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Relatos Ardientes

Adiestré a la madre de Camila hasta volverla mía

Ilustración del relato erótico: Adiestré a la madre de Camila hasta volverla mía

Beatriz hizo caso omiso a todo lo que le decía. Estaba metida en un limbo de placer, gozando con cada embestida de mi pene de silicona, ajena a mis palabras. En determinado momento me detuve, salí de ella y me desnudé por completo.

La tomé del cabello y le dije que era hora de que ella trabajara. Me senté en el borde de la cama y acomodé su cabeza entre mis piernas para que empezara a comerme el coño.

Ya no titubeaba como las primeras veces. Lo hizo sin reparos, lamiendo de abajo hacia arriba, deteniéndose en mi clítoris, tratando de atraparlo con los labios y jugar con la lengua. Estaba aprendiendo, y aprender me gustaba más que cualquier otra cosa.

Pero en un descuido me mordió. El dolor me sacó de mis cabales.

La empujé y cayó al piso. Así, tendida boca abajo, empecé a recordarle quién mandaba.

—Eres una perra salvaje —le dije, agarrando otra vez el cinturón—. Y ahora vas a recibir lo que te mereces.

Le crucé las nalgas hasta dejárselas casi moradas. El cuero silbaba antes de cada impacto, y ella contaba los golpes con el cuerpo, encogiendo los hombros, apretando los dientes. Pero ya no gritaba como al principio. Algo en su forma de aguantar había cambiado: ya no era una mujer soportando un castigo, sino una sumisa esperando el siguiente.

Su resistencia cedía de a poco, y yo no pararía hasta dominarla por completo.

La quiero hambrienta, obediente, mía.

Quería convertirla en una sumisa perfecta. Todo eso llevaría su tiempo, pero yo estaba dispuesta a dárselo. Durante las sesiones le habíamos tomado fotos y videos, un seguro por si en algún momento se le ocurría rebelarse. Beatriz era una mujer muy respetada en su barrio y en su trabajo, y eso jugaba a mi favor.

***

Todavía nos quedaban unos días antes de volver al bar. El local seguía cerrado, lo estaban reacondicionando después del temporal que había roto medio techo, así que teníamos tiempo de sobra.

Esa tarde busqué a Camila en la cocina y le pregunté si seguíamos adelante con la idea de quedarnos en la casa y continuar adiestrando a su madre. Me miró un segundo antes de contestar.

—Sí —dijo—, pero con una condición. No la humilles delante de los vecinos ni de nadie de afuera. Sigue siendo mi madre.

Le acaricié la mejilla y se la acepté. Después, con voz dulce, le pedí algo a cambio.

—Entonces tú también vas a aceptar una condición mía. Tu madre hará todo lo que yo le pida, sin que tú intervengas.

Camila bajó la vista. Le di un beso tierno en la comisura de los labios, después otro más largo, y cuando se separó de mí ya había aceptado.

—Trato hecho —murmuró contra mi boca.

***

Empecé con el juego de la dominación apenas terminamos de hablar. Entre nalgadas y sesiones de sexo oral, no le di descanso. Probé también con penetraciones anales, donde seguía siendo resistente, y cada vez que se cerraba la castigaba con un par de azotes. Así estuvimos varias horas, ella aprendiendo a obedecer, yo aprendiendo hasta dónde podía llevarla.

Paramos para comer algo cerca del mediodía. Mientras Beatriz recuperaba el aliento en un rincón, se me ocurrió que necesitábamos materiales. Le dije a Camila que la dejaríamos un rato y que fuéramos a la ferretería del centro.

Compramos sogas, ganchos de distintos tipos, algunos a rosca y otros para atornillar a la pared. Mi idea era poder sujetarla bien, dejarla expuesta y sin escapatoria. También llevé unas pinzas pequeñas, unas pesas de pesca y otros elementos que fui eligiendo con calma, imaginando para qué serviría cada uno.

Camila empujaba el carrito en silencio. De vez en cuando me miraba de reojo, entre la culpa y una curiosidad que no terminaba de admitir. Yo sabía que esa mezcla la encendía tanto como a mí; lo notaba en cómo se mordía el labio cada vez que yo levantaba una soga para medir su grosor.

—¿No es demasiado? —me preguntó cerca de la caja, en voz baja.

—Es exactamente lo necesario —le contesté—. Tú quédate tranquila y déjame el resto a mí.

De vuelta a casa pasamos por una tienda de alimentos y accesorios para mascotas. Lo pensé un instante y me reí sola.

—¿Por qué no? —le dije a Camila—. Si va a ser nuestra perrita, que tenga lo suyo.

Entramos y compré un collar con cadena, un plato de metal y una chapita de identificación. En el mostrador me preguntaron qué nombre querían que grabaran. Lo dije sin dudar.

—Nala.

***

Regresamos a la casa con las bolsas y empezamos a vestir a nuestra nueva cachorra. Le ajusté el collar al cuello, enganché la cadena y le colgué la placa con el nombre grabado.

—Desde ahora te llamas Nala —le dije, levantándole el mentón para que me mirara—. Acuérdate bien del nombre. No quiero volver a repetírtelo.

Beatriz tragó saliva y asintió en silencio. Algo en sus ojos ya había cambiado.

Después llevamos a la habitación los elementos de la ferretería. Atornillamos ganchos a la pared, colgamos las sogas, repartimos las pinzas y las pesas sobre una repisa. Ella miraba con asombro cómo transformábamos el cuarto que había sido suyo, pero no se animó a decir nada.

Era extraño verla así, de pie en el centro de su propio dormitorio mientras desaparecía pieza por pieza. La cómoda con los retratos familiares la corrí contra el pasillo. La lámpara de mesa la cambié por una luz más fría, directa. Donde antes había una mujer adulta y respetada, ahora se levantaba un espacio pensado para una sola función: la obediencia.

Cuando terminamos me acerqué y le hablé al oído.

—Esta es tu nueva habitación, Nala. Ve acostumbrándote.

Era mucho para ella, lo sabía. El cuarto familiar y ordenado se estaba convirtiendo en algo parecido a una mazmorra, y ella lo veía nacer pared por pared sin poder evitarlo.

***

Nala se quedó parada en un rincón, vestida solamente con el collar y la cadena, los brazos cruzados sobre el pecho como si todavía pudiera protegerse de algo. Me dirigí hacia ella, tomé la cadena y la guie hasta la cama.

—Es hora de trabajar —le dije.

Me desnudé y le hice una sola seña, apuntando hacia mi sexo. Entendió enseguida. Se acomodó entre mis piernas y se dedicó a su labor con una entrega que las primeras veces no había tenido. Ya no había resistencia, ya no había mordidas. Ponía toda su atención en complacerme, y eso me llevó a un orgasmo tremendo, largo, de esos que te dejan flotando un rato en la cama.

Cuando me recompuse, todavía me quedaba una desconfianza. No sabía qué haría si la dejábamos sola. Llamé a Camila y le pregunté qué opinaba.

—Yo la llevo a la cocina conmigo —propuso—. Preparamos el almuerzo juntas. Si intenta escaparse o agarrar el teléfono para pedir ayuda, te aviso enseguida.

Me pareció una buena idea. Le pasé la cadena y las vi salir juntas, la hija adelante y la madre detrás, sumisa, descalza, con la placa de Nala balanceándose sobre el pecho.

***

Me quedé en la habitación terminando de acomodar las cosas. Colgué la última soga, probé que los ganchos aguantaran el peso, ordené las pinzas por tamaño. Pasaban los minutos y yo seguía pendiente de la puerta, esperando que Camila apareciera para decirme que su madre había intentado algo.

Desde abajo me llegaban los ruidos de la cocina: el agua corriendo, el golpe de una olla contra la hornalla, las voces apagadas de las dos. Por un momento me pregunté qué se dirían una madre y una hija con una cadena de por medio. Después dejé de pensarlo. Mi trabajo era levantar la mazmorra; el de Camila, vigilar que la perra no mordiera la mano equivocada.

Pasó media hora. Más, incluso. Y de pronto escuché la voz de Camila llamándome desde abajo.

Lo peor, pensé. Bajé las escaleras de a dos escalones.

Pero no. El almuerzo estaba listo, humeante sobre la mesa, y Beatriz —Nala— seguía con el collar puesto, dócil, esperando junto a la pared. Camila me sonrió desde la cocina, orgullosa de su madre y un poco de sí misma.

Cuando nos sentamos, la perra hizo el ademán de acercar una silla para sentarse con nosotras. La detuve con la mirada.

—Las perras no se sientan a la mesa —le dije—. Te quedas parada al lado, en silencio, hasta que nosotras terminemos. Después comes tú, recoges los platos y lavas todo.

Beatriz se quedó de pie junto a mi silla, con las manos a los costados y la cabeza apenas inclinada. El collar le brillaba bajo la luz de la cocina y la placa con su nombre nuevo subía y bajaba al ritmo de su respiración. Camila masticaba despacio, mirándola de reojo, sin atreverse a defenderla porque había aceptado mi condición y la estaba cumpliendo.

Comimos sin prisa. Cada tanto le pasaba a Nala un trozo de pan con la mano, como se le da a una mascota, y ella lo aceptaba con los labios, cuidando de no rozarme los dedos con los dientes. Había aprendido la lección de la mordida; no la repetiría.

—Y otra cosa —agregué, llevándome el tenedor a la boca—. A partir de hoy te reduzco la ración de comida. Una perrita obediente no necesita tanto.

Nala no respondió. Solo asintió, en silencio, como ya le había enseñado. Y mientras la veía ahí parada, esperando las sobras de su propia mesa, supe que el adiestramiento iba por buen camino. Faltaba poco para que dejara de extrañar a la mujer que había sido.

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Comentarios (4)

ValentinaG

Dios mio, que relato... no pude parar de leer hasta el final. Increible!!!

lectura_nocturna7

Por favor que haya una segunda parte, quedé con mil preguntas. El final me dejó totalmente colgada jaja

DiegoRV_88

No es mi categoria favorita pero lo empecé y no podia parar. Algo tiene este relato que engancha desde el primer parrafo.

SumisaSecreta

Me recordó a una dinamica que conozco bien... no tan extrema claro, pero hay algo en ese tipo de relacion que es hipnotico. Muy bien capturado.

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