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Relatos Ardientes

Lo que escondía el kimono de mi amiga japonesa

Estudio filología hispánica y la conocí en una clase de literatura. Hanae venía de Sapporo y estaba haciendo un curso de español en mi facultad, un intercambio académico que la había traído a Madrid a finales de septiembre. Su nombre, me explicó la primera vez que charlamos, significa flor. Aunque tenía algo más de espina que de pétalo, al principio costaba verlo.

La primera vez que me fijé en ella, paseaba por el campus como si nunca hubiera roto un plato. Menudita, de melena lisa y oscura, con ese aire reservado y respetuoso que pensé que era simple educación oriental. Pronto descubriría que era pura fachada.

Empecé a sentarme a su lado en las clases. Tardé un par de semanas en atreverme a hablarle, pero cuando lo hice, ella respondió con una sonrisa que me dejó sin aliento. Tomábamos café en la cafetería de la facultad entre clase y clase, intercambiando esas confidencias inofensivas con las que dos chicas se van conociendo. Me contó que vivía con un matrimonio mayor en un piso cerca de Argüelles, que le alquilaban una habitación y que los señores eran amables pero terriblemente aburridos. En su casa familiar, en un suburbio acomodado de Sapporo, dormía rodeada de cosplays colgados en el armario. Tantos, admitió ruborizándose, que su madre se quejaba de que faltaba sitio para la ropa normal.

Yo me la imaginaba vestida de Sailor Moon y se me ponían los pelos de punta. La invitaba a salir con mis amigos los fines de semana y ella, tan respetuosa, aceptaba siempre. No era el alma de la fiesta, pero participaba, sonreía, brindaba en su español todavía vacilante. A mis amigos les caía bien. A mí me caía algo más.

Me gustaba mirarla cuando creía que no la observaban. Su cuerpo menudo y fino, los pechos pequeños y firmes bajo las blusas, las caderas estrechas, las piernas largas y bien torneadas que se le marcaban cuando llevaba vaqueros pegados. Su rostro perfecto, los ojos rasgados, la nariz minúscula, los labios finos que me moría por besar. La melena del color del ala de un cuervo, lisa, cayendo siempre por igual a ambos lados de la cara.

Yo le sacaba casi una cabeza. Soy alta y de huesos anchos, las caderas marcadas y los pechos generosos. Mi melena rubia me cubría hasta los pezones cuando la dejaba caer por delante. Llevo el pubis depilado desde la adolescencia, una manía que ella encontró fascinante. A su lado parecía voluptuosa, casi exagerada, y empezaba a darme cuenta de que esa diferencia entre las dos me ponía cada vez más.

De noche, en mi cuarto, pensaba en ella. Me la imaginaba desnuda, o vestida con cualquiera de los disfraces que me había descrito. Y allí, en mi cama, me hacía un dedo pensando en su boca, en sus dedos, en su acento cuando pronunciaba mi nombre en castellano.

Esto se está yendo de las manos, me decía. Y me lo seguía haciendo.

No sabía cómo entrarle. Quizá no era posible, quizá ella no iba por ahí. Y entonces fue ella la que dio el paso.

Hanae había estado en mi casa varias veces. Había merendado con mis padres, había visto el álbum de fotos de cuando yo era niña, le había gustado mi perra. Era natural que un sábado por la tarde me invitara a su habitación en el piso de los caseros. Había pedido permiso, claro. Siempre tan respetuosa. La pareja mayor nos saludó en el recibidor, nos preguntaron si queríamos algo, y luego se metieron en el salón a ver la televisión. Hanae cerró la puerta de su cuarto detrás de nosotras.

Llevaba solo un kimono ligero, de algodón, de los que usaba en casa. El piso estaba muy caldeado y yo me notaba sudar bajo la camiseta. Su sonrisa era enigmática, los ojos brillantes. Se había sentado en el borde de la cama y tenía un muslo descubierto, blanco como nieve recién caída, apoyado a mi lado.

—¿No tienes calor con eso? —me preguntó señalando mi camiseta.

—Un poco —admití.

Y aquel fue todo el preámbulo que tuvimos. Posó su mano pequeñita sobre mi muslo cubierto por los vaqueros. Sentí una corriente eléctrica que me subió desde la rodilla hasta la nuca. Sus uñas largas arañaban suavemente la tela y la fricción se me transmitía a la piel. Con la otra mano me retiró el pelo de la cara y me lo colocó detrás de la oreja, en un gesto que era más íntimo que muchos besos que había recibido en mi vida.

Nuestras cabezas se fueron acercando muy despacio. Cuando los labios se rozaron, fue apenas un roce, como un aleteo de mariposa contra los nervios que ya tenía de punta. Después insistió un poco más, y sus labios se abrieron, y su lengua salió a buscarme.

La deseaba con locura. Por fin me atreví a moverme. Subí la mano por su muslo desnudo, por debajo de la seda del kimono, buscando el calor entre sus piernas. Iba cubierta por unas braguitas finísimas, atadas a los lados de la cadera con lazadas.

—Es lencería japonesa —murmuró contra mi boca, divertida por mi sorpresa.

Más tarde descubriría otras peculiaridades. Casi ninguna de sus amigas usaba tangas, casi ninguna se depilaba el pubis, y ella se había afeitado las axilas en mi honor. Su forma de besar era lasciva, húmeda, distinta a todo lo que había hecho yo antes. Hilos de saliva conectaban nuestras bocas cada vez que nos separábamos un instante para respirar.

Mis dedos se colaron bajo la prenda y rozaron el monte de Venus, cubierto por su vello negrísimo, todavía intacto. Bajé un poco más, despacio, y noté la humedad en la yema. Hanae se mordió el labio. Cuando encontré sus pliegues, suaves, calientes, encharcados, sus caderas se inclinaron hacia mi mano como un acto reflejo.

Mientras tanto, sus otros labios buscaban los míos, y su lengua se cruzaba con la mía en un baile sin fin. Cada vez más húmedo, cada vez más profundo. Chupaba mi lengua como si quisiera quedarse con ella, y cuando me dio la suya yo hice lo mismo. Sabía a té verde y a algo más dulce que no supe identificar.

Me sacó la camiseta entre besos, y cuando la separé un segundo de mi boca para que pudiera pasarla por encima de la cabeza, ella aprovechó para inclinarse y lamerme el escote, la piel más morena que la suya. Apartó la copa del sujetador con la barbilla y me cogió un pezón con los dientes, sin morder, solo cerrando, mientras la lengua se movía debajo. Yo no podía dejar de gemir.

Conseguí abrir el kimono lo suficiente para sacarle un pecho. Pequeño, durísimo, con un pezón tan oscuro que parecía dibujado con tinta china contra la palidez del resto. Lo besé, lo lamí, lo chupé. Ella sonreía, sin moverse, dejándose.

El sujetador me lo quitó ella, no sé cómo, no sé en qué momento. Lo encontré después tirado sobre una silla a dos metros de la cama. Se echó sobre mí, suave, y me recostó contra las sábanas. El kimono nos cubría a las dos como una tienda de campaña de seda mientras me desabrochaba el vaquero.

Sus dedos se deslizaron bajo el tanga, por mi pubis depilado, sin un solo vello, y comprobó con una risita perversa que estaba tan empapada como ella. Buscó el clítoris entre mis labios, dio dos vueltas con la yema, y me arrancó el primer orgasmo de la tarde antes de que pudiera reaccionar. Grité contra su oído, mordiéndole el lóbulo, lo más bajo que pude. Los caseros estaban a dos habitaciones de distancia, pero no quería que se enteraran.

Todavía no la había visto desnuda del todo. La seda seguía ocultándomela. Le hice resbalar el kimono por los hombros níveos hasta que cayó al suelo. Y entonces sí, entonces la vi entera.

Subiendo por el muslo que antes tenía oculto, trepaba el tatuaje de un dragón oriental. Rodeaba la cadera y se enroscaba en el costado, hasta apoyar la cabeza justo debajo de uno de sus pechos, como si fuera a morderle el pezón en cualquier momento. Cada escama brillaba como una esmeralda diminuta. Los cuernos cruzaban la columna y llegaban al otro omóplato. El ojo rojo, rubí, miraba hacia mí desde su axila.

—¿Esto te lo hicieron en Japón? —pregunté con la voz tomada.

—Hace dos años —respondió—. Mis padres todavía no lo saben.

Me reí, asombrada. La nena tímida y respetuosa que mis amigos creían conocer no tenía nada que ver con la mujer que tenía encima. Empecé a besar el contorno del dragón. Cada centímetro de la piel tatuada, bajando por el costado, subiendo por la espalda, siguiendo la cresta de escamas como si trazara un mapa con la lengua. Le lamí el sobaco sin vello y noté cómo se estremecía. Hanae deleitaba mis oídos con sus gemidos y con palabras incoherentes en japonés. No entendí una sola sílaba y no me hizo falta.

Mis manos no estaban quietas. Solté las lazadas de las braguitas y se las dejé caer entre las piernas. Le coloqué un muslo entre los míos y noté la presión justo donde la necesitaba. Una de mis piernas terminó entre las suyas, mojándose con sus jugos como si fuera la mía propia la que se humedeciera.

Pesaba tan poco que pude moverla sin esfuerzo. La empujé por las nalgas, deslizándola sobre mí, hasta subirla por encima de mi cabeza. Quería probarla directamente de la fuente. Tuve que apartar con la lengua los rizos negrísimos para abrirme paso hasta sus labios. Recogí sus jugos hasta dar con el clítoris.

Sabía que ya se había corrido antes, contra mis dedos, pero esto fue distinto. Sísmico, como un temblor que le recorrió todo el cuerpo menudo. Siguió corriéndose mientras yo desplazaba la lengua por el perineo, hasta el pequeño ano donde la clavé como si quisiera penetrarla. Hanae apretó las rodillas alrededor de mi cara y se quedó quieta unos segundos, tensa como una cuerda. Después soltó todo el aire de golpe y se desplomó hacia un lado.

—Dios mío —murmuró en español, por fin—. Dios mío.

***

Pensé que estaría agotada, que nos quedaríamos así un rato. Pero Hanae no me dejaba tranquila. Su mano seguía paseándose por mi cuerpo con una ternura inagotable. Tenía la cabeza encajada en el hueco de mi hombro y el cuello me besaba cada vez que respiraba. Me dejaba regueros de saliva por la clavícula, por el pecho. Era incansable.

Su mano bajó pellizcando los pezones entre los dedos. Siguió por el vientre, la yema del índice en el ombligo, hasta la vulva depilada. Le hacía cierta gracia cómo la llevaba. La acariciaba como quien acaricia algo nuevo, intentando memorizar la textura.

Era hábil. No me hizo falta más lubricación. Sus deditos se deslizaron por mis labios humedeciéndose con lo que ya había allí y, cuando encontró el clítoris, no tardó nada en hacerme correr otra vez. Le mordí el hombro, le clavé las uñas en la espalda, justo encima del dragón.

Se animó y empezó a recorrer con la lengua el mismo camino que habían trazado sus dedos. Cada centímetro de piel humedecido por su saliva. No le importaba mi sudor, no le importaba nada. Y entonces, en lugar de quedarse entre mis piernas como yo esperaba, las pasó de largo. Siguió por el muslo, por la corva, por la pantorrilla. Cuando la lengua llegó al tobillo, ya me tenía.

Besó el empeine, me metió los dedos del pie en la boquita y los chupó uno a uno. Pasó la lengua entre ellos. Y aquello, que nunca había probado, casi me hizo correrme allí mismo. Oleadas de placer me subían desde el pie ensalivado hasta la nuca.

Lo hizo también con el otro pie. Y desde ahí empezó a subir despacio por la pierna. Al llegar al interior del muslo ya no se detuvo. Me clavó la lengua entre los labios y me penetró con ella, con la ventaja, dijo después riéndose, de no tener que buscar el coño entre la maraña de vello. Le mojé la cara entera cuando me corrí, y lo comprobamos lamiéndonos los rostros la una a la otra un instante después.

***

Ya tumbadas, lado a lado, mis dedos seguían el dibujo del dragón sobre su piel. Lo encontraba fascinante. Quedaba de maravilla sobre el blanco de la espalda.

—¿Cuándo vuelves a Sapporo? —pregunté.

—En junio.

Faltaban siete meses. Iba a necesitar verla todas las semanas que pudiéramos. Iba a aprender japonés, aunque fuera para entender las cosas que me había murmurado al oído. Iba a llevarla a mi cama también, a la siguiente, y a todas las que pudiéramos compartir antes de que el dragón verde volviera a cruzar el mundo.

Me vestí despacio. Ella, todavía desnuda sobre las sábanas, me miraba con los ojos brillantes y esa sonrisa que ya no era enigmática, sino cómplice.

—El sábado que viene —dijo—. Mis caseros se van al pueblo.

Asentí. No hizo falta más.

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Comentarios (5)

RubiaPicara

Increible!! El kimono cayendo fue la mejor imagen, me quede sin aliento. Que bien escrito

LuciaM_23

buenisimo!!! espero que haya segunda parte, quede con ganas de saber como sigue

Martincho87

Me recordo a una amiga de intercambio que tuve, siempre los aparentemente timidos sorprenden mas. Muy buen relato

SilvinaM_ok

Que lindo, de verdad. Esa mezcla de descubrimiento y ternura esta muy bien captada. Sigue escribiendo!

Mateo_RD

El tatuaje del dragon como detalle central fue un toque genial. Dice todo sin decir nada

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