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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi prima en la ducha

Ilustración del relato erótico: Lo que pasó con mi prima en la ducha

Aquella tarde de enero la casa de mis tíos estaba en silencio. Todos habían salido a la finca de un vecino y solo quedábamos Renata y yo, mi prima, la que siempre me miraba un segundo más de la cuenta. Aproveché para meterme a la ducha. El agua caliente bajaba por mi espalda y yo tenía la cabeza en cualquier parte cuando escuché la puerta del baño abrirse.

Giré apenas y la vi entrar, completamente desnuda, como si fuera lo más natural del mundo. Tenía el pelo recogido en un rodete flojo y la piel todavía seca, en contraste con el vapor que llenaba el baño. Por un segundo no supe qué hacer con la mirada.

—Primita, me vengo a bañar contigo —dijo, y ya tenía una pierna dentro de la bañera.

—¡Estás loca! Salí de acá ya mismo —le contesté, tapándome por instinto con los brazos.

No me hizo el menor caso. Corrió la cortina, agarró el jabón y se puso detrás de mí como si la hubiera invitado. Sentí sus manos enjabonándome los hombros, despacio, bajando por la columna. El agua nos caía a las dos ahora, y su cuerpo estaba a apenas un centímetro del mío; podía sentir el calor que despedía su piel contra mi espalda.

—Tranquila, te ayudo, que por la espalda uno solo no llega bien —murmuró cerca de mi oído.

—¡Renata! ¿Qué se te metió en la cabeza? ¿Quién te dijo que yo necesitaba que alguien me bañara? —protesté, pero la voz me salió más débil de lo que quería.

—No te enojes, prima. Lo hago con cariño. ¿No ves que sos mi favorita?

Esto está mal, pensé. Tengo que sacarla de acá.

Pero no la saqué. Sus manos resbalaron desde la parte baja de mi espalda hasta mis nalgas y se quedaron ahí un momento, apretando suave. Después me hizo girar con una facilidad que me dejó sin palabras y empezó a enjabonarme los pechos, trazando círculos lentos alrededor de los pezones. Lo hacía con una naturalidad que me desarmaba, como si tocarme fuera algo que llevaba haciendo toda la vida.

Yo le decía que parara, le apartaba las manos, y ella volvía con una insistencia tranquila, sin prisa, sin violencia. Cada vez que yo soltaba un «no», ella sonreía un poco más. El jabón le permitió deslizar los dedos por mi vientre, más abajo, hasta entre mis piernas, y ahí se detuvo. Yo contuve la respiración.

—Dejá que te enjuague bien —dijo, y dejó el jabón a un lado.

Ya sin espuma, sus manos volvieron a recorrerme la piel mojada, esta vez sin la excusa de limpiarme. Bajó de nuevo a mi espalda, a mis nalgas, y no solo me las tocó, me las apretó con ganas. Me volteó otra vez, me amasó los pechos y terminó con la palma entera entre mis muslos. Yo me sentía indefensa, incapaz de frenarla, y lo peor era que ya no quería frenarla. La forma delicada con que me tocaba me había encendido por completo.

Me tomó del mentón e intentó besarme. Yo giré la cara hacia la pared.

—Vamos, primita, dejate querer, que eso no duele —insistió, buscándome la boca.

—No, Renata, eso sí que no. Dejé que me tocaras, pero besarnos, eso no.

—¿Qué te cuesta? Un piquito chiquito y no te insisto más.

—Uno solo, y te lo doy porque te quiero mucho.

***

Dejé que apoyara sus labios sobre los míos. Fue apenas un roce, pero en cuanto se separó volvió a poner la mano entre mis piernas y empezó a besarme el cuello. Aquello se sintió tan bien que no hice el más mínimo intento de detenerla. Renata me tenía completamente dominada, y cuanto más me tocaba, más me prendía. Me gustaba sentirme deseada de esa manera, sin disimulo.

Cuando volvió a buscar mi boca, esta vez le respondí. Le devolví el beso con una urgencia que no sabía que tenía dentro. Ella tomó mi mano y la guió entre sus muslos mientras nos besábamos, y de pronto las dos nos estábamos acariciando bajo el chorro de agua, jadeando contra la boca de la otra.

—Decime la verdad, prima —susurró, despegándose un segundo—. ¿Se siente rico?

—Sí —admití, todavía con los dedos sobre ella—. Se siente muy rico. Pero esto no está bien, somos primas.

—No pienses bobadas. Entre primas, más cerca. Además me parecés hermosa, no te imaginás las ganas que te tengo. Y que conste que no soy lesbiana… pero si es con vos, hasta lesbiana me vuelvo. Decime, ¿yo cómo te parezco? ¿Fea o linda?

—Sabés que sos hermosa. ¿Para qué preguntás si ya sabés la respuesta?

—Porque quiero oírte decir que también me deseás. No me olvido de aquel beso que nos dimos en la fiesta el año pasado. Decime la verdad: ¿vos me deseás?

—Sí, Renata. Sabés que sí.

—Entonces decime una cosa. ¿De verdad querés que paremos?

Me quedé callada. Toda esa conversación había ocurrido sin que ninguna de las dos dejara de acariciar a la otra.

—El que calla otorga —dijo, y volvió a besarme, ahora con todo.

***

El agua seguía cayendo, tibia, mientras ella me besaba el cuello y bajaba hasta mis pechos. Me mordió suave los pezones, primero uno y después el otro, sin dejar de tocarme entre las piernas. Yo me apoyé contra los azulejos fríos para no resbalar, con las rodillas temblando.

Entonces se arrodilló. Me separó las piernas con las manos y apoyó la boca entre mis muslos. La primera lamida me arrancó un gemido que intenté ahogar. Nunca una mujer me había hecho eso, y la sensación era distinta a todo lo que conocía: más precisa, más paciente, como si supiera exactamente qué buscar porque ella también lo tenía. Su lengua subía y bajaba, se detenía en el punto justo, y yo me derretía contra la pared.

No paraba de pensar en el momento en que sería yo la que tuviera mi boca sobre ella. Me sentía tan excitada que le costó muy poco esfuerzo hacerme llegar. Me vine de pie, agarrándome de sus hombros, mordiéndome el labio para no gritar.

—Qué rico sabés —dijo, levantándose con una sonrisa—. ¿Ahora querés probarme a mí?

No me hice de rogar. Empecé besándola con su boca todavía húmeda de mí, saboreándome en sus labios, y después bajé por su cuello hasta sus pechos. Ella me empujó suave la cabeza hacia abajo, ansiosa. No tuve ni que abrirle las piernas: ya las tenía separadas, esperándome. Apoyé la boca sobre ella y la encontré empapada, y no por el agua.

La recorrí entera con la lengua, de abajo hacia arriba, deteniéndome en el centro, aprendiendo lo que le gustaba por la forma en que respiraba. Renata gemía, pero bajito, atenta a que nadie volviera y nos descubriera. Le apreté las nalgas y la atraje contra mi cara, y sentí cómo todo su cuerpo se tensaba cuando empecé a succionarle el punto más sensible. Me sujetó la cabeza con fuerza, me apretó contra ella y se vino en mi boca con un temblor largo.

***

Cerramos la llave. Nos secamos a las apuradas, nos envolvimos en las toallas y salimos del baño conteniendo la risa, como dos cómplices. Nos encerramos en mi habitación y echamos el pestillo.

Dejamos caer las toallas al piso y nos abrazamos, desnudas, todavía húmedas. Yo le recorría la espalda con las yemas de los dedos, bajaba hasta sus nalgas firmes y las apretaba. Toda ella se sentía suave, tibia, perfecta.

—Primita, ¿te puedo preguntar algo? —dijo contra mi cuello—. ¿Alguna vez te tocaste pensando en mí? Porque yo sí lo hice, muchas veces.

—Sí —confesé en voz baja—. Lo hice.

—Mostrame cómo. Y yo te muestro cómo lo hacía yo mientras pensaba en vos.

Nos subimos a la cama, una frente a la otra, y empezamos a acariciarnos a nosotras mismas sin dejar de mirarnos. Verla darse placer pensando en mí me encendía de una manera nueva. Ella me tiró de las piernas, me acercó cuanto pudo, y nos besamos mientras cada una seguía con su propia mano. Después sentí que tomaba mi muñeca y la llevaba hacia ella, y al mismo tiempo deslizaba sus dedos dentro de mí.

Sentía un placer hondo con sus dedos moviéndose despacio, entrando y saliendo, y el pulgar trazando círculos justo donde tenía que estar. Yo la imitaba en todo, copiaba su ritmo, y no parábamos de besarnos. Me asombraba lo suaves que eran sus labios, lo húmedos, y su lengua buscando la mía una y otra vez.

—Probémonos las dos a la vez —propuso.

Me acosté boca arriba y ella se acomodó al revés, su cuerpo sobre el mío, y empezamos a darnos placer con la boca al mismo tiempo. Ella movía las caderas despacio contra mis labios mientras me succionaba con fuerza, y las dos llegamos casi juntas, ahogando los gemidos contra la piel de la otra.

Me pidió que me quedara así. Me separó las piernas, me las levantó y empezó a recorrerme con la lengua zonas que nadie había tocado antes, lento, mientras me acariciaba con los dedos. Yo gemía bajito, descubriendo una sensación que no conocía. No paró hasta hacerme llegar otra vez, con el cuerpo arqueado y las manos aferradas a las sábanas. Y como yo venía imitando cada cosa que ella hacía, la hice darse vuelta y le devolví exactamente lo mismo, despacio, atenta a cada respiración, hasta que la sentí estremecerse de nuevo y soltar mi nombre en un susurro.

Entonces se acomodó entre mis piernas y juntó su cuerpo con el mío hasta que quedamos pegadas, piel contra piel. Empezó a moverse hacia adelante y hacia atrás, frotándonos la una contra la otra, y se sentía increíble lo fácil que resbalábamos de lo mojadas que estábamos las dos. No paró hasta que volvimos a venirnos al mismo tiempo, abrazadas, sudadas, sin aire.

Se dejó caer encima de mí y me besó despacio, ya sin urgencia. Después se hizo a un lado y me acurrucó entre sus brazos.

—Primita, ¿te gustó lo que hicimos? —preguntó.

—Sí —contesté contra su pecho—. Muchísimo.

—Ojalá lo repitamos cada vez que podamos.

—Te puedo asegurar que así va a ser.

Me fui quedando dormida entre los brazos de Renata, con el cuerpo todavía vibrando, pensando que aquella tarde de enero acababa de cambiarlo todo entre nosotras.

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Comentarios (4)

LectoraRosy

Que buenoooo!!! hace tiempo no leia nada tan bien contado de esta categoria. Mas por favor!!

SofiaDelNorte

Lo lei dos veces y las dos veces me encanto igual. La tension esta perfectamente lograda desde el principio.

MarisolK

Por favor que haya una segunda parte... quede con muchas ganas de saber que paso despues jaja

NocheSinSueño

cortisimo pero buenisimo, que morbo!!!

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