Lo que mi profesora me enseñó cuando quedamos solas
Aquella tarde tenía la casa entera para mí. Mis compañeras de piso se habían ido el fin de semana, no quedaba nadie en los otros cuartos, y a la mujer más deseable que había conocido en mis veintidós años estaba sentada en mi sofá, dispuesta a quedarse el tiempo que hiciera falta. Yo me había repetido durante días que esa era mi oportunidad, que por una vez la balanza se inclinaba a mi favor.
Porque, ¿a quién no le gustaría tenerme? Joven, recién salida de la adolescencia y todavía con esa fama de inexperta que tanto le gustaba a la gente. Yo creía que ese era mi poder. Creía que Renata, mi profesora particular de Literatura, caía rendida ante esa mezcla de inocencia y descaro que yo practicaba frente al espejo.
Qué ingenua era. Pensar que yo poseía algún poder sobre ella. Si Renata me hubiese pedido que me lanzara a mar abierto sin saber nadar, yo me habría arrojado detrás de ella sin dudarlo un segundo. Bastaba con que me mirara para que el resto del mundo se apagara. ¿Por qué, cuando ella clavaba sus ojos en mí, yo sentía que era la única mujer que existía sobre la tierra?
Llevábamos casi una hora fingiendo que repasábamos. El cuaderno seguía abierto en la misma página, las anotaciones a medio hacer, y entre nosotras flotaba esa tensión que ya conocíamos demasiado bien. No era la primera vez. Pero sí era la primera vez que estábamos completamente solas, sin el riesgo de una llave girando en la cerradura.
Todo había empezado meses atrás, casi por accidente. Mi madre la había contratado para que me preparara una asignatura que se me resistía, y al principio Renata era pura profesionalidad: puntual, correcta, con esa manera de explicar que hacía que cualquier texto pareciera fascinante. Yo me dediqué a coquetear por deporte, segura de que no llegaría a ninguna parte. Hasta que una tarde ella respondió a una de mis provocaciones con una frase que me dejó sin palabras, y entendí que el juego iba en serio.
Desde entonces, cada clase era un campo de batalla disfrazado de repaso. Una mano que se demoraba demasiado al señalar una línea del cuaderno. Un silencio cargado que ninguna se atrevía a romper. Yo creía que era la dueña de ese tira y afloja, que la llevaba justo hasta el borde y la dejaba ahí, deseando más. Y, sin embargo, era yo la que contaba los días hasta el martes siguiente.
—Entonces, profesora —dije, alargando la palabra con toda la intención—, todavía no me quedan claros algunos temas del examen. ¿Podemos seguir con la clase?
Renata levantó la vista del cuaderno. Esa sonrisa lenta que ponía cuando sabía exactamente lo que estaba pasando.
—Claro —respondió, y su voz salió más grave de lo habitual—. Todavía me quedan muchas cosas por enseñarte, princesa.
No esperé un segundo más. Me lancé sobre su boca sin compasión, como si llevara semanas conteniéndome, y la verdad es que así era. Fue una batalla de lenguas, una guerra silenciosa que yo estaba decidida a ganar. La empujé hasta que su espalda chocó contra la pared del pasillo, le sujeté las muñecas por encima de la cabeza, metí una rodilla entre sus piernas y empecé a presionar justo contra su coño, notando cómo el calor le atravesaba el vaquero.
Sentía su humedad marcarse en la costura, empapando la tela áspera contra mi rodilla. Ese pantalón me estorbaba, me molestaba la barrera entre mi mano y su piel. Le desabroché el botón con impaciencia, bajé la cremallera de un tirón y deslicé los dedos por debajo del elástico de las bragas, hasta hundirlos directamente en su coño.
Estaba empapada. Chorreaba. Mis dedos se hundieron sin ninguna resistencia, dos primero y después tres, y podía sentir cómo se cerraba a mi alrededor, cómo las paredes de su coño me apretaban a cada embestida. La follaba con la mano contra la pared, subiendo y bajando, el pulgar buscándole el clítoris hinchado y frotándolo en círculos apretados. Renata dejó caer la cabeza hacia atrás y golpeó la pared con un ruido sordo. Solo escuchaba el chapoteo obsceno de mis dedos entrando y saliendo de ella, su respiración entrecortada, esos gemidos ahogados que se le escapaban contra mi cuello, el temblor que le recorría las piernas cada vez que le curvaba los dedos hacia dentro y le buscaba ese punto rugoso que la hacía convulsionar.
—Ah… joder… —gimió en mi oído, y el sonido me atravesó entera—. Me estás torturando.
—Y te está gustando —le susurré, sintiéndome poderosa por primera vez, retorciéndole los dedos dentro—. ¿Verdad que sí? Estás empapada, se me caen los jugos por la muñeca.
—Cállate y sigue —jadeó ella, empujando las caderas contra mi mano, follándose sola sobre mis dedos.
Fue el error. En cuanto las palabras salieron de mi boca, algo cambió en ella. Su expresión se endureció, frunció el ceño, y su mirada se volvió más intensa, más penetrante, como si de pronto recordara quién mandaba de verdad en esa casa.
—Sácalos —ordenó. Le retiré los dedos, brillantes y pegajosos hasta los nudillos—. Chúpalos.
Me metí los dos dedos en la boca sin apartar la vista de ella, chupándome su sabor entero, y Renata sonrió de medio lado.
—Arrodíllate.
No fue una pregunta. Fue una orden, dicha con una autoridad que no admitía réplica. Y antes de que mi cabeza alcanzara a procesar lo que estaba pasando, su mano se posó en mi hombro y me empujó hacia abajo con firmeza.
Caí de rodillas sobre el suelo de madera. Levanté la vista y ahí estaba ella, mirándome desde arriba, con esa media sonrisa que ya no tenía nada de dulce. Me sujetó la frente, terminó de bajarse el vaquero y las bragas hasta los tobillos de una patada, se abrió las piernas y me hundió la cara entre sus muslos de un tirón.
—Sácame la lengua, princesa. Enséñame para qué sirve esa boquita.
Le saqué la lengua entera y la pasé de abajo arriba por su coño abierto, de la entrada al clítoris, recogiéndole toda la humedad de un lametón largo. Ella soltó un jadeo grave y me apretó la cabeza contra ella con las dos manos. Empecé a chupársela con hambre: le sorbía los labios, le metía la lengua hasta el fondo, la sacaba y le lamía el clítoris a lengüetazos rápidos, le hacía círculos apretados con la punta y después me lo metía entero en la boca para chupárselo con succión.
Perdí la noción del tiempo y del espacio. Dejó de importarme cualquier cosa que no fuera ella, su olor a hembra en celo, su sabor salado y espeso en el paladar, el modo en que sus dedos se enredaban en mi pelo para guiarme el ritmo. Me follaba la cara, literalmente, moviendo las caderas contra mi boca, restregándose el clítoris contra mi lengua. Y, Dios, cómo le gustaba duro. No quedaba ni rastro de la profesora paciente que me explicaba metáforas los martes por la tarde.
—Así, muy bien, cómemelo —murmuró, con la voz quebrada—. Métemela más adentro. Te tendría toda la noche de rodillas, comiéndome el coño.
Le hundí la lengua tan adentro como pude, follándola con ella, y le subí una mano para meterle dos dedos mientras le chupaba el clítoris. Renata se convulsionó. Apretó las caderas contra mi cara, sosteniéndome con fuerza por el cabello, tapándome la nariz con su pubis, y yo me dejé hacer sin poder respirar apenas. Me dolían las rodillas contra la madera, me dolía la mandíbula abierta, la barbilla se me llenaba de saliva y de flujo, y por un momento me sentí usada, reducida a una sola función: chuparle el coño hasta que se corriera. No había ni un gesto de delicadeza en la forma en que me trataba. Y, sin embargo, no se me ocurría ningún lugar en el que prefiriera estar.
No entendía de dónde sacaba ella tanta resistencia, de pie, controlándolo todo, follándome la boca como si fuera un juguete. Yo, en cambio, estaba completamente a su merced, con el coño mío chorreando por dentro del muslo sin que nadie me hubiese tocado siquiera. Pero no pensaba rendirme. Antes muerta que darle la satisfacción de pedir tregua.
Le clavé los dedos más profundo, los curvé hacia dentro buscándole el punto exacto y le encerré el clítoris entre los labios, chupándoselo sin piedad. Renata soltó un sonido ronco, casi animal, y sentí cómo sus piernas perdían el equilibrio por un instante. Su cuerpo entero se sacudió. Una ola la recorrió de arriba abajo, se corrió en mi boca con un espasmo largo, y noté cómo su coño se contraía apretando mis dedos mientras un chorro caliente me bajaba por la barbilla. Me tragué todo lo que pude y supe que había ganado al menos esa pequeña batalla.
***
Con el impulso que me dio ese pequeño triunfo, me incorporé. La adrenalina me corría por las venas y me hacía sentir capaz de cualquier cosa. Entre besos torpes y manos impacientes —ella me chupaba su propio sabor de la boca, gimiendo dentro de mi lengua—, terminé de desnudarla del todo, y me quité lo poco que me quedaba a mí. Fue entonces cuando todo me dio vueltas.
Tragué saliva. Era la primera vez que nos veíamos completamente desnudas, sin penumbra, sin ropa a medio quitar, sin prisa por esconderse. Y era perfecta. Una gota de sudor le bajaba por el abdomen hasta el pubis todavía brillante, los músculos de sus brazos tensos, sus tetas pequeñas y firmes, los pezones erguidos y oscuros como si me reclamaran, los muslos manchados de su propia corrida. Aquello era el cielo, no se me ocurre otra forma de decirlo.
Ella me observaba con curiosidad, analizando mi reacción, midiendo el efecto que tenía sobre mí. Bajó la mirada hasta mi entrepierna y se relamió.
—¿Estás bien, Camila? —preguntó, y por un segundo volvió a ser la de siempre.
—No podría estar mejor —respondí, y la tomé de la mano para guiarla hacia el sofá del salón.
La recosté sobre los cojines y me subí encima de ella. Empecé a recorrer cada centímetro de ese cuerpo glorioso: el cuello, la curva de los hombros, los brazos, las tetas, la cintura, el interior de los muslos. Besaba, chupaba, mordía, y nada me parecía suficiente. Le encerré un pezón entre los dientes y tiré suave hasta oírla gemir, después le pasé la lengua alrededor de la aureola y me lo metí entero en la boca, succionándoselo con ganas. Le bajé por el vientre a lametones, le hundí la lengua en el ombligo, y cuando llegué al pubis ella me apartó agarrándome del pelo.
—Ahora no —jadeó—. Ahora quiero sentirte contra mí. Ven aquí, súbete.
Me senté a horcajadas sobre ella, ajusté mis caderas hasta que nuestros coños se rozaron y la sensación me cortó la respiración. Estábamos las dos empapadas, y cada roce hacía un ruido húmedo, obsceno, que llenaba el salón. Empecé a moverme contra ella, despacio al principio, deslizando mi clítoris contra el suyo, sintiendo cómo se hinchaban los dos al mismo tiempo. Después perdí la paciencia y empecé a frotarme sin piedad, restregando mi coño contra el suyo, buscando ese punto exacto donde el placer se volvía insoportable.
Renata levantó las caderas para seguirme el ritmo, tijeretándonos, y los muslos se nos entrelazaron cada vez más apretados. Al mismo tiempo le acariciaba las tetas, le retorcía los pezones entre los dedos, le pasaba tres dedos por la boca y ella los succionaba sin dudar, chupándomelos como si fuera una polla, gimiendo entre uno y otro. Cuando se los saqué, se los bajé hasta su coño y le metí dos hasta el fondo mientras seguíamos frotándonos, follándola por dentro al mismo ritmo que me follaba yo contra ella.
—Más fuerte, Camila, así —gimió, arqueándose entera bajo mi peso—. No pares, no pares, no pares.
Estábamos las dos al límite. El sofá crujía debajo de nosotras, olía a sudor y a coño, y los gemidos se nos mezclaban en la garganta. Sentía que me iba, que ya no quedaba nada que pudiera detenerme, que el clímax me subía desde algún lugar profundo del vientre y me iba a partir en dos. Eché la cabeza hacia atrás, rendida, dejando que la oleada creciera.
—Mírame —dijo entonces Renata.
Se incorporó un poco, me sujetó las caderas con fuerza y me obligó a quedarme quieta sobre ella, sin dejar de restregarme el clítoris contra el suyo con movimientos cortos y precisos. Sus ojos buscaron los míos en la penumbra del salón.
—Mírame a los ojos mientras te corres, princesa. Quiero verte la cara cuando te vengas encima mío.
No hizo falta nada más. El orgasmo llegó de golpe, brutal, vaciándome por dentro en espasmos largos mientras mantenía la mirada clavada en la suya, incapaz de apartarla, con la boca abierta soltando gemidos que no reconocía como míos. Sentí cómo mi coño se contraía contra el suyo, cómo me corría a chorros sobre su pubis y sus muslos, y ella terminó conmigo un segundo después, apretándome las caderas hasta hacerme daño, corriéndose otra vez con un grito ronco que le nació del pecho. Las dos al mismo tiempo, empapándonos la una a la otra, y por un instante el mundo se redujo a ese rincón del sofá y a dos cuerpos temblando, pegados por la corrida.
Caí desfallecida sobre su pecho. Escuchaba los latidos de su corazón, descontrolados, igual que el mío, calmándose poco a poco al mismo ritmo. Nos quedamos así, abrazadas, sin necesidad de decir nada, con los muslos pegajosos y el olor a sexo flotando en el aire, hasta que el sueño nos venció a las dos.
***
Me desperté un rato después con su brazo rodeándome la cintura y la cabeza apoyada en mi hombro. La luz de la tarde entraba sesgada por la ventana y le pintaba la piel de un color cálido. La miré dormir un buen rato, memorizando cada detalle, consciente de que esos minutos robados eran lo más cercano a la felicidad que había sentido nunca.
Porque eso era lo complicado de todo. Nuestros encuentros se volvían cada vez más intensos, cada vez más difíciles de espaciar. Lo que había empezado como un juego de poder, una pulseada absurda por ver quién dominaba a quién, se había transformado en algo que ya no sabía cómo nombrar.
Yo había entrado a ese juego convencida de que llevaba ventaja, de que era yo quien tenía a mi profesora comiendo de mi mano. Y ahí estaba, desnuda en mi sofá, entendiendo por fin la verdad: nunca tuve el control de nada. Cada átomo de mi cuerpo le pertenecía a ella desde mucho antes de esa tarde.
El único detalle que me quitaba el sueño era cómo demonios iba a mantenerlo en secreto. No las clases, no los exámenes que en realidad nunca repasábamos. Mis sentimientos. Cómo iba a disimular, frente a todos, que me había enamorado hasta los huesos de la mujer que me enseñaba Literatura los martes por la tarde.
Que siga la clase, pensé, mientras me acurrucaba contra ella. Que no termine nunca.





