Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La mujer del chat que me enseñó a desearme

Todo empezó tres meses atrás, una noche cualquiera, mientras revisaba perfiles en una página de contactos que una compañera me había recomendado entre risas durante el almuerzo. Yo no buscaba nada serio. Tampoco buscaba mujeres, para ser honesta. Estaba ahí por aburrimiento, por curiosidad, por esa necesidad de sentir que algo todavía podía pasar en mi vida después de la separación.

Hasta que vi su perfil.

La foto era en blanco y negro, muy bien encuadrada, con un juego de luces que le marcaba la mandíbula y le dejaba media cara en sombra. No se le veía la sonrisa entera, solo una insinuación. Algo en su mirada me detuvo el dedo encima de la pantalla. Tenía una expresión que me pareció familiar, como si pudiéramos habernos cruzado en algún supermercado o en la sala de espera de un pediatra. Sin pensarlo mucho, le escribí un «hola» y la invité al chat privado.

Aceptó en menos de cinco minutos.

—Hola, me llamo Lucía —escribió.

—Yo soy Carolina. Gracias por aceptar.

Esa primera conversación fue de las que se quedan flotando después de cerrar el ordenador. Las dos estábamos separadas. Las dos teníamos hijos adolescentes que volvían tarde y se encerraban en sus cuartos. Ella trabajaba de enfermera en un hospital privado, en el turno de tarde-noche. Yo era administrativa en una empresa de transporte internacional, ocho horas pegada a una pantalla cuadrando facturas y atendiendo a transportistas malhumorados. Yo tenía cuarenta años; ella, treinta y nueve. Nos sacamos un año, le bromeé. Tú la mayor, me contestó.

Empezamos a escribirnos todos los días. Al principio de madrugada, cuando ella salía del hospital y yo aprovechaba el insomnio. Después también por las mañanas, en los huecos del trabajo. Nos pasamos al WhatsApp en la segunda semana, y con el WhatsApp llegaron las fotos sin maquillaje, las quejas de la rutina, los audios largos contándonos el día.

Hablábamos de lo que hablan dos mujeres que se descubren parecidas. Del cansancio. De la culpa de no dedicarles más tiempo a los hijos. De la culpa, sobre todo, de querer dedicarse tiempo a una misma. De cómo no recordábamos cuándo había sido la última vez que pisamos un bar a tomar una copa sin mirar el reloj.

—Eres la primera persona en años con la que siento que puedo decir cualquier cosa —me escribió una noche.

—A mí me pasa lo mismo —respondí.

Y era verdad. Lucía se había convertido, sin que yo me diera cuenta, en la voz que necesitaba escuchar para dormirme tranquila.

***

El cambio llegó un domingo por la tarde, a finales de marzo. Mi hijo se había ido a casa de su padre, la casa estaba en ese silencio raro de las casas vacías, y yo estaba tirada en el sofá con el teléfono en la mano, descalza, sin sujetador, con una camiseta vieja que ni siquiera era mía. Llovía. Era de esos domingos en los que el tiempo se vuelve elástico.

—¿Estás sola en casa? —preguntó Lucía.

—Sí, princesa. ¿Por qué?

Tardó en contestar. Vi los puntos suspensivos aparecer y desaparecer tres veces. Cuando llegó el mensaje, no era texto. Era una foto.

Lucía en sujetador, frente al espejo del baño, con la cabeza ligeramente inclinada y el pelo cayéndole por un hombro. Tenía los pechos grandes, llenos, sostenidos por un sujetador negro de encaje barato pero bonito. La piel canela, brillante por la luz del fluorescente. Se le veía un lunar justo encima del ombligo.

—Vaya tetas tienes —escribí, y al apretar enviar me di cuenta de que mi corazón estaba latiendo a un ritmo que no encajaba con un domingo por la tarde.

—Gracias, jaja. Te toca.

Lo pensé tres segundos. Tres. No más. Me bajé al baño, me quité la camiseta, dudé entre el sujetador deportivo que llevaba puesto y uno más bonito que tenía guardado, opté por el bonito —uno burdeos, sin armadura, que me había regalado mi hermana en mi cumpleaños y que nunca había estrenado—, y me hice una foto en el espejo intentando que el pulso no se me notara en el encuadre.

—No te quedas atrás, amiga —respondió de inmediato—. Tienes una piel preciosa, blanca, rosada. Me encanta.

Y entonces me mandó tres fotos más, una detrás de la otra. Cuerpo entero. De frente, de costado, de espaldas. Solo llevaba una tanga roja de encaje, tan fina que casi no se veía. Tenía un abdomen plano que parecía mentira a los treinta y nueve, un culo redondo, alto, en forma de pera, y unas piernas largas que terminaban en unos pies pequeños con las uñas pintadas de granate. En la foto de espaldas se le veía cómo la tanga le desaparecía entre las nalgas.

Me quedé mirando esas tres fotos como una idiota durante un minuto entero. No estaba excitada, todavía no del todo, pero algo dentro de mí se había encendido sin pedirme permiso. Tenía calor. Tenía sed. Tenía ganas de seguir mirando.

Sin pensarlo, me quité el resto de la ropa y me hice yo también tres fotos. De frente, de costado, de espaldas. Las envié en bloque, antes de arrepentirme.

—Madre mía, Carolina —contestó al rato—. Tienes un cuerpo precioso. Esas caderas. Ese culo. Si te tuviera al lado te lo mordería.

—No me digas esas cosas —escribí, riéndome sola en el sofá.

—¿Por qué? ¿Te pongo nerviosa?

—Un poco.

—Bien.

***

Lo que pasó después no lo decidimos. Pasó.

Empezamos a mandarnos fotos en posturas. Tumbada boca abajo, de rodillas con el culo en pompa hacia la cámara, de lado, simulando una cuchara con un cojín pegado a la espalda. Cada foto venía con un comentario, y cada comentario era más directo que el anterior. Yo notaba cómo mi respiración se iba acelerando. Notaba esa humedad inconfundible que llevaba años sin sentir con esa intensidad, esa sensación de hinchazón ahí abajo que es la señal inequívoca de que el cuerpo se ha decidido por ti.

—Tengo una idea —escribió Lucía—. ¿Tienes webcam?

—En el portátil, sí.

—Hagamos videollamada.

—¿Ahora?

—Ahora.

Subí al dormitorio con el portátil bajo el brazo. Me senté en la cama con la espalda contra el cabecero, las rodillas dobladas, las piernas cubiertas con una manta fina. Conecté el ordenador a la red eléctrica. Abrí la aplicación. Cuando entró la llamada, me temblaban un poco los dedos.

Apareció su cara llenando media pantalla. Sin maquillaje. Con el pelo recogido en un moño rápido. Tenía un brillo en los ojos que en las fotos no se le veía, una mezcla de timidez y de provocación que me desarmó.

—Hola, mi diosa —dijo.

—Hola, princesa —contesté, y la voz me salió más baja de lo que esperaba.

Nos quedamos en silencio unos segundos, mirándonos. Era raro y era hermoso al mismo tiempo. Llevábamos tres meses escribiéndonos y nunca habíamos escuchado la voz de la otra. La suya era grave, un poco rota, como de fumadora aunque ella no fumaba. Me encantó al instante.

—Cada día estás más guapa, Carolina.

—Tú también. Me gustan tus labios. Tus ojos. Me gusta cómo me miras desde ahí.

Lucía sonrió y se mordió el labio inferior. Llevaba puesta una camiseta blanca sin sujetador. Se le marcaban los pezones a través de la tela. Levantó las manos, despacio, y empezó a acariciarse los pechos por encima de la camiseta, con los dedos abiertos, sin dejar de mirarme a la cámara.

Yo dejé caer la manta.

***

Cada una a su ritmo, sentadas en nuestras camas, separadas por mil kilómetros y por la luz azulada del portátil, empezamos a quitarnos la ropa. Ella primero la camiseta, después la tanga. Yo me bajé el sujetador hasta dejarlo colgando en la cintura y me deshice también de la última prenda que llevaba puesta. Cuando las dos estuvimos desnudas, frente a la cámara, separamos un poco las rodillas. Sin prisa. Sin instrucciones. Como si llevásemos meses ensayándolo.

—Qué bonita eres ahí —murmuró Lucía—. Qué ganas tengo de meter la cara entre tus piernas.

—Hazlo.

—¿Cómo?

—Imagínalo. Hazlo en tu cabeza. Yo voy a hacer lo mismo contigo.

Cerré los ojos un segundo y la dejé entrar. Imaginé sus manos en mis muslos, separándolos despacio, su pelo cayéndome por el vientre, su boca en una zona que llevaba demasiado tiempo siendo solo mía. Cuando abrí los ojos, ella ya tenía dos dedos entre las piernas, moviéndolos en círculos lentos. Tenía la boca entreabierta y los párpados a media asta.

—Métete uno —dijo—. Despacio.

Obedecí. No me había dado cuenta hasta entonces de lo mojada que estaba. El dedo entró sin esfuerzo, casi con avidez. Solté un suspiro que no quise contener.

—Ahora dos —murmuró—. Como si fuera yo.

Lo hice. Y ella hizo lo mismo. Las dos nos miramos a través de la pantalla con los labios entreabiertos, sin hablar, escuchando el sonido del ordenador y nuestra respiración. Mis caderas empezaron a moverse solas, buscando un ritmo que el dedo no terminaba de darme. Lucía se llevó la mano libre a la boca y se chupó dos dedos antes de bajárselos otra vez al clítoris.

—Estoy ardiendo, Carolina.

—Yo también. No me lo creo.

—Créelo. Sigue. No pares.

***

No sé cuánto tiempo estuvimos así. Veinte minutos. Media hora. El tiempo se borró. Lucía me iba guiando con su voz grave, con frases cortas, con instrucciones que en otro contexto me habrían parecido vergonzosas y que ahí me sonaban a lo más natural del mundo.

—Tócate más despacio. Quiero verte aguantar.

—Levanta las rodillas. Sí, así. Que te vea bien.

—Métete tres. Hazlo. Quiero ver cómo te entran.

Yo iba obedeciendo y descubriendo, al mismo tiempo, cosas de mí que no sabía. Que me gustaba que me mandaran. Que me gustaba que me miraran. Que mi cuerpo, a los cuarenta, después de dos partos y una vida demasiado parecida a una agenda, todavía sabía responder con esa intensidad que yo creía perdida para siempre.

En un momento, Lucía apoyó los pies en el colchón y levantó las caderas. La pantalla la enfocaba casi entera. Tenía el cuello echado hacia atrás, el pelo desordenado, una mano metiéndose y saliendo a un ritmo que se aceleraba a ojos vista. Yo la imité. Levanté las caderas, separé las rodillas, dejé que la cámara me viera entera. Algo de pudor me quedaba, pero pesaba menos que las ganas.

—Voy a correrme —dijo de pronto.

—Espera.

—No puedo.

—Juntas.

—Vale. Juntas. Mírame.

La miré. Ella me miró. Dos mujeres que no se habían tocado nunca, que jamás se habían respirado encima ni se habían rozado la piel, llegando a la vez al mismo sitio a través de una pantalla, con un dedo cada una, en habitaciones distintas, en provincias distintas, en vidas que solo se cruzaban en una página web de contactos.

Me corrí con un gemido largo, agudo, que no controlé. Ella se corrió un segundo después, con un sonido más ronco, casi un quejido. Y después nos quedamos las dos calladas, jadeando, con los ojos clavados en la cámara, riéndonos por lo bajo de la situación.

—Madre mía —dijo Lucía.

—Madre mía —repetí.

—¿Te ha gustado?

—No sé si esa es la palabra. Me ha cambiado algo.

—A mí también.

***

Hablamos veinte minutos más. Desnudas todavía, tapadas por encima con la sábana, como dos amigas que comparten cama después de una noche larga. Ella me contó que era la primera vez que estaba con una mujer, aunque siempre había sentido curiosidad. Yo le confesé que llevaba años pensando si me gustarían las mujeres, sin atreverme a comprobarlo. Las dos coincidimos en que, fuera lo que fuera lo que acababa de pasar, no había sido un experimento.

Mi hijo iba a volver en menos de una hora. Lucía tenía que prepararse para entrar al turno de noche. Cerramos la videollamada con la promesa de repetirlo cuanto antes, y con otra promesa, más callada, que ninguna de las dos formuló en voz alta: la de buscar una manera de vernos en persona pronto, antes de que esto se enfriara o se convirtiera en otra cosa.

Apagué el portátil y me quedé un rato en la cama, mirando el techo, con el cuerpo todavía temblando por dentro. La camiseta vieja seguía tirada en el suelo del salón. La tanga, también. Llovía igual que al principio de la tarde. Nada en la habitación había cambiado.

Todo en mí, sí.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (5)

ViajeraK

increible, quede sin palabras!! que manera de arrancar un relato

Tomas_Baires

Y al final se conocieron en persona? porque con ese final me quede con la duda jajaja. Muy bueno igual

Alicia_G

Me recordo a una amistad que tuve por chat hace años. La tension que se acumula con el tiempo sin verse es algo que muy pocos logran describir bien, y aca esta perfecto. Gracias por compartirlo

SolMarLatina

Que bien escrito esta. Se siente real, nada forzado. Sigue asi!!

NocheDeLetras_CO

Lo que mas me gusto es que no necesita ser explicito para transmitir todo lo que transmite. Ese equilibrio es dificil de lograr y aca esta muy bien resuelto

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.