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Relatos Ardientes

Diana, Renata y la mujer del café que me cambió

Aún sentía el sabor de Diana en mis labios cuando subió al avión. Llevábamos tres semanas durmiendo juntas, despertando juntas, fingiendo que el reloj no avanzaba. Esa última noche fue larga, sudada y tibia, y terminó conmigo recostada sobre su pecho mientras nuestras respiraciones encontraban el mismo ritmo.

—Voy a extrañarte —le dije.

—Yo también voy a extrañarte —respondió, apretando el abrazo como si pudiera retenerme.

—Sabes que no tienes que quedarte —murmuré con la mirada fija en la suya, con un mínimo resto de esperanza—. Podrías venir conmigo y empezar de cero.

Me acarició la mejilla con una ternura que dolía. No dijo nada. No hizo falta. Hay respuestas que se entregan en silencio para no romper a la otra.

En el aeropuerto me despidió con una sonrisa contenida. Me fui contenta de saber que aún provocaba algo en ella, contenta por todo lo vivido, pero con ese regusto amargo de quien aprendió demasiado rápido a despertar al lado de alguien. No iba a desestabilizarla más. Volvería a mi rutina, a mi cama vacía, sin atarme a nadie.

***

Cuatro días después, Renata me llamó.

—Voy a estar en la ciudad un par de días. ¿Me prestas el sofá? —dijo con esa voz baja que no necesitaba pedir nada más.

Sabía lo que significaba un par de días con Renata. Lo supe desde la primera vez que coincidimos en aquel curso al que me arrastró una amiga, hacía cinco años, cuando ella tenía cuarenta y dos y yo apenas veintinueve, y me hizo entender que la edad solo era un dato.

Llegó al mediodía. Me abrazó con esa efusividad suya que siempre olía a Gucci Rush. Pusimos café, hablamos de nada importante durante diez minutos, y entonces se acercó. Yo ya no tenía ganas de resistirme, y ella lo notó.

Empezó por el cuello, subió a la mejilla y terminó en mis labios, con la calma de quien sabe que tiene toda la tarde. Nos fuimos al sofá. En cuestión de minutos mi camisa estaba en el suelo, y ella me chupaba los pezones jalándolos suavemente entre los dientes hasta sacarme gemidos profundos que ya no me molestaba escuchar.

Me desabrochó el pantalón y la ayudé a bajarlo junto con la ropa interior. Se arrodilló frente a mí, me abrió las piernas y me miró con esa cara de hambre que solo ella sabía poner. Con los dedos me abrió los labios despacio, como si estudiara cada centímetro, y empezó a acariciarme el clítoris con la punta de la lengua. Alternaba besos cortos con caricias largas, y cuando ya no podía más, me clavó dos dedos y empezó a entrar y salir con un ritmo que iba subiendo solo.

—Mmm, no pares —le pedí, con la cabeza tirada hacia atrás.

Aumentó. Mis gemidos se volvieron desesperados, casi un balbuceo de su nombre. Sentí cómo todo se contraía dentro de mí y exploté contra su boca, con las piernas temblándome todavía cuando ella ya se estaba desnudando.

Se sentó encima de mí y me besó como si fuésemos dos adolescentes en un coche. Su perfume, su piel firme, esa madurez que se le había instalado en las caderas sin quitarle nada, me volvían loca. La sostuve por las nalgas y la deslicé hacia arriba hasta que su sexo quedó sobre mi cara. Lo tenía abierto, los labios carnosos coronando un clítoris que, a sus cuarenta y siete años, seguía siendo el más bonito que yo había probado. Me aferré a él con la boca, le acaricié la entrada con los dedos y escuché cómo gemía cada vez que cambiaba el ángulo.

Después fuimos a la habitación. Sacó del maletín un feeldoe y me lo entregó con esa sonrisa torcida que ya conocía.

—Quiero que me cojas como antes —dijo, mientras simulaba una felación al falo del juguete.

Y nos cogimos, sí. Mucho y bien. Ella se subía sobre mí y la fuerza con la que apretaba mis caderas me confirmaba que no había perdido nada con los años. La puse en cuatro, le abrí las nalgas y la penetré por el ano mientras sentía el otro extremo del juguete presionando dentro de mí. Cada empuje suyo era una respuesta a uno mío. Acabamos varias veces, sin orden ni cuenta, hasta caer rendidas sobre las sábanas revueltas, sudadas y satisfechas.

***

El día que Renata se iba la invité a desayunar a una cafetería que era casi mi segunda casa. Era una de esas mañanas tranquilas en las que entras y ya sabes en qué mesa te vas a sentar. Pero esa mañana algo cambió: la chica que solía atenderme no estaba.

En su lugar había una mujer un poco mayor que yo, de pelo rizado, piel clara y unas gafas grandes que le tapaban media cara cuando se reía. Se llamaba Mariela. Lo supe porque tenía la chapita colgada del pecho y yo no podía dejar de mirar hacia ahí, fingiendo que leía la carta.

Renata se dio cuenta antes que yo.

—Te está mirando hace diez minutos —me dijo, divertida, sorbiendo el café—. Y tú a ella otros diez. Cuando me suba al avión, vuelve.

Esa misma tarde, después de despedirla, volví. Y al día siguiente también. Y al otro. Mariela ya no me sonreía desde la barra: venía con su delantal y se sentaba un rato en mi mesa, me contaba que estaba en la ciudad por un puesto temporal de supervisora de producción, que vivía en un departamento prestado, que no conocía a nadie. Cada palabra suya me encendía algo en el bajo vientre que ya no podía disimular.

El cuarto día le propuse cenar.

Después de la cena terminamos besándonos en mi coche, con las luces apagadas y la lluvia golpeando suavemente sobre el techo. Era tímida, pero no se echaba atrás. Yo sentía con cada poro de la piel que ella también lo deseaba, y entre besos le dejé claras mis intenciones.

—¿Quieres seguir? —le pregunté, mientras le besaba el cuello.

—¿Aquí?

—No, hermosa. En un lugar más privado y cómodo.

Pareció dudar un segundo. Me separé apenas para mirarla a los ojos.

—¿Estás bien?

—Es que yo… nunca he estado con una mujer. Y en ti se nota que tienes mucha experiencia. Tengo miedo de no cumplir tus expectativas.

—¿Qué dices, mujer? —le besé los labios—. Déjate llevar. Vas a ver que lo pasamos muy rico las dos.

Se rio bajito y asintió. Conduje despacio hasta mi casa, con su mano apoyada en mi muslo, sintiendo cómo subía un milímetro cada tantos semáforos.

En la habitación empezamos a besarnos otra vez. Era cierto, había timidez en sus manos, una manera de tocar como si pidiera permiso a cada centímetro. Pero entre beso y beso fue perdiendo la vergüenza, y yo empecé a perder la cabeza con sus caricias.

Terminamos en un sesenta y nueve que de novata no tenía nada. Me acariciaba el clítoris con movimientos circulares, alternaba lengua y dedos con una intuición que me hizo pensar que había estado mintiendo o que llevaba años fantaseando con esto. Su sexo era precioso: labios carnosos, rosados, un clítoris pequeño que se escondía entre ellos y al que me dediqué con devoción, lamiéndolo, chupándolo, masturbándolo despacio hasta que su voz se quebró sobre mi vientre.

Después del segundo orgasmo necesitaba cogérmela.

Fui por el feeldoe que Renata me había dejado prácticamente como regalo de despedida, ironías. Mariela me ayudó a ponerlo, mirándolo con curiosidad y un poco de respeto. La acosté boca arriba, le besé los pechos pequeños, los pezones rosados, fui bajando y le humedecí el sexo otra vez con la lengua. Me arrodillé entre sus piernas, le abrí los muslos con cuidado y apoyé la punta del juguete en su entrada.

Empujé despacio. Gimió bajito, casi un suspiro, y la penetré entera. Empecé a moverme con un ritmo suave, entrando y saliendo, viéndola cerrar los ojos y morderse el labio. Desde esa posición podía tocarle el clítoris, así que se lo acariciaba en círculos mientras la cogía. Cuando aumenté la presión, empezó a gemir más fuerte. Yo también lo sentía: el otro extremo del falo trabajaba dentro de mí con cada empuje.

Esto no es una primera vez. O lo es, pero ella nació para esto.

Dos horas después estábamos cambiadas de rol. Yo en cuatro patas, aferrada a la almohada, y ella detrás, sosteniéndome las caderas con una firmeza que no le pegaba a la chica tímida del coche. Mis pezones rozaban la tela de la almohada, sentía el juguete presionando dentro de mí, sus manos clavadas en mis nalgas y el sonido seco de su pelvis chocando contra mí. Las dos gemíamos.

Cuando no pude más, le pedí parar. Me volteé, le ayudé a sacarse el arnés y nos miramos como si acabáramos de descubrirnos. Me acosté de espaldas, le abrí las piernas y la atraje sobre mí. Nuestros clítoris se rozaron, sensibles, hinchados, y ese roce final fue el que nos hizo acabar a las dos casi al mismo tiempo.

Caímos rendidas. Agitadas. Sonriendo como dos chicas que recién empiezan algo.

Pensé en Diana, lejos. Pensé en Renata, ya volando hacia su vida. Y pensé en Mariela, ahí al lado, con la cabeza apoyada en mi hombro, todavía intentando recuperar el aliento. Disculpen la ausencia de estos meses; espero pronto poder seguirles contando estas anécdotas que tanto me gusta compartir. Besos a donde los quieran.

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