadas y un andar que, sin proponérselo, hacía girar cabezas cuando cruzaba la plaza. Detrás de esa imagen de madre intachable, sin embargo, guardaba algo que jamás le habría contado a nadie.
Unas semanas atrás, con su marido de viaje por trabajo, había hecho algo impensado. Un conocido del barrio, un hombre que apenas le hablaba en las reuniones del consorcio, la cruzó una tarde en el playón abandonado del final de la calle. Hubo una mirada, un comentario fuera de lugar y, sin saber bien cómo, terminaron en el asiento trasero del auto de él. No fue amor ni nada parecido. Fue puro deseo acumulado, una válvula de escape para años de aburrimiento. El tipo le bajó la bombacha de un tirón, le separó las piernas con la rodilla y le metió la verga hasta el fondo mientras ella se mordía el puño para no gritar. La cogió rápido, sin arte, apretándole las tetas por encima del corpiño desabrochado, y se corrió adentro de ella a los pocos minutos, dejándole el coño chorreando semen sobre la tapicería. Lo dieron por terminado en veinte minutos y cada uno volvió a su vida.
Pero el playón tenía dueño nocturno. Damián, el hombre que cuidaba los autos por las noches, un tipo grande de unos cuarenta y pico, de antebrazos tatuados y mirada lenta, lo había visto todo desde la sombra de su caseta. Había presenciado muchas cosas ahí: parejas furtivas, negocios turbios, gente que creía estar sola. Pero esto era distinto. Silvina era la esposa modelo de la cuadra, y Damián supo de inmediato que tenía algo valioso entre las manos.
***
Una mañana, mientras ella subía a su auto para ir a hacer las compras, Damián se acercó secándose las manos con un trapo.
—Señora Silvina, ¿cómo le va? Necesito un minuto, nada más.
Ella lo miró sin entender. Entonces él giró el teléfono hacia su cara. La foto era oscura, granulada, pero inconfundible: ella, montada sobre un hombre, con las tetas al aire y la boca abierta en pleno gemido, en ese mismo asiento. Silvina sintió que la sangre se le iba de la cara.
—¿Qué es esto? ¿De dónde sacó…?
—Estaba todo a la vista —dijo él sin alzar la voz—. Imagínese si esto le llega a su marido. O a las madres del colegio. Se le termina la vida tranquila en un segundo.
El mundo se le vino encima de golpe. Pensó en Gustavo, en los chicos, en la casa, en todo lo que había construido.
—Por favor. Borre eso. No diga nada.
Damián se acercó un paso. Olía a tabaco y a algo más, a algo que ella no quiso nombrar.
—Lo borro. Pero usted me da algo a cambio. —Sus ojos bajaron despacio por su cuerpo, se detuvieron en el escote y después bajaron todavía más, entre las piernas—. Esta noche, a las diez, acá. Sola. Y con ganas de que le arranque esa bombacha de esposa fiel.
Silvina asintió sin pensar, con las piernas temblando, y arrancó el auto antes de echarse a llorar.
***
No durmió. Le mintió a Gustavo con una excusa sobre una amiga enferma y, después de acostar a los chicos, caminó las dos cuadras hasta el playón con el estómago hecho un nudo. El lugar estaba desierto, apenas iluminado por un farol que parpadeaba. Damián la esperaba apoyado en el marco de la caseta, con una lata de cerveza en la mano.
—Puntual. Me gusta.
Adentro todo era desorden: papeles, herramientas, un calendario viejo en la pared con una mina en tetas de otra década. Él cerró la puerta con traba y se quedó mirándola, enorme, sin apuro.
—Sacate la ropa. Quiero ver lo que el otro tipo se llevó gratis.
—Por favor, no me obligues a esto —susurró ella, con los ojos llenos de lágrimas.
—O te desvestís vos, o mando la foto ahora mismo. Vos elegís.
Con las manos temblándole, Silvina se desabotonó la blusa. Después el pantalón. Quedó en ropa interior, los brazos cruzados sobre el pecho en un gesto inútil de pudor. Damián la recorrió con la mirada y se mojó los labios.
—Todo. La bombacha también. No vine a ver ropa interior.
Cuando ella se soltó el corpiño y dejó caer los pechos pesados, él soltó un sonido bajo de aprobación. Silvina se bajó la bombacha con los ojos cerrados y la dejó caer al piso, quedándose desnuda en el medio de esa caseta mugrienta, con la piel erizada y el cuerpo temblando.
—Mirá lo que escondías abajo de esas blusas de señora. Date vuelta. Despacio.
Ella giró como pudo. Damián le comió con la vista el culo grande, las caderas, la espalda ancha, esa raya profunda entre las nalgas.
—Qué desperdicio de mujer. Tu marido no sabe lo que tiene.
Se le acercó por atrás, le apretó las tetas con las dos manos, se las amasó fuerte, le pellizcó los pezones hasta hacerla gemir de dolor. Después una mano bajó por la panza y le pasó los dedos entre las piernas. Ella se odió por lo que sintió: estaba húmeda. Empapada. El cuerpo la traicionaba con esa mezcla insoportable de miedo y excitación. Damián lo notó y sonrió, y sacó los dedos brillantes para mostrárselos delante de la cara.
—Mirá esto. Sos una mentirosa. Decís «no me obligues» y tenés el coño hecho una fuente. Chupá.
Le metió los dedos en la boca y ella los chupó, sintiendo el gusto de sí misma, roja de vergüenza.
—Arrodillate.
Ella obedeció sobre el piso frío, y cuando él se abrió el pantalón y dejó salir la verga, gruesa, oscura, ya dura, Silvina cerró los ojos un segundo antes de hacer lo que le pedía. Le pasó la lengua por la punta, tímida, y él la agarró del pelo con las dos manos.
—Con ganas. Como si fuera la única forma de salvar tu casita perfecta. Porque lo es.
La forzó a abrir grande y le metió la polla hasta el fondo de la garganta. Silvina tuvo una arcada, se le saltaron las lágrimas, pero él no la soltó. Le marcó el ritmo con las caderas, cogiéndole la boca sin miramientos, entrando y saliendo, hundiéndosela hasta que ella sentía los huevos contra el mentón. La saliva le caía por el cuello, se le pegaba a las tetas.
—Así, puta. Así te quiero. La señora del consorcio comiéndome la pija arrodillada como corresponde.
Le hablaba al oído, o mejor dicho, a la coronilla, repitiéndole que era exactamente lo que parecía debajo del disfraz de madre perfecta. Silvina, para su horror, sentía que el coño le latía. Se apretó los muslos y se dio cuenta de que estaba resbaladiza hasta la mitad del muslo.
Cuando él ya estaba por acabarle en la boca, se retiró de golpe.
—Ah, no. La primera te la vas a ganar con el culo en el aire.
La levantó del pelo, la dobló sobre la mesa cubierta de papeles y la tomó de las caderas. Le abrió las nalgas con los pulgares, se escupió en la mano, se pasó la saliva por la verga y entró de una sola vez. Ella ahogó un grito contra la madera. Era brusco, sin paciencia, sin una sola caricia de más. Cada embestida la corría hacia adelante y la mesa golpeaba contra la pared.
—Tu marido no te coge así, ¿no? Por eso andás buscando por ahí, señora. Decilo.
—No… no me coge así —gimió ella contra la mesa.
—Más fuerte. Que se te escuche.
—¡No me coge así! —gritó, y le dio vergüenza el eco de su propia voz.
Damián se rio y le dio una palmada seca en la nalga que sonó como un latigazo. Después otra. Después la agarró del pelo, le tiró la cabeza para atrás y siguió cogiéndola así, arqueada, con las tetas rebotando contra la madera, con el coño chorreando por los muslos. Silvina gemía sin poder callarse, atrapada entre el dolor y un placer que no había pedido y que no podía frenar. Sus caderas, para su propia vergüenza, empujaban hacia atrás buscando más, buscando toda la verga, buscando lo que hiciera falta.
—Mirate. Empujando el culo como una perra en celo. Decime qué sos.
—Soy… no… por favor.
—Decilo.
—Soy una puta —susurró.
—Más fuerte.
—¡Soy una puta!
El orgasmo la partió por la mitad. Se le doblaron las rodillas, se le contrajo el coño alrededor de la verga de Damián, y él sintió cómo lo apretaba y la cogió todavía más fuerte, hasta que se corrió adentro con un gruñido largo, llenándola de semen tibio que empezó a bajarle por la cara interna de los muslos apenas él salió.
Se quedó tirada sobre la mesa, sin fuerzas, temblando. Damián se subió el pantalón con la calma de quien cierra un trámite y le tiró la ropa arriba del culo todavía marcado.
—Andá a tu casa. Mañana a la misma hora. Y ya sabés: si no venís, la foto vuela.
***
Llegó cerca de la medianoche. Los chicos dormían, Gustavo roncaba frente al televisor. Se metió en la ducha y se frotó la piel con bronca, como si el agua pudiera borrar algo. Se lavó el semen de entre las piernas, se lavó el gusto de él de la boca. Pero al rozarse el coño, sensible todavía, hinchado, un escalofrío la recorrió de pies a cabeza y tuvo que retirar la mano como si se hubiera quemado.
Esa noche, acostada al lado de su marido, miró el techo durante horas. Cada vez que cerraba los ojos volvía a la caseta, a la voz ronca, al peso de aquel cuerpo sobre el suyo, a la verga entrándole hasta el fondo. Y lo peor de todo: el deseo regresaba solo, sin permiso, empapándole otra vez la bombacha limpia.
A la mañana hizo el desayuno, peinó a los chicos, besó a Gustavo en la mejilla cuando salió a trabajar. Todo en orden, todo de siempre. Pero al mediodía, con la casa en silencio, se descubrió mirando el reloj y calculando cuántas horas faltaban. Se sentó en el sillón repitiéndose que no iba a ir, que prefería el escándalo antes que convertirse en aquello. Y mientras lo decía, su mano bajó sola por encima del pantalón.
Se tocó despacio, con culpa al principio, con rabia contra sí misma. Metió la mano bajo el elástico, encontró el clítoris, se lo apretó entre dos dedos. Se le escapó un jadeo en el living vacío. Se bajó el pantalón hasta las rodillas, abrió las piernas apoyando los pies en la mesa ratona y se metió tres dedos en el coño de una vez, imaginando que era él. La imagen de Damián doblándola sobre la mesa, escupiéndose la verga antes de metérsela, obligándola a decir «soy una puta», fue más fuerte que cualquier reproche. Con la otra mano se agarró una teta por encima del corpiño, se pellizcó el pezón como se lo había pellizcado él. El orgasmo la sacudió rápido, casi violento, y la dejó jadeando en el sillón con las mejillas húmedas de lágrimas y los dedos todavía metidos entre las piernas, chorreando.
Volvió a mirar el reloj. Sabía que iba a ir. Lo odiaba, pero lo sabía.
***
La extorsión se extendió durante semanas. Damián la citaba cada dos o tres días. A veces en la caseta, a veces en un auto, una vez en un hotel barato cerca de la estación, donde la ató a la cama con sus propias medias, boca arriba y con las piernas abiertas, y le comió el coño hasta hacerla llorar de placer, chupándole el clítoris, metiéndole la lengua adentro, dos dedos, tres, la llevó hasta el borde una y otra vez y la dejó ahí, suplicando, antes de dejarla terminar. Cuando ya estaba desesperada, cuando le prometía cualquier cosa con tal de correrse, él se subió arriba y se la clavó de un empujón, y ella acabó al segundo bombazo, apretando tanto que a él se le escapó una puteada.
Otra noche la puso en cuatro contra el capot de un auto en el playón vacío, al aire libre, con el peligro de que pasara cualquiera por el alambrado. La cogió por el coño primero y después, mojando la punta con lo que le chorreaba, empezó a apretarle el ojete con el pulgar.
—Acá tampoco te lo tocó nunca el pobre pelotudo, ¿no?
—No —jadeó ella, arqueada sobre la chapa fría.
—Hoy sí.
Y se la metió despacio, centímetro a centímetro, mientras ella lloriqueaba y empujaba el culo hacia atrás sin querer, ayudándolo a entrar. Cuando la tuvo entera adentro, la agarró de la cintura y la cogió del culo con embestidas lentas y profundas, hablándole todo el tiempo, describiéndole lo que le estaba haciendo, haciéndola repetir que le gustaba, que quería más, que era una puta que había vivido treinta y seis años sin saber lo que era una buena cogida. Silvina se corrió con la mano de él estrujándole el coño y la verga hasta el fondo del culo, y se odió y se amó al mismo tiempo.
Cada palabra que él le arrancaba la encendía más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Lo que había empezado como amenaza fue cambiando de forma. Silvina dejó de ir por miedo y empezó a ir por otra cosa. Una noche, mientras él la tenía sobre la mesa, cogiéndola por atrás como aquella primera vez, se le escapó algo que llevaba años callando.
—Gustavo nunca me coge así —murmuró entre gemidos.
Damián se rio sin frenar, sin sacársela.
—¿Ah, no? ¿Y cómo te coge el pobre tipo?
—Poco. Y mal. Me monta dos minutos, se corre y me deja con ganas. Todo el tiempo con ganas.
—Pobre marido —dijo él, agarrándola del pelo y clavándosela más fuerte—. ¿Y te tocaste pensando en mí en tu cama, al lado de él?
—Sí.
—Decilo bien.
—Me toqué el coño al lado de mi marido pensando en tu pija.
—Así me gusta. Mientras él se cree que te satisface, yo te dejo así. Acordate de esto cuando estés en tu casa haciéndote la santa.
—No me lo voy a poder olvidar —jadeó ella, y era verdad.
Terminó adentro suyo otra vez, y ella se quedó ahí tirada, con las piernas abiertas y el semen escurriéndole, sintiendo por primera vez algo parecido a la paz.
***
Cuando llegó el día en que Damián borró la foto delante de ella, satisfecho de haber cumplido su parte, Silvina podría haberse ido para siempre. No lo hizo. Siguió volviendo por voluntad propia. La amenaza ya no existía; lo que quedaba era una adicción que ninguno de los dos nombraba.
Se presentaba en la caseta con un vestido corto y sin nada debajo. Le decía «ahora», sin rodeos, se subía el vestido hasta la cintura y él la levantaba contra la pared, le pasaba los brazos por debajo de las rodillas y se la clavaba de parado, sosteniéndola en el aire, cogiéndola con embestidas largas mientras ella se agarraba de su cuello y le mordía el hombro para no gritar. En cada encuentro ella confesaba lo mismo —que su matrimonio era un desierto, que su cuerpo había estado dormido durante años, que se venía a la caseta con el coño ya mojado desde la esquina— y esa confesión se volvió parte del juego, una humillación que, para su propia sorpresa, la calentaba más que cualquier caricia.
Aprendió a chuparla despacio, mirándolo a los ojos, tragando hasta la última gota cuando él acababa en su boca. Aprendió a pedir el culo antes que el coño porque le gustaba cómo la hacía sentir de sucia. Aprendió a correrse tres, cuatro veces en la misma noche, algo que en catorce años de matrimonio no le había pasado nunca.
De día seguía siendo la madre amorosa, la esposa cumplidora, la vecina que todos saludaban con respeto. De noche era otra, una que se abría de piernas sobre una mesa mugrienta y suplicaba por más. Aprendió de su propio deseo más en esos meses que en toda su vida adulta. Y aunque seguía mintiéndole a Gustavo con naturalidad, por dentro ya no era la misma mujer. Sabía exactamente qué le faltaba en su matrimonio, y sabía dónde encontrarlo.
***
Hasta que una mañana pasó por el playón y la caseta estaba vacía. La puerta entreabierta, el olor a tabaco todavía en el aire, pero Damián no estaba. En la reja oxidada habían clavado un cartel improvisado: «Próximamente, complejo Altos del Sauce — Departamentos en pozo».
Silvina se quedó parada frente a ese cartel con el bolso colgando flojo del hombro. Miró alrededor como esperando verlo aparecer desde la sombra con esa sonrisa torcida. No había nadie. Solo el viento moviendo unas bolsas atrapadas en el alambrado.
Lo buscó. Llamó al número que tenía guardado sin nombre, apenas una inicial. Sonaba y sonaba, nadie atendía. Mandó mensajes que nunca tuvieron respuesta. Fue hasta el departamento donde una vez la había atado a la cama y tocó timbre varias veces. Una vecina que regaba las plantas se encogió de hombros.
—Se fue hace unos días. Dejó todo revuelto y se mandó mudar. Dicen que debía plata. Nadie sabe adónde fue.
Silvina volvió a su casa con las piernas flojas, convenciéndose por un instante de que todo había sido un sueño largo y sucio. Pero sabía que no. Cada noche en aquella caseta había sido real.
***
A los pocos meses se separó de Gustavo. No hubo gritos ni escenas. Una tarde, después de cenar, simplemente le dijo que no podía seguir así. Él la miró sin sorpresa real, como si lo viniera esperando desde hacía tiempo.
—¿Es por la cama? —preguntó en voz baja.
Ella no contestó. No hacía falta. Firmaron los papeles sin pelear. Los chicos quedaron con ella, Gustavo se mudó a un departamento en el centro, y Silvina vendió la casa y se fue a vivir a Haedo, un barrio donde nadie la conocía como «la señora perfecta de la cuadra».
Intentó rehacer su vida. Consiguió trabajo en una panadería cerca de la estación, conoció gente nueva, salió con un par de hombres. Uno o dos terminaron en su cama nueva. Eran amables, cuidadosos, pedían permiso para todo, le preguntaban si estaba bien mientras se la metían con delicadeza y se corrían pidiendo disculpas. Ninguno la tomaba como Damián. Ninguno la agarraba del pelo, ninguno le apretaba las nalgas hasta dejarle las marcas, ninguno le hablaba al oído diciéndole «puta» mientras se la clavaba hasta el fondo, ninguno la hacía temblar hasta dejarla sin aire. Después del sexo se quedaba mirando el techo, satisfecha a medias, con el coño todavía pidiendo, pensando en él, y muchas noches terminaba tocándose al lado del tipo dormido para poder cerrar los ojos.
Pasaron los años. Los chicos crecieron y se fueron. Ella siguió en Haedo, con algunas canas más y el cuerpo todavía capaz de hacer girar una cabeza en la fila del colectivo. Nunca supo qué fue de Damián. Si lo agarraron las deudas, si cambió de ciudad, si simplemente se cansó. Nunca volvió a verlo.
Pero él no se fue del todo. Se quedó en cada noche en que su mano repetía, sin lograrlo, lo que él le había hecho. El cartel de Altos del Sauce terminó siendo un edificio de verdad, lleno de balcones y plantas. Silvina nunca entró. Cada tanto, cuando pasaba por ahí, miraba por la ventanilla y sonreía con una mezcla de amargura y nostalgia, apretando los muslos en el asiento del colectivo.
Ahí, en ese terreno baldío, había empezado y terminado todo. Y aunque el tiempo había pasado por encima, todavía bastaba un recuerdo para que el coño se le mojara como entonces.