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Relatos Ardientes

La huésped del hotel sabía lo que la camarera deseaba

Mariela trabajaba el turno de noche en un hotel del centro, uno de esos edificios viejos y elegantes donde los pasillos olían a cera y a flores cortadas. Limpiaba habitaciones cuando el resto de la ciudad dormía, y casi nunca cruzaba palabra con nadie. Esa rutina silenciosa fue justo lo que se rompió la tarde en que vio algo rojo colgando del pomo de la habitación 318.

Eran casi las tres. Había detenido el carrito junto al armario de la lencería para coger toallas limpias cuando el detalle de color le llamó la atención. La habitación quedaba en el extremo del ala, así que el pasillo estaba vacío. Se acercó despacio.

Eran unas bragas de seda roja, colgadas con descaro de la manija, como si alguien las hubiera dejado ahí a propósito. La cintura era un cordón de encaje con pequeñas rosas bordadas que brillaban bajo las luces del techo.

Miró por encima del hombro, igual que un ladrón, antes de extender la mano y descolgarlas.

Todavía están tibias.

Volvió a mirar hacia ambos lados y, sin terminar de entender por qué, se las acercó a la cara. Olían a un perfume caro de mujer, pero por debajo había algo más íntimo, casi animal. La seda le rozó la mejilla y un escalofrío le bajó por la espalda. En lugar de devolverlas a su sitio, se las guardó en el bolsillo del uniforme y siguió empujando el carrito como si nada.

De vuelta junto a la recepción, revisó la lista de huéspedes. La habitación 318 estaba a nombre de una tal señora Helena Velasco, y la reserva se extendía dos semanas más. Una mujer de negocios, supuso. No era raro que algunos clientes se quedaran un mes entero.

***

Esa misma tarde, mientras cruzaba el vestíbulo, vio a una mujer de pelo negro azabache esperando en el mostrador. Tamborileaba con las uñas pintadas de rosa sobre el mármol, impaciente. No había nadie atendiendo, así que Mariela se acercó y, con timidez, preguntó si podía ayudarla.

La mujer la miró de arriba abajo.

—Sí. Me avisaron de que habían dejado un regalo en mi puerta, pero cuando subí ya no estaba —dijo, más como una afirmación que como una pregunta—. Me pregunto si alguna de las chicas de la limpieza lo habrá recogido.

Sus ojos eran de un verde intenso, y se clavaron en Mariela como dos agujas. La camarera sintió que la cara le ardía. Las bragas de encaje, dentro del bolsillo, parecían quemarle contra el muslo.

—¿Cómo te llamas, muñeca? —La voz se había suavizado, pero había algo depredador en la sonrisa.

—Mariela —respondió en un hilo de voz.

—Gracias, cariño.

Y se marchó hacia los ascensores sin esperar más. Mariela se quedó plantada varios segundos, convencida de que esa mujer sabía perfectamente quién había robado la prenda y de que, tarde o temprano, hablaría con el gerente.

La señora Velasco vestía un traje negro impecable y se movía como alguien acostumbrado a que la obedezcan. Pero la imagen de esa misma mujer con las bragas rojas puestas no se le iba de la cabeza. ¿Quién las habría dejado ahí, y para qué?

***

La tarde siguiente, justo cuando salía a empezar su turno con la bata de nailon rosa, la supervisora la alcanzó en el pasillo.

—Llegó esto para ti esta mañana —dijo, y le entregó un sobre con el membrete del hotel.

Mariela asintió y siguió empujando el carrito hasta el otro extremo del pasillo antes de atreverse a abrirlo. La letra era claramente de mujer, redonda y firme:

«Llama a mi puerta a las cuatro en punto. Y ponte las bragas. Te van a quedar perfectas, mi pequeña ladrona.»

Al pie, alguien había estampado la marca de un beso con lápiz rosa. El papel olía al mismo perfume del día anterior. Era de la señora Velasco.

El miedo y la excitación se le mezclaron en el estómago hasta que no supo distinguir uno del otro. Sacó la prenda roja del bolsillo y volvió a acariciarla entre los dedos. No había ninguna amenaza escrita en la nota, y sin embargo se sintió obligada a obedecer.

No era su día de trabajo en esa planta, pero podía cambiarle el turno a otra de las chicas, la que siempre buscaba excusas para escaparse con su novio. Lo arregló en dos minutos.

***

Entró en una habitación vacía, echó el cerrojo y corrió las cortinas hasta dejar fuera la luz de la ciudad. El reloj de la mesilla marcaba las cuatro menos cuarto. Con las manos temblando, se desabotonó la bata, se la quitó y la colgó sobre el respaldo de una silla.

Se quedó solo con la ropa interior blanca, estudiando las bragas rojas en su mano. Eran tan pequeñas y suaves que casi pesaban nada. Se quitó las suyas y se puso las otras.

El encaje le hizo cosquillas mientras subía la seda por sus piernas. Pero al acomodarlas notó que algo no encajaba: la tela era tan fina y el corte tan estrecho que se sentía incómoda. Dudó unos segundos frente al espejo. Sabía lo que tenía que hacer.

Como en trance, fue al baño y encontró el pequeño kit de afeitado de cortesía que ella misma había repuesto esa semana. Sintió los pezones endurecerse mientras volvía a deslizar la seda hacia abajo. Desnuda salvo por el sujetador, se sentó en el borde de la bañera.

Con manos nerviosas se afeitó despacio, deteniéndose cada vez que el pulso le fallaba, hasta dejar la piel lisa y caliente. Una mirada al reloj la devolvió de golpe a la realidad: faltaban dos minutos.

Se enjuagó, se secó a toda prisa y subió de nuevo las bragas. Ahora se ajustaban a ella como una segunda piel, y el encaje le rozaba el sexo desnudo con cada movimiento. Se abotonó la bata y salió corriendo.

***

La 318 quedaba apenas unas puertas más allá, así que le sobró aire cuando llamó. Al principio no oyó nada y se sintió ridícula, ahí parada con la lencería usada de otra persona pegada al cuerpo. Durante años había fantaseado en secreto con que alguien tomara el control de ella. Ahora ese deseo estaba a punto de cumplirse. O eso esperaba.

La puerta se abrió por fin, despacio. La señora Velasco apareció envuelta en una bata larga de seda color marfil que brillaba bajo la luz cálida del pasillo. Su pelo negro parecía aún más misterioso en la penumbra.

—Adelante —ronroneó, y se hizo a un lado.

La habitación era amplia, con un salón aparte y un baño enorme. Varias velas ya encendidas bañaban las paredes de un resplandor dorado. Mariela se quedó de pie en el centro, esperando.

La señora Velasco la rodeó despacio, estudiando cada curva, antes de dejarse caer en el sofá. Descruzó las piernas y mostró una piel blanca, tan suave como la seda que la cubría.

—¿Has hecho lo que te pedí, pequeña?

Mariela tenía la boca seca. Solo pudo asentir, con la mirada clavada en los pies descalzos de la mujer, en las uñas de un rosa que brillaba de forma hipnótica.

—Entonces no te quedes ahí parada. Enséñamelo.

Las palabras la sorprendieron y la excitaron a partes iguales. Sabía que, después de aquello, no habría vuelta atrás. Si alguien se enteraba, perdería el trabajo. Aun así, empezó a desabotonarse la bata con los dedos torpes.

Se sentía expuesta, consciente de cada centímetro de piel que iba revelando. Las marcas pálidas del bañador enmarcaban sus pechos pequeños.

—Me encanta ver a una chica sin sujetador —murmuró la mujer—. Tan dispuesta. Tan caliente.

Mariela se sonrojó. Quiso explicar que solo se había olvidado de ponérselo otra vez después de colocarse las bragas, pero no le salió ni una palabra. Siguió desnudándose mientras escuchaba los comentarios de aquella desconocida, y descubrió con vergüenza que cada frase humillante la encendía más.

Cuando las bragas rojas quedaron a la vista, la señora Velasco sonrió.

—Te quedan impresionantes. Prendas pequeñas para una mujer pequeña. —Hizo una pausa—. Cuelga la bata en esa silla y sírveme un poco más de vino.

Casi desnuda, Mariela obedeció de forma automática. Sobre una mesa cercana, una botella de tinto brillaba a la luz de una vela. Llenó una copa, consciente todo el tiempo de su desnudez y del encaje que le acariciaba el sexo. Desde allí alcanzaba a ver el dormitorio, donde unas sábanas de seda reflejaban la luz de una lámpara.

Volvió con la copa y se la entregó. La mujer bebió un sorbo, dejó una huella rosada en el borde y se la devolvió.

—Acércate, muñeca —susurró.

Mariela dio un paso, hasta rozar el dobladillo de la bata de seda.

—Más cerca.

Obedeció de nuevo, hasta quedar casi a horcajadas sobre ella, con los muslos a cada lado de sus piernas. La seda fría le mandó una descarga directa al vientre. Un gemido bajo se le escapó cuando la mujer dejó que su pierna cubierta de seda subiera por su muslo desnudo.

—Así me gustan mis amantes. Cerca y al borde —dijo en voz baja.

Mariela tragó saliva mientras la caricia continuaba, lenta, deliberada. La señora Velasco volvió a tenderle la copa para que la sostuviera.

—No derrames ni una gota sobre mi bata. Sabes lo difícil que es quitar las manchas de vino, ¿verdad, querida?

Bebió otro sorbo y se la devolvió. Mariela temblaba de excitación contenida. Cerró los ojos, perdida en una niebla de placer, mientras la pierna de seda seguía rozándola sin tregua.

Entonces, con una mano, la señora Velasco recuperó la copa, y con la otra recorrió la tela roja, ya empapada, que apenas cubría el sexo de Mariela. Las piernas le fallaron un instante y se tambaleó. La copa desapareció de su vista y la boca se le abrió en un grito mudo de pánico.

Cuando recuperó el equilibrio y abrió los ojos, esperaba encontrar a una mujer empapada y furiosa. En cambio, la señora Velasco bebía tranquilamente, con una sonrisa apenas dibujada en los labios.

—Cuidado, pequeña. Podrías estallar antes de tiempo. Y no queremos eso. Al menos, no todavía.

No esperó respuesta. La uña perfecta siguió el contorno del clítoris de Mariela por encima del encaje, y la joven soltó un gemido grave. Nunca había sentido nada parecido.

Se había tocado a sí misma muchas veces, pero jamás había estado con otra persona, ni hombre ni mujer. El placer que esta desconocida le estaba dando superaba cualquier fantasía. La señora Velasco la manejaba como una experta, como si supiera de antemano cada reacción de su cuerpo.

Ahora estaba ahí, casi desnuda salvo por unas bragas que ni siquiera eran suyas, dejando que una mujer a la que apenas conocía le tocara los lugares más secretos.

Mariela volvió a gemir cuando los dedos apartaron la seda y encontraron piel desnuda y húmeda. Su cuerpo empezó a moverse solo, apretándose contra esa mano que la acariciaba sin prisa, frotando el clítoris hinchado hasta que cada caricia le arrancaba un temblor.

Necesitaba correrse o iba a volverse loca. La humedad le había empapado las bragas y le mojaba la parte alta de los muslos cuando sintió crecer el orgasmo desde el fondo del vientre.

Con los ojos cerrados, montó sobre la mano que la abría. Los dedos resbaladizos de la mujer subieron hasta su pecho y le pellizcaron un pezón; ella respondió con un quejido. Después, esos mismos dedos le recorrieron los labios de la boca, dejándole un rastro de su propio sabor, y Mariela los lamió como si bebiera de ellos.

Por fin cayó. Se estrelló contra el orgasmo más fuerte de su vida con un gemido ahogado y colapsó en el abrazo de la mujer, hundida en una bruma cálida y espesa.

Sintió que la señora Velasco la recostaba con suavidad sobre el sofá y le recorría el cuerpo entero con las manos, encadenando una oleada de placer tras otra hasta dejarla sin fuerzas.

***

Cuando volvió en sí, no sabía cuánto tiempo había pasado. Estaba desnuda sobre el sofá. Las bragas habían desaparecido, y la mujer también. Se incorporó apoyándose en el respaldo y oyó a alguien tarareando cerca. La música venía del baño.

Se acercó a la puerta entreabierta. Dentro, una luz cálida se derramaba sobre las baldosas: alguien había alineado velas a lo largo de la pared y sobre el lavabo. En la bañera enorme, entre una montaña de espuma perfumada, la señora Velasco la esperaba.

—Vaya, mi dulce princesa por fin despierta —dijo, con esa vocecita que se usa con los niños.

Mariela estaba demasiado agotada para protestar. Solo asintió.

—No sé a qué hora termina tu turno, pero creo que todavía quedan tareas pendientes.

Y las hubo, hasta que Mariela quedó completamente vaciada.

***

Cuando despertó de nuevo y miró el reloj de la mesilla, eran las seis y media de la mañana. Se le cortó la respiración. Le quedaban varias habitaciones por limpiar y casi nada de turno.

Buscó su ropa a tientas. La bata de nailon seguía colgada en la silla, pero no había rastro de su ropa interior. Se ruborizó al notar el roce fresco de la tela directamente sobre la piel desnuda. Cada movimiento le mandaba una nueva oleada de placer; el cuerpo entero le seguía vibrando.

—Gracias por una noche maravillosa, cariño —dijo la señora Velasco, observándola vestirse desde la cama—. Todo el mundo debería tener una camarera personal como tú.

Mariela se marchó sin atreverse a mirarla a los ojos. En cuanto la puerta se cerró, la mujer descolgó el teléfono y marcó el número de otra habitación.

—Carla, tengo que recomendarte el servicio de habitaciones de este sitio —dijo, con una risa suave entre dientes—. Se llama Mariela. Pide mañana que suba a tu cuarto y dile que te la mandó la huésped de la 318. Te aseguro que se entregará por completo. —Hizo una pausa y bajó la voz—. Y la próxima vez nos atiende a las dos juntas. Esto, querida, lo vamos a disfrutar mucho.

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Comentarios (4)

LucianaM

buenisimooo, uno de los mejores relatos que lei aca en mucho tiempo

GabyBaires

Por favor que haya segunda parte, quede con mucho morbo suelto jaja

MaiteV_

Me recorde de una vez en un hostel en el sur... cosas asi pasan mas de lo que la gente imagina ;)

SoleNight

El inicio con las bragas me engancho de inmediato, muy buen detalle para empezar

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