Fantaseo con que la mujer que amo sea mi gladiadora
Este invierno no me da tregua. El frío se me cuela por la piel, demasiado blanca y demasiado delgada, y se instala en los huesos hasta dejarme cansada, débil, con ganas de desaparecer bajo las mantas. Y entonces, como siempre, pienso en ti.
Lo más extraño de todo es que en la vida real tú eres una mujer hetero, alguien que jamás me miraría de la forma en que yo te miro. Pero en mi cabeza no. En mi cabeza eres otra cosa. Eres mi guerrera, más mujer que cualquiera y más capaz que cualquier hombre, no solo por tu fuerza sino por la manera en que sabrías amarme. Yo sería tu dama: delicada, pequeña, rendida. Porque no todas las que amamos a otras mujeres buscamos algo suave. Algunas buscamos a alguien que pelee por nosotras.
Necesito tu cuerpo grande y tu altura, ese metro ochenta y pico contra el que mi figura menuda se hunde como en un refugio. Necesito sentir tu peso, el calor que sueltan tu piel y tu respiración, mientras yo solo tengo frío y un temblor que no se calma. Tú firme y rotunda como una loba de los bosques del norte; yo pequeña y mansa como un pájaro que se ha quedado fuera del nido.
Cuando me vence la tristeza, necesito llorar contra tu pecho mientras tus labios me sellan la frente y las mejillas. Necesito que saques las garras cada vez que algo me asuste, porque siempre fui miedosa y blanda de carácter. Que me hagas sentir protegida, aunque sea por un rato.
Y también necesito lo contrario: estar ahí cuando se abran de par en par las puertas de tu pecho y tus ojos oscuros se llenen de lágrimas, cuando me muestres tu lado frágil dentro de toda esa fortaleza. Curarte las heridas del alma a fuerza de abrazos, de caricias, de besos.
Necesito tus manos enormes, de dedos largos y gruesos, dándole calor a las mías, que son finas, de pianista, y se enfrían con nada. Necesito la aspereza dulce de tu piel recorriendo mis mejillas, mi espalda, mis pechos, mi cintura, mis caderas. Necesito tu olor, esa mezcla de miel y canela que me marea, y tu pelo largo y castaño, y la curva de tu cuerpo que me pierde.
Necesito tu voz, tan grave y tan de mujer al mismo tiempo, capaz de empujarme al borde solo con escucharla. Y necesito el brillo de tu mirada detrás de las gafas: si tuviera que encontrarlo entre mil pares de ojos, lo reconocería sin dudar. Entre todos, es el único.
Con solo pensar en ti me entra un instinto que no sé frenar, el de compensar todo este frío con el calor de mi propio cuerpo.
***
Te imagino entrando despacio, con la melena suelta y la mirada clavada en mí, ardiendo en ganas de poseerme. Llevas puesto apenas un conjunto deportivo oscuro, un top y una malla ajustada que esconde y a la vez resalta todo lo que de ti me da hambre. Botas de cuero con plataforma, tacón ancho, suela que pisa fuerte. Imponente. Soberbia. Una gladiadora que viene a buscar lo que es suyo.
Me quedo de pie frente a ti mientras te sientas, y tus piernas poderosas me rodean y me aprietan contra ti. Tus manos toscas empiezan a desvestirme con una lentitud que me mata, recorriéndome la cintura y las caderas, dejándome solo con la lencería de seda fina que elegí pensando en este momento. Yo te abrazo el cuello ancho, los hombros, la espalda, y te susurro al oído lo mucho que te quiero.
—Dime que eres mía —murmuras contra mi pelo.
—Tuya —contesto, sin aire—. Toda tuya.
Cuando ya no me queda nada encima, te apartas un poco para mirarme de arriba abajo. Tienes las mejillas encendidas, la respiración entrecortada, las pupilas enormes. Así me mira nadie nunca, pienso, y el solo hecho de sentirme observada de esa manera me deja húmeda y temblando. Me sientas en tu regazo, frotándome contra tus muslos firmes, y me besas con una intensidad que me obliga a agarrarme a ti. Tu boca baja por mi cuello, por mis pechos, y cuando alcanza la punta de uno de mis pezones tengo que morderme el labio para no gritar.
***
Entonces soy yo la que quiere bajar. Te beso la boca, las mejillas, el cuello, y voy descendiendo despacio, deslizándome de tu regazo hasta quedar arrodillada delante de ti, rodeada por tus piernas abiertas. Te abrazo la cintura, te acaricio la espalda. Le dedico largos minutos a tus pechos, bajándote el top poco a poco, perdiéndome en cada centímetro mientras escucho cómo tu respiración se vuelve ronca, casi un gruñido. Esa música me vuelve loca.
Me arrodillo del todo. Te quito las botas, los calcetines, y los huelo y los beso sin ningún pudor, porque contigo no tengo vergüenza de nada. Te beso los pies, las pantorrillas, el interior de los muslos. Te bajo la malla con los dientes mientras tú me sujetas la cabeza con una de tus manazas y me acaricias el pelo. Y cuando por fin llego adonde quiero, hundo la lengua despacio, con devoción, bebiendo de ti, sintiendo cómo cada caricia tuya en mi nuca se va convirtiendo en un tirón cada vez más fuerte. Con la otra mano te tocas tú misma, hasta que el cuerpo entero se te tensa en espasmos y caes rendida, abrazándote a mí, y terminamos las dos en el suelo, sin aliento, riéndonos contra la boca de la otra.
***
Me muero por que me levantes en brazos y camines pisando firme, a paso de guerrera, haciendo honor a tu nombre. Brunilda: un nombre antiguo que significa «guerrera con armadura». Me tumbas sobre la mesa, te inclinas sobre mí y tu boca baja otra vez por mi cuello, por mis pechos, por el vientre, hasta llegar entre mis piernas.
Me sujetas las caderas con esas manos que me cubren entera, me bajas las braguitas de seda y me miras con un deseo que me hace sentir la mujer más deseada del mundo. Me abres las piernas con cuidado, me las apoyas sobre tus hombros anchos, y tu lengua empieza a recorrerme entera, lenta primero, concentrándose después en el punto exacto, sin prisa, siempre con cariño. A ratos te detienes solo para mirarme, para ver cómo me deshago, y eso me gusta casi tanto como lo otro. Yo me toco los pezones, arqueo la espalda, y unos minutos después todo se rompe y caigo en un temblor largo que te empapa la boca, la nariz, las gafas. No me importa. No me importa nada cuando estoy contigo.
***
Me muero por la sorpresa de verte aparecer con un arnés de cuero negro bien sujeto a las caderas, una sonrisa torcida y la lengua entre los dientes. Me acerco a ti con mi cuerpo pequeño envuelto todavía en seda, te abrazo la cintura, te beso la barriga, te agarro con fuerza todo lo que puedo agarrar. Tú me respondes acariciándome el pelo y la espalda, llenándome la cabeza de besos. Me encanta sentir tu calor y tu peso, tú feroz como esa loba del norte, yo mansa como ese pájaro perdido.
Te agachas hasta alcanzar mi boca y nos besamos hasta quedarnos sin aire. Después me levantas, me sientas en tu regazo, me bajas la última prenda, y yo, presa de las ganas, acomodo la pelvis hasta sentirte por fin dentro, profundo. Empiezas a moverte despacio, con cuidado, y yo te cabalgo al ritmo que tú marcas. Siento el roce de mis pechos pequeños contra los tuyos, tus brazos abriéndose sobre mi espalda como un techo, y te lleno de besos el cuello, la mandíbula, las mejillas, mientras tú me devuelves besos largos en la boca.
Y así estamos un buen rato, cambiando de posturas y de rincones. De pie contra la pared, con tus manos sobre las mías. Sentadas, yo de espaldas a ti. Sobre la encimera de la cocina, con la espalda apoyada en los azulejos fríos. A ratos me sujetas el pelo, a ratos me tapas la boca con suavidad, siempre con el cuidado del que me ama y nunca quiere hacerme daño.
Minuto a minuto tus embestidas se vuelven más hondas, más rápidas, y yo te cabalgo como si no hubiera mañana. Tu voz se vuelve áspera, feroz, y entre besos y jadeos me repites al oído lo guapa que te parezco, lo mucho que te enciendo, lo tremendamente mujer que te hago sentir. Latimos al mismo compás. Lloro de placer, gimo como nunca, y las dos terminamos a la vez, mojando las sábanas, porque el arnés también te acaricia a ti donde más lo necesitas. Es increíble cómo me amas de esta forma.
***
Cuando ya no podemos más, nos quedamos sentadas frente a frente, las piernas enredadas, los cuerpos pegados, moviéndonos despacio. Nos besamos con más y más desespero hasta que un último temblor nos atraviesa a las dos al mismo tiempo. Después tomamos aire, nos abrazamos, lloramos un poco de pura emoción y nos decimos en voz baja todo lo que sentimos. Y nos dormimos así, enredada una en la otra.
Pero la verdad es que estoy sola. Estoy en mi cama, entre estas sábanas frías, y todo esto pasa solo dentro de mí. Mientras te pienso, siento la humedad crecer y un instinto que no puedo frenar. Empiezo a acariciarme despacio, los pechos, los pezones, el vientre, imaginando que son tus manos enormes las que me recorren. Bajo poco a poco, me concentro, deslizo dos de mis dedos finos de pianista fingiendo que son los tuyos, gruesos y seguros. Me muevo como si te estuviera cabalgando, abrazo la almohada como si fueras tú, la beso, la muerdo, respiro hondo buscando tu olor a miel y canela que no está.
Me muero de ganas de hacer el amor contigo, Brunilda. De que me poseas. De que me hagas tuya, del todo, sin reservas. Sé que en la vida real nunca va a pasar, y quizá por eso te deseo aún más en esta, en la única en la que sí eres mía.
Te deseo, te adoro y te amo con locura.
Con todo mi amor,
Vera