Mi esposa me dio permiso para la mujer de mi colega
Adrián llevaba meses saliendo a rodar en bicicleta con Bianca los sábados por la mañana. Ella era la mujer de Marco, uno de sus compañeros de oficina: una italiana morena, más joven que él, con el pelo oscuro y ondulado que le caía hasta media espalda. Tenía unos ojos marrones grandes que parecían reírse de todo, una figura esbelta de curvas discretas pero firmes, y la costumbre deliciosa de provocarlo en cada parada.
Aquel sábado de julio hicieron un alto en un claro, a la sombra de unos pinos, para beber agua y recuperar el aliento. Bianca lo miró de reojo por encima del botellín.
—Siempre hablas de lo atenta que es Nerea —dijo, con esa sonrisa que usaba para abrir grietas—. Me pregunto si será igual de servicial en la intimidad.
Adrián estaba acostumbrado a sus indirectas. No se inmutó.
—Nerea es atenta en todo lo que hace —respondió, neutro, con una sonrisa que asomaba bajo la barba—. Siempre se esfuerza por complacer. En todos los sentidos.
—Vamos, no seas reservado —insistió ella, acercándose un poco más—. Algún detalle podrás contarme. Entre amigos.
Él dejó pasar unos segundos. Luego, sin levantar la voz, le contó que unos días antes había estado abofeteando a Nerea mientras ella se arrodillaba para él. Bianca abrió la boca para protestar, pero no le salió nada. La idea le había encendido algo que no esperaba.
—¿No le pegaste fuerte, verdad? —preguntó, con la voz más baja—. Es un juego, ¿no?
—Es un juego —confirmó Adrián—. Nerea interpreta tu papel. Yo la llamo Bianca mientras la disciplino.
La italiana enrojeció hasta las orejas, halagada y confundida a partes iguales.
—No sé qué decir. Me halaga estar presente en tus momentos íntimos, pero también me asusta un poco.
—No creo que tú te atrevieras a algo así —dijo él, retándola sin mirarla.
—Quizá sí —respondió ella, sosteniéndole la mirada—. ¿Por qué no lo pruebas?
—Porque tú tienes marido y yo mujer.
—Touché —reconoció Bianca, ruborizándose aún más.
—Se hace tarde —cortó Adrián, poniéndose de pie—. Recoge la basura del almuerzo y ve a la fuente a por agua para los dos.
—¿Y si no quiero? —preguntó ella, riendo.
La bofetada llegó floja, juguetona, pero en plena cara. El corazón de Bianca se disparó. Confundida, en parte humillada, en parte divertida, completamente excitada, bajó la vista sin decir nada y obedeció. Al volver de la fuente buscó la boca de Adrián con los labios entreabiertos, y él la premió con un beso por su obediencia. Ella se apretó contra su cuerpo. Él la tomó de las nalgas, la levantó en vilo un instante y la soltó.
—Sigamos con la ruta.
***
El calor de aquel mediodía no venía solo del sol. Al pasar por una zona húmeda junto a un arroyo se toparon con un barrizal que dejó las bicicletas embadurnadas. Adrián, con oficio, esquivó casi todo. Bianca no tuvo tanta suerte: las salpicaduras le mancharon las piernas y el cuadro entero.
—¡Menuda forma de seguir el día! —se rió ella, mirándose las pantorrillas llenas de barro.
—Nada que no arreglemos en la gasolinera de ahí enfrente —dijo Adrián, señalando la estación de servicio—. Con el agua a presión esto es un minuto.
Limpió primero su bicicleta, esmerándose en cada radio. Cuando le tocó el turno a la de Bianca, ella sujetó el cuadro esperando lo mismo. Pero Adrián dirigió la lanza un poco más abajo, hacia sus piernas.
—¡Oye, que me vas a dejar empapada! —protestó entre risas.
—Ya que estás mojada, aprovechemos para limpiarte a ti también, ¿no? —bromeó él, paseando el chorro frío por sus muslos, su vientre, su pecho.
El agua le pegó la ropa al cuerpo y le marcó cada curva. Bianca chillaba y reía a la vez, sin apartarse ni un paso, dejando que él decidiera dónde apuntar. Cuando terminaron, ella temblaba de frío y se abrazó a su torso buscando calor.
—No pensé que tendría tanto frío después de todo esto —murmuró, apretándose contra él.
—Eso pasa cuando te llenas de barro y te duchas al aire libre, como una cochina —respondió Adrián, sin soltarla.
Ella levantó la cara y volvió a besarlo. Él le sostuvo las nalgas con las dos manos y la mantuvo cerca un rato largo, hasta que se separaron entre bromas sobre la ropa empapada. Antes de subir a la bici, Adrián le dio una palmada sonora en el culo.
***
De vuelta del paseo llamaron a Marco y a Nerea para tomar un vermut en la terraza de siempre. Marco bajó al instante. Nerea llegó poco después empujando el carrito de Emma, su pequeña, dormida bajo la brisa de la tarde. Era una pamplonesa de pelo entre castaño y rojizo, con unos ojos verdes que turbaban al mirar; tan serena como obediente, en eso opuesta a la italiana rebelde.
—He dejado la comida hecha antes de bajar —le dijo a Adrián—. Cordero asado, tu favorito.
Él se inclinó y le dio un beso suave en la frente. Cuando Nerea se sentó, lo primero que notó fue el estado de Bianca: sin barro, pero con el pelo mojado y la ropa todavía pegada al cuerpo.
—¿Qué te ha pasado? ¿Te bañaste en una fuente? —preguntó, divertida.
Bianca le contó toda la historia, omitiendo solo los besos: el barrizal, la limpieza en la gasolinera, cómo Adrián la había enchufado con el agua a presión hasta dejarla calada. Nerea no pudo contener la risa.
—¡Vaya baño! —comentó—. Marco, igual deberías salir tú más con Bianca. Así la próxima vez eres tú quien la ayuda a limpiarse.
Bianca aprovechó para lanzar una mirada provocadora hacia Adrián.
—Sí, cariño, ya sabes que a Adrián le encanta echarme una mano, pero no estaría mal que el chorro me lo dieras tú la próxima vez.
Marco se rió entre dientes, con los celos asomándole por la cara. No le hacía gracia que su mujer hubiera pasado la mañana mojándose y riendo con otro. Adrián, lejos de rechazar las indirectas, sonreía, consciente de la corriente que se estaba formando. Nerea, observadora como siempre, disfrutaba la escena segura de que su marido lo tenía todo bajo control.
***
Esa noche, en la sobremesa, Adrián le contó a Nerea cada detalle del día. Ella escuchó divertida cómo había abofeteado a la italiana y cómo esta se había mostrado embelesada.
—Bianca quiere rematar con sexo lo que empezamos —dijo él, removiendo el café—. Pero no haré nada que te incomode. Si te parece bien, prepararé el encuentro.
Nerea lo miró con una calma que él conocía bien. Desde antes de la boda habían acordado que esto entraba dentro de lo normal de su relación, siempre que fuera abierto y sin engaños.
—Claro —respondió, con una sonrisa cálida—. Yo me encargo de que todo esté en orden. Tú céntrate en disfrutar.
Acordaron el domingo. Por la mañana, Nerea salió de casa con Emma para pasar la tarde con su amiga Sofía. Antes de cerrar la puerta se volvió hacia él.
—No te preocupes por nada. Disfruta de Bianca —dijo, y añadió, traviesa, aludiendo al juego en el que ella misma interpretaba a la italiana—: pero asegúrate de disciplinarla cuando haga falta.
***
Bianca llegó a media tarde. Se había arreglado a conciencia: un vestido ajustado de un tono oscuro que conjuntaba con su piel bronceada, el pelo recién peinado cayéndole hasta media espalda, los ojos brillándole entre la emoción y los nervios.
—¿Te has arreglado para mí? —preguntó Adrián, notando el esfuerzo.
—Sí. Quería que todo fuera perfecto —respondió ella, tímida.
—Así me gusta, putana —dijo él, imitando su acento, y le cruzó la cara de una bofetada—. Ahora quítate la ropa, déjala en esa silla y ven a mí desnuda. Te espero en la habitación.
Bianca entró poco después con nada más que unos tacones, un tanga diminuto y un sostén de encaje transparente. Adrián recorrió cada curva con la mirada, desde sus labios carnosos hasta su cintura estrecha. La agarró de la muñeca, la atrajo hacia él y volvió a abofetearla, una vez, otra, hasta que las mejillas se le encendieron de un rubor intenso. Ella temblaba con los ojos muy abiertos, sin saber si tenía miedo o ganas.
Las manos de Adrián bajaron por su piel, desde el pecho hasta el vientre, y la empujaron de las caderas contra su cuerpo. Bianca notó su erección presionándole el muslo y supo lo que venía. Él tiró del tanga hacia abajo, dejándola al descubierto, y pasó los dedos por su sexo.
—Abre las piernas —ordenó, con voz baja y firme.
Ella dudó un instante, luego obedeció. Adrián deslizó la mano entre sus muslos y le acarició el clítoris hinchado con la yema del pulgar, lento, hasta que las rodillas le flaquearon y tuvo que sostenerse de sus hombros. La empujó sobre la cama y siguió con la lengua mientras le introducía un dedo, después dos, después tres, marcando un ritmo que la hacía arquearse contra el colchón.
—Por favor —jadeó ella—. No pares.
—No te he dado permiso para pedir nada —respondió él, y la dejó al borde antes de retirarse.
Le subió las piernas contra el pecho, dejando expuesto su pequeño agujero posterior. Lubricó los dedos con la humedad de ella y los deslizó dentro, primero uno, luego dos, esperando a que su cuerpo se relajara. Bianca hizo una mueca y enseguida empezó a empujar contra su mano, buscando más. Era la primera vez que la trataban así, y se alegraba de que fuera él.
Adrián reemplazó los dedos con su sexo y entró despacio, sosteniéndole las caderas con las dos manos. Ella apretó los ojos, contuvo el aire y, a medida que se acostumbraba, empezó a moverse a su ritmo. Él alargó una mano por debajo y volvió a buscarle el clítoris, acariciándola al compás de cada embestida.
—Mírame —le exigió, y ella giró la cabeza para clavarle los ojos.
El placer la fue arrastrando hasta que sintió el orgasmo subirle por todo el cuerpo. Le arañó los hombros, se mordió el labio para no gritar y se rindió, temblando bajo su peso. Adrián aguantó unos minutos más, hasta que tampoco él pudo contenerse, y se derramó dentro de ella con un último empujón. Bianca quedó exhausta, deshecha, con la piel todavía estremeciéndose.
Cuando él se levantó a vestirse, a ella la invadió una punzada de tristeza al recordar que ese hombre arrollador pertenecía a otra mujer.
—Quiero que dejes todo en orden antes de que Nerea regrese —dijo Adrián, firme pero amable—. En esta casa te comportas como es debido.
Bianca, que había entendido las reglas del juego desde el principio, aceptó con una sonrisa y se puso a recoger con esmero, dolorida y agradecida a la vez. Incluso dejó preparada una cena sencilla antes de marcharse.
Cuando Nerea volvió esa noche, encontró la casa ordenada y la mesa puesta. Le sonrió a Adrián, sabiendo que había sido un buen día para él. Se abrazaron despacio. Ella seguía sintiendo una punzada de celos en estas ocasiones, pero ya había aprendido a reprimirla con naturalidad.
—Gracias por contarme tus planes antes de llevarlos a cabo —dijo, apoyando la cabeza en su hombro—. Aunque prefiero no saber los detalles.
Adrián la miró con aprecio. El equilibrio que habían construido no se sostenía solo sobre la entrega de Nerea, sino también sobre la confianza que se tenían el uno al otro. Y esa, pensó él, era la parte que ninguna tarde con Bianca podría tocar.