La vecina madura del quinto piso me quitaba el sueño
A Lucía le gustaban las mujeres mayores, y desde que se mudó al edificio solo tenía ojos para la vecina del quinto piso. Se llamaba Renata, vivía sola y entraba y salía siempre a la misma hora, sin que nadie la acompañara nunca. Tenía cuarenta y siete años, aunque cualquiera que la viera de refilón le habría puesto diez menos.
Era alta, de piel clara y pecosa, con el pelo negro siempre suelto cayéndole sobre los hombros. Ojos grandes, azules, cejas marcadas, una boca de labios carnosos. Vestía con un gusto exquisito, faldas que dejaban ver sus piernas y escotes que insinuaban sin mostrar del todo. Esas pecas en los pómulos la volvían, para Lucía, completamente irresistible.
Cada mañana Lucía se las arreglaba para estar en el portal cuando Renata bajaba. Se daban los buenos días con una sonrisa cortés y nada más. Por las tardes, lo mismo. Lucía era joven, rubia, de piel marfileña, con una trenza que le daba un aire infantil y un cuerpo que hacía girar la cabeza a hombres y mujeres por igual. Le sobraban los pretendientes. Pero ninguno le interesaba.
Ella podría ser mi madre, pensaba a veces, y aun así es la única que me quita el sueño.
Lucía siempre supo que le gustaban las mujeres, y desde muy joven descubrió que le gustaban las mayores. Había sido en el colegio, una tarde que entró sin avisar al cuarto de una amiga de su madre y la encontró a medio vestir. No pudo sacarse esa imagen de la cabeza durante meses. Desde entonces tuvo claro lo que la movía, y aprendió que conquistar a una mujer madura era un arte que exigía paciencia.
Así que no se desesperaba. Las pocas mujeres que habían pasado por su vida lo habían hecho tras meses de cortejo paciente. Renata no sería distinta. El problema era romper el hielo.
***
Lo que Lucía no sabía era la historia que cargaba Renata. Seis meses atrás había vuelto a casa a buscar algo que se le había olvidado y había encontrado a su pareja revolcándose en su propia cama con una compañera de trabajo. Desde entonces no había vuelto a querer saber nada de relaciones.
Aquella traición la había golpeado en lo más hondo. La hizo dejar de sentirse deseable, le destrozó la confianza en sí misma. Poco a poco fue apagando el teléfono, esquivando a los amigos, encerrándose en casa con una copa de vino y un libro. Solo salía para ir al trabajo: era diseñadora de interiores, y allí lograba olvidar todo durante unas horas. Pero el momento más feliz del día seguía siendo volver a encerrarse.
Había, sin embargo, algo de lo que Renata no podía escapar. Su cuerpo seguía pidiendo. Se había comprado un vibrador con la esperanza de calmar el deseo, pero por más que lo usaba nunca se sentía satisfecha. Le faltaba el contacto, los besos, una boca de verdad sobre la piel. Por las noches veía vídeos y se imaginaba que era a ella a quien tocaban, y se corría dos o tres veces seguidas, y aun así quedaba ese vacío que ningún aparato podía llenar.
Lo que más echaba de menos era una lengua. Tenía el clítoris grande y muy sensible, y recordaba que con la boca adecuada podía correrse una y otra vez, sin pausa. El vibrador, ni a la máxima potencia, se acercaba a esa sensación.
***
El dicho dice que el que persevera alcanza. Una tarde Renata volvía del supermercado cargada de bolsas y, justo al pasar por delante del portal donde Lucía esperaba, se le resbalaron un par y se desparramaron por el suelo.
—Deja, yo te ayudo —dijo Lucía, agachándose a recoger.
Subió las bolsas hasta el quinto. Renata, que siempre la había visto tan atenta en los saludos de la mañana, sintió que no podía despedirla así sin más.
—¿Te apetece quedarte a una copa de vino? —ofreció.
Se presentaron por fin como es debido y empezaron a hablar. Descubrieron que tenían más cosas en común de las que esperaban: la misma música, los mismos libros, las mismas películas. Cuanto más hablaban, más se daban cuenta de lo parecidas que eran.
—Me encanta cómo te vistes —dijo Lucía—. Tienes un gusto increíble.
—Gracias. Por mi trabajo me toca cuidarlo, soy diseñadora de interiores.
—Con razón. Cada mañana bajas guapísima.
—¿De verdad te parece? —preguntó Renata, y algo en su voz tembló.
—Completamente. Ojalá yo tuviera la mitad de tu estilo.
Las palabras le llegaban a Renata más hondo de lo que Lucía imaginaba. Cada halago era una grieta de luz en seis meses de oscuridad. Sentía cómo su ego maltrecho volvía despacio a inflarse. Llenó otra vez las copas.
La conversación se fue volviendo más íntima con cada trago. Renata terminó contándole lo de su pareja, la traición, el encierro. Lucía la escuchó sin interrumpir y luego le dijo, con una dulzura que no parecía de su edad, que no podía cerrarse al mundo o acabaría sola y amargada. A Renata esas palabras le parecieron las más sensatas que había oído en meses.
—Yo llevo dos años sola —confesó Lucía—. Así que de soledad sé un rato.
Las copas se vaciaban y volvían a llenarse. Las dos estaban ya bastante achispadas cuando la charla derivó, casi sin querer, hacia el sexo. Renata, que se sentía en una confianza que no recordaba haber tenido con nadie, le contó la verdad: que el deseo no la dejaba en paz, que el vibrador no le bastaba, que estaba desesperada por sentir algo de verdad.
Lucía la dejó terminar. Y entonces, en voz baja, le dijo que la entendía mejor que nadie, porque su vida era exactamente igual.
***
—Enséñame ese vibrador —pidió Lucía.
Renata lo trajo y lo encendió. Lucía lo apoyó sobre su propia ropa, por encima de la tela, y dejó escapar un suspiro.
—Qué bien se siente. Ahora quiero ver cómo lo usas tú.
—Así —murmuró Renata, apoyándoselo por encima de la ropa interior.
—No, así no tiene gracia. Quítate eso y enséñame de verdad cómo te lo pones.
Renata dudó un instante. Después se quitó la ropa interior, se subió la falda y le mostró cómo se acariciaba. Lucía no apartó la vista. Se quitó los pantalones y empezó a tocarse mientras la miraba.
Lo que vino después fue casi inevitable. Renata dejó el vibrador y posó los dedos sobre el sexo de Lucía; Lucía hizo lo mismo, y las dos empezaron a gemir bajito, acariciándose la una a la otra. Renata acercó la boca y se besaron, despacio primero, después con hambre, durante largos minutos, como si fuera el último beso de sus vidas.
Lucía la tomó de la mano y la llevó a la cama. Se desnudaron la una a la otra entre risas nerviosas, y por un momento se quedaron quietas, contemplándose. El cuerpo de Renata era más imponente de lo que Lucía había imaginado en tantas mañanas en el portal. El de Lucía, en cambio, le pareció a Renata algo delicado que había que tratar con cuidado.
***
Lucía la recostó sobre la cama, se colocó encima y volvió a besarla mientras le acariciaba los pechos. Renata empezó a gemir. La boca de Lucía bajó por su cuello, lo besó despacio, siguió hasta los pezones y se entretuvo allí mientras los dedos jugaban entre sus piernas. Renata arqueaba la espalda, gimiendo cada vez más fuerte. Por fin estaba sintiendo algo de verdad.
Lucía no podía creer que estuviera pasando lo que tanto había deseado. Se felicitó en silencio por la paciencia de todas aquellas mañanas. El cuerpo de Renata era hermoso, increíble para su edad, y sus pezones se sentían perfectos en la boca. Fue deslizando la lengua por el vientre, despacio, hasta que Renata adivinó hacia dónde iba y se estremeció de anticipación.
Cuando la lengua de Lucía llegó por fin a su sexo, Renata soltó un gemido largo. La recorrió entera, sin prisa, y después se concentró en el clítoris, jugando con él, rodeándolo. Renata se agarraba a las sábanas y apretaba los dedos de los pies. Así, exactamente así era como necesitaba sentirse. La primera oleada la pilló casi de inmediato; dejó escapar un grito corto y todo su cuerpo se tensó.
Lucía se dio cuenta enseguida de lo sensible que era. Y decidió que no iba a parar. Siguió con la lengua sin tregua, y Renata se corrió una segunda vez, y luego una tercera, cada orgasmo separado del anterior por apenas dos o tres minutos, las descargas recorriéndole el cuerpo de arriba abajo. Había perdido el control. Cada vez que lograba relajarse, una nueva ola la volvía a tensar.
Renata estaba empapada en sudor por el esfuerzo. Lucía la penetró con los dedos sin dejar de usar la boca, más rápido, más hondo. Renata arqueó todo el cuerpo, lo levantó de la cama, se corrió por cuarta vez y, ya sin fuerzas, le empujó la cabeza con suavidad para apartarla. No podía más. Después se incorporó y le dio un beso largo.
—No tengo palabras para decirte lo que me has hecho sentir —murmuró.
—Lo he disfrutado tanto como tú, aunque no lo creas —contestó Lucía.
***
—Ahora me toca a mí —dijo Renata, con una mezcla de deseo y timidez—. Aunque no sé si sabré. Nunca se lo he hecho a una mujer.
—Solo piensa en lo que a ti te gusta que te hagan. Con eso me sobra.
Renata la acostó boca arriba, la besó y fue bajando con la boca como había aprendido hacía un momento, deteniéndose en los pechos, en el ombligo. Cuando llegó al sexo de Lucía se quedó mirándolo un instante, casi con reverencia. Era la primera vez que tenía uno así, delante, a su entera disposición. Le dio un beso suave y empezó a recorrerlo con la lengua.
Por primera vez en su vida probaba a otra mujer, y la sensación la encendió como no recordaba haber estado nunca. ¿Hay algo más atrevido que esto, con una desconocida, la primera vez?, pensó, y la idea le gustó. Lucía era joven, preciosa, la compañera perfecta para una primera experiencia que no había buscado pero que ya no quería que terminara.
Renata puso la lengua sobre el clítoris y empezó a estimularlo. Lucía no dejaba de gemir. Le parecía mentira que la mujer que llevaba meses deseando en silencio estuviera ahora entre sus piernas. Empezó a penetrarla con los dedos sin dejar la boca, y los dedos se deslizaban sin resistencia. Lucía gemía cada vez más alto, las olas de placer encadenándose sin darle respiro, hasta el punto de que le costaba respirar.
—No pares —alcanzó a decir—. Por favor, no pares.
Renata siguió, ganando confianza con cada gemido. Saber que era capaz de hacer gozar a otra mujer le devolvía algo que creía perdido. Y descubrió, además, cuánto disfrutaba haciéndolo. Pensó que aquello era el fin del vibrador, el fin de las noches solitarias frente a la pantalla. Aceleró, succionó con más fuerza, y Lucía, que había estado aguantándose para alargar el placer, no pudo más y se corrió en su boca, temblando de pies a cabeza.
Cuando recuperó el aliento, Lucía se incorporó y la besó.
—¿Por qué tardaste tanto? —preguntó Renata, insegura otra vez—. ¿No te estaba gustando?
—Al contrario. Aguantaba a propósito, para sentir todo lo que pudiera. Casi no podía ni respirar.
—Qué tonta soy. Siempre pensando lo peor de mí misma.
Lucía la empujó con dulzura para que volviera a tumbarse. Esta vez quería tomarse su tiempo. Movió la lengua despacio, sin apenas presión, recorriéndola entera desde abajo hasta el clítoris una y otra vez. Renata temblaba con cada pasada, gimiendo sin parar, asombrada de que una desconocida se preocupara tanto por su placer. Nadie la había hecho gozar así, durante tanto rato. Cuando Lucía decidió que ya era el momento, apretó la lengua, succionó con fuerza y Renata se corrió de nuevo, agarrándose a ella.
Renata le dio entonces el beso más sensual de toda la noche.
***
Quedaba una pregunta flotando en el aire, y Renata, que había aprendido por las malas lo que cuesta callarse, decidió ser directa.
—¿Y nosotras en qué quedamos? ¿Esto ha sido solo por esta noche?
—Qué bueno que lo preguntes, porque yo pensaba lo mismo —respondió Lucía—. Me gustas mucho. Si por mí fuera, no dejaría de verte.
—No sabes lo que me alegra oír eso. Me daba pánico que desaparecieras mañana.
—No hay nada que pensar entonces. De ahora en adelante, tú y yo.
Y se besaron otra vez, despacio, como si aquel beso sellara un pacto que ninguna de las dos pensaba romper.