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Relatos Ardientes

Lo que mi capitana me hizo tras ganar el derbi

El partido de vuelta se jugaba en el estadio del Real Tortosa, un campo angosto y embarrado donde, seis meses atrás, Lucía había detenido un penalti en el minuto noventa que dejó a la grada local mordiendo el aire. El mismo odio nos esperaba al bajar del autobús, pero esa tarde la rabia tenía un sabor distinto, más íntimo, para nuestra capitana.

Lucía era la portera titular desde hacía siete temporadas, veintisiete años bien usados, casi uno setenta y nueve de músculo trabajado en gimnasios oscuros y mañanas de paradas imposibles. Piel canela, melena negra que se recogía en una coleta tensa como una cuerda de violín, hombros anchos que se marcaban bajo la camiseta y unas piernas que sostenían su mundo entero. En el vestuario hablaba poco y miraba mucho. Cuando levantaba la voz, todas callábamos.

Yo era Camila, extremo derecho, veinte años recién soplados, traída desde Maracaibo el verano anterior porque el ojeador había visto en mis vídeos algo que él llamó «hambre». Tenía piernas largas, cintura corta y una manera de bailar con el balón que en los entrenamientos hacía sonreír a las veteranas y apretar los dientes a Lucía. Llevaba el pelo en ondas hasta media espalda y un par de aros gruesos que jamás me quitaba, ni para dormir.

No competíamos por el mismo puesto. Ella paraba; yo desbordaba. Y aun así, esa mañana, en la pizarra del míster, su nombre apareció en el banquillo. «Rotación, hay que cuidar la espalda de la capitana», dijo el técnico sin mirar a nadie. Mentira piadosa. Lucía lo entendió antes que yo. A su edad, en el fútbol femenino, el banquillo no era descanso: era el primer escalón hacia el final.

El partido fue una guerra. La grada coreaba cosas que prefiero no recordar. En el minuto noventa y cinco, cuando todas dábamos por bueno el empate, recibí un pase largo por la banda, controlé con el exterior, amagué a la central y solté un disparo cruzado y seco que entró rozando el palo. Estadio en llamas. Botellas en el césped. Mi camiseta en alto, los pezones marcados bajo el sujetador deportivo, el escudo girando frente a la grada como una bofetada. Sonreí. Tenía veinte años y no medía las consecuencias.

***

En el vestuario visitante, la euforia se apagó como una vela. Las compañeras se ducharon deprisa, recogieron sus bolsas y salieron en silencio, sintiendo el aire pesado. Yo me quedé la última, todavía con la camiseta empapada y los muslos temblando por la carrera del último cuarto de hora. Cuando levanté la vista, Lucía estaba apoyada en la puerta. Echó el pestillo sin apartar los ojos de mí.

—¿Te ha gustado ser la estrella, extrema? —su voz salió baja, ronca, casi neutra—. Ese gol que has marcado… el que yo no he podido defender porque tú estabas dentro y yo afuera.

Me encogí de hombros con esa chulería que solo se tiene a los veinte.

—He ganado el partido, capitana. Tú lo viste desde el banco. A veces hay que ceder el sitio a las que todavía tienen piernas frescas.

Lo dije sin pensar. Lo dije porque me lo había guardado meses. Lo dije y cerré los ojos medio segundo, esperando una bofetada que no llegó.

Cruzó la distancia en dos zancadas. Su mano grande se cerró sobre mi garganta y mi espalda chocó contra el metal helado de los taquillones. El golpe sonó dentro de mi cabeza como un disparo.

—Escúchame bien, niñita —siseó, los labios casi rozando los míos—. Tu gol no lo voy a olvidar. Pero tampoco voy a dejarte salir de aquí pensando que el campo es tuyo. A los veintisiete años, en este mundo, ya soy «la veterana». El míster me mira como a un mueble del que se habla con cariño. Tú, con tus veinte y tu culo que mueves en cada desborde, me estás robando lo último que me quedaba. Y eso me revienta más de lo que crees.

No grites, pensé. No grites.

Quise forcejear, pero ella era el doble de fuerte. Con la otra mano me arrancó el sujetador deportivo de un tirón. La tela cedió, mis pechos saltaron al aire, los pezones se endurecieron al instante por el frío del vestuario y por algo más que prefería no nombrar.

Me giró de golpe. La mejilla contra el metal, las manos abiertas a la altura de los hombros, las piernas separadas a patadas. Bajó mi pantalón corto y la braga deportiva hasta los tobillos. El aire frío me golpeó la piel y, sin proponérmelo, levanté el culo un par de centímetros.

—Mira esto —murmuró—. Hablas como una capitana, pero el cuerpo te delata.

Escupió en la palma de su mano y la llevó entre mis piernas. Dos dedos, sin aviso, sin preparación, hasta el fondo. Curvó las yemas y empujó hacia adelante con saña. Mi grito quedó atrapado en el metal.

—Empapada como una cría a la que le acaban de hacer caso —dijo—. Eso es lo que eres ahora mismo, Camila.

Hablaba con la boca pegada a mi oreja. Sus caderas presionaban mi culo, su otra mano me sujetaba la nuca con dedos firmes.

—Di que eres mía. Di que tu juventud me pertenece mientras yo quiera.

Resoplé, intenté tragar saliva. Tenía la garganta apretada y los ojos llenos.

—Soy… soy tuya, capitana.

—Más fuerte.

—Soy tu puta, Lucía.

***

Sacó los dedos brillantes y los pasó por mis labios. Me obligó a abrir la boca. Probé mi propio sabor mezclado con el suyo. Después me empujó hacia abajo por los hombros hasta que mis rodillas tocaron las baldosas mojadas. Lo intenté, durante un segundo, pero el cuerpo me había dejado de pertenecer mucho antes.

Se bajó el pantalón del chándal y el tanga negro. Me agarró del pelo, ese pelo ondulado y húmedo del que tan orgullosa estaba, y guió mi cara entre sus muslos.

—Lame todo lo que tu capitana sudó mientras te veía jugar.

Hundí la lengua. Sabía a sal, a deporte, a frustración acumulada durante noventa y cinco minutos en un banquillo. Pasé la lengua por los labios, succioné el clítoris hinchado, intenté seguir el ritmo que su mano marcaba contra mi nuca. Ella respiraba bajo, con la garganta cerrada, como si no quisiera concederme el placer entero de oírla.

Cuando se corrió, lo hizo con un bramido contenido que se le rompió en mitad de la palabra. Me empujó la cabeza con fuerza, me llenó la boca, me ahogó durante dos segundos en los que pensé, con una calma rarísima, que aquello también lo merecía.

—De pie —ordenó.

Me levanté tambaleándome, el mentón mojado, la respiración rota. Pensé que había terminado. No había terminado.

De su bolsa sacó una correa fina de cuero y un arnés negro grueso, con un consolador de venas marcadas más grande que cualquier cosa que yo hubiese tenido dentro. Me ató las muñecas a la espalda con dos vueltas y un nudo seco. Me empujó hacia el banco.

—Ponte a cuatro.

El suelo estaba frío. Apoyé los codos, separé las rodillas, dejé caer la frente contra la madera. Sentí su mano abrirme las nalgas, escupir entre ellas, frotar despacio para repartir la humedad. Después dos dedos. Después tres. La sensación de invasión fue tan brutal que mordí el banco para no chillar.

—Este culo que mueves en cada desborde, hoy aprende quién manda en el vestuario.

Se colocó el arnés. Lubricó el consolador con saliva, con la humedad que todavía me caía por dentro de los muslos, con todo lo que encontró. Entró despacio al principio, deteniéndose en cada centímetro para que yo me acostumbrara. La consideración duró poco. En cuanto la oí soltar el segundo gemido, empujó hasta el fondo. Mi grito se mezcló con el zumbido de los fluorescentes.

—Esto por el gol —embestida.

—Esto por tu juventud —embestida.

—Esto por recordarme que pronto seré yo la que mire desde fuera —embestida.

Me corrí dos veces así. La primera, con sus dedos buscándome el clítoris por delante mientras me clavaba el arnés por detrás. La segunda, solo con la presión interna, llorando, temblando, sin poder distinguir el placer de la vergüenza. Le habría dado las gracias si me hubiese atrevido a hablar.

***

Cuando se cansó, se quitó el arnés y se sentó en el banco. Me obligó a lamerlo entero, desde la base hasta la punta, recogiendo lo que era mío y lo que era suyo. Lo hice sin protestar. Tenía las muñecas dormidas, el pelo pegado a la frente, la cara cubierta de fluidos secos y nuevos.

Me dejó tirada de lado sobre las baldosas, hecha un ovillo, las manos todavía atadas a la espalda. Sacó el móvil. Oí el clic seco de una foto. Después otra. Después el silencio.

—Vístete —dijo, levantándose y subiéndose el chándal con calma profesional—. El autobús sale en quince minutos.

Antes de salir, se inclinó sobre mí y me deshizo el nudo de las muñecas con una suavidad que no encajaba con nada de lo anterior. Me miró un instante largo. No había triunfo en su cara, solo cansancio.

—Mañana entrenamos a las diez —añadió—. No llegues tarde, extrema.

La puerta se cerró tras ella. Me quedé en el suelo escuchando el zumbido de los fluorescentes y el latido tonto de mi propio cuerpo. Pensé en levantarme. Pensé en el autobús. Pensé en cómo cantaría mi nombre la grada el sábado siguiente.

Pensé, sobre todo, en que al día siguiente me iba a poner el sujetador deportivo negro y la coleta tensa y volvería a saltar al campo como si nada hubiese pasado. Y que, cuando ella saliera del túnel detrás de mí con los guantes ya puestos, mis piernas iban a fallar un segundo antes de echar a correr.

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Comentarios (6)

nocheoscura21

excelente!!! de lo mejor que encontre en esta categoria en mucho tiempo

ValentinaMdQ

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber como continua la historia entre las dos

Naty_lectora

Muy bien contado, se siente tenso desde el primer parrafo. Sigue subiendo mas asi!

CarlaSport22

me recordo a algo que pase con una compañera de equipo hace años jaja. Este tipo de relatos me tienen siempre con el corazon acelerado

Luna73

sin palabras. El arranque con el derbi le da un morbo especial, no me lo esperaba para nada

SilRosario

La tension del vestuario esta perfectamente descrita. Se siente el calor ahi, muy buena ambientacion

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