La rubia del baño y mi primera noche con una mujer
Me llamo Candela, aunque desde el colegio todos me dicen Cande. Soy alta, de piel morena y melena oscura que se me riza un poco en las puntas. Tengo los ojos color miel, pero si alguien me preguntara qué es lo que más miran de mí, sabría la respuesta sin dudar: la boca. Una noche, hace tiempo, mi marido me confesó que lo primero en que se fijó cuando me conoció fueron mis labios, y que pasó la velada entera imaginando cosas que no diré aquí. Los hombres, siempre pensando en lo mismo.
El problema es que también se cansan rápido. Al menos Damián. Llevamos casi tres años casados y ya no recuerdo cuándo fue la última vez que tuve un orgasmo con él. Creo que todavía me quiere, a su manera, pero he bajado al último puesto de su lista de prioridades. En la cama me tiene completamente abandonada.
Lo nuestro se volvió mecánico, apurado, sin curiosidad. Sé que parte de eso es la costumbre, dormir cada noche con la misma persona acaba apagando algo. Pero lo que más me dolía no era la rutina, sino que él ni siquiera intentaba romperla. Hacíamos el amor pocas veces y siempre con prisa, como quien tacha una tarea de una lista.
Todo esto se lo contaba a Lorena, mi mejor amiga desde la universidad. Ella buscaba la manera de animarme: que me comprara lencería bonita, que fuéramos juntas a un terapeuta de pareja, lo que se le ocurría. Pero Damián era inmune a mis conjuntos de ropa interior y negaba en redondo que necesitáramos ninguna ayuda.
—Cariño, lo que tienes que hacer es pasar de él —me decía Lorena—. La vida es corta. Somos jóvenes y gustamos. Si tu marido no sabe valorarte, otra persona lo hará.
En el fondo tenía razón, pero yo nunca le había sido infiel a Damián y no me sentía con ánimo de empezar. Y eso que sé que él sí me ha engañado. Son cosas que una esposa intuye, por mucho que el otro lo disimule. Estoy casi segura de que ocurrió un par de veces, simples desahogos sin nada serio detrás. Me dolió, claro, pero decidí vivir con ello mientras la cosa no fuera a más.
Pasaban los meses y mi matrimonio seguía igual de muerto. Estaba aburrida, cansada de mí misma. Así que cuando Lorena me propuso salir un sábado por la noche, dije que sí. No le inventé ninguna historia a Damián: le dije que salía con amigas a tomar algo. Ni se inmutó.
***
Esa tarde me arreglé con ganas. Elegí un conjunto de encaje negro que me sentaba muy bien y un vestido corto para lucir las piernas. Me pinté los ojos, me di algo de color en las mejillas y terminé con un brillo rosado en los labios. Cuando Lorena me vio, soltó una exclamación y me riñó en broma.
—¿Es que quieres robarme a todos los tíos buenos de la ciudad?
El sitio al que fuimos era un pub elegante, no muy grande, con una pequeña pista de baile junto a la barra, luces tenues y música a un volumen que dejaba hablar. Me gustó enseguida. La clientela tenía buen aspecto, gente cuidada, de la que se nota que tiene dinero.
Nos sentamos en una mesa algo apartada y Lorena no tardó ni dos minutos en empezar a inspeccionar a los chicos. Ella está soltera porque quiere; pretendientes le sobran. Dice que sentará la cabeza cuando se le acaben las ganas de fiesta, y viendo cómo me va a mí con el matrimonio, empiezo a pensar que es la más lista de las dos.
—Cande, voy a bailar —me dijo, levantándose con una sonrisa nerviosa—. Aquel grandote de la camisa azul promete. ¿Te dejo sola un rato?
—Claro que sí. Diviértete.
Me entretuve mirándola moverse en la pista, observando cómo los hombres la rodeaban como gaviotas sobre el agua. Ella fingía no hacerles caso, pero en realidad estaba eligiendo con calma entre todas sus opciones.
Al cabo de un rato me levanté para ir al baño. Dentro solo había una mujer arreglándose frente al espejo. Rondaría los cuarenta, aunque los llevaba de maravilla. Tenía el cabello rubio muy corto, peinado hacia atrás con gomina, de modo que parecía mojado y le daba un aire ligeramente masculino. Pero era lo único masculino en ella: el resto de su cuerpo destilaba feminidad, esbelto, proporcionado, esculpido con horas de gimnasio.
Me metí en uno de los reservados mientras notaba que ella me seguía con la mirada a través del espejo. Acababa de cerrar cuando, en dos zancadas largas, entró detrás de mí. Con una mano me empujó con suavidad contra la pared del fondo y con la otra echó el cerrojo.
—¿Qué hace? —protesté.
Me puso un dedo sobre los labios, ordenándome silencio. Me sujetó las dos muñecas con una sola de sus manos y buscó mi boca. Giré la cabeza por instinto y le dejé el cuello al descubierto. Empezó a besármelo despacio mientras yo intentaba zafarme.
—Pare, por favor. No quiero.
Ignorando mis quejas, sacó la lengua y me lamió el cuello. Me estremecí, y se me escapó un gemido tenue que solo sirvió para animarla. Me apretó más las muñecas y me metió la lengua en la oreja. Eso sí que me encendió de verdad: las piernas me temblaron un segundo y la respiración se me cortó.
—Te gusta, ¿a que sí? —murmuró, volviendo a humedecerme la oreja.
—No… ahhh… sí… no. ¡Pare!
Decidió entonces que yo ya estaba lista y empezó a perseguir mi boca con insistencia. Comenzó un juego cargado de tensión: yo apartaba la cara cuando sentía acercarse sus labios, y ella volvía a la carga, paciente, sabiendo que en cuanto cediera habría derribado todas mis defensas.
Seguí resistiéndome, pero con cada segundo el calor crecía dentro de mí. Desde el momento en que me lamió la oreja no había dejado de subir. Mis giros de cabeza eran cada vez más lentos, más torpes, y ella ya había rozado mis labios con los suyos un par de veces. Y entonces giré la cabeza al revés, no para escapar, sino para ir hacia ella. No sé si lo hice a propósito o si me traicionó el deseo. En cuanto me tuvo de frente, me dio un beso profundo y húmedo que acabó con lo poco que me quedaba de resistencia.
***
Aflojé las manos y abandoné el inútil intento de soltarme. Ella aprovechó para colar la lengua entre mis labios y, a los pocos segundos, abrí la boca y la dejé entrar. Estaba temblando de excitación. Sin dejar de besarme con una destreza que me desarmaba, me liberó las muñecas: una mano subió a mis pechos y la otra bajó hasta el borde del vestido y empezó a acariciarme por encima de las bragas.
Esa mujer me estaba haciendo disfrutar como no recordaba. Llevaba demasiado tiempo sin sexo de verdad, sí, pero también era evidente que ella sabía exactamente lo que hacía: dónde tocar, cuándo apretar, cómo convertir un beso en algo mucho más grande. Yo respiraba sin control, el cuerpo me ardía y solo quería que aquello no terminara.
Entonces apartó la mano de mi entrepierna, la llevó frente a mi boca y adelantó dos dedos.
—Chúpalos —ordenó.
Obedecí al instante. Me los metí en la boca y los chupé con ganas, humedeciéndolos por completo mientras ella me miraba con una intensidad que me desnudaba por dentro. Cuando le pareció suficiente, retiró los dedos, apartó la tela de las bragas y me los hundió de golpe. Se me escapó un gemido que ella ahogó con la otra mano antes de volver a mis pechos, apretándolos y pellizcándome los pezones.
Aquello, sumado al movimiento experto de sus dedos, me llevó al límite enseguida. Estaba a punto y ella lo sabía: me observaba sin pestañear, esperando el momento como quien va a cobrar un premio bien ganado. No tardé en estallar. Cerré los ojos, me mordí el labio y exploté en un orgasmo profundo, larguísimo, como hacía años que no tenía.
La mujer sonrió. Me besó con una ternura inesperada y me susurró al oído:
—Vengo por aquí los viernes y los sábados.
Y, dejando la invitación en el aire, descorrió el cerrojo y desapareció en la sala.
***
Volví a la mesa en cuanto pude caminar. Me bebí la copa de un trago mientras buscaba a Lorena con la mirada. Seguía en la pista, y ya había elegido. A dos. Bailaba entre ambos, uno a su espalda y otro de frente, los tres pegados, y lo curioso es que nadie a su alrededor parecía darse por enterado, como si fuera lo más normal del mundo. Al verme, se soltó y vino hasta mí.
—¿Dónde te habías metido?
—Al baño —dije, y noté que me ardían las mejillas.
—Siento que no te lo estés pasando bien, Cande. Mira, me voy a un hotel con esos dos. ¿Te importa?
—Para nada. Cojo un taxi y me vuelvo. Pásalo bien.
Nos despedimos a toda prisa en la calle, ella con su prisa y yo con mi taxi recién llegado. Ya habría tiempo de contarle lo que me había pasado. O tal vez no le diría nada.
De camino a casa no podía dejar de pensar en aquella desconocida y en cómo me había hecho sentir. Nunca había estado con otra mujer, jamás se me había pasado por la cabeza, y sin embargo aquella experiencia me había abierto una puerta a un mundo que ni sabía que existía.
Lo que más me sorprendió fue no sentir remordimientos. Quizá porque no había sido con otro hombre, pero, lo mirara por donde lo mirara, seguía siendo una infidelidad. Y aun así estaba en paz. No lo había hecho por venganza ni por despecho. Simplemente había sucedido y lo había disfrutado. Por primera vez en mucho tiempo sentí que era yo quien llevaba las riendas de mi propia vida.
***
La semana siguiente se me hizo eterna. Estaba decidida a volver al pub con la esperanza de encontrarme con ella. Me moría por dejarme llevar otra vez, y cada noche me estremecía recordando sus besos, sus caricias, sus dedos dentro de mí.
No le conté nada a Lorena. Podría haberlo hecho, sé que me habría aplaudido y animado a repetir, pero algo me decía que aquello era tan mío que debía guardarlo solo para mí. Así que el viernes fui sola. A Damián volví a decirle que salía con amigas y, como siempre, le dio igual. Incluso pensé que tal vez él aprovechara para darse otro capricho, y no me molestó la idea. Si yo defendía mi derecho a ser feliz, no podía negárselo a él.
Ocupé la misma mesa del sábado anterior. La buscaba por toda la sala, pero no estaba. Tuve que quitarme de encima a un par de tipos que querían invitarme a una copa, a bailar, o a las dos cosas. En el fondo me estaban pidiendo permiso para acostarse conmigo, y los dos lo sabíamos. Pero yo no necesitaba a un hombre esa noche. Necesitaba a aquella rubia altiva y elegante con sus manos imposiblemente hábiles.
Media hora después, cuando empezaba a perder la esperanza, la vi entrar. La acompañaba un hombre maduro con un aire de tipo con dinero que no se molestaba en disimular: iba de traje, algo que destacaba en aquel ambiente. Se sentaron a unas mesas de la mía. Ella recorrió el local con sus enormes ojos azules hasta dar conmigo, sonrió, le dijo algo a su acompañante y se vino a mi lado.
—Buenas noches. Veo que has vuelto.
—Hola. Me apetecía una copa —mentí. No quería enseñarle mis cartas tan pronto.
—Me llamo Vanesa —dijo, y me tendió la mano.
—Cande.
El nombre le quedaba perfecto, pensé, con ese punto de fuerza y misterio que tenía ella. Aunque sospeché que no era el verdadero, igual que Cande tampoco lo era del todo para mí.
—¿Te invito a una copa? —le pregunté.
—Por supuesto.
Empezamos a charlar de cosas sin importancia, y Vanesa se fue acercando despacio. No disimulaba sus intenciones, simplemente las desplegaba con elegancia, segura de sí misma. Cuando estuvo pegada a mí, rozándome la pierna con la suya, dio un trago largo y me invitó a hacer lo mismo. Mientras bebía, sentí su mano en mi muslo. La sorpresa hizo que una gota me resbalara por el labio hacia la barbilla, y ella se inclinó y la recogió con la lengua, mientras su mano seguía subiendo hasta llegar a su destino.
Me puse nerviosa, mirando alrededor por si alguien nos observaba. Pero recordé el baile de Lorena y cómo nadie le había prestado atención. Salvo algún cazador suelto que se acercaba a las mujeres solas, todos andaban a lo suyo.
Dejé de preocuparme por completo cuando Vanesa me coló un dedo por debajo de las bragas. Cerré los ojos y en ese instante dejó de existir todo lo demás. Su habilidad para encontrar justo el punto que me hacía perder la cabeza hizo el resto, y me corrí en silencio, apretando los puños debajo de la mesa.
—¿Has estado con una mujer? —preguntó.
—No.
—¿Te gustaría?
Respondí con un sí que me salió del alma. Estaba tan encendida que ardía por acostarme con ella, lejos de miradas ajenas, las dos solas para explorarnos sin pudor.
—Pero vayamos a un hotel —propuso—. El baño tiene su morbo, pero se queda corto, ¿no crees?
Asentí. Antes de salir, ella se acercó a su acompañante y le dijo algo; el hombre asintió con la cabeza. No tuvimos que andar mucho para dar con un hotel. Era un sitio caro, y Vanesa, adelantándose a cualquier reparo mío, pidió la habitación con una autoridad que no admitía dudas.
—Pago yo. Eres mi invitada.
***
La habitación era preciosa, con una cama enorme. Bajó las luces, me cogió de la mano y me llevó al baño.
—Desnúdate —ordenó.
Mientras el agua de la ducha empezaba a correr, ella también se quitó la ropa. Debajo del vestido llevaba un picardías negro que le marcaba la figura. De pie, quitándose los pendientes, me pareció una mujer realmente hermosa. Nos metimos bajo el agua y me puso de cara a la pared. Empezó enjabonándome la espalda, pero sus manos no tardaron en aferrarse a mis pechos. Me mordió el cuello con fuerza y solo consiguió que me estremeciera. Después bajó la mano y volvió a masturbarme, entrando y saliendo con los dedos, buscando el clítoris, hasta arrancarme otro orgasmo. Me di la vuelta y la besé con pasión. Quise devolverle el favor, pero me detuvo.
—Quiero que me lo hagas en la cama. Quiero esa boca tuya que me trae loca desde que te vi.
Empapadas, fuimos a la cama. Vanesa se tumbó con las piernas abiertas y yo no dudé en meter la cara entre sus muslos. Nunca lo había hecho, pero descubrí que mi cuerpo sabía qué hacer sin que nadie se lo enseñara. La besé, la lamí, y supe que iba bien porque ella no paraba de gemir y retorcerse animándome.
—Sigue así, sí, no pares.
Saqué la lengua y hurgué en ella, arriba y abajo, en círculos, chupándole el clítoris sin descanso. Vanesa arqueó la espalda, me agarró del pelo con fuerza y se corrió contra mi boca, sujetándome ahí mientras su cuerpo se sacudía en pequeños espasmos. Verla deshacerse debajo de mí me había excitado tanto como mis propios orgasmos.
***
Nos quedamos un rato en silencio, recuperándonos. Entonces se levantó, volvió con un pañuelo y me vendó los ojos. Ante mi mirada de extrañeza, me puso un dedo en los labios y los acarició.
—Tienes una boca hecha para el pecado, Cande.
Me tumbó boca arriba. La oí alejarse un par de pasos y la habitación quedó en absoluto silencio. Al poco noté pasos acercándose y que alguien subía a la cama. Me puse nerviosa, pero no me atreví a hablar. Pensé que Vanesa volvería a mí con el morbo añadido de la venda, y la sorpresa fue enorme cuando sentí el glande de un hombre en la entrada de mi sexo. Intenté quitarme el pañuelo, pero unas manos firmes me lo impidieron: era ella, sujetándome igual que en el baño del pub, dejando que aquel desconocido me poseyera.
Y lo hizo sin prisa. Sentí cómo entraba en mí con una facilidad asombrosa, despacio, midiendo el efecto de cada embestida. Muy a mi pesar, empecé a excitarme otra vez. Aceleraba poco a poco, cada vez más adentro, hasta que el ritmo se volvió frenético y noté llegar el orgasmo desde lo más hondo, arqueándome entera con un gemido. Acababa de correrme cuando él terminó dentro de mí.
Vanesa me soltó las manos y me besó con una lengua nerviosa, excitada. Era evidente que había disfrutado mirando. Me quité la venda y descubrí que el hombre era su acompañante del pub, aquel maduro elegante.
—Estás increíble —me dijo.
Iba a protestar, pero Vanesa me hizo callar.
—¿Tendría que haberte pedido permiso? ¿Como en el baño la otra noche? Lo has disfrutado, no lo niegues.
Tenía razón. Lo había disfrutado, y no encontraba motivos para quejarme. Me había corrido tres veces en una sola noche, algo que no me ocurría desde hacía años. Vanesa me había mostrado un mundo nuevo, el placer entre mujeres, y aquel morbo todavía me ardía por dentro. Salí de allí sin culpa, con la certeza de que mi vida, por fin, volvía a ser solo mía.