Mi novia decidió cuándo podía ir al baño
Esto es algo así como la continuación de otra cosa que conté hace tiempo, cuando hablé de aquel amigo mío al que le gustaba sentirse pequeño y patético. Esta vez la patética soy yo, y reconozco que me cuesta menos admitirlo de lo que debería.
Acababa de cumplir veinticinco años y, por primera vez en mucho tiempo, tenía una relación estable. La llamaré Mariana. Era algo mayor que yo, lesbiana de toda la vida, con unos ojos verdosos que parecían cambiar de tono según la luz, los labios carnosos y el pelo negro cortado muy corto. Y sí, ya sé lo que os interesa de verdad: tenía unos pechos grandes y un culo que daba ganas de morder. Os conozco. Eso es lo primero que miráis. También tenía tatuajes por todas partes, uno de ellos le subía desde la cadera hasta la ingle, la cabeza de una medusa con la melena hecha de serpientes.
La relación iba bien y el sexo, lo reconozco, estaba lejos de ser malo. Pero era lo que se suele llamar vainilla. Estándar. Correcto. No tiene nada de malo, pero los que me conocéis sabéis que yo tengo mis manías, mis fetiches, mis gustos un poco más torcidos de lo normal.
Una noche me quedé a dormir en su casa. No recuerdo bien cómo salió el tema, pero llegamos a ese punto de la madrugada en el que una se suelta, y ella me lo preguntó de frente.
—¿Y tú tienes alguna fantasía? ¿Algún fetiche? —Hasta entonces habíamos sido muy abiertas hablando de sexo, pero todavía no le había contado lo más raro de mí—. Y no me hagas eso que haces de callártelo por vergüenza, eh. Te conozco.
Supongo que iba siendo hora.
—Vale… a ver, no te lo he dicho porque no sé si va a cambiar la idea que tienes de mí, pero creo que me gusta que me degraden. Esas cosas, ya sabes.
—¿Eres sumisa?
—Yo diría que sí.
—No suenas muy segura.
—Es que no lo tengo del todo claro. ¿Te acuerdas de que te conté que una vez lo hice con Bruno? —Ellos se conocían—. Pues esa fue la única vez en mi vida que me he sentido degradada de verdad, así, de esa manera.
—Y te puso, claro.
—Muchísimo.
—¿Qué te hizo exactamente?
Dudé. Una parte de mí quería inventarse algo más presentable, otra quería callárselo y cambiar de tema. Al final decidí ser sincera, porque mentir habría sido peor.
—Pues… se meó encima.
Mariana se empezó a reír. Tanto, y con tantas ganas, que me contagió.
—¿Encima de ti? —me preguntó entre carcajadas.
—No, no. Encima de un pañal.
—¿Perdona? —Seguía riéndose, incrédula—. ¿Y a ti eso te gusta?
—Más que eso, lo que me puso fue sentirme tan humillada. Quiero decir, encima él lo tenía pequeño y tuve que ayudarle a terminar y a limpiarse y todo eso.
—¿En serio?
—En serio.
Mariana notó que me había puesto colorada. Lo que no se imaginaba era hasta qué punto recordar aquella experiencia asquerosa me ponía cachonda. Solo con contarlo ya estaba en situación. Y ella lo vio. Siempre lo veía.
—Supongo que podemos probar alguna cosa —dijo, acercándose—. Pero de momento…
Y me besó con una pasión que no me dejó pensar en nada más.
Follamos con ganas. Ella misma se dio cuenta de que estaba más mojada de lo habitual, y no sé si le dio algo de envidia que estuviera tan empapada por haber estado pensando en otro, aunque ese otro fuera un pobre patético. Usó mi masajeador, ese aparato que recomiendo a todo el mundo, y terminé temblando contra su mano.
***
Volvimos a vernos unos días después. Esta vez fui yo a su casa, que era más amplia que la mía y, sobre todo, no la compartía con nadie. Nos pasamos enteras una tarde jugando a un videojuego cooperativo, uno de esos que casi vale la pena más que un vibrador si lo juegas con la persona adecuada. Reíamos, nos picábamos, todo normal.
Pero ese día Mariana estaba rara. Cada poco rato me ofrecía algo de beber. Un vaso de agua, un refresco, otro vaso de agua. Y la notaba más controladora de lo habitual, como si estuviera esperando algo. Mis dudas se aclararon de golpe cuando entré a su habitación y lo vi sobre la cama.
—Ay, Dios… —dije en voz alta, sin poder evitarlo.
Un paquete sin abrir de pañales para adultos.
—¿Me los tengo que poner yo? —pregunté con un hilo de voz.
—¿Tú? —Sonrió de medio lado—. A ti te gusta que te degraden. Te los voy a poner yo. Y a partir de ahora soy yo la que decide cuándo vas al baño.
La forma en que me dio esa orden me puso en situación al instante. La veía distinta. Más alta, más segura, autoritaria, dispuesta de verdad a humillarme. La miré y sonreí con toda la picardía que pude reunir.
—Adelante. Soy toda tuya.
Empecé a quitarme la ropa bajo su mirada, prenda a prenda, hasta quedarme completamente desnuda. Mis pechos pequeños con los pezones ya duros, mi culo, y por supuesto mi sexo recién depilado. Me sentía expuesta, vulnerable, a su entera merced.
Por daros contexto, yo mido un metro cincuenta y siete y ella rondaba el metro setenta. Una torre. A su lado siempre me sentí diminuta, y a veces bromeábamos con que salir con ella era como enfrentarse a un gigante. Esa noche la broma dejó de ser broma.
Me echó un buen vistazo, de arriba abajo, sin prisa. Después abrió el paquete. Hice lo mismo que había hecho Bruno aquella vez: me tumbé en la cama, flexioné las rodillas y abrí las piernas, dejando todo al aire para ella.
Mariana hizo su parte mirando de reojo el pequeño dibujo de instrucciones del dorso del paquete, riéndose de su propia torpeza. Y justo antes de cerrarlo, me dio un beso. No en los labios de arriba.
Me sentía ridícula, vestida solo con un pañal blanco mientras ella no paraba de reírse de mí. Y lo peor, o lo mejor, es que cada carcajada suya me encendía más.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Ahora me voy a divertir contigo.
No me dejó ni sentarme. Se pasó un buen rato jugando con mi cuerpo, besándome el cuello, acariciándome los pezones, mordiéndome el hombro. Y entre caricia y caricia volvía a la cocina y regresaba con otro vaso de agua que me obligaba a beber entero, mirándome a los ojos hasta la última gota.
Llegué a un punto en que estaba sudando. Extremadamente cachonda por un lado y meándome viva por el otro. Una mezcla insoportable y deliciosa a la vez.
—¿Puedo usar ya el pañal? —dije, casi gritando.
—No. Quiero que primero bajes a tirar la basura así.
Quise negarme. Salir a la calle de esa manera… Mariana es perversa, de eso no me cabe duda. Pero me planté en la puerta con la bolsa de basura en la mano sin renunciar ni un segundo a mi misión, aunque apenas me tenía en pie. Nunca en mi vida me había aguantado tanto. El edificio era bajo y estaba en una zona tranquila, algo apartada, así que me convencí de que no habría nadie. Bajé corriendo, sucia y humillada, y lo hice tan rápido que ni me paré a comprobar si alguien me había visto. Solo quería volver, aliviarme y descubrir qué más me tenía preparado.
Cuando subí, la puerta estaba cerrada. La golpeé con fuerza.
—¡Abre, abre! —Me puse nerviosísima, atrapada fuera, vestida solo con eso.
—Ya voy, tranquila. —Mariana se tomó su tiempo. Podía oír su risa al otro lado de la puerta, disfrutando de cada segundo de mi angustia.
—No volvamos a hacer esto nunca —dije al entrar, con los pechos al aire, después de haber cruzado la calle vestida solo con un triste pañal.
Ella se reía como nunca la había visto reír. Y me gustó. Me gustó que me pusiera en mi sitio, que me hiciera sentir el chiste patético de alguien superior a mí.
—¿Puedo hacer pis ya? —Casi se me había olvidado, pero empezaba a sentir un dolor punzante. Mi cuerpo me lo exigía.
Cerró la puerta detrás de mí y se rió otra vez.
—Venga. Méate encima.
—Gracias —dije, más calmada.
Y entonces me quedé ahí de pie, y me di cuenta de algo. Una pequeña complicación. Por muchas ganas que tengas, para un adulto es difícil mearse encima así, sin más. Nos entrenan desde niñas para no hacerlo, y romper esa barrera cuesta mucho más de lo que parece. No era capaz. Ahí estaba yo, una chica patética y pervertida, en pañales, con las tetas temblando y los pezones duros, cachonda y a punto de explotar, incapaz de aliviarme de ninguna de las dos formas sin la ayuda de Mariana.
—¿Ya está? —me preguntó.
—No… Es más difícil de lo que parece.
Y comprendí exactamente cómo se debía de haber sentido Bruno aquella vez, con su cosita al aire, intentando mear delante de mí sin poder.
—Te ayudo —me dijo.
—¿Cómo? ¿Qué vas a…?
No me dejó terminar. Empezó a hacerme cosquillas. Ella me conoce, sabe perfectamente que soy muy sensible y que no aguanto ni dos segundos. No pude resistirme. Era más grande, más fuerte, y yo perdí por completo el control de mi propio cuerpo. Me retorcía, intentaba escapar, suplicaba entre carcajadas, y nada de eso servía.
Sentí el alivio caliente bajando por mis piernas, seguido de una carcajada de Mariana. Por fin podía respirar. Cerré los ojos y lo solté todo, sin freno, hasta que se me escapó un gemido. Lo necesitaba tanto que correrme no habría sido más placentero.
El momento de vergüenza absoluta llegó cuando abrí los ojos. Estaba rodeada de un charco. El pañal se me había caído durante las cosquillas, así que me había quedado completamente desnuda. De pie. Meándome encima, sin haber sido capaz ni de mearme el pañal. Mariana se reía de mí sin parar, y yo estaba tan humillada, tan avergonzada… pero la vergüenza no me duró nada. Se transformó en excitación pura. Me puse cachonda, muchísimo. Me apresuré a limpiarlo todo como una sirvienta, de rodillas, bajo su mirada divertida, mientras ella seguía sin poder contener la risa. Guardé la fregona y me apoyé contra la pared, agotada.
Me caían pequeñas gotas de la entrepierna. Estaba visiblemente excitada, sudada, respirando fuerte con los pechos temblorosos. Y entonces miré a Mariana. Tenía una sonrisa nueva en la cara. Acababa de descubrir lo bien que se lo pasaba viéndome así de humillada, y eso lo cambiaba todo.
Se quitó la camiseta, después el sujetador, y dejó al aire sus pechos. Grandes, perfectos, con un piercing brillándole en el pezón derecho. No era la primera vez que los veía, pero casi me quedo sin respiración.
Se sentó en la encimera. Llevaba una minifalda y solo una minifalda. Abrió las piernas despacio y me mostró su sexo, adornado con algo de vello. Me hizo un gesto con la barbilla para que me acercara, y obedecí sin pensarlo. Me agaché, y con su mano firme apoyada en mi nuca empecé a comérselo todo, con hambre, con devoción, porque ese era mi lugar y yo era suya. Su propiedad. Una pervertida patética, y nunca me había sentido tan en casa.
***
Muchas gracias por leer hasta aquí. Me lo estoy pasando muy bien escribiendo estas cosas, aunque no esperéis que mantenga este ritmo mucho tiempo. Gracias también a todos los que me habéis escrito; se agradece de verdad y me hacéis pasar muy buenos ratos. Antes de despedirme me gustaría preguntar si hay alguna mujer leyendo esto. Me encantaría saber qué opina.