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Relatos Ardientes

La clase particular que se nos fue de las manos

Esa semana sin verla se me hizo eterna. Maldije el día en que acepté la invitación a aquel congreso en la otra punta del país, aunque una parte de mí sabía que poner distancia quizá no era tan mala idea. Tomar aire. Pensar con la cabeza fría. El problema era que cada minuto del día mi mente repetía lo mismo una y otra vez, como un disco rayado que no sabía detener.

Su piel tibia bajo mis manos. Esos jadeos que intentaba contener. El beso que me robó en la puerta antes de que me fuera, con una seguridad que no debería tener una chica de su edad. Renata era puro fuego, y yo estaba dispuesta a quemarme entera con tal de probar otra vez esa boca. No podía esperar más. Tenía que volver.

Durante el viaje en avión de vuelta no pude concentrarme en nada. Abrí el portátil con la intención de preparar las correcciones de la semana y lo cerré a los cinco minutos. La azafata me preguntó dos veces si quería algo de beber y las dos veces le respondí con un gesto distraído, la mirada perdida en la nada, repasando cada detalle de aquella tarde como quien relee una carta hasta gastarla.

La siguiente clase llegó por fin. Ahí estaba yo, parada frente a su portón, con el timbre todavía sonando y el corazón golpeándome las costillas como si fuera la primera vez que la veía. Me había cambiado de ropa tres veces antes de salir de casa, y eso me daba más vergüenza que cualquier otra cosa de las que estaba a punto de hacer.

—Hola, ¿cómo te fue, Mari? —me preguntó al abrir, apoyada en el marco con una naturalidad que me descolocó.

—Bien, todo bien, gracias —respondí, entrando y dirigiéndome a la sala donde solíamos repasar, intentando que la voz no me temblara.

El primer cruce de miradas me dejó clavada en el sitio, con la boca seca. Necesito mojarme los labios cuanto antes, pensé, y sé perfectamente con qué quiero quitarme esta sed.

Renata tenía el pelo recién lavado, todavía húmedo en las puntas. Llevaba una falda de largo decente que, sin embargo, no dejaba demasiado a la imaginación cada vez que cruzaba las piernas. Y no me quitaba los ojos de encima. Me recorría de arriba abajo sin disimulo, lamiéndose apenas el labio, y con cada repaso suyo se me iba diluyendo la poca compostura que me quedaba.

—Entonces, ¿ninguna duda sobre lo que entra en el examen de la semana que viene? —dije, tratando de sonar lo más profesional que pude.

—Ninguna, profe. Usted es la mejor —contestó, guiñándome un ojo y sonriendo de lado.

—Renata… —le susurré, casi como una advertencia—. Contrólate.

—¿No me extrañó ni un poquito? —dijo, posando la mano en mi muslo y deslizándola, lenta, peligrosamente hacia arriba.

Para los años que tiene, esta chica sabe perfectamente cómo volverme loca. Tragué saliva y me pregunté, con un escalofrío, qué más sabría hacer.

No hizo falta esperar a averiguarlo. Sin perder un segundo, Renata se sentó a horcajadas sobre mis piernas, me tomó la cara entre las manos y bajó la mirada a mi boca. Y yo, perdiendo el último resto de cordura, tomé la iniciativa y la besé.

La sujeté de la cintura con las dos manos y la apreté contra mí. Soltó un gemido corto que se ahogó en mi boca. Empezó a moverse despacio sobre mi regazo mientras seguíamos besándonos, y los besos se volvieron más hondos, más urgentes, hasta que tuvimos que separarnos un instante solo para respirar.

—No tan rápido —murmuré contra su cuello—. Tenemos toda la tarde.

—No quiero esperar —respondió ella, y volvió a buscarme la boca.

Mis manos se colaron bajo la falda y le apretaron las nalgas. Bajé los besos por su garganta, le aparté el escote y atrapé uno de sus pezones entre los labios. Ella arqueó la espalda y enredó los dedos en mi pelo. Ya sentía su calor húmedo contra mis muslos, y yo estaba al borde sin que ella siquiera me hubiera tocado.

—Mari… quiero más —suplicó en un hilo de voz.

La levanté en esa misma posición, con sus piernas alrededor de mi cintura, y la recosté boca arriba sobre la mesa, apartando de un manotazo los cuadernos y las hojas sueltas.

—No puedes hacer mucho ruido, princesa —le dije, mirándola a los ojos, notando las pupilas dilatadas y la respiración entrecortada.

—Puedo intentarlo —respondió con dificultad.

—Eso es. Buena chica.

Empecé a sembrarle besos por el abdomen, bajando despacio, demorándome en cada centímetro de piel hasta llegar al borde de su ropa interior. El olor de su deseo me llamaba como un imán. Le quité la última prenda con una lentitud deliberada, disfrutando de cómo se mordía la mano para no protestar por la espera.

Cuando por fin acerqué la boca a su sexo, la sentí estremecerse entera. Empecé a lamerla con hambre, de abajo hacia arriba, dibujando círculos lentos sobre su clítoris, una y otra vez. Al levantar la vista me la encontré con la cara roja de frustración por no poder gemir alto: una mano tapándole la boca y la otra presionándome la cabeza contra ella, exigiéndome más.

Le hice caso. Empecé a succionar con ganas mientras la penetraba con los dedos, primero dos, después tres. Estaba tan mojada que entraban sin esfuerzo, y sus caderas salían a buscarme en cada movimiento, marcando un ritmo que ninguna de las dos quería romper.

Levanté un momento la cabeza solo para mirarla. Tenía el pelo desparramado sobre los cuadernos que no habíamos terminado de apartar, el pecho subiendo y bajando a toda prisa, los ojos cerrados con fuerza. Verla así, deshecha por algo que yo le estaba haciendo, me provocaba casi tanto placer como el que sentía entre las piernas. Volví a bajar antes de que pudiera echarme de menos.

—Ummhh… ¿qué… qué me estás haciendo? —jadeó, con la voz quebrada—. Me estás matando.

Lo único que se oía en la casa era el sonido húmedo de mis dedos entrando y saliendo, y sus intentos cada vez más fallidos de no gemir. Curvé los dedos hacia arriba, buscando ese punto exacto que la hacía perder la cabeza, y volví a presionar.

—Ya no aguanto más —dijo casi sin fuerzas—. Me voy a venir… me estoy viniendo…

Sentí cómo su espalda se arqueaba sobre la mesa, las piernas temblándole a los costados de mi cara y, en mis dedos, los espasmos de su orgasmo apretándome una y otra vez. No me aparté hasta que dejó de temblar. Subí despacio, depositando besos suaves por su vientre y sus muslos, recreándome en cada parte de ella. Me estoy volviendo adicta a su sabor, pensé. Esto no es normal.

Cuando noté que recuperaba el aliento, la ayudé a incorporarse, todavía sentada al borde de la mesa, y le di un beso en la punta de la nariz.

—Wow —dijo, mirándome con los ojos vidriosos—. No tengo palabras.

—No hace falta que digas nada —le respondí, acariciándole la mejilla—. Tu cuerpo ya habló por ti.

A lo lejos oímos la puerta de entrada y, de golpe, las dos saltamos a ordenar el desastre de papeles, a acomodarnos el pelo y la ropa, conteniendo la risa como dos cómplices a punto de que las descubran.

—Uf, estoy agotada, estas reuniones son cada vez más insoportables —protestó la señora Salgado al entrar en la sala, todavía pegada al teléfono.

Estaba tan metida en su llamada que no se percató de nada. Ni de que yo seguía en la casa a esas horas, ni del olor que flotaba en el aire.

—¿Mari todavía por aquí? —preguntó al verme.

—Sí, disculpe, señora. Renata tenía algunas dudas y como la semana que viene es el examen… —empecé a justificarme.

—Ay, no, tranquila —me interrumpió con una sonrisa—. Al contrario, te agradezco la dedicación. No cualquiera se queda hasta tan tarde por una alumna.

Siempre es un placer ocuparme de su hija, señora, pensé, mordiéndome la cara interna de la mejilla para no sonreír.

—Es mi trabajo —respondí.

—Bueno, chicas, las dejo —dijo la señora Salgado, ya buscando las llaves—. Renata, cariño, esta noche tu padre y yo no dormimos en casa. Es el cumpleaños de un colega y la cosa se va a alargar.

—Diviértanse, mamá —contestó Renata, con la voz más inocente del mundo.

—Cierra bien el portón y cualquier cosa nos llamas.

—Sí, mamá, tranquila.

Oí la puerta cerrarse y, enseguida, el motor del auto alejándose por la calle. El silencio que quedó después fue casi sólido.

Renata se giró hacia mí, mordiéndose el labio con esa mezcla de malicia y deseo que ya empezaba a conocer demasiado bien.

—Y entonces, profe —dijo, acercándose otra vez, deslizando un dedo por el cuello de mi blusa—, la verdad es que todavía hay un par de temas del examen que no me quedaron del todo claros. ¿Seguimos con la clase?

Que Dios me dé fuerzas, pensé, mientras ella ya me empujaba despacio hacia el sofá. Porque esto, lo presentía, apenas estaba empezando.

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Comentarios (4)

CamiLectora

increible relato!! me lo leí de una sentada y no pude parar. de lo mejor que vi en esta categoría en mucho tiempo

Valentina_mx

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber como termina todo entre ellas

Raquel_BA

Me encanto el ritmo que tiene, no es burdo pero tampoco le falta nada. Se nota que esta bien pensado

SolMed_22

jaja me hizo acordar a una situacion parecida que viví hace años... los nervios de ese momento son inimitables 😄

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