Dime que pare y paro, le susurró su hijastro
La caldera llevaba dos días muerta y la única habitación que conservaba algo de calor era la del matrimonio. Con Daniel fuera por trabajo hasta esa misma noche, a Lorena le pareció absurdo tiritar sola en el cuarto de invitados mientras Adrián, su hijastro, hacía lo mismo en el suyo. Así que esa madrugada terminaron compartiendo la cama grande, cada uno en su orilla, prometiéndose no invadir el territorio del otro.
La promesa duró lo que duró el sueño.
Adrián se despertó con una erección de campeonato y la incómoda certeza de que algo no encajaba. Habían acabado haciendo la cucharita y, sin darse cuenta, se había pegado a ella por detrás. El salto de cama de Lorena se había desplazado hacia arriba, casi hasta la cintura, y solo la fina tela de su ropa interior los separaba.
El bulto se convirtió en el elefante de la habitación. El silencio se volvía más espeso a cada segundo, hasta que el propio Adrián empezó a removerse, incómodo.
—Ha sido un acto reflejo, no te rayes —se excusó él.
—No me rayo —murmuró ella sin girarse—. Es solo que… no me lo esperaba.
Otro silencio espeso, que Lorena rompió al cabo de un rato.
—Adrián, creo que… la estoy notando demasiado.
—¿Y qué quieres que haga? Tus historias de antes me han dejado palote.
—Ya, pero deja de apretarte contra mí. Me estás poniendo nerviosa.
—Nerviosa, dice. Si estás más cachonda que yo.
—¿Qué dices, bobo? Yo no estoy cachonda.
—Venga ya, que tienes los pezones duros como piedras.
—Eso no es verdad. No te inventes cosas.
—No me invento nada. Los noto en el antebrazo, ese que aprietas contra tu pecho como si fuera un peluche. Y tu cuerpo arde como una caldera. —Levantó la cabeza de la almohada—. Lorena, estás más caliente que un clavo ardiendo.
Ella apartó el brazo de un tirón, como si quemara, y se ahuecó la tela en esa zona, azorada. Adrián se incorporó sobre un codo.
—Dejémonos de rodeos —dijo él—. Llevas meses sola, hoy te he fastidiado el rato tranquilo que tenías planeado, y para colmo estás más salida que la última vez que discutiste con Rubén. Déjame que te lo compense.
Lorena empezó a girarse hacia él, frunciendo el ceño, recelando de sus intenciones.
—Te la hago yo —concluyó él.
—¿Qué? Perdona, ¿qué? Ni de coña.
—En serio. Te lo debo. Aquella vez tú me ayudaste a mí, ahora estoy en deuda. Mano por mano.
—Que no, que no. Tú alucinas, chaval.
—Mira, tú cierras los ojos, te montas tu película con el tío ese del club y yo me limito a tocarte. Dos dedos, nada más.
—¿Tú a mí? —boqueó—. ¿Que me vas a tocar tú?
Pero él estaba pletórico. Había tenido la mejor de las ideas y le entusiasmaba llevarla a cabo.
—Dos dedos, por fuera, en la parte de arriba. Nada más. Te corres y a dormir. —Alzó una mano, solemne—. Y te juro por mi vida que, si me dices que pare, paro.
Expectación, sorpresa y una mirada atónita. Pero, por la sonrisa de loco que él tenía, Lorena se dio cuenta de que lo decía completamente en serio.
—Uy, nene, tú no estás bien de la cabe…
No pudo terminar la frase. Sus pulmones se vaciaron de golpe en un grito de sorpresa cuando notó la mano de Adrián colarse, sin previo aviso, entre sus piernas, deslizando las yemas hasta apoyar la palma entera sobre su sexo desnudo.
El acto reflejo, aunque tardío, fue instantáneo. Cerró las piernas como tenazas, atrapando la mano, y tiró de su muñeca con ambas manos para sacarla de allí.
—¡Adrián, joder!
—Relaja, mujer —protestaba él—. Déjate hacer, que de esto entiendo un rato.
Ella tiraba sin descanso, pero la palma de él seguía bien anclada. Empezó entonces a darle manotazos con la mano libre.
—Sácala, sácala, sácalaaa.
La respuesta de Adrián fue inmediata.
Los dedos de su otra mano se clavaron en el vientre y los costados de ella, alternándose, y desataron un ataque de cosquillas. El cuerpo de Lorena empezó a convulsionar, presa de la risa, usando las manos solo para defenderse.
—Nooo… jajaja… la mano… Adrián… jajaja… joder.
—¿Prefieres esto? ¿Eh? ¿Lo prefieres así?
—La mano… jajaja… saca esa mano.
—¿Cómo? ¿Qué dices? No te oigo.
La mantuvo en esa tortura un buen rato. Ella brincaba intentando apartar la mano cosquilleadora mientras apretaba los muslos para impedir algo que él ya había logrado.
Llegar a su botón.
Porque, en todo ese tiempo, su dedo corazón no había dejado de moverse entre los pliegues, abriéndose paso poco a poco hasta alcanzar esa parte que ya llevaba un rato inflamada y completamente húmeda.
Lorena ya no solo sentía cosquillas en el vientre. Desde el centro de sus piernas llegaban oleadas que le recorrían la columna hasta la nuca y le ponían los ojos en blanco más de una vez.
Poco a poco, las risas empezaron a alternarse con quejidos. Y no eran de dolor, precisamente.
—Nooo… jajaja… nooo… Adrián… mmmm… joder.
—¿Lo ves? —decía él, aumentando el ritmo—. Si estás hecha agua.
El hormigueo era tan intenso que ella iba dejando de resistirse a las cosquillas. De hecho, Adrián las había abandonado para ocuparse de otra cosa.
Tumbado a su lado, había deslizado la mano libre bajo su cintura hasta atrapar una nalga, que amasó con suavidad. Lorena apenas lo notó, concentrada en la otra mano que trabajaba su sexo y le disparaba descargas por todo el cuerpo.
—Adrián… Adrián… —protestaba con los ojos en blanco, tirando de su muñeca—. Me estás… me estás… joderrr —se quedaba sin aire—, cabrónnn.
Tiraba con las dos manos, pero cada vez le quedaba menos fuerza. Los dedos de él siguieron su camino por la hendidura de las nalgas hacia un segundo objetivo.
El sudor de la piel facilitaba el avance, y al fin la yema rozó el otro orificio. Lorena lo notó al instante, contrayéndose por reflejo y abriendo los ojos de par en par. Ahora tenía dos frentes que defender. Si doblaba la cintura para entorpecer la caricia en su sexo, le ofrecía el culo; si apretaba las nalgas y se estiraba, exponía la entrepierna.
El resultado era que se doblaba y arqueaba sin cesar, protegiendo y desprotegiendo una zona y otra según los dedos de él presionaban uno u otro lado.
—No… no… nooommm.
El vaivén era un suplicio y un placer a la vez. Su cuerpo se estremecía con cada roce, sacudido por descargas que llegaban desde ambos frentes y que ya no lograba contener.
—Adrián… Adrián… déjamehh —se mordía los labios, intentando frenar la tormenta—. Por favor… uffff.
—Relájate —murmuraba él—. Solo intenta relajarte.
Las protestas se apagaban, ahogadas por gemidos cada vez más largos. La resistencia se redujo a sujetar la muñeca que la masturbaba, ya sin tirar de ella.
—Cabrón… cabrón… —gemía al compás de su mano, con los ojos cerrados y la cara contraída en un gesto de sufrimiento placentero.
Hasta las piernas fueron perdiendo presión, hasta quedar abiertas a cada lado y permitirle, ahora sí, total libertad de movimiento.
—¿Lo ves? ¿Ves cómo te gusta? Te lo dije, de esto sé un montón.
Ella entreabrió los ojos y lo miró con el ceño empapado y la respiración entrecortada. El dedo de atrás entraba y salía despacio mientras su cuerpo se contraía a ese ritmo.
—Esto no está bien —protestaba en un susurro ahogado—. No está… biennn.
—Sí lo está. Es solo una paja, una simple paja. Venga, cierra los ojos y piensa en Rubén. Imagina que es él quien te lo hace.
Ella se resistía en una lucha perdida de antemano, recibiendo el placer que la desarmaba. Cerró los ojos y negó con la cabeza.
—Diosss… —se lamentó—. Soy una cualquiera.
—No —cortó él, tajante—. Eres una mujer con necesidades, como cualquiera. Mi padre te las debe y no está aquí para cubrirlas. Tú no tienes la culpa. —Hizo una pausa y bajó la voz—. Y solo es una paja.
Y así acabó por rendirse, dejando de luchar contra lo inevitable. Su cuerpo entero se abandonó a las dos manos que la poseían a la vez, dueñas de cada espasmo, de cada estremecimiento, de cada gemido que se le escapaba de la garganta.
—Solo una paja —quiso engañarse, casi sin voz, consciente de su derrota.
—Eso es. Una paja terapéutica —se rió él de su propia gracia—. Una terapaja.
Lorena se llevó las manos a la cara para tapar la vergüenza y, de paso, ahogar los gemidos. Poco después se enredó los dedos en el pelo y tiró hacia atrás mientras arqueaba la espalda y separaba más las piernas.
—Ooooh… mmmm.
Adrián sonreía. La tenía a su merced. Con delicadeza sacó la mano de su trasero y, con un movimiento ágil, se bajó la ropa interior. Después tomó la mano de ella y la guió hasta su erección. Lorena abrió los ojos de golpe, con cara de susto, y cerró los dedos en un puño.
—Cálmate —la tranquilizó él—. Es solo para ayudarte con tu fantasía.
Pero que él tuviera el sexo erecto y al aire no la calmaba en absoluto.
—No pasa nada. Solo tócala —insistió—, como si fuera la de él.
Dudó, pero terminó dejando que los dedos lo rodearan. Luego, con la mirada cargada de deseo, subió y bajó una vez.
—Sí, así tendrías a ese tío que te vuelve loca —siseó él en su oído—. Con su polla en tu mano.
—Ssssí —exhaló ella, dejando caer la cabeza hacia atrás—. Ese canalla… en mi mano.
—Porque te gustan así, ¿verdad? Chulos y sinvergüenzas. Tíos que te arrinconen en el baño de un local y se peleen por ti.
Una sonrisa boba le asomó entre suspiro y suspiro. Fantaseaba, deseaba, y su mano subía y bajaba cada vez con más rapidez, rozando el glande húmedo en cada pasada antes de descender de nuevo.
Adrián hacía esfuerzos sobrehumanos por no terminar antes de tiempo. Lo que estaban compartiendo era espectacular y no quería arruinarlo.
Lorena se contoneaba como una gata, arqueándose, soltando bocanadas de puro placer. Él la admiró de arriba abajo y se sopló el flequillo, bendiciendo su suerte. Con las piernas ya abiertas del todo, ella quedaba completamente expuesta. Adrián levantó el salto de cama con cuidado y descubrió primero su sexo húmedo, después el ombligo, después el pecho que tantas veces había imaginado.
No pudo evitar un suspiro de admiración. Atrapó uno de sus senos, llenándose la mano, y el pezón duro se le coló entre los dedos.
La reacción de ella fue inmediata. Salió de su sopor, le apartó la mano y volvió a cubrirse con la tela.
—No, eso no —dijo, alterada—. Eso es de tu padre. Solo de él.
Él no replicó. Aceptó el veto, resignado, ahogando una mueca de fastidio.
—Vale, está bien. Solo quería ayudarte. Venga, cierra los ojos otra vez. Rubén te estaba follando bien rico. Porque es lo que hace, ¿no? Follarte como tú quieres.
Volvió a acelerar sobre su clítoris con dos dedos, arrancándole un nuevo acceso de placer. Lorena se mordió el labio, conteniendo un gemido, y echó la cabeza atrás.
—Eso es. Esos tíos te follan y tú le coges la polla a Rubén —dijo, llevándole de nuevo la mano hasta su sexo erecto.
—Su polla… —repitió ella como un autómata, retomando el vaivén— en mi mano…
—Sí, en tu mano, mientras te follan duro, como a ti te gusta. No como mi padre.
Tardó en reaccionar, quizá porque la frenó la duda, pero al cabo de unos segundos entreabrió los ojos.
—Mmm, no… él me folla bien.
—No, no lo hace. Es un mediocre.
—No lo es. —Apretó los ojos y movió la cabeza, intentando borrar la imagen—. No lo es.
—Sí lo es. Por eso prefieres a Rubén para tus fantasías. —Había vuelto a colar la mano por debajo, jugando con el otro orificio.
—Mmm, no… ooooh… él es bueno.
—Es un mal amante. Uno que te deja insatisfecha.
Aumentó la velocidad de la mano y el descaro de las caricias por detrás.
—No… él… mmmm… —El placer era extremo—. Tu padre es un buen hombre.
—Pero un mal amante. Dilo.
—No… mmmm… aaaah.
—Dilo.
—Dios, Dioooos, me voy a correr. Me voy a correr.
Adrián sonrió. Era el momento exacto, el punto justo en la cima de la cumbre más alta.
Con habilidad se colocó sobre ella, acomodándose entre sus piernas. Apoyó la punta en la entrada de su sexo y empujó. Lo hizo despacio, aprovechando la lubricación para entrar sin esfuerzo. Lorena reaccionó al instante.
—¿Qué haces? —gritó—. No, eso no. Nooo. —Empujó las caderas, pero él la sujetó por las muñecas.
—Sssssh, no pasa nada, tranquila. Solo es una paja —dijo mientras seguía hundiéndose, inexorable.
—¡Adrián!… ¡Adrián! —protestaba—. Eso… no es una paja… ummm.
Avanzó con leves movimientos de cadera que lo introducían más y más. Su mano volvió a buscar el orificio de atrás. Ella echó la cabeza hacia atrás al sentirlo entrar de nuevo.
—No es una paja —se decía en voz baja—. No es una paja… joderrr.
Pero él no la escuchaba, y su cuerpo seguía descendiendo sobre el de ella.
—Me estás follando —se quejaba—. Adrián… ¡Adrián!
—Tú y yo ya hemos sido infieles, Lorena. Lo único que falta… es el cuerpo.
Ella volvió a apoyar las palmas en sus caderas para apartarlo.
Pero sin fuerza.
—Sal de mí… ufff… Diosss… sal…. ooooh.
El placer de aquella penetración la anulaba tanto como el dedo de atrás. El miembro se abrió camino centímetro a centímetro hasta tocar fondo, con un golpe de cadera que ella recibió con un gemido.
—Ouuuuummh.
El movimiento se repitió, saliendo y entrando con una nueva sacudida. Y a esa le siguió otra, y otra, y otra.
La resistencia de Lorena había desaparecido del todo. Tenía las piernas abiertas y los talones apoyados en las pantorrillas de él. Las manos, antes en sus caderas, tiraban ahora hacia sí, clavándole las uñas. La boca, abierta solo para gemir.
—Dime que pare —la retó él.
Pero ella no lo oyó.
—Vamos, dime que deje de follarte —insistió con más fuerza.
Lorena no dijo nada. Apartó la cara y se mordió los labios, guardando silencio mientras él seguía entrando y saliendo. Adrián bajó el ritmo hasta dejarlo en un vaivén suave y monótono.
Y entonces sus miradas se cruzaron. Los ojos de él, desafiantes; los de ella, de súplica.
—Sigue —respondió ella en un susurro.
Y Adrián sonrió, triunfal.
Sin dudarlo, recuperó la cadencia de antes.
—Sí, joder, lo deseas tanto como yo. Que follemos, que nos corramos juntos.
—Ummmm… ooooh… —Le agarró la cabeza—. No te corras dentro —le pidió—. Por favor, no puedes dejarme tu semen dentro.
—No te preocupes —mintió él, sonriendo—. No me voy a correr todavía.
Aumentó poco a poco hasta convertir el vaivén en una cadencia demoledora. Le bajó los tirantes del camisón hasta dejarlo recogido en la cintura y se relamió al ver el pecho libre rebotando a cada embestida.
—¡No! —protestó ella—. Eso es de tu padre.
Por toda respuesta, él lo atrapó con ambas manos y se lo llevó a la boca. Succionó el pezón duro, lamiéndolo una y otra vez, mientras su lengua caliente le hacía ver las estrellas.
—Ooooh… Dios… nene, nene… mmmm.
—Él no está aquí para reclamar lo que es suyo.
La réplica de ella quedó ahogada cuando él se lanzó a sus labios. La besó hasta dejarla sin aire. Lo recibió sin protestar; al principio sumisa, después devoradora, en una guerra de lenguas en la que ninguno quería perder.
El suave meneo se convirtió, beso a beso, en un mete y saca salvaje. Las manos que antes intentaban empujarlo fuera ahora le acariciaban el trasero, marcándole el ritmo de cada envite.
—¿Te gusta mi polla? Dime, ¿te gusta?
—Sí, síííí.
—¿Y te gusta cómo te follo?
—Sí, ooooh, sigue, sigue.
Volvió a llevarse un pezón a la boca y ella gimió.
—Deja a mi padre en paz —jadeó él—. Estamos tú y yo, y esto es lo que estás deseando.
Al decirlo le abrió aún más las piernas, clavó las rodillas y aumentó la rapidez y la longitud de cada embestida, desde la punta hasta el fondo.
—¿Te gusta más mi polla o la de mi padre?
—La tuya, la tuya, ooooh.
—¿Y por qué? Dime por qué.
—Porque… porque la tuya es más grande —dijo, extasiada—. Más grande que la de él.
—Dilo más fuerte. Vamos, grítalo.
—¡Tu padre no sabe follar! ¡No sabe follarrr!
—Eso es, joder. No sabe darte lo que necesitas.
—Sí, ooooh, síí, no sabe.
—¿Y de quién es este coño?
—Tuyo, es tuyo. Ooooh, mmmm, sigueee.
—¿Y estas tetas? Dime, ¿de quién son?
Lorena respiraba a bocanadas, sin parar de gemir. Entreabrió los ojos y lo miró, como viéndolo por primera vez.
—Tuyas. Mis tetas son tuyas.
—Como tu coño y tu culo, que te lo voy a follar a cuatro patas.
—Sí, fóllame, fóllame —gemía fuera de sí—. Fóllame entera. ¡Fóllameee!
Los gemidos de ambos llenaban la habitación, convertidos ya en gritos boca contra boca, acompasados con el golpeteo del cabecero contra la pared.
Adrián se incorporó, con la cara contraída en ese punto en el que el orgasmo está a punto de llegar. Apretó los labios y soltó un gruñido.
—Dios… me voy a correr.
—Ooooh, oooh, yo también, oooh.
—Te voy a llenar entera.
Por un instante el tiempo pareció detenerse. Adrián entrelazó los dedos con los de ella y le sujetó las manos a cada lado. Lorena lo miraba con horror y deseo al mismo tiempo.
—No… ooooh… tu semen, no… aaaah… no te corras dentro… no puedes.
—Quiero hacerlo. ¿Me oyes? —decía, acelerando hasta el ritmo de un martillo—. Quiero dejártelo todo dentro.
Y justo entonces llegó el clímax de uno de los mejores orgasmos que Lorena había tenido jamás. Y abandonó su cuerpo a su amante.
—Sí, síííí, quiero tu semen —gritó ella al fin—. Dámelo, aaaah, dámelooo.
—Toma, joder, todo para ti —rugió él en medio del orgasmo.
Adrián bramaba como un animal mientras la llenaba, y ella, con la voluntad anulada, era incapaz de detener un placer tan inmenso.
***
Tras ellos, bajo el quicio de la puerta, una figura observaba la escena en la penumbra. Daniel había vuelto antes de lo previsto, con la ilusión de sorprenderla, y ahora miraba con los ojos de hielo y el corazón hecho añicos cómo su hijo se vaciaba dentro de la mujer a la que amaba.
Con el mismo sigilo con el que había llegado, deshizo el camino sobre la mullida alfombra hasta el recibidor. Allí recogió la maleta que había dejado al entrar y salió de nuevo al rellano.
Nadie oyó el chasquido del pestillo al cerrarse.