Mireia me besó bajo el agua y desapareció con otro
El agua todavía caía cuando Mireia me besó por última vez antes de cerrar la llave. Su pelo mojado pegado a la espalda, la luz amarilla del baño dibujándole las clavículas. No dijimos nada. No hacía falta. Aún teníamos el sabor de la otra en los labios, el gusto salado del coño de la otra mezclado con el agua, todavía sentía sus dedos entre los míos y la marca de sus dientes en mi hombro derecho, ahí donde me había mordido cuando le hundí la lengua hasta el fondo del culo y la hice correrse contra los azulejos con tres dedos metidos en el coño y el pulgar frotándole el clítoris hinchado.
Subió al auto con el cabello húmedo y el aroma de mi jabón en la piel. Yo conducía despacio, con una mano en el volante y la otra apoyada en su muslo, sintiendo el temblor que todavía le quedaba bajo la tela del uniforme. Deslicé los dedos un poco más arriba, hacia la cara interna, y noté cómo se le tensaban los músculos y se le entreabrían los labios sin querer.
—Tengo que cambiarme rápido —murmuró, mirando por la ventana—. La guardia empieza en una hora.
—Te espero.
Mi mano avanzó otro centímetro. Ella cerró las piernas atrapándome los dedos justo donde ya empezaba a sentir el calor húmedo a través del pantalón.
—Aitana —susurró—, si sigues, no llego.
—Puede ser.
—Ya no me queda nada dentro. Me dejaste seca y llena a la vez, no sé cómo lo hiciste.
Apreté un poco más y la sentí morderse el labio. Retiré la mano solo cuando aparqué frente a su edificio y observé las calles de reojo. Pintura descascarada, rejas en cada ventana, un grafiti tachado a brochazos. Zona naranja. Lo sabía por los informes que pasaban por mi escritorio cada semana en la Fiscalía, lo sabía por la cantidad de cuerpos que mi equipo había levantado dentro de un radio de cinco cuadras. Que ella viviera allí me oprimía el pecho como un cinturón mal abrochado.
Mireia bajó sola. No me invitó a subir, y yo lo entendí. Tenía prisa, una compañera de piso a la que evitar y un cuello que disimular bajo la solapa alta de la bata. La marca todavía me ardía en la boca.
El auto seguía encendido. Mi mirada, fija en la entrada.
Este lugar no es para ella.
Marqué a Rocío sin pensarlo.
—¿Estás bien? —preguntó después de oír mi silencio—. ¿Dónde estás?
—Esperando.
—¿A quién? ¿A dónde?
Dudé. No quería decirlo, pero tampoco tenía fuerzas para esconderlo.
—A Mireia.
Hubo un breve silencio del otro lado. Pude imaginarme la sonrisa enorme dibujándose en su rostro.
—¿Así que ahora hasta la esperas? —dijo con tono burlón.
—Eh… sí.
—Vaya. Tu voz suena distinta. Como más viva.
Esbocé una sonrisa medio de lado.
—Cállate, Rocío, que necesito tu ayuda.
—¿Qué acabo de escuchar? ¿Tú necesitas mi ayuda? Pero mira lo que hace el amor.
—Rocío…
—Calma, querida. Me alegra escucharte así, no sé qué te hicieron esta mañana, pero seguro fue muy bueno.
—¡Oye! Contrólate.
—Lo sabía. No lo niegas. Pero dime, ¿para qué me llamaste?
—El edificio donde vive Mireia. Quiero que averigües si la zona es segura. Tengo mala espina. Si esto es lo que creo, no quiero que siga acá.
—Aitana, tú no te preocupas así por cualquiera. Me alegra escucharte con este humor nuevo.
—Ella no es cualquiera, Rocío. Ya te contaré.
—Tienes subtítulos en la cara, no necesito detalles. Mándame la ubicación, yo me encargo.
—Gracias.
Colgué con una sonrisa pequeña y tonta. Por primera vez en años, alguien me había despertado algo que ya creía sepultado. Aún no me atrevía a darle nombre. Pero se parecía mucho al amor. Y también al hambre: cada vez que cerraba los ojos volvía a verla en cuatro, el culo respingado, el coño abierto, chorreando entre sus muslos temblorosos mientras yo la lamía de atrás hacia adelante hasta que gritaba mi nombre pegada al vidrio empañado.
Mireia bajó en pocos minutos, ya con el uniforme limpio y el pelo recogido en un moño bajo. La vi cruzar la calle y algo dentro de mí se torció. La sensación al verla era distinta. Más profunda. Más peligrosa. Más mía.
Condujimos hasta el hospital entre conversaciones triviales y silencios cómplices. Por primera vez en mi vida deseé que hubiera tráfico. Quería estirar cada semáforo, cada esquina, cada minuto que la tuviera al lado. El hospital quedaba a tres cuadras de la Fiscalía. Una distancia que se sentía como una promesa.
En un semáforo largo le puse la mano otra vez sobre el muslo. Ella tomó mis dedos y se los llevó a la boca, chupándolos despacio, uno por uno, mirándome con los ojos entornados. Me chupó el índice hasta el nudillo, con la lengua enroscándose alrededor, y yo tuve que apretar los muslos contra el asiento para no gemir en pleno cruce.
—Todavía me sabes —murmuró contra mi mano—. Todavía te tengo en la boca.
—Mireia, por Dios.
—Me hiciste cosas que nadie me había hecho, Aitana. Nadie. Me chupaste hasta el culo. Me metiste los dedos hasta que vi luces. Y ahora tengo que ponerme una bata y aguantar doce horas con el coño palpitando por ti.
Se me nubló la vista un segundo. Cuando el semáforo se puso en verde tuve que respirar hondo para no dar la vuelta y llevármela a cualquier callejón.
—¿A qué hora sales? —pregunté, intentando sonar serena, mientras le abría la puerta del lado del copiloto.
—Hasta mañana por la mañana. Me toca guardia.
—¿Y si paso por ti? O al menos… ¿me escribes cuando termines?
Pareció dudar. Sonrió, nerviosa, como si estuviera a punto de decir algo importante. Pero antes de que pudiera, una voz nos interrumpió.
—¡Mi querida Soler!
El tono era masculino. Firme. Demasiado seguro de sí mismo.
Alcé la mirada. El doctor Reyes se acercaba con paso decidido, la bata abierta y una sonrisa que no me gustó nada. La expresión de Mireia cambió rotundamente. No fue miedo, pero algo se apagó en sus ojos.
—Doctor… —dijo, bajando apenas el tono. Dio un paso al frente, colocándose entre él y yo, como si quisiera ocultarme.
Él no se detuvo. Llegó hasta ella y la abrazó como si tuviera todo el derecho del mundo. No fue un saludo profesional. Fue demasiado cerca. Demasiado tiempo. Y la mano apoyada en la parte baja de la espalda, justo donde una hora antes había estado la mía cuando la sostuve contra los azulejos y le metí la lengua en el coño hasta hacerla temblar.
En ese instante, la mujer que esa mañana había susurrado mi nombre bajo el agua se convirtió en mi querida Soler para otro hombre.
No vi sus hombros rígidos. No vi la mandíbula tensa. Solo vi que no se apartó.
—Eres una crack, Soler. Te merecías el primer lugar, pero ese segundo lugar también lo celebraremos. Hoy no se me escapa, además tengo casos que discutir contigo.
Le quitó el bolso del hombro con una confianza desagradable, le tomó el brazo y se la llevó como si fuera suya.
Ella giró la cabeza un instante. Solo un instante. Como si me buscara entre el ruido del pasillo, como si quisiera explicarme algo. No lo hizo. Apenas me extendió la mano.
—Gracias por traerme —dijo moviendo los labios, midiendo el gesto para que él no la escuchara.
—Claro… —murmuré, sintiendo cómo el pecho se me cerraba.
Y se marcharon.
Sin un beso, ni en la mejilla. Sin un abrazo, ni un gesto rápido. Solo un «gracias por traerme», como si yo fuera un taxi.
Sin un número para volver a hablar. Sin una promesa.
Me quedé al volante con los dedos crispados sobre el cuero. Tenía que arrancar. Tenía que correr. Tenía que hacer algo antes de quebrarme delante de toda la entrada del hospital.
Y me obligué a hacerlo.
***
El cuartel estaba más silencioso de lo habitual. El aire olía a sudor seco, a metal y a polvo viejo. A rutina. A refugio. Crucé el portón con paso firme, como quien vuelve al único lugar donde nadie le pide explicaciones.
Me cambié con prisa, enfundándome en el uniforme con una urgencia que no venía del deber, sino del dolor. En el vestuario, al bajarme el pantalón, encontré todavía la humedad pegada al interior de las bragas. Su humedad, mi humedad, revueltas. Cerré los ojos un segundo y volví a verla en la ducha, montada sobre mi muslo, restregándose el coño empapado contra mi piel, dejando un rastro caliente que me subía hasta la cadera. La había hecho correrse tres veces esa mañana. Tres. Y aún así, ahora estaba con él.
Me fui directo a la pista. A correr. A desgastar la mente a través del cuerpo.
Uno, dos, uno, dos.
Cada zancada era un intento de arrancarme de adentro lo que no quería sentir.
No era el cuerpo de Mireia. Era todo lo que despertó en ti.
Pero no quería pensar. Así que corrí más. Al cuarto kilómetro el sudor me bajaba por la cara como lluvia tibia. Al sexto, los músculos me empezaron a gritar.
No te enamores. No repitas la historia. No le entregues el corazón a alguien que puede irse sin despedirse.
Pero ya era tarde.
Me detuve al borde del agotamiento, las manos en las rodillas, el corazón galopando desbocado y el aire ardiéndome en los pulmones.
—Al menos ya no duele en silencio —susurré—. Ahora grita cada vez que respiro.
Como una jugada cruel del destino, el coronel apareció a mi izquierda. Sin anunciarse, como siempre.
—Así me gusta verte, Hernández —dijo con tono seco pero sincero—. Firme y enfocada en tu deber.
Solo asentí. No tenía aire para más.
—El torneo fue un éxito. Volviste al nivel que esperábamos. Ahora concéntrate. No puedes darte el lujo de flaquear. No tú. Aún menos por lo que se viene.
Lo sabía. Lo había sabido toda mi vida. El deber está antes que el sentir.
Volví a las duchas. Esta vez agua helada, para apagar lo que ni mil vueltas a la pista habían podido enfriar. Pero mi cuerpo no obedecía. Bajo el chorro frío, mi mano bajó sola, entre las piernas, y me encontré empapada. Los dedos se deslizaron entre mis labios hinchados sin esfuerzo. Cerré los ojos. La vi de rodillas frente a mí esa mañana, la boca abierta, la lengua plana pegada a mi coño, mirándome desde abajo mientras me chupaba el clítoris con hambre. La había agarrado del pelo mojado y le había restregado la cara contra mi coño hasta correrme en su boca, y ella había tragado todo sin soltarme.
Me froté rápido, con rabia, con impotencia, apoyada contra los azulejos fríos. Dos dedos dentro, el pulgar arriba, la boca mordiendo mi propio antebrazo para no gemir. Me corrí de golpe, con una sacudida seca que me dobló las rodillas, y salió un sollozo mezclado con el gemido, porque mientras acababa la estaba viendo a ella, y la estaba viendo a él pasándole la mano por la cintura.
El recuerdo de Mireia mordiéndome el hombro bajo el chorro tibio se mezclaba con la imagen del doctor Reyes tocándole la cintura. Las dos imágenes peleando dentro de mí como dos cuchillos sobre la misma piel.
Cuando salí, el teléfono vibró. Y mi corazón también, con la absurda ilusión de quien espera un mensaje que probablemente no llegará.
No era Mireia.
Rocío:
«Nos acaban de asignar un doble caso. Dos cuerpos femeninos. Mismo patrón. Mismo lugar. Voy para la Fiscalía. Ahí te veo.»
Me quedé quieta, los dedos temblándome. Un presentimiento me atravesó la espina dorsal.
Mujeres. Mismo patrón.
Ahora sí, era momento de enterrar cualquier sentimiento. Igual que enterramos los cuerpos que nadie reclama.
***
La morgue de la Fiscalía olía distinto a la del cuartel. Más metal. Más amoníaco. Más muerte vieja. Las luces eran más frías, casi azules. Rocío ya estaba enfundada en su bata, con los guantes puestos. Me miró sin decir nada y me extendió una carpeta.
La abrí sin respirar.
Dos fotos. Dos cuerpos. Jóvenes. Marcadas. Mutiladas. Como si el infierno tuviera firma.
—¿Quién las trajo? —pregunté con voz baja.
—Unidad Delta. Las encontraron esta tarde. Mismo perímetro que los casos de hace tres meses.
Bajé la vista.
—¿Algún testigo?
—Ninguno. Pero hay algo más, Aitana.
Rocío hizo una pausa. Me observó, como si pudiera ver más allá de mi expresión neutra. Me conocía. Sabía que algo me carcomía por dentro. Pero igual lo dijo.
—Los cortes tienen el mismo trazo que los del caso de Damiana.
El silencio dentro de mí fue como una explosión. No parpadeé. Solo apreté la carpeta como si pudiera evitar que mi pasado se escapara entre los dedos.
Damiana. Ese nombre no debía volver. Ese caso estaba enterrado. O eso había querido creer.
Rocío se acercó. No dijo nada. Solo me puso una mano sobre el hombro.
—Estoy contigo —dijo.
Tragué saliva. Y supe, en ese momento, que había una nueva batalla por pelear. Más personal. Más profunda. Más peligrosa. Y en medio de todo… estaba Mireia.
Mireia, a la que no sabía si proteger o dejar ir.
Mireia, la única que había logrado atravesar mis muros sin pedir permiso.
Mireia, la que no volvió a escribir.
Cuando Rocío salió un momento del cuarto, me quedé sola con los cuerpos. El silencio de la morgue era tan denso como el recuerdo de la última vez que había visto esas mismas marcas. El pasado, sin pedir permiso, se sentaba otra vez frente a mí.
Me quité un guante. Apoyé las dos manos sobre la camilla metálica. El frío era reconfortante, casi cariñoso. Respiré una vez. Otra. Como si cada bocanada fuera un intento de sostenerme sin derrumbarme.
¿Qué hago si esto no es una coincidencia?
¿Y si volver a sentir también implica volver a perder?
¿Y si Mireia no está lista para lo que yo ya no puedo esconder?
Bajé la vista. El metal helado bajo las palmas me recordó lo que estaba en juego. La muerte. Mi vocación. Mi deber. Pero el alma… el alma seguía encendida en el lugar exacto donde Mireia me había besado esa mañana. Y el cuerpo también: todavía tenía los pezones sensibles bajo la tela, todavía sentía el eco de su lengua rodeándolos, mordiéndolos, chupándolos hasta hacerlos doler.
Su risa suave. Su voz insegura. Sus ojos color miel después de la ducha. Su cuerpo desnudo contra el mío bajo el agua tibia, su boca recorriéndome el cuello, sus dedos enredados en mi pelo mojado. La forma en que me había abierto de piernas contra la pared y había bajado con la lengua hasta el clítoris, cómo lo había atrapado entre sus labios y lo había succionado despacio, con la mirada clavada en la mía, hasta hacerme temblar como una principiante. Cómo yo, después, la había volteado, la había apretado contra el vidrio y le había metido primero dos dedos y después tres, curvándolos hacia adelante, hasta que su coño empezó a apretar rítmicamente y me chorreó por la muñeca gimiendo palabras sucias en mi oído: fóllame, Aitana, más fuerte, no pares, córreme, mi amor, córreme. La forma en que había susurrado mi nombre justo antes de cerrar la llave, con la respiración rota y los párpados a media asta, y las gotas resbalándole por los pezones duros.
Por primera vez en mucho tiempo, supe que la guerra que más temía no era la que se libraba allá afuera. Era la que acababa de empezar dentro de mí.
Porque hay silencios que no se nombran, pero arden. Y hay verdades que, aunque no se digan, duelen igual. Eso era Mireia ahora: la herida y la cura, el deseo y el miedo, la luz que más brillaba justo donde más dolía. La boca que me había hecho correrme tres veces y la mano que ahora dejaba que otro le apretara la cintura.
Y el silencio… ese que arde cuando no se dice, ya no podía callarse dentro de mí.